La Palabra Entre Nosotros

Meditación diaria para hoy mayo 25, 2020

Meditación: Juan 16, 29-33

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San Beda el Venerable, Presbítero y Doctor de la Iglesia (Memoria opcional) O: San Gregorio VII, Papa (Memoria opcional) O: Santa María Magdalena de Pazzi, Virgen (Memoria opcional)

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Antífona de entrada

En medio de la Iglesia abrió su boca, y el Señor lo llenó del espíritu de sabiduría e inteligencia, y lo revistió de gloria. Aleluya. Cfr. Sir 15, 5
O bien:
La boca del justo proclama la sabiduría, y su lengua manifiesta lo que es verdadero. Porque la ley de Dios está en su corazón. Aleluya. Amén.

Oración colecta

Dios nuestro, que iluminas a tu Iglesia con la doctrina de san Beda el Venerable, presbítero, concede, propicio, a tus fieles, ser siempre iluminados por su sabiduría, y ayudados por su intercesión. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Hechos 19, 1-8

En aquellos días, mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó las regiones altas de Galacia y Frigia y bajó a Éfeso. Encontró allí a unos discípulos y les preguntó: “¿Han recibido el Espíritu Santo, cuando abrazaron la fe?” Ellos respondieron: “Ni siquiera hemos oído decir que exista el Espíritu Santo”.Pablo replicó: “Entonces, ¿qué bautismo han recibido?” Ellos respondieron: “El bautismo de Juan”.

Pablo les dijo: “Juan bautizó con un bautismo de arrepentimiento, pero advirtiendo al pueblo que debían creer en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús”.

Al oír esto, los discípulos fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús, y cuando Pablo les impuso las manos, descendió el Espíritu Santo y comenzaron a hablar lenguas desconocidas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres.

Durante los tres meses siguientes, Pablo frecuentó la sinagoga y habló con toda libertad, disputando acerca del Reino de Dios y tratando de convencerlos.

Salmo 67

R. Reyes de la tierra, cantad al Señor. O: Aleluya.
Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos,
huyen de su presencia los que lo odian;
como el humo se disipa, se disipan ellos,
como se derrite la cera ante el fuego,
así perecen los impíos ante Dios. R.
En cambio, los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Cantad a Dios, tocad en su honor,
su nombre es el Señor. R.
Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece. R.

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.
Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas del cielo, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Col 3, 1
Aleluya, aleluya.

Juan 16, 29-33

En aquel tiempo, los discípulos le dijeron a Jesús: “Ahora sí nos estás hablando claro y no en parábolas. Ahora sí estamos convencidos de que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por eso creemos que has venido de Dios”.

Les contestó Jesús: “¿De veras creen? Pues miren que viene la hora, más aún, ya llegó, en que se van a dispersar cada uno por su lado y me dejarán solo. Sin embargo, no estaré solo, porque el Padre está conmigo. Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan valor, porque yo he vencido al mundo”.

Oración sobre las ofrendas

Que te agrade, Dios nuestro, el sacrificio que alegres te presentamos en la fiesta de san Beda el Venerable, por cuyas enseñanzas te alabamos y nos entregamos enteramente a ti. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Antífona de la comunión

Éste es el siervo fiel y prudente, a quien el Señor puso al frente de su familia, para darle a su tiempo la ración de trigo. Aleluya. Cfr. Lc 12, 42
O bien:
El que día y noche medita la ley del Señor, al debido tiempo dará su fruto. Aleluya. Cfr. Sal 1, 2-3

Oración después de la comunión

A quienes alimentas con Cristo, pan de vida, instrúyenos, Señor, por Cristo, verdadero maestro, para que en la festividad de san Beda el Venerable, aprendamos tu verdad y la llevemos a la práctica en la caridad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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Meditación para hoy: Juan 16, 29-33

Tengan valor, porque yo he vencido al mundo. (Juan 16, 33)

El Señor trató de preparar a sus discípulos para lo que vendría más tarde: su pasión y su muerte en la cruz. Los discípulos creyeron finalmente que Jesús venía de Dios, pero no podían entender aún todo el mensaje del sufrimiento y la cruz. Jesús les dijo que serían víctimas de malentendidos, contradicciones y rechazo, pero que sin embargo tendrían gozo porque el Padre estaría con ellos. También les anunció que uno lo traicionaría.

El Evangelio de San Juan tiene una forma singular de presentar mensajes de presagio que al mismo tiempo expresan esperanza. La esperanza radica en el hecho de que el Padre está con Jesús y, por eso, Cristo ha vencido al mundo: “Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan valor, porque yo he vencido al mundo” (Juan 16, 33).

¿Cómo ha vencido Cristo al mundo? Por su obra en la cruz. Allí derrotó al pecado, a Satanás y al mundo. Por su pasión, su muerte y su resurrección, Jesús doblegó todos los poderes del mal y la oscuridad. Dios nunca nos obliga a abandonar nuestra libertad, de modo que, pese a la victoria de Cristo, todavía podemos preferir el mal y la oscuridad en nuestras decisiones y relaciones. Pero unidos a Jesús —la unión que comienza con nuestro Bautismo y crece mediante la vida de la fe— también podemos tener la victoria.

Esta es la esperanza de los cristianos: la victoria que nos ha merecido Jesucristo, nuestro Señor. Unidos a él, podemos vencer el temor, el rechazo, la persecución y todas las cosas de este mundo que nos privan de la paz, el gozo y el amor. Al hacer los deberes hogareños, realizar el trabajo diario, contribuir a la iglesia y cumplir las responsabilidades con la familia, las amistades y la comunidad, pidámosle al Espíritu Santo los dones de la fortaleza, la perseverancia y la paciencia. Este don del Espíritu nos permite perseverar en la fe y en el servicio a Dios y al prójimo.

“Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu, y renueva la faz de la Tierra.”

Hechos 19, 1-8
Salmo 68 (67), 2-7

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