La Palabra Entre Nosotros

Diciembre 2014 Edición

El Niño que nació en Belén

¿Quién es este Niño que nació el Día de Navidad?

El Niño que nació en Belén: ¿Quién es este Niño que nació el Día de Navidad?

La Navidad es por lo general considerada una época extraordinaria, de sueños y deseos, un tiempo de paz y alegría, cuando todos tratan de ser un poco más amables y más generosos.

También es una época de reuniones familiares y de compartir con amigos y vecinos; y sobre todo, para la mayoría es una época de compras especiales: ¡más regalos, más decoraciones, más comida, y hasta más cajas y bolsos para guardar las cosas que hemos comprado!

Esto es lo que el mundo comúnmente considera que significa la Navidad, pero este entendimiento no ha sido capaz de opacar completamente la razón original y verdadera de la festividad: La Navidad es la celebración del hecho más trascendental y único en la historia: que Dios envió a su único Hijo al mundo, no para condenar al mundo, sino para salvar a todos los seres humanos (Juan 3, 16-17). Y el nacimiento de Jesús es el regalo más espléndido y valioso que jamás se haya dado a la humanidad. ¡No hay otro que se le compare! Este es el regalo que nunca dejará de llevar a más gente al Señor.

Para comenzar esta temporada de Adviento, reflexionaremos en la Persona de este bebé, que reposa en el pesebre. ¿Por qué es tan importante saber quién es exactamente este Niño? Porque el Señor quiere que depositemos en él nuestra fe; que confiemos en él y le sigamos. Y mientras mejor comprendamos quién es, podremos seguirlo con mayor entrega y devoción.

¿Quién está en el pesebre? La Escritura dice que Jesús no fue un bebé ordinario. La misma criaturita que le apretaba el dedo a María, le tiraba del cabello y se dormía en sus brazos, es Aquel que sostiene la tierra entera en la palma de su mano. Él fue el que construyó las montañas, formó las profundidades del mar y “con sus propias manos formó la tierra seca” (Salmo 95, 4-5). “En él tienen su fundamento todas las cosas creadas” (Colosenses 1, 16) y “sin él nada empezó de cuanto existe” (Juan 1, 3). Todos nosotros “somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús” (Efesios 2, 10).

Este hermoso bebé es “el heredero de todas las cosas” y “el resplandor de la gloria de Dios”; él es “el sostén de todas las cosas con su palabra poderosa”, y habiéndonos limpiado de nuestros pecados, “se sentó a la diestra de la majestad de Dios” (Hebreos 1, 2-3).

Este tierno bebé, que hacía los mismos ruiditos de gorjeo y arrullo que hace cualquier criatura recién nacida, es el mismo Hijo de Dios, que pronunció palabras eternas sobre un Padre tierno y misericordioso que habita en el cielo. Este bebé, que dormía y lloraba en el pesebre, terminó su vida exclamando a viva voz en una cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34). Este bebé que contemplaba tiernamente a su madre, miró con amor a todos y cada uno de los que encontraba: los discípulos, que eran lentos para entender; los pecadores públicos, de quienes todos los demás se mofaban; los mendigos y ciegos, que eran despreciados por todos, y los jefes religiosos y políticos, que se conjuraban para matarlo.

El testimonio de los apóstoles. Todas estas afirmaciones de la Escritura son las respuestas claras y elocuentes a la pregunta “¿Quién es este Niño?” Pero la Biblia es un testigo más entre muchos. Otro es la historia en sí misma. Piense en los apóstoles, hombres que conocieron personalmente a Jesús, que le siguieron de Galilea a Jerusalén, y que convivieron con él. Ellos vieron sus milagros y oyeron sus enseñanzas; vieron como su Persona y sus obras producían un cambio en la vida de la gente, y tuvieron experiencias de primera mano de su compasión y su amor y todos ellos tuvieron algún sentido de las tentaciones que Cristo soportó alguna vez sin jamás haber cometido un solo pecado.

Pero más que eso, estos apóstoles dedicaron su vida enteramente a Jesús. Entre ellos había pescadores y comerciantes, activistas políticos y empleados de gobierno. No eran personas que fueran a sacrificarse por un mito o un fraude. Pero allí iban ellos, viajando por todo el mundo, con plena entrega y fidelidad para llevar a cuantos pudieran el mensaje de Jesús y la salvación que él había venido a ofrecer gratuitamente a todos.

Y ¿qué recibieron a cambio de sus sacrificios, su esfuerzo y dedicación? Privaciones y persecuciones; enconadas disputas con los jefes religiosos; azotes y cárcel. Incluso la mayoría de ellos sufrió el martirio. Hablando lógicamente, a nadie se le ocurriría adoptar esta clase de vida a menos que estuviera absolutamente convencido de que Jesús era realmente Aquel que él decía ser. Nadie se entregaría heroicamente al servicio de Jesús y su mensaje a menos que algo o alguien le hubiera demostrado claramente que esa era realmente la verdad.

Milagros. Otro elocuente testimonio sobre quién es este Niño son los milagros que han venido ocurriendo en cada generación desde que Jesús nació en Belén. Antes que nada, están las innumerables curaciones físicas y los exorcismos que los apóstoles realizaron en nombre de Jesús, sucesos maravillosos que siguen sucediendo hasta el día de hoy. Sólo basta con pensar en los milagros asombrosos que realizó san André Bessette en Montreal, Canadá, y las impresionantes conversiones como la de santa Benedicta de la Cruz.

Las diversas apariciones marianas —investigadas minuciosamente y verificadas por la Iglesia— también nos hacen elevar la mirada a Jesús y al magnífico plan fraguado por Dios. Por ejemplo, tenemos Fátima, donde la Virgen María se apareció a tres niños y les dio tres “secretos” sobre el futuro. De hecho, durante una de estas apariciones, hubo 70.000 peregrinos que atestiguaron que el sol “bailaba” de alegría. También está Guadalupe, donde la Virgen se apareció a un sencillo indígena campesino y le dijo que allí debían construir una capilla en su honor, y como prueba de su visitación, ella realizó “el Milagro de las Rosas”, cuando su imagen quedó impresa en la tilma del hoy san Juan Diego. Y también tenemos Lourdes, donde María se apareció a una muchacha llamada Bernardita y se reveló como “la Inmaculada Concepción.”

Finalmente, también hay otros sucesos milagrosos, como la incorruptibilidad de algunos santos y las hostias consagradas que se han convertido en sangre y carne humanas y estatuas que parecen derramar lágrimas. Debido a que estos son acontecimientos imposibles de explicar en términos naturales, muchas personas los han considerado como escalones importantes en su caminar hacia a una fe viva en el Señor, porque se dan cuenta de que “algo debe haber allí”, algo que los mueve a comenzar a rezar, leer y hacer preguntas.

Señor, ¡abre mis ojos! El texto sagrado nos lleva a creer en Jesús, el Verbo Encarnado, la Palabra viva de Dios. Las biografías de los apóstoles y los santos nos mueven a conocer y aceptar a Cristo; a su vez los innumerables milagros nos mueven a buscar la intervención de Dios en nuestra vida. Todas estas maravillas tienen la finalidad de alimentar y reforzar nuestra fe y nos ayudan a abrir los ojos del corazón para que lleguemos a reconocer quién es realmente el Niño que duerme en el pesebre.

La Escritura nos dice que todos los que vieron al Niño Jesús se sintieron inspirados por lo que vieron. Los pastores, los reyes magos, la profetisa Ana y el devoto Simeón: a todos ellos se les abrieron los ojos para ver a Jesús de un nuevo modo. Y esa nueva visión les cambió el corazón.

Quizás la experiencia de Simeón es la que mejor expresa lo que el Niño nacido en Belén quiere hacer en nosotros (Lucas 2, 25-30). La Escritura dice que el Espíritu Santo estaba sobre Simeón, tal como está sobre nosotros, y dice que en cuanto Simeón vio al bebé, se llenó de alegría y exclamó: “Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo… porque mis ojos han visto a tu Salvador” (Lucas 2, 30).

El Espíritu Santo también quiere iluminar nuestros ojos, para que logremos “ver” quién es realmente Aquel que reposa en el pesebre; quiere que veamos que es “Emmanuel”, Dios con nosotros (Mateo 1, 23) y darnos la gracia de poner toda nuestra esperanza en Cristo Jesús.

Así pues, al comenzar esta temporada del Adviento, pidámosle todos al Espíritu Santo que abra nuestros ojos, para que “veamos” a Jesús bajo una nueva luz y todos juntos nos sintamos inspirados a rezar diciendo: “Jesucristo, Señor mío, creo que tú eres el Hijo de Dios, que viniste al mundo como un pequeño bebé en un pesebre. Creo que viniste para salvarnos del pecado y de la muerte. Y creo que un día volverás para llevarnos en tu morada divina. ¡Ven, Señor Jesús, y nace de nuevo hoy en mi corazón!”

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