La Palabra Entre Nosotros

Oct/Nov 2011 Edición

El llamado a la madurez cristiana

Dios quiere que comamos el “alimento sólido” de su Evangelio

El llamado a la madurez cristiana: Dios quiere que comamos el “alimento sólido” de su Evangelio

Por lo general, la Sagrada Escritura utiliza diversas imágenes para explicar ciertas verdades espirituales, por ejemplo, se dice que Israel es una higuera, que Jesús es el pastor y el pan vivo.

El Señor también utilizaba otras fi guras, como la del sembrador y las semillas, y la de los ladrones que llegan en la noche; se dice también que el Espíritu Santo llegó como “lenguas de fuego”. Son enseñanzas que toman ideas o figuras de la vida diaria para revelar realidades teológicas profundas.

En el presente artículo consideraremos ciertas imágenes parecidas que también se usan para enseñar verdades profundas: las de la leche y la carne. En los pasajes de 1 Corintios 3 y Hebreos 5, vemos que Dios no desea que sus hijos “beban leche” solamente, sino que aprendan a “comer carne”. En estos pasajes, la idea es que todo el que se contenta nada más que con los rudimentos de la fe es como el que solo “bebe leche”, mientras que aquel que procura robustecer su fe y profundizar en el conocimiento del Señor y de la vida cristiana es el que “come carne”.

Lo espiritual y lo natural. Los fieles de Corinto se habían convertido, pero no lograban aplicar bien la fe recién adquirida en la vida práctica. Muchos experimentaban dones espirituales extraordinarios, pero no llegaban a poner en práctica esa experiencia espiritual en la vida cotidiana ni en sus relaciones interpersonales y, por consiguiente, comenzaban a competir unos con otros para ver quién era el más “espiritual.” Estas divisiones eran cada vez más frecuentes y enconadas y ponían en peligro a toda la iglesia del lugar.

La situación empeoró tanto que San Pablo les dijo que, por muchos dones espirituales que tuvieran, él no los podía considerar “gente espiritual” y sólo podía hablarles “como a personas débiles, como a niños en cuanto a las cosas de Cristo. Les di una enseñanza sencilla, igual que a un niño de pecho se le da leche en vez de alimento sólido, porque ustedes todavía no podían digerir la comida fuerte. ¡Y ni siquiera pueden digerirla ahora” (1 Corintios 3,1-2).

Pablo decía que los cristianos espirituales eran aquellos que eran dóciles a las mociones del Espíritu Santo y se esforzaban por ajustar sus actitudes y criterios a lo que el Espíritu les mostrara. En cambio, los que no eran espirituales actuaban de acuerdo con un razonamiento puramente humano, que está entorpecido y contaminado por el pecado y que no tiene la luz del Espíritu Santo. En párrafos anteriores de la misma carta, San Pablo escribió: “El que no es espiritual no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son tonterías. Y tampoco las puede entender” (1 Corintios 2,14).

Obviamente, los pensamientos y las acciones de una persona natural pueden ser buenos, pero están sujetos a las limitaciones del razonamiento y la imaginación de la naturaleza humana, sin margen para la acción del Espíritu Santo. Para San Pablo, la persona natural era un “niño” en Cristo, que sólo puede alimentarse de la “leche” espiritual, no de “carne”.

Pablo esperaba que los corintios hubieran madurado más en su fe, estuvieran más cerca del Señor y vivieran más de acuerdo con sus propias motivaciones; quería que fueran capaces de comer la “carne” del Evangelio, de pensar y actuar de acuerdo con la voluntad de Dios y con el Espíritu Santo.

Usando las figuras de la leche y la carne, el apóstol enseñaba a los corintios que era preciso que ellos escucharan, aprendieran y practicaran el Evangelio; les decía que esta era la única manera de crecer en Cristo; de otra forma no dejarían de ser “infantes” en Cristo, alimentados solamente de leche. Por supuesto, algunos de los corintios iban creciendo en su fe, pero otros se iban quedando atrás. Sin duda, algunos estaban ansiosos de aprender y poner en práctica las enseñanzas del Señor, pero muchos se contentaban con su sabiduría humana y sus propias ideas.

Lo mismo, pero diferente. Hay numerosas razones por las cuales resulta interesante analizar las ideas de la leche y la carne. Por un lado, ambos elementos provienen de la misma fuente y tienen ciertas similitudes básicas. La leche y la carne son excelentes fuentes de proteínas y del tipo correcto de materia grasa; a las dos se les considera alimentos básicos en la mayoría de los países, y forman una gran parte de la dieta de mucha gente.

Pero a pesar de estas semejanzas, la leche y la carne son también muy diferentes. La leche es líquida, la carne es sólida; para comer carne se usan los dientes; la leche se bebe. La carne no se digiere con la misma facilidad que la leche, pero contiene más nutrientes y, para muchas personas, sabe mejor. La leche se puede tomar sin añadirle nada y sabe bien; la carne en cambio tiene que estar bien sazonada y cocinada. La nutrición que proviene de la carne se demora más en asimilarse, mientras que la leche refresca de inmediato y envía sus vitaminas y nutrientes al organismo con mayor rapidez.

Ahora imaginemos cómo sería la vida si a los bebés les diéramos de comer carne y a los adultos solamente leche. Los pequeñitos sin duda se atragantarían y tal vez morirían; los adultos se debilitarían gradualmente y terminarían sufriendo de desnutrición. Resultado: la carne no es para todos, y la leche no debe ser la única fuente de alimentación para todo ser humano.

Estos mismos principios pueden aplicarse en la vida cristiana. La “leche” del mensaje del Evangelio no es muy diferente de la “carne” que se ofrece a los maduros. Ambas tienen que proceder de la misma fuente y, en un sentido amplio, deben contener la misma enseñanza; ambas llevan el mismo mensaje, acerca del Padre que nos ama, de la cruz de Cristo y del poder del Espíritu Santo.

Pero la leche y la carne del cristianismo también son diferentes entre sí, y la diferencia consiste en la forma en que una persona recibe el Evangelio y lo aplica en su propia vida. En la clase de catecismo se enseña a los niños a rezar cada día, asistir a Misa, no mentir ni robar, arrepentirse de sus pecados, perdonar a los demás y amarse los unos a los otros. Un cristiano adulto, que tenga un fundamento básico de la fe, estará sin duda de acuerdo con todo esto, pero uno que haya obedecido la llamada a madurar en la fe también comprende que estas enseñanzas son básicas y elementales, porque forman el fundamento básico necesario para luego pasar a enseñanzas más profundas y trascendentes, como la defensa de la justicia y la paz, el respeto a la vida y el amor fraterno al necesitado. A los niños que beben leche les corresponde aprender de memoria las oraciones del Padre Nuestro y el Ave María, y a los adultos que comen carne les corresponde aprender el arte de escuchar a Dios en la oración diaria y en la meditación de la Palabra de Dios, tal vez usando prácticas más directas e íntimas, como la Lectio Divina y otras.

El alimento correcto para el tiempo adecuado. ¿Cuándo se considera correcto beber la leche espiritual? Cuando se trata de un niño que comienza su educación religiosa o de un recién convertido y es preciso sentar en él las bases fundamentales de la fe. ¿Cuándo hay que pasar a la carne? Cuando el niño ha crecido y aprendido ya el catecismo, o cuando el recién convertido desea saber más de Dios y la llamada al discipulado le resulta interesante. ¿Cuándo es que el deseo de beber solamente leche pasa a segundo plano? Cuando ya se ha construido el fundamento de la fe cristiana y la persona está lista para edificar su vida de fe, es decir, iniciar un compromiso serio y personal de entrega a Cristo. ¿Cuándo no sería correcto darle carne? Cuando la persona tiene una fe débil y una comprensión insuficiente o incorrecta del Evangelio y aún le falta aprender y practicar los elementos básicos.

En términos prácticos, diríamos que estos casos se ven cuando hay un gran número de católicos, tanto jóvenes como adultos, que han sido bautizados, han recibido la Primera Comunión e incluso la Confirmación, pero que nunca buscaron más formación espiritual y llegan a la vida adulta apenas con los rudimentos de la fe. El resultado, por lo general, es que son católicos y han recibido los sacramentos, pero en sus actitudes, sus razonamientos, sus valores, su conversación y sus diversiones no se diferencian mucho de los ateos ni de los incrédulos. Solamente se alimentan de leche y nunca han llegado a comer la carne de la fe madura.

Dondequiera que nos encontremos en nuestro caminar con el Señor, hay algo que es cierto: Todos hemos de llegar a ser capaces de “comer carne” en la vida cristiana. Es cierto que esto puede ser más difícil de aceptar y “digerir”, pero es el único medio por el cual podemos comprender la profundidad y la amplitud del amor de nuestro Padre celestial; es el único camino por el cual podemos aprender a caminar por fe en un mundo adverso como el presente. Si nos contentamos con fi arnos sólo de nuestra mente natural, que se alimenta nada más que de leche espiritual, tendremos muchas difi cultades para creer en la bondad y el poder de Dios; no seremos sensibles al poder sanador del Espíritu Santo, ni podremos dar fruto para el Reino de Dios en nuestros hogares ni comunidades.

¿A dónde podemos ir? Una vez, Jesús dio de comer a una enorme multitud de gente aunque tenía solo cinco panes y dos pescados. Luego les dijo: “Yo soy el Pan de vida” y añadió: “Las palabras que les he dicho son espíritu y vida”. Ante tales afi rmaciones, muchos de sus seguidores lo abandonaron y volvieron a su vida anterior diciendo: “Estas son palabras duras; ¿quién las puede aceptar?” No pudieron entender lo que les decía el Señor porque sólo se fi aban de su razonamiento natural. Pero Pedro exclamó: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.”

Esta conversación deja entrever que el apóstol estaba deseoso de empezar a comer la “carne” del mensaje de Jesús; estaba dispuesto a hacer todo lo posible para vivir aquello que el Señor estaba enseñando. No había madurado mucho en su fe en esa época, pero sabía que quería recibir más.

Este es el mismo Pedro que, años más tarde, instaba a los creyentes con las siguientes palabras: “Como niños recién nacidos, busquen con ansia la leche espiritual pura, para que por medio de ella crezcan y tengan salvación” (1 Pedro 2,2). La experiencia le había enseñado que era necesario comenzar con humildad, bebiendo leche, para luego crecer hasta llegar a ser aptos para comer carne. Sabía que tenía que aceptar y creer en las palabras de Jesús y aplicarlas en su vida práctica cada vez con mayor decisión. Como resultado, Pedro es hoy uno de los más grandes héroes de la Iglesia, un modelo de santidad para los cristianos de todos los tiempos.

Quiera el Señor que todos tengamos el fi rme anhelo de llegar a comer la carne del Evangelio y madurar en la fe y en el conocimiento de nuestro Señor.

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