La Palabra Entre Nosotros

Diciembre 2014 Edición

Tiempo de paz y buena voluntad

Cómo hacer realidad el verdadero espíritu navideño

Tiempo de paz y buena voluntad: Cómo hacer realidad el verdadero espíritu navideño

¡Ya viene la Navidad! Se supone que esta es la época más alegre y maravillosa del año, aunque para muchos es un tiempo de mayor tensión, frustraciones y ansiedades.

Esto puede deberse a varios motivos, pero por lo general se refiere a heridas emocionales sufridas en el pasado por situaciones ocurridas o decisiones de familiares y seres queridos.

Cuando mucho se habla de “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad,” los que sufren por traumas familiares suelen sentirse más solos y tristes aún en esta época. Como lo dijo un psiquiatra, las fiestas navideñas “representan un criterio frío y despiadado contra el cual medimos lo que hayamos perdido y los problemas que tengamos.”

Pero este “criterio despiadado” no es lo definitivo. Jesús sí lo es. El Señor ha venido para sanar las heridas emocionales que llevamos y está con nosotros para hacer mejores aún nuestras relaciones sanas. Cristo quiere comunicarnos su gracia en este Adviento, para que así nosotros sepamos amar a todos un poco mejor y lleguemos a ser instrumentos de su paz para todos aquellos con quienes tenemos contacto.

Todo está perdonado. Hay una antigua leyenda que dice que después de resucitar, Jesús ascendió al cielo llevando todos nuestros pecados. En la mano derecha tenía todos los pecados que se relacionaban con las relaciones personales: todas las innumerables veces y formas en que la gente se ha causado daño unos a otros desde el principio de los tiempos. En la mano izquierda llevaba todos los demás pecados: idolatría, glotonería, pereza y otros parecidos. Cuando el arcángel San Miguel vio que Jesús tenía muchos pecados más en la mano derecha que en la izquierda, exclamó: “Señor, ahora sé por qué les dijiste a tus apóstoles que debían perdonarse hasta setenta veces siete!” Moisés, que también estaba allí, comentó: “Ah, ahora veo por qué siete de los Diez Mandamientos se refieren a las relaciones humanas.” Y Jesús contestó: “Sí, así es, y por eso en el Sermón de la Montaña me referí más al amor entre unos y otros y a la necesidad de presentar la otra mejilla.”

Esta escena imaginaria seguramente nos hace sonreír, pero la verdad es que Jesús murió por todos nuestros pecados, y en especial por las ofensas cometidas entre unos y otros. La excelente noticia que esto significa es que no tenemos por qué tratar de resolver estas situaciones tan dolorosas por cuenta propia, porque, gracias al poder del Espíritu Santo, el Señor nos ayuda a dejar atrás las ofensas y perjuicios sufridos por esas faltas y a librarnos de sus dolorosos efectos. ¡Cristo nos enseña a perdonar, ofrecer perdón y amarnos los unos a los otros como él nos ama!

Todos sabemos que la fuerza del pecado, e incluso nuestro propio egoísmo, es un obstáculo que muchas veces nos impide amar como quisiéramos a nuestros familiares y otras personas; también sabemos lo débiles que somos frente a las tentaciones y lo fácil que es caer en pecado contra alguien. Posiblemente la mejor manera de entender este ciclo de tentación y pecado sería parafrasear lo que nos dice san Pablo: “Quiero formar relaciones personales positivas y saludables, pero el egoísmo, los celos o la cólera se meten en mi pensamiento y me siento atrapado. Por consiguiente, termino haciendo no el bien que quiero hacer, sino haciendo precisamente aquello que no quiero hacer. Termino causando daño en lugar de contribuir a la armonía y la paz” (v. Romanos 7, 19).

Nada es imposible. Lo bueno es que la vida humana no siempre se limita a una letanía de heridas emocionales y amistades interrumpidas. La mayoría de nuestras relaciones familiares y amistades son normales, apacibles y satisfactorias. Pero, por la razón que sea, tendemos a pensar más en los recuerdos negativos y dolorosos y nos olvidamos de los positivos y alegres. Son estos recuerdos dolorosos los que nos hacen revivir las ofensas o perjuicios del pasado y nos encierran en un círculo de resentimientos, dolor y enojo, o bien nos hacen sentirnos víctimas. Son cosas que condicionan nuestro razonamiento y nos impiden poner en práctica el amor al prójimo. Estos son precisamente los recuerdos dolorosos o traumatizantes que el Señor quiere sanar.

¿No sería maravilloso que todos pudiéramos vivir en paz con los demás? Basta imaginarse lo mucho mejor que sería el mundo si todos estuviéramos dispuestos a perdonarnos y respetarnos mutuamente, y adoptáramos el amor y la reconciliación como las prioridades más importantes de nuestra vida. ¿Es esto un sueño irrealizable? No, si recordamos las palabras del ángel Gabriel a la Virgen María: “Nada es imposible para Dios” (Lucas 1, 37).

¡Nada es imposible! Es cierto y se debe a que Dios nos ama a todos y cada uno de nosotros con su amor ilimitado e incondicional, y el Señor quiere enseñarnos a compartir su amor, de modo que seamos capaces de amar a los demás con la misma buena voluntad, generosidad y comprensión con que él lo hace, y uno de los medios más importantes que utiliza para hacerlo es el perdón.

Cuando Jesús nos enseñó a rezar el Padre Nuestro, nos dijo que si queríamos que nuestro Padre celestial nos perdonara, tenemos que perdonar “a los que nos ofenden”. El perdón actúa como una llave, que abre la puerta de la gracia y deja que el bálsamo sanador del Espíritu Santo caiga sobre nosotros. El perdón tiene el poder de romper las cadenas de dolor y resentimiento con que las heridas del pasado nos mantienen atados.

¡Suelta las amarras! Así pues, cuando contemples al Niño que reposa en el pesebre, dile con tus propias palabras algo como lo siguiente: “Quiero hacer todo lo posible para reconciliarme con cualquier persona a quien yo haya ofendido o dañado en mi vida y tratar de pedirle perdón. También haré lo posible por perdonar a quienes me hayan ofendido o perjudicado a mí.”

Cuando uno pide perdón, reconoce que le ha hecho daño a alguien y quiere tratar de enmendar la situación. Este es naturalmente un buen modo rectificar lo sucedido. Pero, gracias a Dios, también tenemos otra fuente de esperanza y promesa para la curación de nuestras relaciones personales: el Sacramento de la Reconciliación. Cuando confesamos que hemos pecado contra otros, reconocemos que no podemos resolver las situaciones por nuestros propios medios. Por eso le decimos al Señor que necesitamos su ayuda y su curación y él, inmediata y maravillosamente, derrama su gracia poderosa y sanadora sobre nosotros para ayudarnos a reconciliarnos con nuestro prójimo.

Efectivamente, en la intimidad del confesionario y envuelto en la gracia del Señor, tú puedes arrepentirte de todas las ofensas que les hayas causado a otras personas y al hacerlo estarás librándote del dolor y la amargura. Despréndete de todo eso y deposítalo en manos del Padre. Pídele a Jesucristo que quite de ti el sentido de culpa y te llene de su esperanza y su amor. Este acto simple y humilde de la confesión abre las compuertas del cielo, no sólo para ti mismo, sino también para otras personas, familiares y amigos, que de uno u otro modo se relacionan contigo.

De modo similar, cuando uno perdona a otra persona, Dios derrama su gracia sobre uno para curar las heridas que uno tenga y al mismo tiempo abre el corazón de la otra persona para que reciba el perdón que le queremos ofrecer; además nos comunica su sabiduría y su guía a los dos para que, si hay una vía hacia la sanación y la reconciliación, él nos ayude a hacerla realidad.

La compasión engendra la compasión. Durante esta temporada de Adviento, hagamos todos al menos un esfuerzo especial para reconstruir, restaurar o renovar alguna relación o amistad que haya quedado dañada o interrumpida. Si es posible, trata de aproximarte a una o dos personas a quienes les hayas causado daño o dolor y pídeles perdón. Del mismo modo, si alguien te ha causado daño o dolor a ti, haz lo posible por desarraigar de tu corazón todo resentimiento o dolor que te venga al recuerdo.

Maridos y esposas, es posible que ustedes tengan presentes una o dos cosas específicas que les hayan causado dolor; pero en lugar de eso, también es útil pedir perdón de un modo general por todas las ocasiones de incomprensión, desamor, indiferencia, falta de respeto u ofensa que hayan tenido el uno con el otro a través de los años. Del mismo modo, ustedes, los que son padres de familia, tal vez les pueden pedir a sus hijos que simplemente les perdonen por las veces cuando ustedes hayan actuado por cólera o frustración. Los miembros de órdenes religiosas se pueden pedir perdón mutuamente por los rencores o sentimientos de envidia que tal vez hayan existido por años. Los que han sido amigos desde hace mucho tiempo pueden disipar los malentendidos y resentimientos que se han convertido en piedras de tropiezo por el camino de la vida. ¡Todo esto lo podemos hacer sin la menor duda, si confiamos en que Dios derramará su misericordia y su amor cada vez que tratemos de reconciliarnos con otra persona!

Sea lo que tú decidas hacer al respecto, has de saber que el hecho de pedir perdón no es señal de debilidad ni timidez. ¡Todo lo contrario! Es una señal de que las virtudes de fortaleza y humildad, que tantos grandes santos han demostrado, están actuando en ti. Más aún, cuando le decimos a otra persona que queremos reconocer las faltas que hemos cometido, arrepentirnos y pedirle perdón, por lo general la otra persona se siente movida a pedir perdón también y así se reconcilia y se fortalece la relación. Si después de leer este artículo no recuerdas nada más, por lo menos grábate lo siguiente: el amor siempre inspira el amor y la compasión siempre engendra la compasión.

El arrepentimiento y el perdón son los mejores regalos que podemos darnos el uno al otro especialmente en esta Navidad; son mucho mejores que cualquier regalo material. También son los mejores regalos que podemos darle al Señor en retribución por todo lo que él ha hecho por nosotros.

Que Dios te bendiga con abundancia, hermano, en este Adviento y en la Navidad. Que nos conceda a todos el deseo de hacer lo que sea necesario para amarnos los unos a los otros como él nos ama.

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