La Palabra Entre Nosotros

Julio/Agosto de 2020 Edición

Un artesano de la paz

La vida de San Chárbel del Líbano

By: Fady Noun

Un artesano de la paz: La vida de San Chárbel del Líbano by Fady Noun

Para los occidentales, que rara vez escuchan las palabras “árabe cristiano” en la misma frase, puede resultar extraño enterarse de la historia de un cristiano árabe —Chárbel Makhlouf (pronunciado Majluf)— que también es un santo canonizado.

Chárbel fue un monje del siglo XIX que vivió y murió en el Líbano, en la región montañosa donde crecen los famosos cedros del país. Al igual que la mayoría de los cristianos libaneses incluso de hoy, era católico maronita, miembro de una de las grandes iglesias católicas de Oriente que ha permanecido en comunión con Roma desde sus inicios, a fines del siglo IV.

San Chárbel vivió como ermitaño practicando una rigurosa vida de pobreza y privaciones, que nos recuerda a los antiguos padres del desierto. Como el Papa Pablo VI explicó en su homilía de canonización, en 1977, aun cuando la vida de Chárbel nos parezca extraña, Dios lo llevó a ser un “artesano de la paz.”

Un intercesor para todos. El Líbano es una nación herida, marcada y desfigurada por una guerra civil que destrozó y trastornó el país entre 1975 y 1990. Roberto Fisk, un conocido reportero de guerra, publicó un libro sobre la guerra del Líbano en el que muy acertadamente comparó a ese pueblo con un cordero llevado al matadero. Hasta hoy, pese a toda la gran obra de reconstrucción que se ha hecho, todavía hay muchos edificios que muestran las cicatrices de la guerra.

Pero no son solo los edificios. Quizás la herida más grande es la que lleva el pueblo en su recuerdo. Veinte años han pasado, pero muchos libaneses todavía buscan la paz interior, la capacidad de perdonar y ser perdonados, y la certeza de que los años del conflicto bélico han quedado realmente atrás.

Este pueblo, de unos cuatro millones y medio en total, proviene de diferentes orígenes. Los musulmanes son una leve mayoría y los cristianos comprenden aproximadamente el 40% de la población. Los cristianos maronitas son los más numerosos, que conviven junto a cristianos de muchas otras iglesias: caldeos, siríacos, armenios, coptos, latinos, ortodoxos y evangélicos. En el Líbano también hay una pequeña minoría de drusos, un grupo derivado del islamismo, y una comunidad judía, que otrora fuera numerosa y pujante, pero que ahora prácticamente ha desaparecido.

Con todo, cristianos o no, la gente del Líbano considera que Chárbel es un intercesor al cual pueden recurrir. Atraídos por la fama del santo como sanador poderoso y obrador de milagros, muchísimos acuden a su tumba en el Monasterio de San Marón (ermitaño del siglo IV y fundador de la Orden Maronita), situado en la zona montañosa de Annaya, especialmente el día 22 de cada mes.

Lo que dio origen a esta mensual peregrinación fue una impresionante curación atribuida a la intercesión de San Chárbel.

Cirugía sobrenatural. En la noche del 22 de enero de 1993, la señora Nuhad Chami, madre de doce hijos, sintió un impulso especial de rezar antes de irse a dormir. Unos meses antes, ella había sufrido un infarto que le había causado parálisis en la mitad del cuerpo. Los médicos le dijeron que era muy poco lo que podían hacer. Tenía las arterias carótidas casi totalmente bloqueadas y querían insertarle unos dispositivos especiales llamados stents para abrirlas, pero ella le tenía miedo a la cirugía. Aquella noche, sintió el impulso de rezar y lo hizo elevando sus plegarias a la Virgen María y a San Chárbel, al cabo de lo cual sintió un profundo sentido de arrepentimiento. Más tarde, se durmió con una paz que jamás había experimentado antes.

Según el testimonio personal de Nuhad, a eso de las 2 de la mañana, despertó o ¿estaba todavía dormida? Una luz resplandeciente llenó su cuarto y aparecieron dos monjes. A uno lo reconoció como San Chárbel; más tarde llegó a la conclusión de que el otro era San Marón. “He venido a realizar la cirugía que no quisiste que te hicieran los médicos” le dijo San Chárbel. Luego le tocó el cuello durante un momento, le ayudó a sentarse en la cama y le dio un vaso de agua. Ella pudo beber sin una pajilla (popote), cosa que no había podido hacer desde el infarto. Entonces se dio cuenta de que podía mover la mano y caminar normalmente.

Impresionada, despertó a su marido y a sus hijas para compartir la buena noticia y todos se quedaron atónitos, ya que la curación había sido completa e instantánea. A cada lado del cuello se veía una incisión suturada con hilos de algodón, seda y nilón. Hoy día, las cicatrices de su curación milagrosa permanecen visibles como testimonio.

Desde entonces, a petición del propio San Chárbel, Nuhad va en peregrinación a Annaya el día 22 de cada mes, pero no lo hace sola: en día de semana los peregrinos se cuentan por miles; en día domingo o feriado las multitudes son mucho más grandes.

Allí, en el Monasterio de San Marón, los peregrinos asisten a una misa especial, al cabo de la cual algunos se acercan a Nuhad para pedirle oración y ella reza brevemente por cada persona. Otros le piden ver sus cicatrices en el cuello, que sangran ligeramente en cada peregrinación.

Los peregrinos también rezan en la tumba de San Chárbel, cuyo féretro está expuesto en una pequeña capilla dentro del monasterio. Más arriba en la montaña, visitan la ermita donde el padre Chárbel pasó los últimos años de su vida.

Un santo silencioso. Cuantos visitan la primitiva ermita tal vez no comprendan por qué algunas personas deciden vivir de un modo tan aislado y en extrema pobreza. Lamentablemente, el padre Chárbel no dejó muchas pistas. Hablaba muy poco, por lo que la mayor parte de su vida interior quedó encubierta en el misterio.

José Makhlouf, nacido el 8 de mayo de 1828, siempre fue conocido por ser muy reservado. Su conducta era tan diferente de los demás niños que le llamaban “el santo.” A diario llevaba su pequeño rebaño a apacentar; luego se dirigía a la gruta donde se arrodillaba ante una imagen de la Virgen María y rezaba, por lo que la gruta se convirtió en su primer oratorio y ermita, y más tarde en lugar de peregrinación. A los 21 años, escuchó que Dios lo llamaba a la vida religiosa y, siguiendo el ejemplo de dos tíos suyos, ingresó a la Orden Maronita Libanesa, donde se hizo sacerdote y monje, adoptando el nombre de Chárbel, en recuerdo de un mártir del siglo II.

El padre Chárbel era muy estricto en el cumplimiento de las reglas monásticas. Aborrecía el dinero y evitaba el contacto con mujeres, incluso de ojos. Pero en todo esto, la obediencia era su marca de espiritualidad, ya que desde el principio decidió someterse en todo a sus superiores, cosa que hizo fielmente hasta el final. De hecho, en su vejez, obedecía hasta al monje más joven que le ayudaba en su ermita, comiendo solo cuando se lo permitían.

La absoluta privación de satisfacciones o comodidades era parte del camino de santidad del padre Chárbel, sobre lo cual el Papa Pablo VI comentó: “Abrió de par en par las puertas al Espíritu Santo.” Hablaba poco, pero sus palabras eran eficaces y muchos fieles de comarcas vecinas lo buscaban y lo seguían hasta su ermita para pedirle consejo o curación o para servir en su Misa.

También hubo muchos milagros. Una noche, el padre Chárbel le pidió a un joven monje que pusiera aceite en su lámpara, y el travieso monje se la llenó de agua en vez de aceite, pero para sorpresa de todos, la lámpara encendió de manera normal. Este fue el inicio de los milagros charbelinos. Por lo menos en dos ocasiones llegaron grandes enjambres de langostas que devastaban los campos de trigo, pero cuando rociaron los trigales con agua que había sido bendecida por el padre Chárbel, las langostas pasaron de largo. No es extraño que pueblos enteros, tanto musulmanes como cristianos, lo buscaran pidiéndole auxilio y ayuda, y el monje los atendía a todos, pidiéndoles solamente que primero obtuvieran el permiso del superior.

Una presencia evangelizadora. Después de 16 años de vivir en el monasterio, el padre Chárbel solicitó y recibió permiso para radicarse en la ermita. Allí se dedicó a una vida de estricta oración, ayuno y penitencia, pero al cabo de 23 años sufrió un derrame cerebral, que ocho días después puso fin a su vida, en la Nochebuena de 1898.

La copiosa nieve caída y el frío imperante no impidieron que multitudes de gente de todos los pueblos aledaños asistieran a su funeral. Tras el servicio, el cuerpo del padre Chárbel fue depositado en el piso fangoso de la cámara mortuoria subterránea que servía de sepultura común en el monasterio. A partir de entonces y durante más de un mes, cada noche se veía una luz brillante que emanaba de la tumba y rodeaba el monasterio.

Tanta fue la gente —monjes y aldeanos por igual— que vieron la luz y la atribuyeron a la santidad del padre Chárbel que, al final del invierno, el abad del monasterio decidió investigar. Levantaron la losa que cubría la sepultura y vieron el cuerpo de Chárbel flotando sobre un charco de agua, tan lozano como si acabara de dormirse. En 1950, abrieron la sepultura en presencia de una comisión oficial de médicos, quienes comprobaron que el cuerpo se había conservado en buen estado, por lo que lo colocaron en una urna dentro de la tumba. El cuerpo de San Chárbel se mantuvo incorrupto durante 50 años..

Son innumerables los milagros que han ocurrido por la intercesión de San Chárbel. El padre Luis Matar, del Convento de Annaya, lleva cuidadosa cuenta de los hechos. En 2010, oficialmente registró la curación de más de sesenta personas, entre los que había diez musulmanes. Según se dice, numerosas de las imágenes del santo milagrosamente exudan aceite, que luego se utiliza en la oración por los enfermos. Al igual que la señora Chami, muchas personas reciben la sanación total e instantánea de sus dolencias corporales. Pero también hay sanaciones espirituales. El padre Matar cuenta el caso de unos esposos que pasaban dificultades conyugales y que se sorprendieron al encontrarse cara a cara una mañana delante de la ermita. Al parecer, San Chárbel se les había aparecido a cada uno en sueños y les había pedido que fueran a confesarse allí a las 10 de la mañana, permitiendo así el encuentro. Al parecer, necesitaban reconciliarse no solo con Dios, sino el uno con el otro también.

Considerando la difícil situación existente en el Medio Oriente, así como los prolongados efectos secundarios de la guerra civil del propio país, el Monasterio de San Marón ha llegado a ser uno de los principales confesionarios del Líbano. Muchos hombres implicados en la guerra vienen a confesarse e innumerables parejas jóvenes con hijos pequeños buscan la bendición de Dios y su protección para sus hogares. Miles de peregrinos se arrodillan delante del Señor en señal de arrepentimiento. Con cuatro millones y medio de peregrinos que vienen año tras año a Annaya, el silencioso San Chárbel es el ejemplo más elocuente de “la nueva evangelización.”

El padre Matar cuenta de un canadiense que vio en sueños a un monje que no conocía. “¿Quién eres?” le preguntó. El monje le respondió: “Soy Chárbel del Líbano.” El que un santo se identifique con un país determinado es un honor muy alto y un gran desafío, porque es una llamada a sus compatriotas a buscar también a Dios de todo corazón.

Pero San Chárbel no es solo para el Líbano. Su vida de abstinencia, penitencia e incesante oración de intercesión, ofrecida para la salvación de todos, es un espléndido regalo para el mundo. Es naturalmente bien conocido en el Medio Oriente y en toda la Iglesia, pero en América es particularmente venerado en México a partir de la inmigración maronita, que comenzó en el siglo XIX. San Chárbel es el primer santo oriental canonizado desde el siglo XIII.

Extractado y traducido de un artículo escrito en 2013 por Fady Noun, periodista, ensayista y poeta libanés. Para más información sobre San Chárbel, favor visitar: www.saintCharbel-annaya.com.

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