La Palabra Entre Nosotros

Enero de 2020 Edición

Si tan solo toco su manto. . .

Recibamos el poder sanador de Dios en este año nuevo

Si tan solo toco su manto. . .: Recibamos el poder sanador de Dios en este año nuevo

A Tomás le diagnosticaron una extraña enfermedad y su vida cambió por completo. Le obligaron a jubilarse y gradualmente se fue debilitando cada vez más, y el dolor que sufría era constante. Pasó tanto tiempo postrado en cama que perdió el contacto con algunos amigos, todo lo cual se confabuló para hacerle sentirse rencoroso contra Dios y lleno de amargura. Sus amigos de la parroquia trataron de darle aliento, pero todo parecía inútil.

Unos meses más tarde, se programó en su parroquia una misión de cuatro días y los amigos instaron a Tomás a que asistiera, pero él se negó. Sin embargo, la última noche de la misión decidió ir. No esperaba que nada sucediera, y solo quería dejar contentos a sus amigos.

Pero algo sucedió. La misión concluyó con una invitación a cualquier persona que quisiera recibir oración de sanación. Aunque se sentía un poco escéptico, Tomás decidió pedir la oración. En el momento en que el diácono y otros dos servidores le impusieron las manos y rezaron por él, se llenó de un cálido sentido de amor, y sintió que la ira y el resentimiento que le habían endurecido el corazón empezaban a escurrirse y comenzó a sollozar. Pero lo más maravilloso de todo fue que, en su próxima cita médica, el doctor le informó que tenía una salud perfecta. ¡Dios lo había sanado de su mal!

Querido hermano, ¿has sido alguna vez reacio a pedirle a Dios que te cure? Tal vez creas que no va a suceder nada, o no quieres sentirte decepcionado si tus oraciones no reciben respuesta; tal vez sientes que no mereces ser sanado o incluso, como en el caso de Tomás, quizás estás enojado con Dios por dejar que te enfermaras o por otras razones.

En la presente edición queremos reflexionar en lo mucho que quiere el Señor sanarnos de todos nuestros males estudiando varios de los relatos de curaciones que aparecen en los evangelios. ¿Cómo se aproximaban a Jesús aquellos a quienes él sanó? ¿Qué esperaban ellos? ¿Qué obstáculos tuvieron que superar? ¿Qué podemos aprender de ellos?

No siempre tenemos el testimonio de curaciones físicas extraordinarias como la de Tomás. Es un misterio el que Dios sane milagrosamente a unas personas y a otras no. Pero, aunque no sea la curación física, todos necesitamos el toque sanador del Señor. Tal vez se trate de la curación de un doloroso recuerdo del pasado; o bien de los efectos de un antiguo hábito de pecado. Quizás se trate de la curación de un vicio o adicción o de costumbres de conducta que nos perjudican a nosotros mismos o a nuestros seres queridos. Piensa en lo que podría suceder si, en este año nuevo, puedes señalar uno o dos aspectos de tu vida en el que necesites sanación y cambio… ¡y se lo pides al Señor! 

Cómo superar los obstáculos. ¿Cómo crees tú que sería tener que soportar una enfermedad dolorosa y bochornosa durante doce largos años? ¿O ver a médicos una y otra vez, solo para recibir tratamientos que no logran más que hacerte sentir peor? Y luego, ¿cómo afrontar el aplastante peso de todas esas facturas médicas? Cualquiera optaría por resignarse a aceptar la imposibilidad de curarse y llevar una vida de miseria. Quizás lo único que cabe hacer es aprender a lidiar con el dolor y aceptar la posibilidad de una muerte prematura.

Pero no fue así como reaccionó una señora que describe el Evangelio. Conocida solo como “una mujer que padecía de flujo de sangre”, ella se atrevió a hacer algo audaz y riesgoso, y la recompensa que recibió fue magnífica. Se abrió paso entre la multitud que rodeaba a Jesús y estiró la mano hasta tocar el manto del Señor. La curación fue instantánea (Marcos 5, 25-34).

Si pensamos en algunos de los obstáculos que tuvo ante sí esta señora se puede aprender algo sobre la clase de fe que podemos tener… una fe que nos ponga en contacto con el poder de Dios. En primer lugar, los obstáculos físicos. Jesús había aceptado ir a la casa de Jairo para curar a la hija de éste que estaba a punto de morir. Deseosos de ver lo que Jesús haría, un gran gentío decidió acompañarlo y sin duda muchos iban comentando animadamente lo que podía suceder, tal vez preguntándole al Señor cómo iba a curar a la pequeña. Con tanta gente alrededor, ¿cómo podía esta enferma acercarse al Señor?

Aparte de todo eso, ella también tenía el problema de su propia precaria salud. Doce años de sangrado incontrolable sin duda la habían dejado muy débil, sin hablar del intenso dolor que seguramente padecía. El mero esfuerzo físico para llegar junto a Jesús bien pudo haberle causado un desmayo o una grave caída. 

También tuvo que superar los obstáculos internos de sus propios temores y dudas. La ley judía estipulaba que toda mujer que sufriera la misma condición era impura o contaminada y cualquier cosa o persona que ella tocara quedaría igualmente impura (Levítico 15, 19-33). Así que podemos imaginarnos la gran batalla mental que debe haber librado mientras intentaba tocar a Jesús: “¿Qué tal si alguien me ve? Tal vez no es correcto lo que estoy haciendo, pues creo que es contrario a la ley de Dios.” Así se explica, entonces, el hecho de que ella se acercó a Jesús por detrás: No quería que la reconocieran.

Algunos pensarían que su plan era ilógico, imprudente o inútil. Pero en su corazón, ella estaba convencida de que ninguno de estos obstáculos podría impedir que Jesús hiciera el bien. “Si tan solo toco su manto —razonaba ella— quedaré sana” (Marcos 5, 28). ¡Y tenía razón!

Nunca es demasiado tarde. Esta historia nos enseña que siempre hay lugar para la fe, por grandes que sean las dificultades que tengamos que salvar. Sean cuales sean las realidades médicas de una enfermedad, la historia de una relación destruida o cuántas veces nos hayamos dejado vencer por un determinado pecado habitual, Jesús siempre puede actuar en cualquier situación. El problema nunca es demasiado grande y nunca es demasiado tarde. Cristo puede revertir la situación que nos parezca más insoluble, ablandar el corazón más endurecido y curar la enfermedad más devastadora.

Esta historia también nos dice que la fe conmueve al Señor. Muchas eran las personas que tocaban a Jesús mientras iban caminando ese día; pero en medio de todo ese contacto, el simple gesto de tocar la túnica de Jesús que hizo esta mujer fue lo que puso en acción el poder sanador de Dios. 

¿Eran las otras personas simplemente curiosas? ¿Eran incrédulas? ¿Estaban interesadas solo en ver un milagro, pero sin exponer sus propias necesidades ante Jesús? No lo sabemos; quizás fue una combinación de todos estos y otros factores. Lo que sí sabemos es que la enferma de hemorragias creía firmemente en el poder de Cristo y obtuvo su curación.

Así, pues, ejerce tu fe y para hacerlo define cuáles son tus propios impedimentos y no te dejes detener por ellos, trata de superarlos. Jesús quiere que llegues a su lado, pues te quiere sanar. Lo único que te pide es que des el primer paso.

Un encuentro íntimo. Pero esto no quiere decir que todas las personas que tienen fe obtienen exactamente la curación que desean, y tampoco que aquellos que no consiguen ser sanados tienen una fe débil. Desde los inicios de la Iglesia, los creyentes se han visto frente al misterio de la voluntad y la sabiduría de Dios. No sabemos por qué algunas personas se curan y otras no. Pero sabemos que Jesús responde a todo aquel que se acoge a él. A veces las respuestas son sorprendentes y a menudo superan con mucho las curaciones físicas que pedimos. Pero sea curación física, espiritual o emocional, la verdad sigue siendo la misma que San Pedro les dijo a los judíos de Jerusalén hace dos mil años: “Todos los que invoquen el nombre del Señor alcanzarán la salvación” (Hechos 2, 21).

El episodio de la mujer enferma de hemorragias personifica esta verdad, pues nos muestra que la fe tiene que ver con la Persona de Jesús y no necesariamente con su poder para sanar. Ella estiró la mano para tocar el manto del Señor esperando curarse, y así fue; pero Jesús no dejó que ella permaneciera anónima. Deteniendo su caminar, preguntó quién le tocó. Sintiéndose descubierta y temerosa, ella le contó su historia, y Jesús no la regañó por haberlo tocado y “dejado impuro”; al contrario, le habló con ternura llamándola “hija”, expresándole bondad y concediéndole su gracia sanadora (Marcos 5, 34).

Esta señora recibió la bendición no solo de una curación milagrosa sino de una vida completamente nueva. Ya no estaba más doblegada por el dolor y la debilidad; ya no era más una persona impura y marginada por la comunidad; ahora era una hija amada, una parte de la propia familia de Dios. De hecho, recibió mucho más de lo que esperaba: Al encontrarse cara a cara con Jesús, recibió una sanación espiritual aún más profunda e importante, la “salvación”, que la llenó de gozo y satisfacción.

Busca a Jesús. El Señor nos quiere curar a todos; pero más significativo aún es que quiere tener una amistad íntima con cada uno de los fieles; quiere que nos sintamos libres de acudir a su lado y contarle las necesidades que tenemos, y quiere decirnos que todos los que lo amamos también somos hijos predilectos de Dios. 

Así que, hermano, no temas acercarte a Cristo hoy día mismo. Pídele cualquier curación que necesites, para ti mismo o para otras personas; luego pon atención en el silencio de tu corazón para escuchar cuando él te diga que tú eres su hijo y que tu fe te ha salvado.



Cinco pasos para orar por un enfermo

Ten confianza
• Cree que Jesús quiere sanarlo y puede hacerlo mediante la oración.
• Confía que Dios te guiará cuando actúes con fe.
Escucha
• A la persona que pide oración y te dice cuál es su necesidad.
• A Dios, que a veces nos da una idea de cómo rezar y qué pedir.
Pon las manos
• Pregúntale a la persona si puedes poner las manos sobre él o ella.
• Deja que el amor sanador de Jesús fluya a través de ti hacia esa persona.
Ora con calma y con paz
• Pídele al Señor que esté contigo y con la persona por quien estás orando.
• Pide por la curación específica, exactamente lo que la persona necesita.
• Ora en forma positiva: declara que Dios está en efecto derramando su gracia y su poder sanador sobre la persona e imagínate la corriente de curación que le va llegando.
Reza con confianza y gratitud • Di “Que se haga, Padre, según tu voluntad.”
• Dale gracias al Señor por escuchar tu oración y contestarla con amor y compasión.

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