La Palabra Entre Nosotros

Adviento de 2019 Edición

Traigamos el cielo a la tierra

San Esteban encarna el verdadero espíritu de la Navidad

Traigamos el cielo a la tierra: San Esteban encarna el verdadero espíritu de la Navidad

Litúrgicamente, el 26 de diciembre celebramos la fiesta de San Esteban, el primer mártir cristiano. Así como en Navidad celebramos la participación de Jesucristo en el plan de Dios para la salvación, la fiesta de San Esteban nos indica cómo podemos responder nosotros al gran don de Emmanuel. Es como si el 26 de diciembre nos dijera: “Dios está con nosotros. Ahora, ¿qué debemos hacer?”

Desde la Edad Media, los católicos de buena situación en toda Europa celebraban el día de San Esteban dando regalos a gente de clases inferiores, y las iglesias distribuían entre los pobres lo recolectado en las alcancías de limosnas. De esta forma, la Iglesia animaba a los fieles a dar una mirada más cercana a la vida y la muerte de Esteban. Así vemos que la venida de Jesús nos inspira a ayudar a los pobres, amar a nuestros enemigos y orar por la curación de los enfermos.

“Lleno del poder y la bendición de Dios”. En los Hechos de los Apóstoles vemos que Esteban era un elocuente predicador dotado de una impresionante comprensión de las Escrituras hebreas. También vemos que era un creyente que demostraba una fe firme para realizar milagros, sensibilidad para el cuidado de las viudas pobres y talento para administrar las finanzas comunitarias. Pero lo más importante es que era considerado “lleno de fe y del Espíritu Santo” (6, 5). Incluso los del Sanedrín (el Consejo Supremo de los judíos), que lo enjuiciaron, vieron que en él brillaba la luz, lo que el autor de los Hechos interpretó como una señal de santidad.

Los Doce Apóstoles eran judíos nacidos en territorio israelita, que formaba parte de la colonia romana de Palestina, y hablaban arameo. Esteban era judío, pero probablemente venido de la diáspora, es decir, que su lengua era el griego. Por esta razón, era muy apto para ayudar a los recién bautizados que venían desde las regiones de cultura griega fuera de Palestina. En los primeros días de la Iglesia, estos cristianos de habla griega no se mezclaban realmente con la mayoría de habla hebrea, principalmente por las diferencias de idioma y cultura.

A raíz de esto, las viudas pobres de habla griega quedaban muchas veces marginadas en la distribución de alimentos y limosnas. Como esta falta de caridad fuera llevada a la atención de los Doce Apóstoles, ellos pidieron que se eligieran a creyentes fieles e idóneos para resolver el problema. Esteban y otros seis hombres fueron designados como intermediarios entre los cristianos de habla griega y los de habla hebrea o aramea.

La misión de Jesús a los pobres. Además de ocuparse de las necesidades de las viudas, estos siete cristianos —a quienes hoy llamaríamos diáconos— tenían igualmente la misión de difundir el mensaje de la salvación en Cristo en el idioma griego, lo cual probablemente se concretaba principalmente mediante las obras de misericordia, el compartir en las comidas y las conversaciones acerca de la Escritura. Esteban era uno de los principales en esta labor evangelizadora persona a persona.

La vida de Esteban es un magnífico ejemplo para que nosotros mismos evaluemos cómo estamos cumpliendo la misión de Cristo de ser sus testigos “hasta los confines de la tierra” y, de manera especial, de llevar su amor a los sufrientes y menos privilegiados. Lo que leemos acerca del descuido que había en la Iglesia respecto de las viudas indica que esta ha sido una dificultad constante en la comunidad cristiana; pero es igualmente evidencia de que los Apóstoles comprendieron que cuidar a los pobres y hacer demostraciones especiales de bondad a todos los hermanos en Cristo es muy grato a Dios. Tan importante es que se necesitaron más laicos que se ocuparan de tales labores.

¿Qué significa todo esto? Que vivir el espíritu de la Navidad durante todo el año podría significar que hemos de participar regularmente en las campañas de recolección de alimentos que hacen las parroquias para los necesitados y otros apostolados que signifiquen llevar la “buena noticia” a los pobres. El ejemplo de Esteban nos muestra que a nosotros nos toca, como abanderados de Cristo, buscar y abogar por los que son vulnerables, a fin de hacer más visible el Reino de Dios en la tierra.

“Padre, perdónalos”. En los Hechos de los Apóstoles damos un breve vistazo a la vida de Esteban, para luego pasar de repente al episodio de su notable martirio por lapidación, el cual fue una reacción extrema al valiente sermón que pronunció, en el que anunciaba la condición temporal del gran templo judío (Hechos 7, 48-49). Justo antes de morir, Esteban vio los cielos abiertos y a Jesús de pie a la diestra de Dios. Esta visión era evidencia de que el cielo y la tierra se han unido ahora en Jesucristo, nuestro Señor, y no en el templo. Por supuesto, la proclamación de esta revelación no hizo más que recrudecer el fatídico destino decretado por las autoridades.

Pero es lo que Esteban dijo al morir lo que ha motivado las reflexiones de los obispos y los santos durante siglos: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hechos 7, 60). Imitando la oración de Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos”, Esteban nos mostró otro camino para adoptar el espíritu de Cristo: invocar la misericordia de Dios.

Hermano, ¿por qué no haces una resolución de Adviento en honor a Jesús orando regularmente por alguien que te haga difícil la vida? Esta es una de las formas más antiguas de crecer en santidad, y también puede cambiar nuestra forma de sentir y pensar y nos ayuda a demostrar una bondad inmerecida. Las actitudes de paciencia, tolerancia y servicio, y las oraciones por aquellos que nos causan daño o dolor literalmente pueden ganar almas para Cristo. Pensemos, por ejemplo, en el joven San Pablo, que vigilaba la ropa de los judíos que apedrearon a Esteban ese día. Probablemente él nunca olvidó la oración del mártir y, después de su conversión, tuvo muchas ocasiones de ponerla en práctica él mismo. ¡También las tenemos nosotros! La luz de Dios resplandece con fuerza en el mundo cada vez que actuamos con misericordia frente a nuestros enemigos, como lo hizo San Esteban.

Un tiempo de sanación. Alrededor del siglo IV se encontraron las reliquias de San Esteban y a partir de entonces, habiendo sido el primer santo y mártir cristiano, tal hallazgo suscitó gran interés en la cristiandad por ver las reliquias y rezar ante ellas, lo cual dio lugar a cientos de milagros.

San Agustín fue testigo presencial de varios de esos milagros (v. Ciudad de Dios, Libro XXII), donde se cuenta de unos esposos cristianos que rezaron en el Oratorio de San Esteban pidiendo por la conversión del padre de la esposa que se negaba obstinadamente a creer en Cristo, aunque se estaba muriendo. De la noche a la mañana, tuvo un cambio de corazón y pidió que un obispo lo bautizara. Finalmente, falleció diciendo “Cristo, recibe mi espíritu”, aunque no sabía que éstas fueron las últimas palabras de San Esteban. También hubo un ciego que se curó, un sacerdote español muerto que resucitó y unos hermanos que sufrían de epilepsia y que fueron curados espectacularmente en público justo después de que oraron delante de las reliquias de Esteban. Leer estos relatos es siempre muy inspirador.

Cuando Dios decide curar a algunas personas por intermedio de las reliquias de los santos, vemos que la promesa de la vida eterna es digna de confianza, porque en tales episodios el Padre nos dice: “Envié a mi Hijo a restaurar tu cuerpo y también tu alma. Deposita tu fe en mí y tendrás la vida eterna, como este fiel siervo la tuvo.” En realidad, en cada siglo se han producido milagros de curación en la Iglesia.

Así pues, no seas tímido para orar por alguna curación específica en tu familia, tus amigos o tu parroquia, y lo puedes hacer pidiendo la intercesión de San Esteban. Cuando oramos pidiendo un milagro, invitamos a Dios a que nos manifieste su presencia y nos asegure que hay mucho más que podemos recibir. Las oraciones como ésta pueden hacerse en todas las temporadas, pero los tiempos sagrados, como el de Navidad, nos recuerdan que podemos pedir con fe renovada.

La vida y la luz de Cristo. La Navidad no se limita solo a la historia del Niño Dios en el pesebre; se trata de la vida nueva del cielo que puede arraigar en nosotros y propagarse hacia muchos otros.

Los fieles de hoy, tal como Esteban, también propagamos esta vida nueva imitando a Cristo: llevando la buena noticia a los pobres, amando a nuestros enemigos y pidiendo al Padre que demuestre su misericordia y su poder de curación. Vivir el espíritu de la Navidad significa todo esto y mucho más, así que dejemos que estas ideas calen hondo en nuestro corazón y luego se desborden hacia el mundo.

Kathryn Elliott es parte del equipo de redacción de La Palabra Entre Nosotros. Ella agradece la información que pudo obtener en la Biblioteca Hesburgh de la Universidad de Notre Dame.

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