La Palabra Entre Nosotros

Adviento de 2019 Edición

Tiempo de silencio

La atenta espera junto a Zacarías

Tiempo de silencio: La atenta espera junto a Zacarías

Ya llega la Navidad. Los villancicos inundan las ondas de radio, la música navideña resuena en las grandes tiendas y elaboradas decoraciones luminosas aparecen en las calles y centros comerciales de la ciudad y en el exterior de las viviendas. En Misa cantamos antiguos himnos navideños y encendemos las velas de la corona de Adviento. Para muchos, toda esta festiva temporada evoca cálidos recuerdos del pasado y recordamos los preparativos que haremos para las alegres reuniones familiares que habrá.

Para otros, la temporada de la Navidad no es tan alegre, pues quizás no hay suficiente dinero para pagar las cuentas y menos aún comprar regalos para nuestros seres queridos. Quizás algunas relaciones familiares son tensas o se han dañado. Tal vez nos encontramos solos y nos sentimos ajenos al jolgorio general de la temporada.

Sea como sea que tú te sientas, hay una cosa que es segura: tú puedes acercarte más a Dios en este Adviento. Si puedes o no dar regalos o celebrar con tu familia, Dios tiene regalos de esperanza, renovación y alegría para ti, pues quiere ayudarte a celebrar con él. La primera Navidad cambió la vida de muchas personas, como Zacarías e Isabel (o Elisabet), María y José y los reyes magos. ¿Crees que tu vida también puede cambiar? ¡Claro que sí!

Empecemos pues nuestro caminar de fe en este Adviento orando con el relato de Zacarías, un hombre cuya vida cambió como fruto de la promesa de que Dios visitaría a su pueblo. Es la historia de alguien cuya mente y corazón se abrieron mediante la oración y la reflexión en el silencio.

Tristeza y desánimo. En el antiguo Israel, los hijos eran considerados una señal de la bendición de Dios, tanto como lo son hoy día. Zacarías e Isabel se sentían tristes al ver que pasaban los años y no podían concebir un hijo. Habían implorado a Dios con insistencia, pero lo único que crecía en ellos era el sentido de pesar y desánimo (Lucas 1, 25). Seguramente Isabel debe haber rezado más o menos de esta manera: “Señor, tú sabes que Zacarías y yo estamos haciendo todo lo que podemos para obedecer tu palabra. ¿Por qué no nos has permitido tener una descendencia?” Tal vez se culpaban a sí mismos, ya que algunos pensaban que la esterilidad significaba que Dios les había retirado su favor.

Zacarías era sacerdote del templo e Isabel era descendiente de Aarón, el hermano de Moisés, por lo que el hecho de no tener hijos les resultaba más doloroso aún. Eran personas rectas y llevaban una vida santa, pues venían de buenas familias. Pero ¿por qué no les daba Dios la bendición de tener descendencia? ¿Los estaba castigando por algún pecado que ni siquiera sabían que habían cometido?

Una respuesta escéptica. Ahora, ¿qué habrá pensado Zacarías cuando se le apareció un ángel en el templo? Según la tradición judía, nadie podía estar en la presencia de Dios y seguir viviendo, y ahora ¡uno de los emisarios angélicos de Dios venía a verlo! Es lógico que Zacarías se haya sentido profundamente turbado y que el temor se haya apoderado de él (v. Lucas 1, 12).

Pero el ángel le dijo que no había necesidad de temer, pues Dios había escuchado sus plegarias e Isabel podría finalmente tener un hijo. En verdad, Dios había escuchado las oraciones de Zacarías e Isabel cada vez que rezaban. Sin duda el paso de los años les hacía dudar de que Dios les concediera su deseo, pero el Señor estaba aguardando el tiempo preciso. Ahora, el ángel le revelaba que había llegado el momento indicado y que su hijo tendría un cometido especial que cumplir en el plan de Dios, pues estaba destinado a “preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto” (Lucas 1, 17).

Sin embargo, Zacarías era escéptico. Era ya de edad avanzada y el Señor no había respondido a sus oraciones durante tanto tiempo; ¿podía realmente confiar en que Dios le contestaría ahora? Entonces fue cuando sucedió algo extraño. El mismo ángel que acababa de anunciarle la buena noticia ahora dejaba mudo a este fiel sacerdote: “Te quedarás mudo, y no podrás hablar hasta el día en que todo esto acontezca, por cuanto no creíste mis palabras” (Lucas 1, 20).

Una temporada de silencio. Parecería que Dios, o al menos el ángel, estaba molesto con Zacarías por la falta de fe de éste, pero Dios tenía planes mucho más grandes. Zacarías era un hombre virtuoso y de oración, y Dios no iba a dejar que un mal día borrara todos los años de fidelidad de este hombre. Por eso, tomó la precipitada respuesta de Zacarías como una oportunidad para llevarlo a una fe y confianza más profundas. Así fue como Zacarías comenzó su caminar de fe durante el Adviento que le fue cambiando la vida por completo.

¿Qué harías tú, querido lector, si de repente vieras que no puedes hablar durante nueve meses? Zacarías seguramente se pasó el tiempo tratando de entender el significado de las palabras del ángel. Oraba, escudriñaba las Escrituras hebreas y recordaba una y otra vez lo que el ángel le había dicho. Y lo que fue descubriendo lo llenó de alegría.

Durante el tiempo de silencio, Zacarías se pasó de una escéptica incredulidad a una fe obediente. Así que, cuando nació milagrosamente su hijo y llegó el momento de darle nombre, Zacarías demostró que había entendido y aceptado el plan de Dios y todas las promesas que dicho plan traía. En lugar de darle al niño su propio nombre, obedeció la orden del ángel y lo llamó “Juan” (Lucas 1, 63). De inmediato se le desató la lengua y pudo proclamar todas las alabanzas que había venido acumulando en silencio durante nueve meses.

El fruto de la oración silenciosa. Es fácil pensar que el silencio de Zacarías no fue nada más que un castigo por su incredulidad. Sin embargo, como vemos en su hermoso cántico de alabanza “el Benedictus” (Lucas 1, 68-79), es evidente que Dios estaba haciendo algo más profundo. Zacarías tenía una importante misión que cumplir en el plan de Dios y debía estar preparado para ello. Necesitaba inculcar en su hijo una fe que pudiera soportar la persecución y la incomprensión; tenía que enseñarle a orar en forma expectante y escuchar la Palabra de Dios para su pueblo, y tenía que infundirle valor para anunciar esa palabra si ello significaba encontrarse con el rechazo e incluso el martirio.

Fueron meses cruciales. Zacarías necesitaba este tiempo para escuchar y no hablar, rezar y no preocuparse y descubrir cuál era su lugar en el gran plan de Dios. Veamos algunas de las cosas que Zacarías aprendió en ese tiempo:

La visitación de Dios trae alegría. Las primeras palabras de Zacarías fueron de júbilo y alabanza: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel” (Lucas 1, 68). Cuando Zacarías vio al ángel, su primera reacción fue de temor y duda y no dijo nada en agradecimiento a Dios por haber respondido a su oración, ni palabras de alabanza a Dios por haberle enviado un ángel a visitarlo. Pero ahora, después de sus meses de silencio, Zacarías no podía dejar de pronunciar alabanzas a Dios.

Dios cumple sus promesas. Durante siglos, el pueblo de Dios había orado pidiendo ser liberado de sus enemigos. Una y otra vez leemos en el Antiguo Testamento cuánto anhelaba que Dios redimiera a su pueblo: “Despierta [Señor] y ven a salvarnos con tu poder” (Salmo 80, 3). Ahora, Zacarías anunciaba a sus vecinos que las promesas de Dios se estaban cumpliendo delante de sus ojos: “El Señor, Dios de Israel… ha venido a rescatar a su pueblo” (Lucas 1, 68). Zacarías no sabía lo que Dios iba a hacer, pero ahora podía ver que el Altísimo estaba trabajando para traer la salvación al mundo.

Dios escucha cada oración. Así como Zacarías supo que Dios había contestado su oración por un hijo, ahora también sabía que Dios escucha todas las oraciones, cada clamor del corazón en toda la historia de su pueblo. Desde la esclavitud en Egipto hasta los peligros del éxodo y su travesía por el desierto; desde la violenta oposición de los filisteos hasta su exilio en Babilonia, y desde su pobreza cuando trataban de reconstruir su nación, Dios siempre había escuchado sus oraciones, y nunca olvidaría su alianza (1, 72). Solamente estaba esperando el momento preciso y ese momento era ahora. Dios rescataría a su pueblo, tal como lo había prometido.

Tu propio caminar de Adviento. Ahora que tú vas a comenzar tu travesía de Adviento, no es muy probable que un ángel te deje mudo desde ahora hasta la Navidad; pero mientras el mundo grita a tu alrededor para llamar tu atención, tú puedes optar por tomar un retiro silencioso con Zacarías, y le puedes pedir al Señor que te enseñe tal como le enseñó a este sencillo hombre.

Así pues, trata de aquietar un poco tu vida (y quizás apagar el teléfono celular y no ver tu correo electrónico). Cada día, busca un lugar tranquilo y eleva la mente y el corazón a Dios. El Señor sabe lo que tú necesitas y conoce cada oración que hayas hecho. Encomiéndale estas súplicas ahora y trata de pasar un poco más de tiempo en oración para escuchar sus respuestas. Medita lenta y cuidadosamente en las lecturas bíblicas del Adviento; luego observa para ver lo que Dios haga. Tal vez te cambie, así como lo hizo con Zacarías, y seguramente vengas al Señor en el día de Navidad con una fe más profunda y segura de que Dios está actuando hoy mismo. O tal vez le ofrezcas una alabanza más profunda y alegre al Señor, Aquel que es siempre fiel y que escucha todas tus oraciones.

Acompañemos a Zacarías en este Adviento y dejemos que Dios nos cambie a todos.

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