Adviento: “Sé los planes que tengo para ustedes”

Una llamada a cambiar

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Si usted tiene una escena del Nacimiento en su casa, un pese­bre o “belén”, vaya a mirarlo. Piense en todas las personas que experimentaron un cambio de vida a consecuencia de la con­cepción y el nacimiento del Niño Dios.

Sin duda que San José y la Vir­gen María cambiaron. También Zacarías e Isabel experimentaron un cambio, y hasta lo tuvo el propio pequeño Juan, ¡que todavía estaba en el vientre de su madre! Los reyes del Oriente, los pastores, Ana y Simeón: Fueron muchas las personas que experimentaron un cambio cuando escucharon la buena noticia de la Navidad.

El cambio es uno de los principales temas de la temporada de Adviento. Dios nos da este tiempo para que exa­minemos la vida que llevamos y nos preguntemos: “¿Qué cambio ha pro­ducido el nacimiento de Jesús en mi vida? ¿Cómo puede el nacimiento del Señor cambiarme este año?” Para ayudarnos a contestar estas preguntas, vamos a mirar el modo en que María y José aceptaron el nuevo plan que Dios tenía para ellos. Si observamos cómo dijeron ellos que “sí”, podremos imi­tarlos, para que nuestro “sí” al Señor sea más auténtico y significativo.

Aceptar los planes de Dios. El sal­mista dijo: “Los proyectos del Señor permanecen firmes para siempre” (Salmo 33,11). Hablando por boca del profeta, Dios dijo a los israelitas: “Yo sé los planes que tengo para uste­des, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza” (Jeremías 29,11). Estos son sentimientos que realmente nos conmueven. Nos dicen que los planes de Dios para nosotros son buenos y hasta mejores de lo que pudiéramos hacer nosotros mismos. Pero si que­remos conocer las bendiciones de los planes de Dios, tenemos que estar dis­puestos a aceptarlos.

Contemple a la Virgen María en el pesebre que hay en su casa y piense en el plan que Dios tuvo para la vida de ella. Piense en todo lo que ella tuvo que cambiar para aceptar este plan. Ya se había comprometido con José y probablemente pensaba con mucha ilusión en el matrimonio que iba a contraer y en una vida tranquila de oración y contemplación, hasta enve­jecer con su fiel y piadoso marido. Era un plan bueno; aunque no era lo que Dios tenía en mente.

Pero cuando el ángel Gabriel se le apareció, todo en la vida de María quedó trastornado. En un instante, ¡iba a ser madre y por obra del Espíritu Santo! Aquel prometedor futuro al que ella aspiraba empezaba a esfu­marse rápidamente. María se sorpren­dió mucho del saludo del ángel (Lucas 1,29), pero realmente encontró la gra­cia necesaria para confiar en Dios, a pesar de las privaciones o desafíos que le esperaban. Sabía que Dios era bueno y tierno en extremo; sabía tam­bién que el Señor no la abandonaría, y teniendo estas verdades como los fun­damentos de su vida, razonó que sí sería capaz de aceptar el plan de Dios y creer que Él proveería para ella.

Ahora miremos a José. A Él también se le pidió aceptar el plan de Dios y abandonar sus ideas sobre cómo sería su vida con María, y lo hizo. Cuando María le dijo por primera vez que un ángel la había visitado y le había dicho que ella daría a luz un hijo por el Espí­ritu Santo, probablemente la noticia lo dejó conmocionado. Incluso por un instante pudo haber dudado de que María le dijera la verdad. De todos modos, como era justo y honrado, decidió divorciarse de ella en secreto. ¡No quería que María quedara como adúltera, ¡especialmente si su emba­razo era milagroso!

Pero Dios tenía otros planes. Por medio de un ángel, el Señor le dijo a José que lo relatado por María era verdad, y le aseguró que lo correcto era que se casara con ella. José tam-poco tenía idea alguna de cuál sería el resultado de este nuevo plan, pero al igual que María, estuvo dispuesto a depositar su confianza en Dios.

Dios tiene planes para cada uno de nosotros, planes que pueden exi­gir un cambio de vida, como suce­dió con María y José. Nuestro Padre quiere darnos la capacidad de hacer grandes cosas para Él, pero veremos que estas “grandes cosas” solo suce­den en la medida en que queramos escucharle y tengamos el corazón ele­vado a su presencia. Si nos distraemos, corremos el riesgo de privarnos de la misión que el Señor quiere encomen­darnos. Por otra parte, cuando tene­mos a Jesús siempre presente en el corazón, veremos que podemos hacer su voluntad.

“En memoria de mí.” En la Última Cena, Jesús dijo a sus discí­pulos: “Hagan esto en memoria de mí” (Lucas 22,19), y la Iglesia lo ha estado haciendo en cada Misa desde entonces y durante más de dos mil años. En efecto, cada vez que cele­bramos la misa, recordamos lo que Jesús hizo por nosotros en la cruz. Cuando estamos allí en Misa, escu­chando la Palabra de Dios, contem­plando y recibiendo al Señor en la Sagrada Eucaristía y rezando con todos nuestros hermanos y hermanas, la experiencia puede ser muy pro­funda y conmovedora.

Pero luego viene la vida cotidiana, donde recordamos tantas otras cosas: la lista de abarrotes que tenemos que comprar; lo que nos tocará hacer en el trabajo; tal vez el regalo de cumplea­ños que debemos buscar o el auto que tenemos que llevar a reparar. O recor­damos lo que vimos por la televisión la noche anterior, lo que va a estar en liquidación este fin de semana, o quiénes vendrán a visitarnos en las vacaciones.

Recordamos tantas cosas, pero Jesús quiere que aquello que Él hizo por nosotros sea nuestro primer y más valioso recuerdo siempre; quiere que la memoria de la salvación tenga prioridad sobre todo lo demás; quiere que dediquemos tiempo a recordarlo cada día. El Señor quiere que la ima­gen de lo que Él hizo por nosotros quede grabada profundamente en la mente y el corazón.

María y José le dijeron que “sí” a Dios, porque llevaban siempre en la mente y el corazón el recuerdo de lo que Dios había hecho por su pueblo en el pasado. Recordaban su fideli­dad con Abraham, el modo como había liberado a su pueblo de la esclavitud en Egipto y lo había traído a la Tierra Prometida. Recordaban que Dios había escogido a David y lo había hecho un rey muy pode­roso pero humilde. También recor­daban cómo el Señor había hablado a su pueblo a través de los profetas y como los había traído de regreso desde el cautiverio en Babilonia. Todos estos recuerdos fueron facto-res muy importantes para ayudarles a confiar en Dios y aceptar los nuevos planes que Él tenía para ellos.

Si nosotros recordamos la cruz y el hecho de que Jesús murió para librar­nos del pecado, el recuerdo nos traerá paz y alegría; si recordamos que Jesús entró en este mundo porque nos ama, ese recuerdo nos ayudará a deposi­tar toda nuestra confianza en el Señor. El hecho de recordar quién es Jesús y lo que Él hizo por nosotros, natural­mente nos ayuda a aceptar la voluntad de Dios, nos inspira a rezar y perdonar a otros como Él nos perdonó a noso­tros y nos mueve a servir a su pueblo.

Acepte la llamada. Casi dos mil años antes de María, Dios le había pedido a Abraham —un hombre acaudalado y anciano de Mesopo­tamia— que se trasladara con toda su familia y sus ganados a una tie­rra llamada Canaán, situada a cien­tos de millas de distancia. ¡Era una tarea descomunal! Recordemos que en aquella época no había camiones de mudanza, ni supercarreteras ni agentes de propiedades. Recordemos, también, que probablemente Abra­ham y su esposa Sara estaban conten­tos con la vida que llevaban. Con todo, ellos aceptaron hacer lo que Dios les pedía y el resultado fue entrar en una alianza con Dios y recibir bendiciones inimaginables.

Unos cinco siglos más tarde, Dios le dijo a Moisés que fuera a Egipto a liberar a su pueblo de la esclavi­tud. Probablemente Moisés también estaba contento con su vida como pastor en Madián. Él y su esposa ya tenían hijos, y su vida era apacible. Al principio, Moisés trató de eludir la lla­mada de Dios, pero finalmente aceptó y lo que sucedió después ya lo sabe­mos. ¡Pero pensemos en todo lo que Moisés fue capaz de llevar a cabo por­que actuó apoyado en su fe!

Abraham, Moisés y tantos otros santos fueron personas comunes, que llevaban una vida tranquila antes de que el Señor los llamara; pero gracias a su encuentro con Dios y a su deci­sión de obedecer sus planes, pudieron hacer grandes cosas para el Señor y su pueblo. No siempre fue fácil, pero siempre fue provechoso.

Una bendición y una llamada. Hoy Jesús nos pide a nosotros aceptar sus planes. Las necesidades son enor­mes en la Iglesia y en el mundo, pero la historia nos dice que Dios está pre­parado para bendecir a todos y cada uno de los que responden a su lla­mada a servirle.

Siendo así, dedique algún tiempo este Adviento a considerar la escena del Nacimiento. Cuando usted contemple esta hermosa escena, piense en todos aquellos que tuvieron un cambio de vida porque Dios les pidió que le sirvieran y prepararan el camino para su Hijo. Todos ellos deci­dieron renunciar a sus propios planes, y así ha sido siempre en la Iglesia. Ella sobrevive porque hay gente, como tú y nosotros, que decide libremente res­ponder a la llamada de Dios.

¿Te está llamando Dios a servirle? ¿Qué cambios te pide que hagas? Si te decides a recordar a Jesús en este tiempo del Adviento, descubrirás que puedes aceptar mucho mejor la llamada de Dios; que puedes hacer cosas de gran valor actuando por fe, y cada vez que lo hagas te llenarás de una enorme alegría y paz.

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