Hay de mí si no evangelizo

Un diálogo con Pepe Prado

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En esta breve reseña queremos presentar a Pepe Prado, uno de los líderes hispanos más dinámicos y queridos entre los católicos laicos de hoy. Sus libros, retiros y conferencias y su trabajo de evangelización le han ganado un merecido prestigio en la Iglesia, reconocido incluso en los círculos del Vaticano.

Pero veamos quién es. José H. Prado Flores, nació en Morelia, México en 1947. En 1981 se casó en Caná de Galilea con su esposa Susan, con quien tiene cuatro hijos: Susan, Juan Marcos, David y Ana Gabriela. Desde joven sintió inquietud por la religión y la vida espiritual, por lo que se dedicó a estudiar teología y filosofía, haciéndose merecedor de varios grados y diplomas universitarios y llegando a ser profesor de Sagrada Escritura. Pepe —como prefiere que lo llamen— decía de sí mismo: “Mi experiencia espiritual estaba satisfecha, creyendo que la vida en abundancia estaba reservada para el otro mundo. En realidad, no esperaba mucho porque creía tener lo que era dable conseguir en esta vida. Me sentía bueno y no necesitado de salvación. Es más, pensaba que la salvación era para los grandes pecadores; y yo, ciertamente, no me consideraba uno de ellos.”

De fariseo a hijo. ¿A qué se refiere cuando dice que “no necesitaba salvación”? Él mismo lo explica de la siguiente manera: “A finales de noviembre de 1971, llegó un grupo al Centro de Espiritualidad “El Altillo” en la ciudad de México para una reunión de oración. Era un grupo extraño, pero algo en ellos me llamaba la atención: su alegría era desbordante. Me parecían locos, pero contentos. Yo no estaba loco, pero no tenía esa alegría. Yo era profesor de Biblia y lo que me interesaba era tocar el entendimiento de mis alumnos, pero aquella gente sencilla, sin formación bíblica, lograba traspasar los corazones, y también el mío estaba siendo cautivado.”

“Esa noche, el que predicaba me miró a los ojos y dijo: ‘No tienes que ser bueno para que Dios te ame. Te ama porque Él es bueno. Te ama con amor incondicional.’ Después, cuando preguntaron quién quería oración para recibir el Bautismo en el Espíritu Santo, levanté tímidamente la mano. Dos personas oraron por mí y yo comencé a percibir una Presencia sobrecogedora de Dios que me llenó los ojos de lágrimas. Así recibí la efusión del Espíritu Santo que transformó mi vida. Era mi primera conversión. El Señor me había convertido de fariseo a hijo. La conversión más difícil no es la de pecador a justo, sino la de justo a hijo.”

El encuentro con Cristo. Entendemos, pues, que cuando Pepe habla de “salvación” se refiere a una profunda experiencia personal de conversión. Sobre esto añade: “Habiendo tenido una completa educación católica y teológica, descubrí en ese retiro que Dios me amaba incondicionalmente. Yo tenía la teoría, la teología, pero no la experiencia personal del amor de Dios. Lo mismo la misericordia del Señor, el hecho de haber recibido su perdón incondicional fue algo maravilloso, que no se puede experimentar en forma intelectual.”

Pero la conversión le trajo, además, otra bendición extraordinaria: la curación de dolorosas úlceras y gastritis, que le obstaculizaban mucho su trabajo. “Pero eso era como querer comprar la sanación: yo seguiría trabajando si él hacia algo por mí.? No fue sino hasta que un día le dije: ‘Señor, si tú quieres me sanas las úlceras, pero yo seguiré trabajando. Si quieres no me sanas, pero de todas formas yo seguiré trabajando’.” Ahí fue cuando recibió la curación completa y de eso han pasado ya 30 años.

De hijo a evangelizador. Como testimonio personal añade: “Yo tenía formación en el Seminario y había tenido muchos estudios bíblicos, pero era toda una formación teórica, intelectual. Pero llegó el día en que tuve el encuentro personal con Cristo y mi vida se transformó, al punto de que se despertó en mí un gran celo por compartir aquello que yo había experimentado, un deseo de ser testigo del amor de Cristo. Eso fue el 12 de marzo de 1971.”

Pero reconociendo que la gran mayoría de los católicos no había tenido una experiencia profunda y transformadora como la suya, se sintió inspirado a fundar una escuela de evangelización. En el verano de 1980, Pepe y otras personas comenzaron a dar los primeros cursos en una casa “vieja, pobre y llena de alacranes”. Había lugar para 44 personas y llegaron 42, entre ellos dos sacerdotes.

Con el tiempo y el esfuerzo perseverante de Pepe y el equipo que se fue reuniendo —incluso con la participación del renombrado sacerdote canadiense Padre Emiliano Tardif (qepd), en la República Dominicana— fueron multiplicándose las escuelas de evangelización, hoy llamadas “Escuelas San Andrés (http://www.evangelizacion.com).” Pepe ha predicado en 52 países y lleva publicados 35 libros. Pepe resume su labor diciendo: “Yo lo sintetizo en la frase de San Pablo: ‘Yo planté, Apolo regó, pero es Dios quien ha dado el crecimiento’ (1 Corintios 3,6). Además siento que la pasión por la evangelización es un regalo de Dios. Yo lo he vivido. Yo antes catequizaba; pero evangelizar es otra cosa mucho más hermosa.”

Tienes que nacer de nuevo. Al preguntarle por qué es necesario “evangelizar” a los que ya son católicos, nos dice: “La gran mayoría de los fieles necesita tener la experiencia del nuevo nacimiento (como dice Juan 3,3). Si la persona no ha nacido de nuevo, la vida sacramental no pasa de ser nada más que un rito. Yo iba a misa diaria y tenía todos los sacramentos, pero no conocía personalmente al Señor. Cuando lo conocí, recién empezaron a tener sentido los sacramentos para mí. Por eso la gente no va con entusiasmo a Misa, porque le parece que no es más que un rito que hay que cumplir.”

En efecto, sabemos que el nuevo nacimiento se produce con el Sacramento del Bautismo, pero no es misterio para nadie que no todos los bautizados, al llegar a adultos, logran llevar una vida de auténtica espiritualidad personal y fidelidad a Dios y a la Iglesia, y mucho menos evangelizar a sus semejantes. Estos son los “bautizados” que necesitan ser evangelizados.

Al hablar de la necesidad de “conversión” o “evangelización”, Pepe deja entrever su profundo anhelo de ver una renovación y crecimiento espiritual entre los católicos: “Yo tengo un sueño: Que todos los católicos tengan la experiencia del Monte Sinaí, como Moisés, que cuando subió y estuvo con el Señor, al bajar tenía el rostro iluminado (Éxodo 34,29-30), porque había tenido un encuentro personal con Dios. Así debería ser el común de los católicos.”

Pero, ¿de qué depende —le pregunto— que haya más evangelización o conversión entre los católicos? “De que se predique el mensaje de salvación” responde. Y añade: “San Pablo dice ‘¿Cómo van a escuchar el Evangelio si no hay nadie que se los predique? (Romanos 10,13-14)’. El problema es que en nuestra Iglesia se da mucha catequesis, pero muy poco anuncio del Kerigma (el mensaje básico de la muerte y la resurrección de Cristo). Hay muchos teólogos y maestros, pero pocos testigos, porque lo que no se ha experimentado no se puede transmitir. La gente se convierte cuando escucha el testimonio de alguien que se ha convertido y ha experimentado el amor y el perdón de Dios.”

Nacimiento y crecimiento. Y añade: “Para crecer en espiritualidad se necesitan tres pasos: primero, haber nacido de nuevo; segundo, someterse a un período de discipulado y, tercero, empezar a dar testimonio de la experiencia de conversión. El que se convierte y crece en la fe, naturalmente desea evangelizar, porque quiere compartir con los demás su cambio de vida.”

“Pero tiene que haber un ‘invernadero’ —nos aclara— para los nuevos creyentes, los recién convertidos, porque si tienen la experiencia de la conversión y no hay ninguna estructura, ningún plan organizado que les permita afianzarse y crecer, se desorientan, se enfrían y terminan por volver a su estado anterior. Se necesita gente que realice este seguimiento personal y directo con el poder del Espíritu Santo. Para ser un evangelizador no hace falta ser sacerdote, diácono o tener estudios de teología. Un evangelizador puede ser cualquier laico, hombre o mujer, porque Jesús nos envió a todos a ser testigos. Lo que sucede es que nuestra Iglesia es demasiado clerical, pero los sacerdotes no pueden hacerlo todo.”

Sin duda hay muchos católicos que no han pasado por experiencias como las que describe Pepe, pero que toda su vida han sido fieles a la Iglesia, a la Misa y a las devociones aprendidas de sus padres y tal vez por eso no consideren necesario llegar a estas dimensiones. A ellos Pepe los invita a buscar un encuentro personal y directo con Cristo, que los transforme de “hijos devotos” en “testigos”.

Por otra parte, hay muchísimos católicos que fueron bautizados, o que incluso recibieron la Primera Comunión y la Confirmación, pero no han permanecido en la práctica de la fe y se han alejado de Dios y de la Iglesia. No van a Misa, no se confiesan ni tienen vida de oración. Es decir, Dios no forma parte de su vida diaria. A ellos es a quienes principalmente se dirige el amor y el trabajo de los evangelizadores, como Pepe Prado, porque ven que tales católicos se han quedado atrapados en las redes de la indiferencia, los engaños y las tentaciones del mundo. Los que son católicos nada más que de nombre se privan voluntariamente de la gracia divina que el Señor quiere comunicarles para llevar una vida positiva, alegre y fructífera en el mundo. ¡Es como si tuvieran en su poder el boleto ganador de la lotería y nunca lo hayan ido a cobrar!

Si usted, querido lector, tiene familiares o conoce a personas que se encuentren en tales situaciones, aconséjeles leer algún libro de Pepe Prado. Rece por ellos y sea un buen testigo, para que la semilla del amor de Cristo caiga en buena tierra. ?

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