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Sólo abre la puerta

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Haz un alto por un momento ahora mismo y medita en la portentosa obra de Dios que se ve en la creación de todo lo que existe. Contempla el cielo en un día despejado y lejos de las luces de la ciudad. Es hermoso, ¿no es cierto?

Y las flores que hacen un deslumbrante despliegue de colores tan hermosos y perfectos cuya belleza ningún artista podría reproducir. Piensa en un lago de aguas profundas y apacibles en las montañas: ¿hay acaso algo más fabuloso que esa fuente de agua reluciente como un espejo que refleja la belleza de todo lo que hay a tu alrededor?

Finalmente, colócate delante de un espejo y considera con calma la corona de la creación de Dios: el ser humano. ¡Somos una obra maravillosa! ¿No te parece asombrosa la manera tan intrincada cómo funciona la mente humana? ¿No son sorprendentes todos los detalles visibles y ocultos que tiene el cuerpo humano?

Algunos piensan y afirman que la creación fue un hecho que sucedió simplemente como resultado de una explosión, que no es más que un acontecimiento ocurrido al azar. Pero hay algo dentro de nosotros que nos dice que este asombroso universo tiene una historia mucho mejor que eso. De alguna manera, no es difícil percibir la mano cariñosa de un Dios invisible detrás de toda la portentosa belleza que nos rodea.

San Pablo escribió una vez lo siguiente: “lo invisible de Dios se puede llegar a conocer, si se reflexiona en lo que él ha hecho” (Romanos 1, 20). Para el apóstol, esta no era más que la percepción de “un sentido”, algo lógico, de lo cual se puede deducir que debe haber un Dios detrás de todo esto, un Dios eterno y bondadoso.

Una cosa es saber algo acerca de Dios ponderando las maravillas de la creación, pero otra totalmente distinta es conocerle mediante una revelación personal. Nuestro artículo anterior tuvo el tema constante de la revelación en las cartas de San Pablo y del poder de esa revelación para transformar nuestra vida. En este artículo analizaremos cómo puede uno experimentar esta revelación. Si la obra principal y prioritaria de Dios es lograr la transformación de la persona humana, ¿cómo puedo yo ser transformado?

“Que ustedes sean llenos.” San Pablo escribe acerca de las esperanzas que tiene para la iglesia de los colosenses: “no hemos dejado de orar por ustedes y de pedir a Dios que les haga conocer plenamente su voluntad y les dé toda clase de sabiduría y entendimiento espiritual” (Colosenses 1, 9). Desde el punto de vista de Pablo, la sabiduría y el entendimiento humanos tienen sus límites, especialmente en lo que se refiere a la vida espiritual. Para él, también necesitamos la sabiduría espiritual —lo que llamamos la “revelación”— para llevar a cabo los designios de Dios para nosotros y para su Iglesia.

Después de describir cuál es su oración por los colosenses, Pablo pasa a explicar lo que él piensa que acontecería en ellos como resultado de esta revelación: que ellos “podrán portarse como deben hacerlo los que son del Señor, haciendo siempre lo que a él le agrada, dando frutos de toda clase de buenas obras y creciendo en el conocimiento de Dios. Pedimos que él, con su glorioso poder, los haga fuertes; así podrán ustedes soportarlo todo con mucha fortaleza y paciencia, y con alegría darán gracias al Padre” (Colosenses 1, 10-12).

Según Pablo, la revelación que da el Espíritu Santo ha de llenar nuestra mente de un nuevo entendimiento de la voluntad de Dios, y eso nos debe llevar a un encuentro con la gloria de la divinidad. Esto es diferente del conocimiento intelectual que se puede obtener a un nivel puramente humano, precisamente porque el entendimiento que viene a través de la revelación también penetra en el corazón, es decir, el alma, y transforma y educa con la misma fuerza poderosa.

Amor y conocimiento. ¿A qué se debe que Pablo dedicó tanto tiempo y esfuerzo a enseñar acerca del conocimiento? Al parecer, los colosenses valoraban el conocimiento, pero solamente a nivel humano y aplicaban los conceptos humanos para entender la vida de la fe. Muchos habían experimentado a Dios profundamente en su vida, pero algunos pensaban que el mejor modo de complacerlo era adoptar un elaborado calendario de observancias rituales —“días de fiesta, lunas nuevas o sábados”— que les ayudaran a regular su vida de oración (Colosenses 2, 16). Pablo se dio cuenta de que estos creyentes, aunque eran sinceros, se engañaban al preocuparse tanto de sus ceremonias rituales que perdían de vista a Jesús mismo, que es “la cabeza, la cual hace crecer todo el cuerpo… conforme al plan de Dios” (2, 19).

Pero lo que quería Pablo era que los colosenses crecieran en la santidad profundizando primero su relación con el Señor, de modo que ellos pudieran aceptar de corazón los planes de Dios.

Lo mismo sucede con nosotros. La gracia de la revelación tiene el propósito de ayudarnos a abrir el corazón para recibir los misterios de Dios, de habilitarnos para cambiar de actitudes y conducta. Por su propia experiencia y cuando observaba cómo iban creciendo las diversas comunidades cristianas, Pablo aprendió que el crecimiento espiritual está directamente vinculado con la revelación; vale decir, la clave es entrar en la presencia de Dios y experimentar su amor de un modo personal y transformador.

Sabemos que cada persona conoce el amor de una forma u otra: el amor de los padres, el amor de los esposos, el amor en la familia o el cariño entre los buenos amigos. También sabemos que estos tipos de amor condicionan nuestra forma de pensar y actuar. En este sentido, todas estas dimensiones del amor son similares al amor de Dios que nos llega cuando estamos dispuestos a recibir la revelación divina; pero la transformación que causa el amor de Dios es mucho más profunda y nos hace cambiar el concepto que tenemos de nosotros mismos y del mundo en un plano mucho más profundo.

El amor humano es, por lo general, frágil e inestable; va y viene; es susceptible a las ofensas, los engaños y las traiciones. En cambio, el amor de Dios es constante e inmutable; siempre nuevo y rejuvenecedor. Es estimulante y vivificador, no sólo por la manera como nos hace sentir, sino también por los nuevos horizontes que abre para los fieles; también, porque nos hace comprender quiénes somos realmente los cristianos devotos y por qué estamos aquí en el mundo. Cuando experimentamos el amor de Dios, todo lo demás pasa a segundo plano, y entramos en una experiencia de arrobamiento espiritual que las palabras no pueden explicar, una experiencia que nos transforma por completo.

Cómo entrar en la presencia de Dios. Aun cuando es posible experimentar la presencia de Dios sin realmente buscarla intencionalmente (recordemos la historia de Saulo en el camino a Damasco, Hechos 9, 3-9), es mucho más común tener una experiencia de Dios cuando uno está en oración. Esto fue lo que le sucedió a San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, Santa Faustina Kowalska y tantos otros. Veamos entonces cómo podemos nosotros predisponernos mejor para percibir la presencia del Altísimo y tener una experiencia transformadora.

Buscarlo apasionadamente. Debido a las numerosas exigencias de la vida diaria, es común que llevemos una vida que siga una rutina demasiado estricta; es decir, un rígido horario de deberes, obligaciones y actividades diarias. Cuando esto sucede, podemos llegar a ser muy legalistas, como los colosenses, y perder de vista el objetivo más importante de la fe: arraigarnos en una experiencia personal del amor de Cristo. Si te parece que tu oración se ha vuelto algo mecánico o estéril, invoca al Señor y dile algo como: “Señor mío Jesucristo, quiero conocerte más. Lléname, Señor, de tu amor y transfórmame como tú quieras, porque tuyo soy.” En realidad, nos conviene acudir al Señor de esta manera durante todo el día, pero más aún cuando estamos haciendo oración.

Distracciones. Otro modo de disponerse mejor a encontrarse con el Señor es evitar las distracciones que nos llegan de todas partes. Para muchos de nosotros, la dificultad para concentrarnos en la oración radica en que la mente se nos vuela de un lado a otro. Es difícil tener una conciencia clara de la presencia del Espíritu Santo cuando estamos preocupados por todas las cosas que tenemos que hacer en el día. Pero el Señor quiere ayudarnos a fijar la atención en su divina presencia y rechazar todos los pensamientos que nos distraen. Algunas personas prefieren rezar con un amigo o con su cónyuge; otras optan por escuchar una suave música de fondo o levantarse más temprano e ir a un lugar tranquilo para estar con el Señor.

Sea como sea que trates de evitar las distracciones, ten por seguro que el Señor está haciendo su parte. Y si comienzas a distraerte, no te desanimes, y trata de enfocar tu atención nuevamente en Cristo. Con el tiempo, irás adquiriendo una disciplina de apertura en la oración cuyos resultados serán asombrosos.

Arrepentimiento. Así como el barro, las hojas u otros objetos obstruyen un desagüe, los pecados no confesados obstruyen nuestra relación con Dios. Si tenemos dificultad para experimentar la presencia de Dios cuando rezamos, puede deberse a que el Señor quiera que nos arrepintamos de algo. Por eso, conviene hacerse un examen diario de conciencia y arrepentirse de cualquier falta, grande o pequeña, que uno haya cometido y pedirle a Dios la gracia de no volver a caer. Así pues, pídele al Espíritu Santo que te muestre lo que hay en tu mente y en tu corazón. Procura recibir el Sacramento de la Reconciliación tan a menudo como puedas y recuerda que el arrepentimiento tiene la virtud de elevar tu espíritu para recibir el perdón y la misericordia de Dios, y que la misericordia tiene el poder de ablandar el corazón y disponernos a recibir un amor que nunca falla.

Abre la puerta. Jesús desea mucho que nos acerquemos a su lado; quiere que vengamos a su presencia para que él derrame su amor sobre aquellos que lo amamos. En efecto, esto es lo que nos dice cada día: “Mira, yo estoy llamando a la puerta; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Apocalipsis 3, 20). Levántate, pues y abre la puerta. ¡Deja que Jesús cambie tu corazón y tu vida!

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