La Palabra Entre Nosotros

Pascua 2012 Edición

Una sinfonía de voces

Dios nos habla todo el tiempo

Una sinfonía de voces: Dios nos habla todo el tiempo

Estos años han sido de mucho ajetreo para el Papa Benedicto XVI. Además de todos los viajes que hace, las reuniones con los obis-pos y sus obligaciones pastorales como obispo de Roma, ha tenido que lidiar con numerosos y difíciles casos de crisis: escándalos de abuso sexual en diversos países, persecución contra los cristianos en el Medio Oriente y la epidemia del Sida en África, para nombrar sólo unos pocos. En una reciente entrevista, el Papa reconoció que su trabajo es agotador y que exige largas horas de intensa concentración.

Con todo, en el medio de toda esta labor, Benedicto ha encontrado tiempo para escribir una exhortación apostólica de 200 páginas titulada Verbum Domini (VD), es decir, la Palabra de Dios. Este documento es un resumen detallado de las delibe­raciones del sínodo de obispos que había tenido lugar unos años antes y contiene muchas de las recomenda­ciones que hicieron los obispos para alentar a los católicos a escuchar la Palabra de Dios con mayor claridad y atención.

Considerando todas sus otras funciones, cabe preguntarse cómo fue que el Santo Padre dedicó el tiempo necesario para escribir este documento. Ciertamente pudo haber escrito uno más breve y más general y luego haber seguido con sus tareas más urgentes. Pero no lo hizo. Se tomó todo el tiempo nece­sario, porque sabía lo sumamente importante que es este tema. Bene­dicto quería, no solo exhortarnos a leer la Biblia todos los días y tra­tar de ser buenos cristianos, sino que deseaba enseñarnos y animar­nos; quería decirnos lo mucho que Dios anhela involucrarse en la vida de cada uno de sus hijos e instar­los a abrir el corazón a la Palabra de Dios, para que podamos encontrar­nos personalmente con Jesús y ser transformados.

Benedicto sabe que el hecho de leer la Sagrada Escritura todos los días es apenas el comienzo. Es sin duda muy bueno leer la Biblia y aprender lo que ella nos enseña, pero el Santo Padre quiere decirnos que “Dios se da a conocer en el diálogo que desea tener con nosotros” (VD 6). Para él, lo importante es que lleguemos a enta­blar una conversación con Dios, y no limitarnos a recibir información. De hecho, afirma que Dios nos habla de muchos modos diferentes, no solo en la Sagrada Escritura, sino que uti­liza una “sinfonía a varias voces” para comunicarnos sus palabras (VD 7). Siendo así, consideraremos cuáles son algunas de estas voces, para poner oídos atentos a ellas.

Una sinfonía de voces. La primera “voz” que Dios utiliza es la Creación misma. Todo comenzó porque Dios pronunció su Palabra, y esto significa que toda la Creación tiene el poten­cial de comunicarnos esa Palabra de una manera nueva: luz y oscuridad, mar y cielo, plantas y animales (Géne­sis1,3-25), y naturalmente el hombre y la mujer.

Dios también ha hablado a través de sucesos sobrenaturales, como la zarza ardiente que Moisés vio y como el ángel que le habló a Josué. También podemos recordar la ocasión en que Dios dictó los Diez Mandamientos en medio del trueno y el relámpago en el monte Sinaí, y luego se le manifestó al profeta Elías en una voz suave y susu­rrante en el Monte Horeb.

El Señor ha hablado también por medio de los profetas, utilizando a hombres y mujeres para proclamar palabras divinas. Por boca de estos profetas, el Señor se dirigió igual­mente a hombres y mujeres comunes y corrientes, no solo a líderes heroicos como Moisés y Josué, y enseñó que cualquiera de sus hijos puede escu­char su voz y ser transformado por obra de sus promesas.

Pero en esta sinfonía, también se escucha la “voz” del propio devenir de la historia (VD 7). A través de los éxitos y fracasos de Israel, sus días de imperio y exilio, Dios demostró que nunca abandonaría a su pueblo. Para ello, les hablaba a través de los acontecimientos que sucedían, les comunicaba cuánto los amaba y les hacía ver su misericordia, su justicia y su bondad. Todo lo que ellos tenían que hacer era aprender a leer las seña­les de los tiempos.

Esta sinfonía no tiene fin. Dios habla a través de la conciencia de cada uno, mediante la predicación de los apóstoles, naturalmente en la Sagrada Escritura y también a través de la Igle­sia. Incluso utiliza nuestras propias amistades para demostrarnos su amor y su compasión.

Finalmente, con el fin de aunar todas estas voces en un concierto, Dios nos ha hablado a través de su Hijo Jesús, la Palabra viva y eterna. Y con Cristo algo nuevo ha llegado. Como nos dice Benedicto: “Ahora, la Palabra no solo se puede oír, no solo tiene una voz, sino que tiene un rostro que podemos ver” (VD 12). Es decir, no sólo escuchamos la Pala­bra de Dios y la percibimos, sino que incluso la podemos ver. Todos los milagros que realizó Jesús, cada pecador que perdonó, cada sermón que predicó y cada parábola que relató, todos ellos fueron un men­saje en que el Padre nos revelaba su gran amor. Los 33 años que Jesús anduvo caminando por el mundo fueron en realidad una elocuente y cariñosa carta de amor de nuestro Padre celestial.

Muchas invitaciones. Esta des­cripción de las diversas voces de Dios tal vez nos parezca nada más que una reseña histórica, algo interesante en lo que uno puede pensar, aunque en rea­lidad no muy práctica. Pero Benedicto quería darnos una lección de histo­ria, y suscitar en nosotros el deseo de escuchar la Palabra de Dios de una manera nueva, novedosa y cada vez más profunda.

Entonces, ¿cómo podemos per­cibir esta “sinfonía” multiforme que resuena en el mundo? Primero, podemos escuchar la voz de la Crea­ción. San Francisco nos decía que el “hermano Sol” y “la hermana Luna” revelaban la majestad, la grandeza y el misterio de Dios. En las Escrituras, vemos que Dios le presenta a Job un catálogo de las maravillas que hay en la naturaleza, a fin de mostrarle su enorme poderío y fidelidad. San Ignacio de Loyola dedicaba largas horas a contemplar el firmamento nocturno, admirando la vastedad y la maravilla divina de este majes­tuoso Dios, que quiso hacerse un bebé completamente indefenso.

Anímate, querido lector, sal a con­templar el cielo, deja que la brisa te acaricie el rostro, escucha el trinar de los pájaros, admira la belleza de las flores y la reciedumbre de los árboles, deja que el Libro de la Naturaleza te muestre que aquel Dios omnipotente que creó la naturaleza es tu Padre (VD 7) que mucho te ama; deja que te muestre la infinita creatividad de Dios, y te diga que el Altísimo puede sacar cosas buenas y hermosas de cualquier situación.

Piensa también que Dios utilizó las voces humanas de los profetas para pronunciar palabras de consuelo y confrontación, esperanza y dirección a su pueblo. Luego, permanece con los oídos abiertos. ¿Hay alguien que tú conoces (un ser querido, compa­ñeros de trabajo, un vecino o incluso un extraño) que te trajo un mensaje de Dios? ¿Hubo algo en la homilía del domingo pasado que te haya llegado al corazón? ¿Hubo alguna palabra o idea que te impresionó? No la descartes, pues bien puede ser un mensaje del Señor para ti.

La historia también puede hablar­nos con elocuencia y no solo limitarse a relatar hechos históricos. Medita un poco sobre tu propia historia per­sonal; piensa en los momentos más importantes de tu vida, y trata de ver cómo actuó en ellos la mano de Dios. ¿Hubo ocasiones en que te sentiste especialmente cerca del Señor? Esos momentos no fueron para ayudarte sólo aquella vez, porque Dios te estaba enseñando algo acerca de sí mismo, abriendo tus ojos poco a poco para que percibieras su presencia. ¿Qué te ha venido diciendo y qué ha estado haciendo el Señor en tu vida?

De muchas maneras como éstas, Dios te pide “abre los ojos, abre los oídos”, porque quiere hablarte; pero más aún, quiere conversar contigo. Cada una de estas “voces” es una invitación. El Señor te está dando a conocer su corazón, para que tú le des a conocer el tuyo.

La palabra final. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que “Cristo, el hijo de Dios hecho hom­bre, es la palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que esta” (CIC 65).

Este es uno de los misterios más grandes de Dios, y uno de sus más portentosos hechos de gracia. Sí, en Cristo, Dios nos ha dicho todo lo que necesitaba decirnos y ya no habrá más revelación nueva, pero al mismo tiempo, Dios nos sigue hablando. El Señor no está solo esperando que aceptemos la Palabra que ya nos ha comunicado; no, su voz todavía resuena en toda la creación, a través de la Sagrada Escritura y a través de la Iglesia. Día a día, año tras año, el Señor está constantemente mostrán­donos a Jesús, está siempre enviando los mensajes de aliento, amor, correc­ción y guía para que nos acerquemos más a su Hijo y nos transforme el corazón.

Al concluir su exhortación apostó­lica, el Papa Benedicto XVI, añadió lo siguiente: “El Verbo sale del Padre y viene a vivir entre los suyos, y retorna al seno del Padre para llevar consigo a toda la creación que ha sido creada en Él y para Él” (VD 121). Este ha sido el plan que Dios siempre ha tenido: Invitarnos constantemente a venir a su lado. Todo lo que nosotros debe­mos hacer es aprender a escuchar su voz y recibirla en el corazón.

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