La Palabra Entre Nosotros

Febrero de 2020 Edición

Un sacrificio de amor

La “obra de caridad” de Cristo

Un sacrificio de amor: La “obra de caridad” de Cristo

San Pablo desempeñó muchas funciones: apóstol, evangelizador, teólogo, perseguidor convertido en creyente. Pero tuvo otra misión que generalmente no recibe mucha atención: servidor de los pobres. Ese título lo asumió cuando unos cristianos venidos de Jerusalén los visitaron a él y a Bernabé en Antioquía. En aquella ocasión, uno de los visitantes, de nombre Agabo, anunció en una profecía “por inspiración del Espíritu… que iba a haber una gran hambre en todo el mundo” (Hechos 11, 27).

Preocupados por la iglesia judeocristiana de Jerusalén, que para ese momento tenía grandes dificultades causadas por la pobreza, los responsables de la iglesia de Antioquía, en la que había muchos cristianos gentiles, decidieron hacer una colecta entre las demás iglesias para socorrer a sus hermanos de Jerusalén. Luego les encomendaron a Pablo y Bernabé que visitaran las iglesias donantes para recolectar las aportaciones y llevarlas a Jerusalén.

Como ya era su costumbre, Pablo vio que esta colecta era una oportunidad para servir. También era una oportunidad para que los creyentes experimentaran una nueva dimensión de lo que significaba pertenecer a Jesús y a su pueblo. Al hacer la colecta para la iglesia de Jerusalén, los creyentes de muchas partes del mundo se estaban uniendo unos con otros como un solo cuerpo en Cristo.

Al explicar a sus lectores el don de la generosidad, Pablo nos enseña lo que significa el amarnos y servirnos unos a otros como Jesús nos amó y nos sirvió a nosotros. Incluso los actos más sencillos de servicio que realizamos, como hacer donación para ayudar a los pobres o preparar la cena para nuestra familia, tienen un inmenso valor espiritual. Es nuestra forma de ofrecerle a Dios algo de los dones que él nos ha dado, porque todo lo que somos y todo lo que tenemos viene de él.

“Esta obra de caridad.” En su mayor parte, el trabajo realizado por Pablo para auxiliar a la comunidad cristiana de Jerusalén rindió buenos frutos. Una iglesia tras otra acordó separar algo de dinero recaudado cada domingo en su servicio eucarístico y entregárselo a Pablo cuando éste llegara. Pero Pablo no tuvo el mismo éxito en Corinto, ciudad en la que hubo un buen comienzo entre los creyentes, pero la desconfianza empezó a colarse entre ellos, por lo que se suspendió la colecta.

Pablo reconoció que los corintios eran creyentes sinceros y que, aun cuando habían sido mal orientados, estaban intentando vivir su fe. Por eso, les hizo recordar todo lo que Dios les había prodigado y añadió esta petición: “Pues ustedes, que sobresalen en todo… igualmente deben sobresalir en esta obra de caridad” (2 Corintios 8, 7). Luego les recordó también: “Porque ya saben ustedes que nuestro Señor Jesucristo, en su bondad, siendo rico se hizo pobre por causa de ustedes, para que por su pobreza ustedes se hicieran ricos” (8, 9).

Pablo utilizó la misma palabra griega, charis, para describir tanto la contribución monetaria que hacían los fieles como la donación de sí mismo que hizo Jesús muriendo en la cruz, con lo que les quería explicar que no se trataba simplemente de un asunto económico, sino de una oportunidad para que los fieles de Corinto se pusieran al servicio de sus hermanos en Cristo. Y al hacerlo, también era una ocasión para que ellos se unieran más al Señor. Por medio de esta ofrenda concedida a la iglesia de Jerusalén, ellos estarían haciendo donación de sí mismos para consolar a otros creyentes, como lo hizo el Señor en la cruz.

Por lo general, no pensamos que los aportes monetarios tienen gran valor espiritual. Debido a que buena parte de la vida cotidiana gira en torno a transacciones monetarias, podemos pensar que los aportes de caridad o las ofrendas que hacemos en la Misa no son muy diferentes en términos de utilidad: aportamos dinero como si fuera algún tipo de salario para nuestro sacerdote y para ayudar a sufragar los diferentes ministerios y gastos que tiene la parroquia. Esto puede ser cierto, pero también hay un lado espiritual en cualquier obra de servicio que realicemos, una “obra de caridad”.

Con todo el corazón. Una vez, cenando Jesús en casa de un fariseo, el anfitrión le hizo notar que no había cumplido con la ceremonia de lavarse las manos antes de sentarse a la mesa. El Señor percibió que el fariseo estaba escandalizado y le dio la vuelta a la situación diciéndole: “Ustedes los fariseos limpian por fuera el vaso y el plato, pero por dentro están llenos de lo que han conseguido por medio del robo y la maldad” (Lucas 11, 39). Cristo sabía que este fariseo, si bien cumplía las reglas de purificación externa de la ley de Moisés, no lo hacía en su vida interior, por lo que le hizo la siguiente exhortación: “Den ustedes sus limosnas de lo que está adentro, y así todo quedará limpio” (11, 41).

Esta era la verdadera diferencia entre Jesús y el fariseo. Probablemente ambos hacían ofrendas para los pobres, pues esa era la obligación de todo judío; pero Cristo sabía que su anfitrión estaba más preocupado de ver si él observaba las ceremonias externas que en examinar su propio corazón. Seguramente el fariseo daba dinero, pero realmente no daba limosna; porque no lo hacía como sacrificio ante Dios ni por caridad con los pobres, los amados de Dios.

Así pues, ya sea que estemos atendiendo a un enfermo o aportando dinero para ayudar a alguien que pasa una gran necesidad, Jesús desea que lo hagamos con un verdadero espíritu de caridad, realmente “con el corazón”, y quiere que sirvamos a otras personas de la misma forma en que él sirvió: no por obligación o rutina, sino por amor.

Las palabras de Jesús a este fariseo son similares a las de Pablo a los corintios. Cuando hacemos una donación generosa, libre y sincera, ofrecemos nuestras propias obras de servicio caritativo a personas necesitadas. Y al hacerlo, nos unimos más a Jesús.

Un sacrificio vivo. En cada Misa dominical, ofrecemos el pan y el vino que serán transformados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y, junto con el pan y el vino, ofrecemos nuestro aporte monetario en la colecta. El sacerdote, después de bendecir las ofrendas, nos invita a rezar para que “este sacrificio, mío y de ustedes, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso.”

Pero ese “sacrificio” no se refiere únicamente al vino y el pan; en realidad, incluye lo que presentamos junto con todo lo que representa nuestra ofrenda. ¿Qué significa esto? Que el Ofertorio es la oportunidad que tenemos de ofrecerle al Señor, junto con las ofrendas de pan y vino, todos los sacrificios, penurias y dolores que tenemos; es la oportunidad de presentar la vida propia sobre el altar y ofrecerla a Dios como un “sacrificio vivo”, tal como lo hizo Jesús (Romanos 12, 1).

Recuerda esto cuando estés en Misa. En la presentación de los dones, recuerda que tú eres una parte esencial de la celebración, porque participas en la ofrenda. Luego, cuando recibas a Jesús en la Santa Comunión, recuerda que también estás recibiendo tu propia vida, solo que transformada, plena y bendecida por el Espíritu Santo. Tú le has ofrecido al Señor tu tesoro, tu corazón, tu mente y tu vida; y él los ha aceptado y los ha bendecido, para que tú puedas amarlo y servirlo a él y a tus seres queridos y semejantes.

La Escritura nos insta con estas palabras: “Da al Altísimo como él te ha dado a ti, con generosidad, de acuerdo con tus capacidades, porque Dios sabe premiar y te pagará siete veces más.” (Eclesiástico 35, 9-10). Esto es mucho más que una transacción financiera; es un acto de amor y servicio que Dios acepta y transforma. ¡Esto es nada menos que un intercambio divino!

Todo cuenta. Como seguidores de Cristo, servimos al prójimo de muchas maneras distintas. Recuerda que el Señor se complace con todo lo que haces por tus semejantes. Recuerda también que cada acto de servicio, por insignificante que te parezca, tiene significado espiritual a los ojos del Señor. Al hacer actos de servicio, tú mismo te ofreces a Dios, pues le das de lo que él te ha dado y así te unes con Cristo y con todos aquellos a quienes sirves.

Recuerda también que a Dios le agrada que cuando des algo, ya sea dinero, tiempo, perdón, oraciones, comprensión o compasión, lo hagas por amor y caridad y no con el deseo de obtener algo en retribución. El Señor se complace cuando ofreces auxilio a quienes están sufriendo dolores o angustias y les ofreces la paz y la compañía que él te ha dado a ti.

Cada cristiano tiene vocación de servicio, porque el deber de cada cristiano es seguir los pasos de su Maestro. Esta es la vida de bendición que tenemos los fieles. Rezamos para que todos seamos servidores generosos y desinteresados, según el corazón de Jesús.



Jesús enseña sobre el servicio

“Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron.” (Mateo 25, 40)

“Si alguno quiere servirme, que me siga; y donde yo esté, allí estará también el que me sirva. Si alguno me sirve, mi Padre lo honrará.” (Juan 12, 26)

“Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.” (Marcos 10, 45)

“Den a otros, y Dios les dará a ustedes. Les dará en su bolsa una medida buena, apretada, sacudida y repleta.” (Lucas 6, 38)

“Muy bien, eres un empleado bueno y fiel; ya que fuiste fiel en lo poco, te pondré a cargo de mucho más. Entra y alégrate conmigo.” (Mateo 25, 21)

“El más grande entre ustedes debe servir a los demás.” (Mateo 23, 11)

“Les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros que echan dinero en los cofres; pues todos dan de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir.” (Marcos 12, 43-44)

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