La Palabra Entre Nosotros

Septiembre 2104 Edición

Tres claves para la vida espiritual

Como profundizar su vida con el Señor

Tres claves para la vida espiritual: Como profundizar su vida con el Señor

¿Ha pensado usted alguna vez en que todas las cosas de este mundo están estrechamente relacionadas unas con otras?

Un auto corre bien cuando todos los sistemas funcionan correctamente: el motor, la transmisión, la dirección, los frenos, el sistema eléctrico, el conducto de combustible y el radiador. Si alguno de estos sistemas deja de funcionar, el auto no podrá correr, o por lo menos no por mucho tiempo. Lo mismo ocurre con una computadora: sólo funciona bien cuando el disco duro, la memoria, el monitor, el ratón y el teclado están bien conectados y en buenas condiciones.

Esto también se observa en la vida espiritual, la cual depende de que muchos “sistemas” funcionen bien: la comunión con el Señor, la atención a nuestra vida interior y el esfuerzo de amarnos los unos a los otros como Jesús nos ama. Si descuidamos cualquiera de estos aspectos, terminamos por seguir más los dictados de este mundo que los del Espíritu Santo. Pero si estos tres aspectos de la vida están funcionando bien, veremos que cada día nuestra conducta y actitudes se van asemejando más a los de Cristo Jesús.

En esta edición daremos una mirada a estos tres aspectos de la vida espiritual. Queremos ver cómo podemos tener una buena salud espiritual cuando oramos y entramos en la presencia del Señor, dejamos actuar al Espíritu Santo para que transforme nuestra vida interior y procuramos hacer lo posible por amar y servir a quienes tenemos cerca de nosotros.

Lecciones de san Pedro. Comenzaremos observando la vida de uno de los grandes héroes del Nuevo Testamento: san Pedro. Desde muchos puntos de vista, este “pescador transformado en apóstol” es un modelo excelente. Pedro también tenía muchas cualidades buenas, como nosotros, cuando recién conoció a Jesús, y otras que tendría que cambiar, pero ninguno de sus defectos o malos hábitos le impidieron seguir al Señor toda su vida. En realidad, fue el hecho de reconocerse pecador lo que le movió a seguir a Cristo (Lucas 5, 8).

Cuando analizamos la vida de Pedro en estos tres dimensiones, la celestial, la interior y la exterior, vemos claramente que hubo un “antes” y un “después”. Con el tiempo, Pedro llegó a amar más al Señor y pudo ver en qué sentido su vida tenía que cambiar. También brotó de su corazón un deseo más profundo de compartir con otras personas la buena noticia que había descubierto. Por eso, daremos un repaso al testimonio de vida de san Pedro para ver como él puede ayudarnos en nuestra travesía espiritual.

Alza la vista y vive. La dimensión celestial tiene que ver con nuestra relación con el Señor. Es algo que podemos desarrollar más cada vez que vamos a Misa, cuando rezamos y cada vez que buscamos la guía de Dios. Pero no se refiere sólo a lo que hacemos. El Señor está siempre invitándonos a venir a su lado y tratando de atraernos, y está constantemente derramando sus bendiciones y su amor sobre sus hijos; siempre procurando abrir nuestros ojos espirituales para darnos un entendimiento más profundo de su amor, su Palabra y su forma de actuar.

San Pedro recibió muchas bendiciones. Sabía que Cristo lo amaba. Por revelación de Dios, se le abrieron los ojos y pudo declarar enfáticamente que Jesús era “el Mesías, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16, 16). También aprendió a valorar la oración y fue lleno del Espíritu Santo en Pentecostés. Mediante una visión que tuvo durante su oración fue conducido a llevar la buena noticia no sólo a sus hermanos judíos, sino también a otros no judíos (Hechos 10).

Estas bendiciones hicieron que la fe de Pedro creciera más y desarrolló una sensibilidad más profunda frente a las mociones del Espíritu Santo, aparte de que su deseo de estar en presencia de Dios aumentó. Lo mismo sucede para nosotros: mientras más busquemos la presencia del Señor, más la encontraremos.

El toque sanador de Dios. El aspecto interior se refiere a que Dios nos va santificando y conformándonos más a su imagen, aunque hay dos grandes obstáculos que hacen difícil esta transformación, obstáculos que nos impiden llegar a la vida que deseamos: una vida apacible, marcada por el amor y la santidad. Uno de estos obstáculos son los recuerdos dolorosos del pasado que condicionan nuestra forma de pensar y actuar. El otro son los efectos de nuestra propia naturaleza caída, las tentaciones del diablo y los atractivos del mundo, que nos llevan a cometer errores, faltas y pecados.

Dios sabe que las experiencias dolorosas de rechazo, resentimiento y fracaso personal han causado traumas en nuestro interior y que estas heridas influyen en nuestra forma de relacionarnos con los demás, y por eso quiere curarnos; quiere sanar el dolor que nos han provocado y darnos la gracia de perdonar a cuantos nos han causado perjuicio, daño o dolor. Al mismo tiempo, desea perdonarnos por las veces que nosotros hemos causado daño a otras personas por nuestro propio egoísmo, arrogancia o indolencia. El Señor quiere ayudarnos a pedir perdón a quienes hayamos injuriado o perjudicado y cambiar de conducta.

De esta forma, vemos nuevamente que Pedro avanzó en este aspecto interior de su vida. Era un hombre impetuoso, terco y a menudo confiaba más en sí mismo que en Jesús. Con el tiempo, el Señor le fue curando el orgullo y Pedro aprendió a hacer la voluntad de Dios antes que la suya, a arrepentirse y a perdonar.

¿Qué fue lo que ocurrió después de que negó conocer a Jesús? La Escritura nos dice que “lloró amargamente” cuando se dio cuenta de lo que había hecho (Mateo 26, 75). ¡Qué desaliento y dolor debe haber sentido y sin duda pensaba que no era más que un cobarde y un fracasado! Pero cuando finalmente habló con el Señor, entendió claramente que Jesús lo había perdonado, que todavía lo amaba y quería que él fuera el jefe de la Iglesia (Juan 21, 15-19). En efecto, vemos en este encuentro, que Pedro experimentó el mismo perdón y la sanación interior que el Señor quiere darnos a todos nosotros.

Un amor sacrificado. Finalmente, crecemos en el aspecto externo de la vida espiritual conforme sentimos que Dios nos lleva a demostrar amor y bondad a los demás tal como Jesús nos ama a nosotros: sin condiciones ni límites (Juan 13, 34). Por lo general, las películas y comedias románticas tienden a presentar el amor nada más que como una emoción pura, dulce, romántica, en la que todo parece tan fácil y natural. Pero todos sabemos que, siendo imperfectos, el amor verdadero también exige esfuerzo y sacrificio.

Sí, el amor implica esfuerzo y sacrificio, sobre todo cuando nos sentimos llamados a dedicarnos por entero a demostrar amor y bondad a alguien que nos parezca difícil de amar, o cuando reconocemos que tenemos que perdonar a alguien o pedir perdón. El amor es sin duda difícil cuando tenemos que salir de nuestra “zona de comodidad” y demostrar paciencia y comprensión, generosidad y amabilidad, honestidad y franqueza. Esta es precisamente la clase de amor que Jesús nos pide demostrar.

Lo cierto es que llevar a la práctica este tipo de amor es imposible si confiamos en nuestras propias fuerzas. Pero cuando Dios actúa en nuestro interior, comenzamos a hacer cosas que antes nos parecían imposibles. Basta con pensar en Pedro, un pescador ordinario, que terminó dedicándose a predicar el evangelio y edificar la Iglesia; en el amor que lo llevó a arriesgar su vida una y otra vez en nombre del Señor, y en como terminó muriendo por Cristo y por la Iglesia que él debía dirigir. Su testimonio nos hace ver que Dios puede tomar a personas sencillas, como nosotros, y transformarlas en servidores comprometidos y valerosos.

“Denles ustedes de comer.” Cuando vivió en la tierra, Jesús les dio a sus seguidores muchas oportunidades de aprender a compartir el Evangelio y servir al pueblo de Dios. Cuando vio que la muchedumbre tenía hambre, les dijo: “Denles ustedes de comer” (Mateo 14, 16) y envió a los Doce a anunciar que “el Reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 10, 7). Incluso envió a 72 discípulos y les encomendó curar a los enfermos y proclamar el Reino (Lucas 10, 9). Claramente, los discípulos tuvieron varias oportunidades de aprender a confiar en el Señor.

Pero entonces Jesús ascendió al cielo y comenzó su apostolado. Ahora había que trabajar, y para eso el Señor envió al Espíritu Santo para que todos sus seguidores, incluido cada uno de nosotros, fuésemos llenos de su amor y su poder. Ahora nos toca a los cristianos de hoy seguir adelante con la misión, tal como les tocó hacerlo a san Pedro y los demás.

Así pues, nos conviene prestar atención al aspecto celestial de la vida cristiana alabando a Cristo, dándole gracias y pidiéndole que nos llene de su tierna presencia en la Misa, la oración o su Palabra. Cuidemos también el aspecto interior, de modo que nos libremos de los malos hábitos, de las ideas preconcebidas negativas y de los obstáculos de nuestras propias heridas o tendencias al pecado. Y reforcemos el aspecto externo, haciendo todo lo posible por amar a las personas que Dios ha puesto en nuestro camino. Si trabajamos junto con Jesús en estos tres aspectos, veremos que podremos hacer cosas que nunca nos habríamos imaginado posibles.

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