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Pascua 2020 Edición

Bautizados en Cristo

Unidos a Cristo, podemos superar cualquier cosa

Bautizados en Cristo: Unidos a Cristo, podemos superar cualquier cosa

Cada domingo en la santa Misa, cuando rezamos el Credo, declaramos al unísono: “Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados,” pero, durante la temporada de Pascua, hacemos la profesión del Bautismo de una manera especialmente significativa: somos rociados con agua bendita. Semana tras semana, durante la temporada pascual, se nos recuerda aquel día en que se nos derramó agua bendita por primera vez; se nos recuerda aquel primer día en el que afirmamos nuestra fe en Cristo Jesús, o si éramos bebés, cuando lo hicieron nuestros padres y padrinos por nosotros. Ese fue el día luminoso en que se nos lavaron nuestros pecados y fuimos incorporados al Reino de Dios.

¿Por qué la Iglesia hace una conexión tan contundente entre el Sacramento del Bautismo y el tiempo de Pascua? ¿Qué significa la resurrección de Cristo que nos hace reflexionar sobre nuestra propia iniciación en la Iglesia? Esa es la pregunta que queremos tratar de responder en este artículo. Queremos contemplar el vínculo que crea el Bautismo entre Jesús y nosotros, especialmente el vínculo que une nuestra vida cotidiana y la muerte y la resurrección de Jesucristo.

Hemos muerto con Cristo. Empecemos por la Sagrada Escritura. En su Carta a los Romanos, San Pablo nos dice que cuando somos bautizados nos unimos a Jesús en su muerte en la cruz (6, 3), y que él “murió de una vez para siempre respecto al pecado” (6, 10). Y precisamente, porque estamos unidos a Cristo, nuestros pecados también murieron con él, y lo mismo ocurrió con el castigo que merecían esos pecados.

Cuando desde la cruz Jesús exclamó “Todo está cumplido”, no estaba simplemente tratando de darle un efecto dramático a ese momento (Juan 19, 30); estaba realmente proclamando una verdad que ha cambiado la vida de miles de millones de personas. ¿Por qué? Porque el pecado fue destruido, la humanidad fue perdonada y las puertas del cielo se abrieron para los creyentes.

Esto significa que el Bautismo completa todo un ciclo entre la cruz de Cristo y nuestra incorporación a esa cruz. No se trata solo de que nuestros pecados sean perdonados, sino que hasta la mancha del pecado original queda borrada. La original falta de confianza del ser humano en Dios, nuestro deseo primero de anteponernos a Jesús y su voluntad, también fue lavado por las aguas del Bautismo (Catecismo de la Iglesia Católica 397-398), y por eso, ahora ya no estamos bajo la condenación que el pecado original había provocado (Romanos 8, 1).

Los católicos creemos que los sacramentos son señales vivas que tienen la virtud de ponernos en contacto con la vida de Jesús de una forma real y efectiva. Por ejemplo, la Misa nos transporta de regreso a la Última Cena, donde podemos recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El Bautismo nos lleva de regreso a la cruz y nos hace partícipes de la libertad y la salvación que allí Jesús ganó para nosotros. Es como si el sacramento nos “insertara” en Cristo cuando él entregaba su vida por nosotros. O, para usar la idea de una popular plegaria del siglo XIV denominada “Alma de Cristo”, estábamos escondidos en sus llagas y su sangre inmaculada e inocente nos lavó de todo pecado y maldad.

Hemos resucitado con Cristo. Estas son verdades maravillosas, ¿no es así? ¿Quién pensaría que Dios Todopoderoso se tomaría tanta molestia nada más que para librarnos del pecado? Pero este sacramento no se limita a lavarnos de nuestros pecados, porque no solamente estamos unidos con la muerte de Jesús; también estamos unidos con su resurrección. San Pablo enseñaba a los colosenses diciéndoles: “Ustedes fueron sepultados con Cristo, y fueron también resucitados con él, porque creyeron en el poder de Dios, que lo resucitó” (Colosenses 2, 12).

En efecto, el Bautismo no solo nos purificó, sino que nos resucitó a una nueva forma de vida; nos ha dado una participación en la propia fuerza divina de Dios para que vivamos libres del pecado. El Espíritu Santo inundó el corazón de los creyentes y así nos hizo una nueva creación y nos dio la capacidad de aceptar y adoptar la fórmula de la paz y la pureza de Dios, y rechazar la fórmula del pecado, el egoísmo y la soberbia.

Es cierto que la experiencia nos indica que no siempre ganamos la batalla contra el mal. Claro, pudimos superar el pecado original mediante el Bautismo, pero nuestra naturaleza humana sigue siendo vulnerable; todavía tenemos aquella tendencia a caer en falta, lo que se denomina “concupiscencia”, y nos tocará lidiar con eso toda la vida. Pero no tenemos que enfrentar solos la tentación. Gracias al Bautismo, Cristo habita en nosotros y él es nuestra esperanza de libertad y de gloria; solo hace falta hablarle con amor y pedirle con fe que nos llene de su gracia” (v. Colosenses 1, 27).

La “semilla” del Bautismo. Es muchísimo lo que Dios nos ha dado. En el Bautismo, el Padre nos sumergió en la muerte y la resurrección de su Hijo; nos lavó del pecado original y nos concedió su Espíritu Santo para que llevemos una vida de santidad. Todo esto lo hizo en el Bautismo. Sin embargo, esta vida nueva que recibimos en este sacramento no es más que una “semilla” que está latente en nuestro ser, que está viva pero en forma potencial hasta que la tomemos y la plantemos en el suelo fértil de la fe. Solo entonces echará raíces y dará frutos maravillosos.

San Pablo les dijo a los colosenses que, como ellos ya habían sido resucitados con Cristo, ahora debían buscar “las cosas del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Colosenses 3, 1) y que, en el Bautismo, “su vida está escondida con Cristo en Dios” (3, 3). También les dijo que si buscaban “las cosas del cielo” experimentarían cambios profundos y duraderos en su vida.

Lo mismo sucede con nosotros. En la práctica, buscar las cosas del cielo significa elevar la mente y el corazón a Jesús cada día en la oración; significa participar en Misa todos los domingos con la mente y el corazón bien dispuestos, expectantes, deseosos de escuchar la voz de Dios y aceptar su guía. Significa, además, meditar en la Palabra de Dios y dejar que el Espíritu Santo nos llene la mente de su verdad y el corazón de sus promesas; significa confesar cualquier pecado que sea un obstáculo en nuestro caminar hacia el Señor y hacia la vida de la resurrección.

Dios nos promete que, si adoptamos la práctica de buscarlo de todo corazón, lo encontraremos (Jeremías 29, 13-14). Incluso si apartamos apenas quince minutos cada día para orar y leer la Sagrada Escritura comenzaremos a “encontrar” a Jesús y nos daremos cuenta de que su gracia está actuando en nosotros. ¿En qué consiste la gracia? Por ejemplo, a lo mejor ahora serás capaz de deshacerte de un resentimiento guardado desde hace años o perdonar a alguien por una dolorosa herida del pasado. Tal vez te des cuenta de que eres más amable y menos inclinado a juzgar y criticar. Tal vez puedes descubrir que tienes una nueva fuerza para vencer la tentación o un pecado persistente. Incluso puedes participar más en actividades de evangelización para llevar a más personas al Señor o dar ayuda a los pobres.

Todos los que hemos sido bautizados fuimos liberados del pecado y dotados de la vida divina; pero si no tomamos diariamente la decisión de apropiarnos de todo aquello que hemos recibido en el Bautismo, la vida nueva no dejará de ser una semilla o un frágil retoño. Solo tomando diariamente la decisión de permanecer cerca de Jesús se puede experimentar la gracia y el poder que Dios nos ha prodigado tan generosamente.

Lo imposible se torna posible. San Cipriano de Cartago, que vivió en el siglo III, era un abogado exitoso y adinerado antes de convertirse al Señor. En una carta le confesó a su amigo Donato que, antes de ser bautizado, le resultaba difícil creer que alguien, especialmente él mismo, pudiera despojarse de su antigua vida de pecado y experimentar una verdadera liberación. Simplemente daba por hecho que sus pecados y sus “vicios arraigados” eran parte de su personalidad y que siempre tendría que vivir con ellos. Pero todo eso cambió cuando fue bautizado:

Mas después que fueron lavadas tantas suciedades de los pasados años en las saludables fuentes del Bautismo, un rayo de celestial luz vino a penetrar en lo más oculto de mi corazón, puro ya y limpio con las aguas de la regeneración, y bien presto me vi mudado en otro hombre por un segundo nacimiento. Al instante advertí entonces que mis dudas se aclaraban; que lo que parecía estar cerrado para siempre se abría desde luego; que las tinieblas se disipaban; que lo que se aparentaba difícil se volvía fácil, y posible lo que se figuraba imposible. (Carta a Donato 5)

Así es, lo imposible puede hacerse posible para ti, como se hizo para San Cipriano. Es así porque tú también has muerto y resucitado con Cristo en el Bautismo. No hay ninguna diferencia y Dios no tiene favoritos. Todo el que es bautizado recibe el mismo Espíritu Santo, la misma gracia y las mismas promesas.

Así que deja que la gracia de este sacramento admirable cobre vida en ti. Cada vez que seas rociado con agua bendita en este tiempo pascual, comprométete a emprender de nuevo la vida nueva que has recibido; cada vez que confieses, en el Credo, que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados, pídele al Espíritu Santo la gracia que necesitas para seguir batallando contra el pecado. Y cada vez que pronuncies el gran “Amén” al final de la Plegaria Eucarística, pon todo tu corazón y tu alma en esa afirmación. ¡Tú te has unido a Cristo en el Bautismo y desde entonces eres nada menos que una nueva creación!

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