El sacerdocio y el sacerdote

Uno de los dones más preciosos de la Misericordia Divina

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Así definía a cada uno de nuestros sacerdotes el que es patrón de todos ellos, San Juan Vianney, el Santo Cura de Ars. Pero ¿cómo empezó el sacerdocio?

El Sacramento del Orden fue instituido como ministerio apostólico por el mismo Jesús en su Última Cena, durante la cual: fundó su Iglesia (poniendo al frente de ella a Pedro) al instituir su sacerdocio en sus apóstoles; el Sacramento de la Eucaristía, al darles su Cuerpo y su Sangre en lo que fue la primera Santa Misa (Mateo 26, 26-28); y el Sacramento de la Penitencia, al encargarles perdonar los pecados (Juan 20, 22-23). Todo ello actuando en su nombre, es decir, in persona Christi.

De modo que, si bien es cierto que, por la gracia del Bautismo, Jesucristo “nos ha hecho un reino y sacerdotes para Dios, su Padre” (Apocalipsis 1, 6) y que todos formamos “un sacerdocio real” (1 Pedro 2, 9), lo que se llama el “sacerdocio común”, en aquella ocasión instituyó el “sacerdocio ministerial”, que es sagrado y habilita al sacerdote para consagrar su Cuerpo y su Sangre, ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa y perdonar los pecados.

Por eso, parte del prefacio para la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote [fiesta que no aparece en el calendario de la Iglesia universal], dice: “Él … con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos.”

El origen del sacerdocio. Lo encontramos en los tiempos del Antiguo Testamento, cuando Dios consagró a los antiguos sacerdotes como representantes del pueblo en el culto a él, ofreciendo dones y sacrificios por los pecados, hecho al que hoy día se hace referencia en la ordenación de un sacerdote. En cuanto a “Orden” y “ordenación”, son términos adoptados del antiguo Imperio Romano, donde designaban diversos cuerpos de aquella sociedad, especialmente en el gobierno.

No dejemos de asistir, si tenemos ocasión, a una ordenación sacerdotal, la celebración del Sacramento del Orden, que “marca a los sacerdotes con un carácter especial, y así quedan configurados con Cristo Sacerdote, de tal manera que pueden actuar como representantes de Cristo Cabeza” (CIC 1563). La ordenación se celebra en la catedral de la diócesis, en el contexto de la Santa Misa y de preferencia en día domingo.

Principalmente, el Sacramento del Orden “está constituido… por la imposición de manos del obispo sobre la cabeza del ordenando, así como por una oración consagratoria específica que pide a Dios la efusión del Espíritu Santo y de sus dones apropiados al ministerio para el cual el candidato es ordenado” (CIC 1573).

San Juan Pablo II recordaba en su autobiografía, Don y Misterio, cuando en su ordenación estaba extendido en forma de cruz en el suelo esperando que el obispo le impusiera las manos: “Quien se dispone a recibir la sagrada ordenación se postra totalmente, apoyada la frente sobre el suelo del templo, manifestando así su completa disponibilidad para asumir el ministerio que le es confiado… acogiendo en la propia vida —como Pedro— la cruz de Cristo y haciéndose con el Apóstol ‘suelo’ para los hermanos, el sentido más profundo de toda la espiritualidad sacerdotal.”

Y en su carta Dominicae Coenae dice también: “Mediante nuestra ordenación, cuya celebración está vinculada a la Santa Misa desde los primeros testimonios litúrgicos, nosotros estamos unidos de un modo singular y excepcional a la Sagrada Eucaristía. Somos en cierto modo ‘de ella’ y ‘para ella’. Somos también, y de un modo particular, responsables ‘de ella’.”

El Santo Cura de Ars afirmaba que “El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús” y que “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina.” Verdaderamente, en sus sacerdotes y en la Eucaristía respondió Jesús, como nunca hubiera podido imaginar la humanidad, al “Quédate con nosotros” de aquellos dos discípulos en el camino de Emaús (Lucas 24, 29).

No un hombre cualquiera. Por eso, el sacerdote no es un hombre como los demás, pues aunque “Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas… en los sacramentos… ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia” (CIC 1550). Decía el santo francés Julian Eymard: “Tal es el poder que Dios le ha impartido. Manda que Dios esté en el altar y, al instante, Dios está allí… la misma maravilla que obró Jesucristo en la Cena Eucarística”. Además, lo mismo que el Bautismo y la Confirmación, “el Sacramento del Orden confiere también un carácter espiritual indeleble” (CIC 1582), y aunque el ordenado sea liberado de sus funciones por una causa grave, no vuelve a ser laico “porque el carácter impreso por la ordenación es para siempre.”

Por tanto, como afirmaba el beato español don Manuel González, llamado “el Obispo de la Eucaristía”, “por ser consagrado con consagración oficial y solemne, [el sacerdote] merece el respeto y la veneración que se da a las cosas consagradas”, no solo a “su ministerio y persona, sino su palabra, su acción, su influencia y su representación social.”

El celibato. En cuanto al celibato de nuestros sacerdotes, como hoy día gran número de sacerdotes, obispos y pastores de otras iglesias y comunidades cristianas (muchos ya casados), deciden hacerse católicos, algunos se preguntan por qué nuestros curas no pueden casarse. Pero el Catecismo nos explica muy claramente dos cosas: primero, que la Iglesia latina elige para el sacerdocio solo a “hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato ‘por el Reino de los cielos’ (Mateo 19, 12) [y] se entregan enteramente a Dios y a los hombres” (1579), pues “El Señor Jesucristo eligió a varones (vir) para formar el colegio de los Doce Apóstoles, y los apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores que les sucederían… La Iglesia se reconoce vinculada por esta decisión del Señor. Esta es la razón por la que las mujeres no reciben la ordenación” (1577); y segundo, que en las Iglesias orientales solo los obispos deben ser célibes, pero, desde tiempo remoto, para el sacerdocio pueden ordenarse hombres casados (pero no casarse después), aunque “el celibato de los presbíteros goza de gran honor… y son numerosos los presbíteros que lo escogen libremente” (1580).

En nuestra Iglesia, si un sacerdote decide casarse necesita pedir la dispensa que, si se le concede, viene directamente del Papa; pero, como sigue siendo sacerdote, se le pide que no ejerza como tal, y únicamente se le permite confesar a alguien que esté en peligro de muerte. Por supuesto, si no pide la dispensa y se casa civilmente, o simplemente se empareja, habrá decidido vivir en pecado mortal.

La dignidad sacerdotal. Reflexionemos, pues, acerca de la dignidad especial del sacerdote en toda circunstancia, incluso cuando uno falla en su ministerio, pues san Francisco de Asís, en sus Admoniciones, nos advierte: “¡Ay de los que los desprecien! Aunque caigan en el pecado, nadie debe emitir juicio sobre ellos, pues Dios se lo ha reservado para sí mismo… así que el que peque contra ellos comete mayor crimen que si pecara contra cualquier otra persona en el mundo.”

La actitud del sacerdote en el altar, más allá de las palabras, influye consciente o inconscientemente en sus fieles. El padre Raniero Cantalamessa (Predicador de la Casa Pontificia desde 1980), dice en La Eucaristía, nuestra santificación: “La primera catequesis al pueblo es la que un párroco hace con su modo de estar en el altar y de ir y venir delante del Santísimo. Una genuflexión ante el sagrario, hecha de un modo determinado, puede valer como toda una predicación sobre la presencia real.”

Del padre San Maximiliano Kolbe escribió una religiosa: “Me impresionó el modo con que este sacerdote desconocido celebraba la santa Misa… profundamente impregnado del carácter sagrado de cuanto hacía, y eso influía enormemente en mí. Pensé que debía ser un santo sacerdote.”

Hoy necesitamos el testimonio continuo del sacerdote, no solo con su comportamiento verbal, lo que dice, sino con el no verbal, que abarca todo cuanto dice y hace durante la celebración, siempre frente a su asamblea: cómo pronuncia los textos litúrgicos, cada gesto y otros movimientos que acompañan sus palabras o alternan con ellas, en los silencios, litúrgicos o no, que ocurren durante la Santa Misa, y nunca debilitando el carácter sagrado de la celebración, sino realzándolo en todo momento con una actitud testimonial.

Actitud de los laicos. Finalmente, en cuanto a nuestra propia actitud hacia nuestros sacerdotes, podemos deducir varias cosas importantes y esenciales como laicos católicos: que debemos amar el sacerdocio y a cada sacerdote con auténtico amor fraterno y agradecido, porque su misión es acompañarnos desde nuestra recepción en la Iglesia de Cristo mediante el Bautismo hasta nuestra partida hacia la eternidad; que debemos interceder siempre por ellos, tanto por los que cada día se entregan a su ministerio como por los que, como seres humanos que son, fallan en él y necesitan de la misericordia divina, puesto que “los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Romanos 11, 29); que es grave pecado dar información negativa sobre un sacerdote, excepto a quien pueda ayudarle e interceder por él, y sin detalles innecesarios que solo sirven para dar gloria al maligno; y que debemos darles siempre nuestro apoyo, poniendo al servicio de las comunidades parroquiales las habilidades que Dios le haya dado a cada feligrés.

Tras esta breve reflexión, recordemos el amor a la Eucaristía de quien sufrió en su carne y en su espíritu la torturante existencia en un campo de concentración, reflejado en la casi inimaginable experiencia de trece años: el cardenal vietnamita François Xavier Nguyen Van Thuan, que celebraba la Santa Misa por la noche, en la litera que compartía con otros cinco, de memoria y pasando la comunión a los demás y dice: “… con tres gotas de vino [recibido ‘para su dolor de estómago’] y una de agua, en la palma de la mano. Cada día podía beber con él su amarguísimo cáliz… al recitar la consagración confirmaba con todo mi corazón y con toda mi alma una nueva alianza, una alianza eterna entre Jesús y yo, a través de su Sangre mezclada con la mía” (de sus ejercicios espirituales para el ahora San Juan Pablo II en 2000).

Fernando Poyatos es profesor emérito de la Universidad de New Brunswick (Canadá). El artículo fue adaptado por él de su libro Quédate con nosotros, Señor. Para una experiencia plena de la Santa Misa (250 págs, Madrid. Editorial De Buena Tinta, y Amazon).

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