La Palabra Entre Nosotros

Enero 1- Febrero 13 de 2018 Edición

Un matrimonio evangelizador

La hospitalidad misionera de Priscila y Aquila

By: Luisa Perrotta

Un matrimonio evangelizador: La hospitalidad misionera de Priscila y Aquila by Luisa Perrotta

La escena ocurre en Roma en el año 49 d.C. En un pequeño apartamento en los altos de un taller alquilado, una pareja judía conversa con un aire de preocupación bajo la tenue luz que llega por la ventana.

Son cristianos y, al igual que otros convertidos que viven en la ciudad, han estado hablando de Jesús en la sinagoga a la que asisten. Dado que la fe cristiana está causando “perturbaciones” para los ciudadanos que no creen en Cristo, el emperador Claudio ha decidido expulsar de Roma a todos los judíos, un decreto imperial que ha trastornado totalmente el mundo de esta pareja cristiana.

“¿Y ahora qué hacemos, Aquila?” le pregunta Priscila a su esposo.

“No sé”, la tristeza es obvia en su voz. “Tener que dejar a todos nuestros amigos y conocidos y empezar de nuevo…” dice Aquila con preocupación, porque pese a que ambos pasan largas horas en el taller fabricando y reparando tiendas de campaña y otros artículos de cuero y lona, no les ha ido nada de bien en el negocio.

Por la ventana abierta se percibe el ruidoso ajetreo de un barrio muy transitado: perros que ladran, niños que gritan, vendedores que anuncian sus mercancías, herreros y caldereros que a lo lejos trabajan el metal en la fragua y el yunque, los cascos de caballos que pasan arrastrando un carruaje.

“Con todo”, añade Aquila, “no me lamento de nada. ¿Cómo no vamos a hablar de Jesús y de todo lo que él ha hecho por nosotros?”

Priscila sonríe confiada y comenta: “Vamos a estar bien. Nos tenemos el uno al otro y podemos trabajar. Quizás todo esto es parte del plan más amplio de Dios.” “Tienes razón,” dice Aquila, tomándole la mano con amor. “Pidámosle al Espíritu Santo que nos guíe en todo.”

Dos inmigrantes y un misionero. Es posible que Priscila y Aquila, cristianos de origen judío que eran amigos y compañeros de San Pablo, hayan tenido una conversación como ésta antes de empacar sus enseres y abandonar Roma. Lo que sabemos es que seguramente se reasentaron en Corinto después de un largo viaje de 360 kilómetros a pie para luego cruzar el mar Adriático hasta llegar a las costas de Grecia (Hechos 18, 2). ¿Por qué se establecieron en Corinto? La ciudad era de gran ajetreo comercial, con mercaderes y viajeros que iban y venían constantemente, lo cual significaba un prometedor mercado para sus productos.

Cualesquiera fueran sus razones, no había duda de que los guiaba el Espíritu Santo, pues al poco tiempo apareció el apóstol Pablo tocando a la puerta de su casa. Venía a Corinto “con debilidad y con temor y mucho temblor,” como él mismo reconoció más tarde, después de una fallida misión apostólica en Atenas y de escapadas a último minuto de la persecución de que fue víctima en otras tres ciudades griegas (1 Corintios 2, 3; Hechos 16 y 17). Pablo necesitaba amigos cristianos y los encontró en Aquila y Priscila. Como el oficio de Pablo también era el de fabricar tiendas de campaña, se asoció con la pareja para llevar adelante el negocio. Y no solo eso, ellos le dieron hospedaje en su casa (Hechos 18, 2-3) y también su sincera amistad.

A su vez, Pablo incorporó a la pareja en su labor apostólica, con lo que el matrimonio encontró una nueva dimensión misionera en su vida conyugal. No es difícil imaginarse cómo se fue desarrollando la mutua colaboración entre el apóstol y la pareja, mientras cortaban y cosían paños de tela o cuero en el taller, conversando con entusiasmo sobre Jesús y el mensaje de salvación y compartiéndolo con cuantos llegaban al taller. Así nació una fructífera hermandad y asociación.

Compañeros en la misión. Un año y medio más tarde, cuando Pablo decidió establecerse en Éfeso, ciudad grande de la costa occidental de Turquía, Aquila y Priscila embalaron sus enseres, agujas, tijeras e hilos y fueron con él.

Este traslado, viajando en misión con Pablo, debe haber sido de gran importancia y entusiasmo para Priscila y Aquila, aunque sin duda representaba también cierta renuncia, pues no solo significaba trasladarse a un ambiente desconocido, sino además porque poco después Pablo siguió evangelizando en otros lugares, quedando ellos solos en Éfeso durante largo tiempo. Al parecer, el deseo de Pablo era que ellos organizaran en la ciudad un centro de trabajo misionero para cuando él regresara (Hechos 18, 11. 18-19; 19, 1. 8-10).

Animados por el amor a Jesús y su cariño mutuo, estos esposos se dispusieron a salvar los obstáculos que se les iban presentando. Reorganizaron su negocio y comenzaron a tener reuniones cristianas y evangelizar a cuantos podían; incluso abrieron su casa para celebrar allí las asambleas de oración y predicación y la Cena del Señor.

Cuando Pablo regresó a Éfeso acompañado de Timoteo pudo dirigirse directamente a un hogar cristiano, en el que sabía que ambos recibirían una cálida bienvenida. En lugar de tener que buscar alojamiento y trabajo en lugares extraños, Pablo sabía que ya había un oficio y un hogar que le esperaban. ¡Incluso había una congregación deseosa de conocerlo y escuchar sus mensajes!

Pero Éfeso no fue la última parada de Priscila y Aquila. Poco después de que el emperador Claudio murió en el año 54 d.C., ellos regresaron a Roma y volvieron a organizar una “iglesia” cristiana en su casa (v. Romanos 16, 5). Algún tiempo después, según parece, se trasladaron nuevamente a Éfeso y ayudaron a construir la iglesia allí (2 Timoteo 4, 19). ¡Y estos fueron nada más que algunos de sus viajes de evangelización!

Matrimonio misionero. No hay mucho más en el Nuevo Testamento que se pueda aprender sobre esta pareja. ¿Como y cuándo se conocieron? ¿Cuánto tiempo llevaban casados cuando conocieron a Pablo? ¿Tenían hijos? ¿A qué aventuras se refería Pablo cuando dijo que los dos habían “expuesto su vida por mí?” (Romanos 16, 4).

Aunque el retrato es incompleto, vemos claramente que ambos eran una pareja de gran talento e iniciativa, que había puesto a Jesús en el centro de su vida y que deseaba seguirlo a cualquier lugar. Algunos elementos notables de esta imagen son particularmente aplicables a nosotros hoy. El más importante es obvio, pero curiosamente fácil de pasar por alto: ¡Priscila y Aquila eran una pareja casada!

Algunos de los otros compañeros de viaje de Pablo también eran casados, pero sus esposas no se mencionan en el texto bíblico. Por el contrario, Priscila y Aquila siempre se mencionan juntos, lo que sugiere que su exitoso ministerio era fruto de un matrimonio sólido y estable. Ambos se ayudaban mutuamente para crecer en santidad como marido y mujer, y gracias a su fecundo matrimonio, muchas personas recibieron una vida nueva en Cristo.

A través de los siglos, la Iglesia ha canonizado a varios santos casados. Algunos, sin embargo, se ganaron la corona después de haber llevado pacientemente la cruz de un cónyuge odioso o abusivo. Muchos otros, tras enviudar, pasaron a ser monjas o sacerdotes. Por lo general a éstos se les honra como modelos de santidad en la vida religiosa. Pero en Priscila y Aquila encontramos a una pareja que alcanzó la santidad estando casados, no a pesar de su vocación al matrimonio, sino siendo fieles a esa vocación y cumpliéndola a cabalidad.

Fortalecidos por el Espíritu. El ejemplo de un fiel matrimonio cristiano y evangelizador que nos dan Aquila y Priscila también hace resaltar el tema de los carismas, vale decir, los dones y gracias espirituales que el Espíritu Santo concede a cada cristiano para ayudarle a edificar la Iglesia y satisfacer las necesidades del mundo (v. Romanos 12, 1 Corintios 12-13 y Efesios 4).

Los carismas de San Pablo, de una eficaz predicación acompañada de grandes milagros, como curar a los enfermos y resucitar a los muertos, eran extraordinarios. Los de Aquila y Priscila, aunque también animados por el Espíritu, eran más sencillos. Actuando en segundo plano y sin hacer alarde, contribuyeron a edificar la comunidad mediante las interacciones cotidianas con los demás fieles.

En Éfeso, vemos que estuvieron dispuestos a ayudar a Apolo, un cristiano bien instruido pero no plenamente catequizado, después de escucharlo predicar sobre Jesús en la sinagoga. Bien pudieron ellos hacer alarde de tener un mejor conocimiento de la fe corrigiendo a Apolo en público, pero en lugar de avergonzarlo y sin sentirse intimidados por la elocuencia de éste, lo llevaron aparte y le explicaron en privado lo que faltaba a su comprensión de la fe cristiana (Hechos 18, 24-28).

Algo inusual en una sociedad patriarcal como la del mundo antiguo es que el nombre de la mujer, Priscila, aparece casi siempre mencionado antes que el del hombre, Aquila, lo cual sugiere simplemente que ella era la que se destacaba más en la enseñanza. Lo importante es que la pareja trabajó armoniosamente tanto en su matrimonio como en el ministerio cristiano, reafirmando y animando los dones de otros creyentes sin competencia ni envidia entre ellos.

Anfitriones humildes. Priscila y Aquila tenían numerosos dones, pero el más sobresaliente era el de la hospitalidad. Su hogar era modesto (los arqueólogos afirman que una casa típica de ese tiempo en esa región y que tuviera también un taller de trabajo no medía más de 14 pies (3,3 m) de ancho por 24 pies (7,3 m) de largo. Sin embargo, en Corinto, Éfeso y Roma, la pareja hizo generosas donaciones de lo que tenían: alimentos, albergue, trabajo y una atmósfera de cálida acogida donde los nuevos creyentes encontraban aceptación y ayuda para seguir a Jesús en el mundo pagano (1 Corintios 16, 19; Romanos 16, 5).

El aspecto más importante de su hospitalidad fue, de acuerdo con el Papa Emérito Benedicto XVI, ofrecer un lugar donde los cristianos del lugar pudieran reunirse para “escuchar la Palabra de Dios y celebrar la Sagrada Eucaristía.” No fue sino hasta dos siglos más tarde que se autorizó a los cristianos a construir templos para la iglesia, pero en los hogares de los creyentes, como esta pareja, “se ve cómo fue la realidad del nacimiento de la Iglesia.”

Con su hospitalidad misionera y otros dones, Priscila y Aquila pusieron su matrimonio al servicio de la Iglesia en los primeros años, que fueron tan cruciales. Ahora, la Iglesia tiene nuevos retos y oportunidades ante sí, pero la necesidad de contar con matrimonios entregados a Jesús de todo corazón es más urgente que nunca. Si Priscila y Aquila pudieran hablar directamente a las parejas casadas de hoy seguramente les escucharíamos decir algo como lo siguiente:

“Dios los ha llamado a los dos juntos para que cumplan una vocación muy importante en la comunidad cristiana y les dio dones especiales para que lo hagan. ¡La Iglesia los necesita a los dos y el mundo los necesita a los dos! Sigan a Jesucristo fielmente, los dos juntos, y él hará que su matrimonio sea fructífero de maneras que ustedes jamás se imaginarían.”

Luisa Perrotta vive en Ann Arbor, Michigan.

Comentarios