Jesús te espera

En los enfermos, los pobres y los abandonados

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Conocí a la Madre Teresa en un libro que vi en una librería. Me llamó la atención la imagen de esta monja porque se veía feliz y con una amplia sonrisa en la portada del libro Something Beautiful for God (Algo hermoso para Dios).

Yo nunca había oído hablar de ella ni de las Misioneras de la Caridad. Su sari (el hábito al estilo hindú que ella usaba) me resultó incómodo, porque no se parecía a ningún hábito religioso que yo hubiera visto. Pero el libro parecía ser “católico” y era barato. Así que lo compré. Lo puse en un estante y en realidad me olvidé de él por bastante tiempo.

“Yo nunca te olvidaré”. Cuando compré el libro, yo estaba casada, con tres hijos pequeños y era la típica ama de casa preocupada de buscar las liquidaciones en las tiendas comerciales. Casi todos los fines de semana teníamos reuniones familiares, en que todos traían algo para comer o beber, por lo cual nuestro hogar estaba siempre lleno de gente, de risas y alegría. La vida familiar parecía casi perfecta, muy distinta de la experiencia que tuve en mi infancia.

En mi niñez y mientras crecía en casa, mi padre siempre estaba causando algún daño o dolor a la familia o estaba en algún otro lugar. Aunque mi madre se sentía abrumada con el trabajo y toda la situación, nos enseñó a mí y a mis hermanos a rezar el rosario. Desde entonces, para mí la Virgen María pasó a ser mi madre, que siempre me cuidaba y me protegía.

No tengo duda de que la Virgen me estaba cuidando, porque al terminar la escuela primaria fui seleccionada para entrar a una escuela secundaria católica privada, donde aprendí más acerca de Jesús, nuestro Señor. Me encantaba especialmente la Eucaristía. Para mí, Jesús era como un personaje famoso, alguien a quien yo podía amar a la distancia, pero sin poder acercarme a él. Con todo, en Misa, yo le hablaba de nuestra familia y le rogaba que un día me diera mi propia familia, una que fuera mucho más apacible y llena de amor.

Finalmente, el Señor respondió a mis oraciones cuando conocí y me enamoré de Eduardo, mi maravilloso marido. Él nos condujo a los dos a un grupo de oración, que nos animó a recibir el bautismo en el Espíritu Santo. Cuando oraban conmigo, escuché a Dios que me hablaba personalmente a través de un versículo de la Biblia: “¿Acaso una madre olvida o deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré” (Isaías 49, 15). Ese día mi vida cambió.

“Jesús te espera.” Fue en esa época que comencé a pensar en hacer algunas de las obras de misericordia que había aprendido en clase de catecismo. Debe haber sido el Espíritu Santo quien puso esa idea en mi mente porque, de la nada, me acordé del libro de la Madre Teresa que nunca había abierto. Finalmente lo leí y me sorprendió el saber que la Madre tenía tres casas aquí mismo en Manila (Las Filipinas), así que decidí visitar una de las casas, llamada “El Hogar de la Alegría”, donde cuidaban a niños enfermos y abandonados.

En mi primera visita, una hermana muy sonriente me saludó, me entregó un delantal y me invitó a escoger un servicio: enfermería, cuidado de los niños o limpieza. Me puse a trabajar y me hizo recordar una “regla” que había aprendido en los escritos de la Madre: “No olvides sonreír, porque Jesús te está esperando en todos aquellos a quienes encuentres.” Cuando me uní a las hermanas en su hora santa en una sencilla capilla al final del día, también me di cuenta de que Jesús nos está esperando en la Sagrada Eucaristía. Así fue como visité este hogar cuatro veces a la semana en los dos años siguientes.

Entre las muchas lecciones que aprendí allí, una que me impactó muchísimo fue la de ser alegres, incluso ante la muerte. Una vez había un muchacho extremadamente demacrado y agonizante. Cuando falleció, las hermanas lo llevaron en su cama a un hermoso jardín, rodeado de flores. Su rostro se veía tan sereno y apacible. Las hermanas le colocaron flores en las manos y le dijeron que era algo que él podía ofrecer a Dios cuando lo viera. Permanecieron a su lado, hablándole cariñosamente como si él les escuchara, admirando su ropa y diciéndole que se veía muy guapo. “Dale muchos saludos a Jesús de mi parte” le susurraban al oído. Finalmente, todas rezamos juntas. Estábamos preparándolo para su funeral, pero realmente parecía que lo estuviéramos preparando para su boda. Me impresionó mucho el trato de “realeza” que recibía.

Algo hermoso para Dios. Continué visitando el hogar y así me di cuenta de que mi vida se había vuelto abundante en gracia. Pronto, mi gratitud se convirtió en una persistente inquietud: sentirse agradecida no era suficiente. ¡A veces, me parecía que iba a estallar de gozo! Porque tenía un deseo insaciable de hacer algo más. Yo quería hacer algo muy hermoso para Dios, como la Madre Teresa lo había hecho.

Entonces se me ocurrió una idea: ¿Podría yo llevarme algunos niños del hogar a mi casa? ¡Era una idea atrevida! No es que me diera temor, pero quería estar segura de que esto era lo que Dios quería. Así que recé diciendo: “Señor, gracias por mi familia. Úsanos para ayudar a que haya más niños que experimenten tu amor sanador.” Abrí mi Biblia y leí: “Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre.” ¡Mi cumpleaños es el 10/29, o sea el 29 de octubre, y el versículo que leí es de Juan 10, 29! Me pareció que era una confirmación: los niños de la casa estaban en la “mano del Padre”, y Jesús me pedía que los cuidara.

“Reza”. Cuando compartí mi idea con las hermanas, me dijeron que necesitaría la autorización personal de la Madre. Cuando lo supe, me preocupó cómo iba a conseguir ese permiso, porque incluso si la Madre visitaba Manila, no había ninguna garantía de que yo pudiera presentarle mi petición.

Unos meses más tarde, las hermanas me llamaron y me dijeron que efectivamente la Madre vendría a visitar las Filipinas. Yo no lo podía creer. Todavía recuerdo que estábamos en fila todas las del Hogar de la Alegría esperando para saludarla. Yo estaba nerviosa, pero las hermanas me alentaban diciéndome que cuando me acercara a ella le pidiera el permiso. Cuando me llegó el turno, la Madre me dio una bendición y yo le susurré al oído mi deseo. Ella me miró y me contestó con firmeza pero con afecto: “¡Reza!” fue todo lo que me dijo.

Unos días más tarde, después de que ella se había ido, llamé a las hermanas para saber la respuesta. “¡La Madre dijo que sí!” Poco tiempo pasó antes de que le diéramos la bienvenida a nuestra primera niña venida del hogar.

Karla y Jessica*. Cuando recibimos a Karla, ella tenía seis años y medio y padecía de parálisis cerebral; tenía sus minúsculos puños bien apretados y tenía malformación en los pies, síntomas comunes en las personas que sufren esa enfermedad. Aunque no puede hablar, tiene la mirada más alerta que uno se pueda imaginar; son sus ventanas al mundo. Su cara tan expresiva y su alegre disposición me cautivaron el corazón.

Tres años más tarde, recibimos a Jessica. Primero la conocí cuando ella tenía apenas siete meses. Uno de sus atributos especiales es la alegría que demuestra, a pesar de ser ciega y sorda. ¡Me encanta cuando estalla en alegres carcajadas!

Karla y Jessica son espléndidos regalos que Dios nos ha hecho a Eduardo y a mí, y las amamos tanto como a nuestros otros hijos. Hoy en día, Jessica ya tiene 24 años y asiste a una escuela especial. Sigue siendo la misma niña alegre de la gran carcajada. Karla, mi “querubín disfrazada”, tiene 34 años y sigue tan viva y alerta como cuando la conocí por primera vez.

“Sé como ella.” No siempre ha sido fácil lidiar con todas las exigencias de mi vida familiar. Una vez, cuando mi madre vivía con nosotros y su salud era frágil, la gripe se estaba propagando en nuestro hogar. Yo corría de una habitación a otra para atender a mi marido y cuidar a mis cinco hijos (los tres propios y las dos adoptivas) y me preocupaba por mi madre.

Una vez, ya exhausta, le pedí al Señor que me ayudara. Inmediatamente me trajo a la mente la figura de la Madre Teresa, y me pidió que me imaginara cómo sería la vida en la primera casa de la Madre. En mi mente la vi tratando de atender a las necesidades de todos los que había en torno a ella. Entonces le oí decir a Jesús: “Sé como ella y saca fuerzas de mí. Eleva tu oración a mí y sirve con paciencia y amor.”

Cuando rezaba el rosario (como lo hacía en mi infancia), le pedí ayuda a la Madre. “Fija la mirada en Jesús” fue la respuesta y me recordó: “Tú lo haces por Jesús.” Estas cinco palabras eran su “evangelio de cinco dedos” que aprendí en mis viajes al Hogar de la Alegría. Esto me dio fuerzas entonces y continúa dándome fortaleza y alegría mientras atiendo a mi familia.

Abrazando el Cuerpo de Cristo. El mundo luce como Karla y Jessica y tantos otros como ellas, simplemente niños con problemas físicos y mentales. Pero nunca olvidaré cuando yo estrechaba sus cuerpecitos en mis brazos cuando eran pequeñas, sintiendo que en realidad yo estaba abrazando el cuerpo de Cristo. Al convertirme en madre de ellas, me di cuenta de que Dios había hecho algo hermoso para mí.

Puedo seguir viendo a Jesús en mis dos hijas adoptivas, al igual que sigo viendo que el Señor aún está esperando: en los enfermos, los pobres y los abandonados, y también en mi familia y amigos. Él está esperando para que le sirvamos, lo atendamos y lo amemos siempre con una sonrisa.

Angela y Eduardo Lansang viven en Manila (Filipinas) y son voluntarios en el Hogar del Amor de las Misioneras de la Caridad. *Son los padres adoptivos de Karla y Jessica, cuyos nombres se han cambiado a petición de la autora.

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