La Palabra Entre Nosotros

Enero 2012 Edición

Vayan por todo el mundo

La llamada a evangelizar

Vayan por todo el mundo: La llamada a evangelizar

Que su luz brille ante los demás, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos

El comienzo de un nuevo año es siempre una buena época para hacerse nuevos propósitos y fijarse metas para los meses veni­deros. En cuanto a la salud, tal vez decidamos hacer ejercicios dia­riamente, comer comidas más saludables y bajar de peso. En casa, podemos decidirnos a pasar más tiempo con la familia y menos horas mirando la televisión. Incluso pode­mos decidirnos por fin a realizar esos proyectos de reparación o modifica­ción en la casa en los que hemos estado pensando desde hace meses.

Pero, ¿a qué propósitos espiri­tuales vamos a dedicarle tiempo y esfuerzo? ¿Qué cosas podemos hacer este año para acercarnos más al Señor? O tal vez baste con que nos decidamos a servir a Dios con más entusiasmo y dedicación. Hay muchas actividades que podemos proponernos hacer en este sen­tido, pero este año nos pareció que el Señor nos quería animar a todos a pensar en un aspecto que a Él le interesa mucho: la evangelización.

Sabemos que la evangelización es importante para Cristo porque fue el último mandamiento que nos dio antes de ascender al cielo: “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos la buena noticia” (Marcos 16,15).

¿Por qué es tan importante la evange­lización para el Señor? Para entenderlo, usemos una comparación: Pensemos en una familia muy numerosa, en la cual la mitad de los hijos ha logrado sobresalir en todo, y la otra mitad no ha podido hacerlo o ha perdido el rumbo correcto. ¡Qué situación tan difícil para los padres! Ellos quieren que todos sus hijos progresen y tengan éxito en la vida, y les duele que algunos de ellos estén sufriendo. De modo simi­lar, nuestro Padre celestial quiere que toda persona acepte su amor, sus ben­diciones y la redención que Él le ofrece; quiere que todos llevemos una vida feliz y productiva bajo su guía. Tanto es lo que anhela que esto se haga realidad que nos ha llamado a trabajar con Él para conseguir este propósito; por eso desea que nos consideremos embajado­res suyos que anuncian su palabra de vida (2 Corintios 5,20).

Así pues, al comenzar este nuevo año, pidámosle al Señor que nos con­ceda a todos un mayor deseo de compartir nuestro testimonio y anun­ciar el Evangelio a nuestros familiares y conocidos; que nos dé una clara com­prensión de la importancia de esta misión y la valentía y la dedicación necesarias para llevarla a cabo.

Es trabajo, sí, pero vale la pena. Hay que reconocerlo: para evangelizar hay que trabajar bastante. Por nues­tra parte, esta labor requiere esfuerzo y planificación, pero siempre se corre el riesgo de tropezar con el rechazo. No obstante, cualquier recelo que podamos tener se va desvaneciendo cuando logra­mos comprender lo mucho que Jesús se duele por aquellas personas que no lo conocen o no practican su fe.

En el capítulo 15 del Evangelio según San Lucas podemos apreciar el gran deseo de Dios de que los extravia­dos y alejados regresen a casa, a su lado. En ese capítulo, Jesús cuenta tres pará­bolas distintas que tienen que ver con algo perdido y hallado. En cada una de estas historias (la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido), el Señor pone mucho énfasis en el resul­tado final. Cuando el pastor encuentra la oveja perdida, por ejemplo, llama a sus amigos para celebrar el aconteci­miento; cuando la mujer encuentra la moneda extraviada, también se alegra con sus amigas, y cuando el hijo per-dido se arrepiente y vuelve al hogar, su padre hace una gran fiesta para celebrar el regreso.

Todos podemos identificarnos de alguna manera con estos casos. Ya sea que hayamos perdido a un hijo en medio de una gran multitud, o que nosotros mismos nos hayamos perdido cuando éramos pequeños. Cuando un hijo pequeño se extra-vía, los padres se preocupan mucho y lo buscan por todas partes y si no lo encuen-tran pronto se angustian y empiezan a pensar en todas las posi­bles causas y consecuencias. Pero cuando finalmente encuentran al pequeño, el sentido de alivio, alegría y felicidad que sienten es enorme. De igual manera, Jesús está cons­tantemente pensando en sus hijos pequeños, como tú y yo. Nos ama tanto que se preocupa cuando nos separamos de su lado, porque lo único que quiere para nosotros es el bien. Por eso, también se alegra tanto cuando corremos a su lado y nos abra­zamos a Él.

En la correcta perspectiva. Estas parábolas nos ayudan a entender cómo piensa Dios. En la parábola de la oveja perdida, Jesús nos dice: “Les digo que así también hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se con­vierte” (Lucas 15,7).

El Señor disfruta de nuestra compa­ñía y aprecia cuando venimos a Misa o cuando hacemos oración. También le agrada ver cuando compartimos su amor con nuestros familiares, amigos y los necesitados, y le complace ver que tratemos de hacer lo posible por seguirlo e imitarlo. Pero con todo lo que estas situaciones pueden complacerle, lo que le causa más alegría es ver que alguien que no practicaba su fe regresa a casa. Esto es tan importante para Jesús que nos pide que dejemos solos a los 99 (en realidad exponiéndolos a cierto riesgo) para salir a buscar a los extraviados.

¿Ves cómo piensa Dios? Te das cuenta del gran esfuerzo que hace el Señor para buscar a los perdidos, tal como el padre del hijo pródigo miraba a lo lejos por el camino todos los días para ver si venía su hijo. ¿Te das cuenta de lo mucho que desea Dios que todos sus hijos vuelvan a su lado? ¿Acaso no escuchas su voz que te llama a salir al mundo para ir a buscar a los que se encuentran lejos de su presencia? Pero la tarea no termina con la llamada a evangelizar. Dios también espera que nos alegremos junto con Él cada vez que alguien que estaba perdido regresa a casa. El Señor quiere que todos parti­cipemos en la celebración.

El valle de los huesos secos. Cuando el profeta Ezequiel vivía exi­liado en Babilonia recibió una visión de Dios que lo llenó de una gran esperanza. En esta visión, vio que había un valle lleno de huesos secos, un panorama simbólico que representaba la condi­ción de sus hermanos judíos cautivos en Babilonia, porque al igual que los hue­sos secos, ellos también sentían un gran vacío espiritual y sequedad emocional en su vida. Habían perdido toda espe­ranza porque se sentían lejos de Dios y no sabían cómo volver a su lado. Dios mandó a Ezequiel a que pronunciara su Palabra dirigiéndose a los huesos secos, y cuando el profeta lo hizo, los huesos cobraron vida, se reunieron y formaron un poderoso ejército lleno del Espíritu Santo (Ezequiel 37,1-14).

Dios también ha colocado a muchos de nosotros en medio de personas que se sienten espiritualmente vacías y no saben qué hacer al respecto. Tal vez sean familiares, amigos, vecinos o com­pañeros de trabajo. Y tal como lo hizo con Ezequiel, el Señor nos pide a noso­tros que pronunciemos su Palabra y ayudemos a estas personas a recobrar la vida espiritual; quiere que les demos a conocer su promesa de redención y de vida nueva, que los animemos a levan­tarse para acudir a su lado. El Señor quiere que les digamos cosas como: “Dios te ama y quiere llenarte de su Espíritu Santo y colmarte de muchas bendiciones.”

En la visión, el Señor le mandó a Ezequiel que anunciara que Dios deseaba infundir su vida sobre los israe­litas para que ellos pudieran “revivir”. De igual forma, quiere que nosotros les digamos a quienes se sienten desorien­tados o desanimados que Dios quiere llenarlos de vida, esperanza y sabidu­ría, para que sepan que el mensaje de Cristo no es solamente un concepto de teología, sino el poder y el amor de Dios que actúan en ellos para comunicarles una vida completamente nueva.

De modo que esta obra depende de que nosotros decidamos obedecer la voluntad de Dios. Es preciso que sepa­mos que Dios quiere que seamos su voz en el mundo, que busquemos a quienes se encuentran empantanados en sus propios valles de huesos secos para que revivan y comiencen una vida nueva. Dios está deseoso de traer a su lado a todos los que se encuentran lejos, porque quiere sacarlos de sus tumbas de desesperanza, pecado y desánimo y quiere que nosotros cooperemos con Él en esta gran misión.

“Siempre listos.” Cuando pensamos en la llamada a evangelizar, difícilmente podría uno pasar por alto un breve versículo que aparece en la primera carta de San Pedro: “Honren a Cristo como al Señor en sus corazones” (1 Pedro 3,15). De esta forma nos invita a consagrarnos a Jesús, y decidirnos a amar al Señor de todo corazón y a complacerlo en todo lo que hagamos durante el día.

Luego en el mismo versículo añade: “Estén siempre preparados a respon­der a todo el que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen.” De modo que, aparte de entregarnos al Señor cada día, debemos estar dis­puestos a dar testimonio de Él y estar siempre listos para com­partir nuestra fe de una manera personal y sincera, clara pero apasionada acerca de Jesús y de la relación que tenemos con Él. Claro que San Pedro se apresura a añadir que esto debemos hacerlo “con humildad y respeto” (v. 16).

¡Qué contento se sentiría el Señor si cada uno de nosotros siguiera el consejo de San Pedro! Cuán feliz esta­ría nuestro Salvador si cada uno de nosotros se consagrara a Él cada día y buscara la manera de dar testimonio de su fe a todos los que se encuentran espiritualmente secos y vacíos. Aun cuando no tuviéramos un éxito total, el Señor se regocijaría por el esfuerzo que hubiéramos realizado. Y cuando alguien regresa a su lado como conse­cuencia del testimonio que tú o yo le hayamos dado, todo el cielo se alegrará y el mismo Señor nos dirá: “‘Muy bien, eres un empleado bueno y fiel; ya que fuiste fiel en lo poco, te pondré a cargo de mucho más. Entra y alégrate con­migo” (Mateo 25,21).

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