La Palabra Entre Nosotros

Noviembre de 2018 Edición

El peligroso despeñadero del ocultismo

Un joven judío se aventura en el ocultismo 

El peligroso despeñadero del ocultismo: Un joven judío se aventura en el ocultismo 

“Nací en un hogar judío conservador” comienza narrando Fred Wolff, un joven judío norteamericano. “Mis padres no eran demasiado ‘religiosos’, pero hicieron todo lo posible para seguir las costumbres y tradiciones judías. Me enviaron a la escuela hebrea donde aprendí a leer, escribir, hablar hebreo y estudié acerca de la fe judía. Por supuesto, el Antiguo Testamento ocupó una gran parte de mis estudios.

A los trece años hice mi Bar Mitzvá (ceremonia judía en que el joven acepta sus deberes religiosos como adulto) y desde entonces fui ‘miembro del club’, por así decirlo, un judío de pleno derecho.”

Sin embargo, a los 16 años, la rebeldía inherente a esa edad marcaría el futuro de Fred. Cuenta que estaba en la sinagoga del barrio para la fiesta de Rosh Hashanah (el año nuevo judío), cuando vio a una señora de pie. Sin dudarlo, le ofreció su silla; pero uno de los ujieres se le acercó y se lo prohibió arguyendo que únicamente las personas que estaban al corriente en los pagos a la sinagoga podían usar las sillas. Molesto, Fred se marchó y nunca más volvió al culto hebreo.

El tentador neopaganismo. Tras cumplir los 17 años, un amigo le presentó a su primo, quien administraba una librería de temas de ocultismo. Allí conoció a Janice y Rich, una pareja que parecían muy agradables. Además, eran neopaganos (wiccas o wicanos) que practicaban rituales de “magia blanca”, es decir, supuestamente no “maligna” según le dijeron. Fred sintió curiosidad y le interesó el tema y aprendió de sus enseñanzas: deidades, rituales, etc... Empezó así a practicar los rituales “blancos” con ellos. Tiempo después, cuando ingresó en la Fuerza Aérea, Janice y Rich continuaron ‘guiándolo’ y presentándole grupos neopaganos, de los que hay en diversos lugares de los Estados Unidos.

(La Iglesia Católica enseña que no existe la magia “blanca”. Todo asunto de estas características es superstición u ocultismo, lo cual es pecado, o peor aún, actividad demoníaca. Pero Fred por entonces no conocía la verdad de la Iglesia).

En el Satanismo. Un día, estando en California, conoció a un hombre que le dijo que pertenecía a la llamada “Primera Iglesia de Satanás”, con sede en San Francisco. Le invitó a una ceremonia asegurándole que le gustaría. Fred se dejó seducir y acudió. Pero al ver que allí celebraban una “misa negra”, se sintió sumamente inquieto e incómodo. No sabía nada de la Misa católica y no podía reconocer hasta qué punto eso que presenciaba era una parodia perversa del rito eucarístico verdadero. Pero veía algo malvado en ello. Luego, añade: “El oficiante tomó en sus manos unas hostias y una copa de vino y empezó a hacer cosas asquerosas y viles con ellas. Me pilló tan de sorpresa, que yo estaba como atado a la silla, incapaz de moverme. Quería salir corriendo, pero no podía, como si estuviera pegado al asiento.”

Fred no volvió con esa gente y decidió participar solo con los grupos que practicaban “magia blanca” y pensó que al menos allí no tenían “aquelarres” (reuniones de brujos de magia negra) que realizaban rituales desnudos; su grupo los hacía vestidos. Pero con el tiempo llegó a ser “gran sacerdote” en un aquelarre de su ciudad.

Conoció al demonio. Un día, Rich, su guía en el ocultismo y el paganismo, le invitó a ser parte de algo nuevo. El asunto era ni más menos que ir a invocar a un demonio. Para convencerlo, le aseguró que estarían a salvo “mientras permanezcamos dentro del círculo trazado sobre el suelo.”

Fred accedió a participar. Si algo quedaba de inocencia en él, esa noche se esfumó y hoy da gracias a Dios por haberle salvado la vida en esa ocasión. Así narra lo ocurrido durante el ritual:

“Una mujer increíblemente hermosa apareció fuera del círculo y trataba de convencerme para que yo saliera. Pero yo estaba demasiado asustado como para moverme. Entonces ella se convirtió en la cosa más horrible que jamás he visto. Cuando desapareció, comenzó el verdadero espectáculo. Parecía como si una de las paredes de la casa de Rich se desvanecía y al instante se hacía presente una visión del infierno. El hedor era horrible, insoportable —a huevos podridos, azufre— no tengo como describirlo. Luego, vino el demonio que Rich había invocado y pensé que mi vida terminaba. Ellos pueden tomar diversas formas, aunque sean seres espirituales. Éste asumió la forma más espantosa imaginable. Si quería asustarnos, lo logró sin duda. Se rio y le dijo a Rich: ¿De verdad piensas que ese círculo puede detenerme? Luego alzó a Rich del suelo y lo lanzó violentamente hasta estrellarlo contra la pared, que estaba a cinco metros de distancia. Eso fue demasiado para mí. Corrí hacia la parte trasera de la casa, me encerré en el cuarto de baño y permanecí allí no sé cuánto tiempo.”

Cuando salió, buscó a Rich pensando que estaría muerto. Lo encontró en el suelo, murmurando incoherencias, con espuma en la boca. Llamó al 911 pidiendo ayuda y cuando llegó la policía, al no ver restos de drogas ni daños físicos visibles, no hizo mayores preguntas. Rich pasaría los siguientes 20 años de su vida en un instituto psiquiátrico de Long Island, completamente loco. Murió después de las heridas que él mismo se infligió, recuerda Fred.

No al paganismo, sí a Cristo. Al día siguiente de vivir aquel infierno, Fred se reunió con los de su junta de brujos de magia blanca y les dijo que los abandonaba. Se dijeron cosas feas y llegaron a los puñetazos. Pero Fred tenía claro que no quería nada más de ocultismo en su vida.

Recordó entonces que un colega del trabajo, que era cristiano, le había hablado de la fe en Cristo, aunque Fred siempre evitaba el tema. Lo buscó “...y le supliqué que me llevase a su iglesia”. Allí, hablando con un pastor bautista, “acepté a Jesús como mi Señor y Salvador y fui liberado de años de opresión oculta.” Aunque no llegaron a bautizarle, agrega, sentía que Cristo era su protector y habiéndole declarado su Señor, “el demonio ya no tenía poder sobre mí”.

Sin embargo, temía al pensar que sus padres se enfadarían cuando supieran que ahora era cristiano. “Durante un tiempo no se lo dije, pues temía su reacción. El nombre ‘Jesús’ era prohibido para la mayoría de los judíos y también para mis padres.”

La búsqueda continúa. Acudió a una iglesia bautista solo hasta que conoció a una chica que sería su novia y luego su esposa. Ella era evangélica luterana. Se casaron en 1984 y ella lo presionaba para ir a su iglesia. Pero a Fred le llamaba la atención que, tanto en la iglesia bautista como en la luterana, era común que el pastor o alguien más hablara mal de los católicos.

Al cabo de un tiempo, después de mudarse a otra zona, dejaron de ir a la iglesia. Cuando nació su hijo, en 1997, su esposa quiso que fuera bautizado, y así lo hicieron, pero en la iglesia episcopaliana local. Con el tiempo no acudieron ya casi a ninguna iglesia. Luego se divorciaron.

Deprimido, Fred no se negó cuando un amigo le invitó a una iglesia pentecostal: “Tenían muy buena música, había gente de distintas edades y eran todos muy agradables” comenta. Le gustó, se quedó y hasta llegó a ser el técnico de sonido de esa comunidad.

¿Y los católicos? Cuando llevaba cuatro años con esos pentecostales, se dio cuenta de que ellos también criticaban insistentemente a los católicos, como ejemplos de religiosidad vacía, de ritualismo que no salva. En realidad, no sabía nada de los católicos y le llamaba la atención que tantos grupos distintos coincidieran en criticarlos casi obsesivamente. ¿Qué tenían esos católicos? ¿Por qué les criticaban a ellos y no a otros?

En 2009 decidió investigarlo y se valió de Internet. Se propuso leer acerca del conflicto entre las doctrinas y la visión que tenían los católicos y las otras comunidades cristianas. Los que más le ilustraron fueron algunos ex protestantes que ahora eran católicos y apologistas, como Scott Hahn, Tim Staples o Patrick Madrid, entre otros. “Cuanto más leía, más me convencía de que la Iglesia Católica era la Iglesia fundada por Cristo”, afirma.

En 2010 se apuntó para el RICA, el curso de iniciación cristiana para adultos que se imparte en los Estados Unidos a las personas que quieren hacerse católicos. Así fue que, en la Vigilia Pascual de 2011, Fred Wolff, que de hecho nunca había sido bautizado, recibió las aguas del Bautismo, los óleos de la Confirmación y la Sagrada Comunión. “Allí supe en mi corazón y mi espíritu que Jesucristo era realmente el Mesías y mi Redentor”, concluye.

Publicado en www.portaluz.org, 22 julio 2016. Usado con permiso.

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