La Palabra Entre Nosotros

Cuarsema 2020 Edición

En la barca con Jesús

La gracia de la presencia del Señor

En la barca con Jesús: La gracia de la presencia del Señor

Tras una noche larga e infructuosa en el Lago de Genesaret (o Mar de Galilea), Simón y su hermano Andrés habían estado echando las redes al agua, pero sin recoger ningún pez. Ahora estaban cansados y deprimidos en la orilla, con el resto de los pescadores, limpiando las redes. Simón quería terminar luego y ya estaba pensando en un buen desayuno y luego algunas horas de sueño. En muchas noches ocurría lo mismo y esperaban que a la noche siguiente tuvieran mejor suerte.

Pensando en estas cosas, de pronto se dio cuenta de que se había reunido gente en la playa. ¡Ah, claro! Era Jesús, el rabino que enseñaba y curaba a los enfermos. Como siempre, lo rodeaba una multitud de personas entusiasmadas y deseosas de ver sus milagros y escuchar lo que él decía.

Pero Jesús vino hacia su barca. Miró directamente a Simón y le hizo un gesto con la mano. Pero, ¿qué quiere hacer Jesús? ¿Quiere subir a mi barca? Simón se pregunta. ¿Quiere que yo haga algo?

“¿Puedes separar un poco la barca de la orilla?” le pidió Jesús. “Escucharán mejor si les hablo desde allí.” Todo lo que Simón pensaba era cuánto quería desayunar y acostarse a descansar y dormir. Pero vio que no podía negarse a esta petición así que hizo lo que el Señor le pedía. Luego Jesús comenzó a enseñar a la multitud. Simón le había oído hablar antes, pero ahora veía que no podía dejar de poner atención a sus palabras. ¡Jesús sabía mantener la atención de la gente!

Sabemos lo que sucedió a continuación. Desde aquel momento, Simón Pedro vio que la vida se le volvía al revés, y todo porque al Señor se le ocurrió pedirle algo, y vino directamente a la barca de Pedro, aquel lugar donde éste se sentía cómodo y seguro, donde pasaba gran parte de su tiempo, donde se ganaba la vida. 

En esta Cuaresma, reflexionaremos sobre cómo fue que Jesús escogió a Pedro, lo buscó, subió a su barca y entró en su vida. También meditaremos en dónde y cómo Dios nos ha buscado a cada uno de nosotros en el pasado, cómo nos busca ahora y cómo podemos lograr que la gracia de este tiempo cuaresmal nos ayude a responderle bien.

Jesús, el iniciador. Por ahora, volvamos a la escena junto al lago. ¿En qué iba pensando Jesús mientras caminaba entre la muchedumbre aquella mañana? ¿Crees que escogió la barca de Pedro al azar? Después de todo, había probablemente unos diez o veinte pescadores con sus barcas en la orilla del lago esa mañana. 

No, no fue al azar. Es claro que el Señor buscó a Pedro y su hermano Andrés, pues quería que estos dos pescadores no fueran solamente otros dos seguidores más; quería iniciar una amistad real y personal con ellos. Por eso, les habló directamente y subió en su barca.

Jesús es en efecto el iniciador. Esto es lo que desea hacer con todos nosotros. Quiere entablar una profunda amistad con cada uno de nosotros, por eso nos habla directamente y nos invita a darle la bienvenida. No se queda al borde de nuestra vida esperando a que nos demos cuenta. No, él llama a la puerta del lugar donde vivimos, donde trabajamos y donde tenemos nuestra familia y especialmente a la puerta de nuestro corazón. Y así nos escoge a cada uno, no por lo que podamos hacer por él, sino simplemente por el gran amor que nos tiene.

Hay otros pasajes en los Evangelios en los que el Señor actúa de modo similar. Un día, en Cafarnaúm, se acercó a Mateo, el recaudador de impuestos que estaba en su puesto de trabajo, y le dijo “Sígueme” (Mateo 9, 9). En otra ocasión, en la ciudad de Jericó, había otro hombre de baja estatura, llamado Zaqueo, que se subió a un árbol para tratar de ver a Jesús cuando pasara por ahí. Al verlo, el Señor le dijo: “Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que quedarme en tu casa” (Lucas 19, 1-5). Y tal como sucedió con Pedro, la vida de Mateo y de Zaqueo se les transformó por completo.

Jesús, el que cambia la vida. Ya sea que hayamos tenido o no un encuentro similar con Cristo, lo cierto es que Jesús no nos busca una sola vez. De hecho, continuamente está subiendo a nuestra “barca”, con la salvedad de que, por supuesto, él es un invitado prudente y muy cortés, que nunca se impone en la vida de nadie. Él simplemente hace la pregunta y luego espera a que lo invitemos a una y otra vez.

Especialmente en el tiempo de Cuaresma, Jesús quiere entrar en tu vida e iluminar y bendecir tus sueños y anhelos, tus pensamientos y temores, tus hábitos y actitudes; quiere llenar todo lo bueno que tengas con su gracia y sanar las áreas de oscuridad que haya en tu vida, para que pueda transformarte y renovar tus deseos, palabras y obras una y otra vez. 

Pero no creas que Cristo espera que te conviertas en santo de la noche a la mañana, pues sabe que este es un proceso de toda una vida. Piensa en Pedro. Tal vez decidió hacerse discípulo ese día en la barca, pero todavía tenía que crecer bastante en su fe y a veces en forma drástica. Después de ese primer encuentro, Pedro seguía teniendo dificultades. Cuando salió de la barca, sus pecados y su tendencia a confiar en sus propias fuerzas siguieron acompañándolo, pero el Señor no había buscado a Pedro porque éste fuera perfecto, ni dejó de buscarlo cuando éste falló. Jesús vino a buscar a los pecadores y Pedro era uno de ellos.

Jesús, fiel y persistente. Recordemos otro lamentable episodio que ocurrió entre Jesús y Pedro, cuando éste hizo lo inconcebible. Había seguido a Jesús durante tres años, lo había proclamado como el Mesías, y después de prometer que nunca lo negaría, lo abandonó cuando lo arrestaron y luego ¡lo negó tres veces! Se ve que estas fallas gravitaron enormemente en la conciencia de Pedro, incluso después de encontrarse con el Señor resucitado en la Pascua. San Juan relata que Jesús volvió a buscar a Pedro y lo encontró en un lugar cómodo y familiar: su barca de pesca (Juan 21, 1-19), porque Pedro había regresado al lago con siete de sus amigos.

Esta vez, igual que antes, Jesús llegó a la orilla del lago donde sabía que allí encontraría a Pedro y los otros discípulos. Los llamó y les preguntó si habían pescado algo, aunque sabía perfectamente que no era así, y les pidió que de todos modos lo intentaran de nuevo. Esta vez la pesca fue tan grande que apenas podían alzar las redes.

Pedro se impresionó tanto al reconocer que aquel que les hablaba era Jesús que saltó de la barca y nadó hasta llegar a la orilla. Cuando todos hubieron compartido el desayuno que les había preparado, Jesús llevó aparte a Pedro y le preguntó tres veces: “¿Me amas?”, una por cada vez que éste lo había negado (Juan 21, 15-17).

El Señor habría tenido toda la razón si se hubiera distanciado de Pedro, pero prefirió buscarlo. Ni las negaciones ni los pecados pasados de Pedro pudieron impedir que Cristo lo buscara hasta encontrarlo; y lo hizo, no solo para cerciorarse de que Pedro supiera que lo había perdonado, sino también para encomendarle la misión de anunciar la buena noticia: “Cuida de mis corderos… Cuida de mis ovejas”.

¡Qué extraordinariamente bondadoso es nuestro Dios! Nos busca hasta encontrarnos, incluso cuando nos sentimos indignos; cuando hemos pecado, e incluso cuando le hemos fallado tan gravemente como lo hizo Pedro. El Señor nunca olvida el “sí” que le dimos en el pasado, y por eso sigue buscándonos y pidiéndonos que lo recibamos en la “barca” de nuestra vida.

Busca a Jesús en esta Cuaresma. Jesús te está buscando de un modo especial en esta Cuaresma; te está buscando aun cuando tú estés en una situación muy difícil de tu vida o sientas que no puedes librarte de un pecado habitual o persistente. Cristo te sigue buscando siempre, incluso si estás experimentando una época de paz y bendición. ¿Por qué? Porque siempre tiene más gracia para que la experimentes, especialmente la gracia de su presencia. 

Por lo tanto, búscalo, porque él te visitará en el lugar donde estés más tranquilo y cómodo; o sea, quizás en la cocina de tu casa, en el taller u oficina o en tu sillón favorito. Cristo te está buscando en la rutina cotidiana, tal como buscó a Pedro cuando éste estaba pescando.

Pero no es solo en los sucesos ordinarios de la vida donde encontrarás al Señor. Especialmente en la Cuaresma, lo encontrarás cuando dediques tiempo a rezar o ayunar, y él te hablará cuando leas su Palabra en la Sagrada Escritura o cuando reces el rosario o las Estaciones de la Cruz. Te dirá palabras íntimas de perdón en el Sacramento de Reconciliación, y le encontrarás cuando le des una mano a algún necesitado en tu vecindario o en la calle. 

Sea lo que sea que decidas hacer, no dejes de venir con un corazón abierto y expectante. ¡No dejes que Jesús pase de largo, ni dejes que el sentido de culpa o el ajetreo de tu vida te impidan acercarte al Señor! ¡Dale la bienvenida a tu barca!

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