La Palabra Entre Nosotros

Meditación diaria para hoy septiembre 24, 2020

Meditación: Lucas 9, 7-9

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XXV Semana del Tiempo Ordinario

XXV Semana del Tiempo Ordinario

Antífona de entrada

Yo soy la salvación de mi pueblo, dice el Señor. Los escucharé cuando me llamen en cualquier tribulación, y siempre seré su Dios.

Oración colecta

Señor Dios, que has hecho del amor a ti y a los hermanos la plenitud de todo lo mandado en tu santa ley, concédenos que, cumpliendo tus mandamientos, merezcamos llegar a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Eclesiastés (Cohélet) 1, 2-11

Todas las cosas, absolutamente todas,
son vana ilusión.
¿Qué provecho saca el hombre
de todos sus trabajos en la tierra?
Pasa una generación y viene otra,
pero la tierra permanece siempre.
El sol sale y se pone;
corre y llega a su lugar,
de donde vuelve a salir.
Sopla el viento hacia el sur y gira luego hacia el norte,
y dando vueltas y más vueltas, vuelve siempre a girar.
Todos los ríos van al mar, pero el mar nunca se llena;
regresan al punto de donde vinieron
y de nuevo vuelven a correr.
Todo es difícil de entender: no deja el hombre de cavilar,
no se cansan los ojos de ver ni los oídos de oír.
Lo que antes existió, eso volverá a existir.
Lo que antes se hizo, eso se volverá a hacer.
No hay nada nuevo bajo el sol.
Si de alguna cosa dicen: “Mira, esto sí es nuevo”,
aun esa cosa existió ya en los siglos anteriores a nosotros.
Nadie se acuerda de los antiguos
y lo mismo pasará con los que vengan:
no se acordarán de ellos sus sucesores.

Salmo 89

R. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: “Retornad, hijos de Adán.”
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó,
una vela nocturna. R.
Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R.
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos. R.
Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos. R.

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.
Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre si no es por mí, dice el Señor. Jn 14, 6
Aleluya, aleluya.

Lucas 9, 7-9

En aquel tiempo, el rey Herodes se enteró de todos los prodigios que Jesús hacía y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado; otros, que había regresado Elías, y otros, que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.

Pero Herodes decía: “A Juan yo lo mandé decapitar. ¿Quién será, pues, este del que oigo semejantes cosas?” Y tenía curiosidad de ver a Jesús.

Oración sobre las ofrendas

Acepta benignamente, Señor, los dones de tu pueblo, para que recibamos, por este sacramento celestial, aquello mismo que el fervor de nuestra fe nos mueve a proclamar. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Antífona de la comunión

Tú promulgas tus preceptos para que se observen con exactitud. Ojalá que mi conducta se ajuste siempre al cumplimiento de tu voluntad. Sal 119 (118), 4-5
O bien:
Yo soy el Buen Pastor, dice el Señor; y conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí. Jn 10, 14

Oración después de la comunión

A quienes alimentas, Señor, con tus sacramentos, confórtanos con tu incesante ayuda, para que en estos misterios recibamos el fruto de la redención y la conversión de nuestra vida. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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Meditación para hoy: Lucas 9, 7-9

Los informes sobre quién era Jesús iban y venían, y Herodes los escuchaba, pero como sucede a menudo, los rumores solamente provocaron incertidumbre pues generaban más preguntas que respuestas.

Estas son algunas de las historias que escuchó Herodes: Jesús había calmado una tormenta violenta, había sanado a un hombre endemoniado, al sirviente de un centurión y a una mujer con hemorragias; además había hecho revivir al menos a dos personas que habían muerto. Y esta era la interpretación que muchas personas le estaban dando a estas noticias: Jesús de Nazaret estaba cumpliendo la profecía de Isaías sobre el Mesías que habría de venir: los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos son sanados, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres reciben la buena nueva.

Todo parecía muy claro, y sin embargo Herodes preguntó: “¿Quién será, pues, este del que oigo semejantes cosas?” Herodes era judío y sin duda conocía las palabras de Isaías; pero las intrigas lo tenían mareado y su conciencia estaba llena de culpa, porque vivía con la esposa de su hermano y había ordenado la decapitación de Juan el Bautista. Probablemente, temía perder el trono a causa de estos actos. Así que su preocupación le hizo endurecer el corazón y cerrar la mente a la posibilidad de que Jesús fuera el Mesías.

Cuando uno pone oído a todo lo que se dice, es fácil sentirse desconcertado o endurecer el corazón; pero lo único que uno necesita es una voz clara, solo una, para calmar el corazón y guiar el pensamiento. Esa es la voz del Señor que nos habla en la Escritura, en la liturgia y en el silencio de tu corazón mientras rezas.

Cuando tu paz se vea agitada por relatos de pecado, o cuando tus propios pensamientos lleguen a perturbarte, deja de escuchar. Vuélvete hacia Aquel que está presto para decirte la verdad. Si es necesario, empieza por arrepentirte de cualquier pecado que se interponga entre tú y Cristo y reconoce cualquier inquietud que te esté endureciendo el corazón. Luego pídele al Espíritu Santo que te ayude a discernir entre las voces y presta atención a lo que viene a tu mente. Si los pensamientos son positivos, de ayuda, de amor o misericordia, probablemente son inspirados por el Espíritu Santo.

Deja que Dios te hable y que silencie todas las demás voces.

“Espíritu Santo, ayúdame a escuchar la verdad que me hace libre.”

Eclesiastés 1, 2-11
Salmo 90 (89), 3-4. 5-6. 12-13.14. 17

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