La Palabra Entre Nosotros

Cuarsema 2020 Edición

La crisis de la cruz

La mayor crisis de toda la historia

By: Mons. Peter Magee

La crisis de la cruz: La mayor crisis de toda la historia by Mons. Peter Magee

Para empezar, quiero decir tres cosas diferentes pero relacionadas. Primero, que la Cruz es la ocasión de la mayor crisis de la historia. Segundo, que, por consiguiente, la Cruz pone a la humanidad en crisis. Tercero, que la Cruz está en crisis.

Pero, ¿qué es una crisis? El término puede significar muchas cosas diferentes, pero si nos fijamos bien se puede ver que están relacionadas entre sí. Por ejemplo, puede significar dos cosas o situaciones diferentes que se oponen la una a la otra, o bien el tener que escoger entre dos cosas opuestas o contradictorias. También puede significar que hay que juzgar o decidir entre lo correcto y lo incorrecto, y en relación con esto, se puede pensar en una sentencia condenatoria o una absolutoria.

Teniendo todo esto en mente, la crisis, como se utiliza la palabra en las Escrituras, describe el dilema de una persona que tiene que tomar una decisión importante frente a una verdad o acontecimiento grave o importante. La decisión que tome esta persona la pondrá en una posición de tener razón o estar equivocado con respecto a esa verdad o acontecimiento, en cuyo caso lo que viene después es una sentencia de condena o salvación.

La crisis de la Cruz. Entonces, ¿por qué digo que la Cruz es el motivo de la mayor crisis de la historia? La Cruz de Cristo es el acontecimiento más grave de toda la historia humana, porque revela la verdad de toda la historia, la verdad sobre el hombre, sobre Dios, sobre la Creación y sobre la Redención. Su importancia es universal, porque por ella toda la humanidad alcanza la salvación.

En un documento del Concilio Vaticano II, se describe el ofrecimiento universal de la salvación a través de la Cruz en los siguientes términos: “Esto vale…para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en una forma que solo Dios conoce, se asocien a este misterio pascual” (Constitución Gaudium et Spes 22). Esto quiere decir que a todos los seres humanos de todos los tiempos y lugares, se les ofrece la gracia de la Cruz, según la manera en que la Providencia de Dios juzgue conveniente.

La Cruz revela el resultado inevitable del rechazo que el hombre hace de Dios, o sea, así es como Dios revela la consecuencia suprema del pecado. Esto demuestra que, sin Dios, el hombre se desintegra en el sufrimiento y la muerte, pues así es rechazado y abandonado. Pero al mismo tiempo la Cruz es producto del amor de Dios, que es misericordioso y salvador de toda la humanidad, aunque ésta lo rechace. Se podría decir que es la manera en que Dios acepta al hombre que lo rechaza, o bien, en que Dios supera ese rechazo.

Es la victoria definitiva del bien sobre el mal, de la gracia sobre el pecado, de la paz sobre la violencia y de la comunión sobre el abandono. Cada ser humano, por lo tanto, tarde o temprano y de una manera u otra, se encuentra cara a cara con el hecho concreto y la verdad de la Cruz y tiene que reconocer en ella el punto de crisis de su propia historia personal. Y dado que esta es la verdad para todos los seres humanos, la Cruz es literalmente el punto crucial de toda la historia humana.

La libertad humana se reafirma o se destruye a los pies de la Cruz, que nos confronta a cada uno de nosotros con la crisis de la decisión más importante de nuestra existencia. Esa es la decisión de si acepto o no que la Cruz en efecto revela la verdad acerca de mí y Dios, y por ende, si acepto o no que la Cruz revele la verdad acerca de todos los hombres y Dios. Si acepto esta revelación, entonces la Cruz viene a ser la clave para interpretar mi propia vida, con sus decisiones, valores y significado más importantes.

Así como la Cruz revela el YO SOY de Dios, también revela el yo soy de cada persona. Y lo que esto significa es que yo admito que Dios ya ha aceptado todas las ocasiones en que yo lo rechazo a él, grandes o pequeñas, pasadas, presentes o futuras. En otras palabras, yo reconozco que el amor de Dios vence al pecado en mí, que su perdón me limpia del pecado, y acepto que la compasiva majestad de Dios es siempre poderosa y que supera mi capacidad de fallar. También significa que acepto que el amor divino revelado en Jesús crucificado es el poder de cualquier bien que yo haga; es el fundamento de mi esperanza de la victoria final. Esto me libra de la necesidad o tendencia a menospreciarme o irrespetarme. Es el final de la baja autoestima y el principio del humilde amor propio; y disipa la necesidad de tener algún temor, porque esos brazos crucificados siempre me estrechan con fuerza y en forma segura.

Cuando yo acepto la Cruz como la plena revelación de la verdad de Dios y de mi propia verdad, entonces me pongo en la situación de la salvación, la justicia y la rectitud de Dios. Esta fue la experiencia de Pedro después de sus negaciones. La mirada que Cristo le dio cuando cantó el gallo fue la misma mirada que Cristo le dio al buen ladrón en la Cruz, o a la mujer sorprendida en adulterio o a la mujer junto al pozo.

Fue la mirada que dice: “Mi amor por ti es mayor que todas tus negaciones de mí. No te pierdas en tus negaciones; déjate encontrar en mi misericordia. En otras palabras, el hecho de que yo te acepto es superior a tu rechazo de mí, tu temor, tu disgusto con tu voluble corazón. Mírame crucificado y hoy mismo estarás conmigo en el paraíso. Quita de mí tu mirada, y terminarás colgado de un árbol, lleno del desprecio y rechazo de ti mismo."

Por desgracia, Judas, no quiso (¿o tal vez no pudo?) ver que la Cruz era la revelación, ya sea de la verdad de Jesús a quien había traicionado o de la verdad de aquel en quién él mismo se había convertido. La escalofriante realidad del suicidio trae bruscamente ante nuestros ojos las consecuencias del pecado original, no solo para el individuo sino para toda la humanidad.

Ciertamente, por supuesto, es imposible conocer todo el dolor subjetivo o la tragedia que puede llevar a alguien a este acto supremo de rechazo propio y, por lo tanto, debemos actuar con suma prudencia para no juzgar. Al mismo tiempo, cuando se trata del destino concreto de la humanidad, sin la Cruz, solo puede haber la autodestrucción. No funcionará ninguna “torre de Babel” autoconstruida ni ninguna divinidad autoproclamada. Como Dios les advirtió a Adán y Eva: “El día en que comas del árbol del conocimiento del bien y del mal morirás.”

Esta es la razón por la cual el siempre cortés y sutil pero firme rechazo de Cristo crucificado, que vemos en tantos círculos de hoy nos da a los cristianos creyentes una fuerte motivación para volver a levantar en alto la Cruz. En muchas partes de nuestro mundo occidental, cuyo propio florecimiento como cristiandad y civilización estuvo arraigado en la Cruz del Salvador, la Cruz está en crisis. Ya no es tanto la crisis de la decidida aceptación o el rotundo rechazo lo que presenciamos, sino la apatía y la indiferencia y, en el mejor de los casos, una indignada tolerancia a puertas cerradas de la presencia de la Cruz.

Podríamos incluso decir que la Cruz está en crisis solo porque, en muchos aspectos, el hombre y la mujer de hoy no están en crisis, es decir, no ven ninguna crisis, no ven ninguna decisión fundamental que haya que tomar entre la salvación y la perdición. Muchos ven apenas un borroso horizonte gris; y están ciegos ante el bien supremo y el mal supremo. Muchos, demasiados, no ven más que aquello que construyen en su propia mente y con sus manos. Para ellos, no existe el pecado, ni existe la vida moral. Solo existe la voluntad propia, la autopromoción y la reinvención de sí mismo. Cualquier mención de Dios es aceptable solo si bendice lo que dice el hombre. La Palabra de Dios ha sido reemplazada por la palabra del hombre. La Cruz se reduce al dolor que sufro por no salirme con la mía.

En esta Semana Santa, la más santa del calendario cristiano, necesitamos nuevamente la pasión con que San Pablo se gloriaba únicamente de la Cruz de Jesucristo, o sea tratando de reproducir el modelo de la muerte de Cristo, para que podamos tener parte en su resurrección. Probablemente necesitamos tener la audacia de alzar en alto la Cruz de Cristo para nuestra generación occidental usando las mismas palabras de recriminación con que San Pablo se dirigía a los Gálatas: “¡Oh, Gálatas insensatos! ¿Quién los ha fascinado a ustedes, ante cuyos ojos Jesucristo fue presentado públicamente como crucificado? Esto es lo único que quiero averiguar de ustedes: ¿Recibieron el Espíritu por las obras de la Ley, o por el oír con fe? ¿Tan insensatos son? Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿van a terminar ahora por la carne?” (Gálatas 3, 1-3 BL).

Quiera el Señor Crucificado hacer consciente, por medio nuestro y con el poder del Espíritu, a nuestra anestesiada civilización cristiana del escándalo y la crisis de la Cruz salvadora. Quiera el Señor que todos experimentemos una vez más la crisis bendita de la Cruz y nos decidamos por la verdad y el amor del Crucificado, para nuestro propio bien y el de nuestros hermanos.

Mons. Peter Magee es Presbítero de las parroquias de Santa María y de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Largs y Millport, Escocia, respectivamente.

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