La Palabra Entre Nosotros

Febrero de 2020 Edición

Si no te lavo. . .

Jesús no vino a ser servido, vino a servir

Si no te lavo. . .: Jesús no vino a ser servido, vino a servir

Pedro pensó que ya lo había visto todo. El tiempo que había pasado con Jesús le había ampliado mucho sus horizontes, pero ¡esto era otra cosa! ¡Era simplemente demasiado! Jesús, el hombre a quien él había llamado “el Santo de Dios” (Juan 6, 69), quería lavarle los pies. ¿Cómo iba a dejar que su Maestro hiciera eso? De hecho, pensaba que si alguien tenía que lavar los pies, sería él, Pedro, y por eso protestó: “¡Jamás me lavarás los pies!” (13, 8).

Tal vez nos parezca cómica esta reacción de Pedro y pensaríamos: “¡Otra vez! El precipitado pescador que siempre actúa antes de pensar.” Pero esta escena no se refiere solo a la fervorosa reacción de Pedro, ya que después de que Jesús les lavó los pies a sus discípulos, les dijo que ellos deberían seguir su ejemplo en la vida: “Les he dado ejemplo, para que como yo les he hecho, también ustedes lo hagan” (Juan 13, 15).

Este es probablemente uno de los mandatos más importantes que dio Jesús. De esta forma les estaba dando a sus discípulos, y a todos nosotros, una lección visual y memorable de lo que significa servirnos unos a otros, y les decía claramente que todo aquel que lo siga tiene que aprender a ser humilde y ponerse al servicio de aquellos con quienes tiene trato frecuente, como él lo hizo.

Exploremos este tema. Veamos cómo las atenciones de bondad y servicio que tenemos recíprocamente unos con otros pueden llevar a las personas a entrar en contacto con Cristo de una manera muy personal. Pero antes de llegar a eso, veamos cómo el propio Jesús servía a las personas en los evangelios, para tener una idea de cómo quiere él servirnos a nosotros hoy.

Como yo les he hecho. En respuesta a la exclamación de Pedro, Jesús le aclaró: “Si no te los lavo, no podrás ser de los míos” (Juan 13, 8). Entonces, si Pedro quería seguir teniendo algo que ver con Jesús, tenía que dejar que él le sirviera lavándole los pies.

¡Qué difícil debe haber sido esto para Pedro! Hay tantos relatos en los Evangelios que muestran a este apóstol dispuesto a actuar y construir el Reino de Dios, pero generalmente con sus propias fuerzas. Si había que hacer algo, Pedro era el que tomaba la iniciativa; si alguien necesitaba protección, incluso el propio Jesús, Pedro estaba presto para ayudar, siempre adoptando una actitud de fortaleza y habilidad. Pero en esta ocasión, el Señor le decía que ahora era tiempo de que otro le lavara los pies a él. Era el momento de ser servido y no de servir.

Para nosotros también puede ser difícil estar en esa misma posición. Se requiere una cierta humildad para ponernos de esta forma en manos de otra persona, pues requiere disminuir algo de nuestro orgullo y sentido de independencia y autosuficiencia. Dejar que alguien nos lave los pies, de la forma que sea, a veces significa admitir que necesitamos ayuda y eso no siempre es fácil. Pero Cristo es tan insistente con nosotros como lo fue con Pedro: Si no me dejas lavarte los pies, no sabrás lo que significa tenerme en tu vida. Si quieres servir a mi pueblo, tienes que dejar que yo te sirva primero.

Entonces, ¿qué significa dejar que Jesús nos atienda? No significa esperar que él nos dé todo lo que queramos; no significa exigirle que limpie todas las suciedades que tenemos y arregle los desórdenes que hacemos. El Señor quiere cuidarnos en un nivel mucho más profundo. Veamos tres de los aspectos más importantes en que Jesús quiere servirnos y, al igual que Pedro, tenemos que dejar que él nos lave los pies.

Perdonarnos. ¿Alguna vez has tenido la experiencia de sentirte como una persona nueva después de haber ido a la Confesión? Estando consciente de todas las faltas que has cometido, y de todo aquello que acabas de reconocer y admitir, oyes que el sacerdote te dice: “Yo te absuelvo de todos tus pecados. Que Dios te conceda el perdón y la paz.” Es un sentimiento aleccionador y reconfortante saber que Dios, que ve mucho más de lo que tú has confesado, te sigue diciendo: “Yo no te condeno.”

Este es el acto supremo de servicio. En la cruz, Jesús dio su vida por nosotros, para que fuéramos perdonados. Se ofreció por nosotros, sabiendo que le costaría la vida; pero lo hizo voluntariamente, porque nos amó tanto que no quiso que permaneciéramos encadenados en nuestros propios pecados y hábitos egocéntricos.

Día tras día, Jesús nos ofrece “lavarnos los pies”, o sea purificarnos, incluso de pecados veniales, para que las faltas cometidas a diario no se nos amontonen ni nos pesen demasiado. Nos invita a acudir a su lado y reconocer nuestros pecados, como lo hizo Pedro, para que nos limpie y nos restaure.

Pero a veces nos resistimos a que Cristo nos sirva de esta manera, y nos cuesta reconocer nuestros pecados ante el Señor. Tal vez no queremos dar una mirada honesta en las faltas que hayamos cometido, pues el reconocer que hemos hecho algo malo y admitir que todavía somos una obra inacabada nos humilla en cierta forma. Pero Jesús se deleita en lavarnos de toda maldad y darnos libertad. Para él fue valioso morir en la cruz porque así podría prestarnos el servicio de purificarnos.

Nos llena de su amor. Es natural que los padres sirvan a sus hijos en muchos sentidos. Los visten, les dan de comer, los bañan y los cuidan en el hogar. Además, los educan y procuran formar su razonamiento y su conciencia. Pero todos estos actos de servicio palidecen cuando se comparan con la seguridad y la estabilidad que los padres les proveen cuando les muestran a sus hijos, de cualquier edad, que siempre los amarán y estarán dispuestos a ayudarles. Los estudios demuestran que los hijos cuyos padres les dan constantes muestras de cariño y amor tienden a llevar una vida saludable y exitosa. Pero sabemos que, aunque no lo hagan los padres, Dios siempre cuida tiernamente a sus hijos.

Dios es nuestro Padre bondadoso, el mejor padre que jamás tengamos. Su amor es la roca sobre la cual podemos apoyarnos en todo momento, sea lo que sea que estemos experimentando. Esta es otra manera de dejar que Jesús nos sirva: abrirnos al amor del Padre cada día en la oración.

A primera vista, uno no pensaría que la oración es una forma en la que Jesús nos puede servir, y más bien la consideramos como un deber u obligación. Pero ¿qué sucedería si pensáramos que la oración es principalmente un vehículo por el cual podemos recibir el amor de Dios? Cuando veas que Dios te ama de verdad, podrás amar y servir a otras personas como él lo hizo.

Formación y enseñanza. En la época de Jesús, las familias griegas y romanas acomodadas tenían esclavos que trabajaban como tutores de sus hijos. El tutor tenía que estar todo el tiempo con el joven a su cargo; lo vigilaba en sus estudios, lo acompañaba a sus lecciones, lo guiaba en las ocasiones sociales y le enseñaba a ser un ciudadano de buena moral y conducta recta.

Jesús es como ese tutor, pero mucho mejor. El tutor griego era un esclavo, no era parte de la familia. Siempre estaba consciente de su lugar y servía a su dueño en todo lo que éste quisiera. Pero Jesús no es así. Él es nuestro hermano y amigo, y quiere servirnos dedicando tiempo para atendernos, educar nuestra conciencia y forma de pensar, para que todos lleguemos a ser santos.

Así que, deja que Jesús te sirva. Cada día, lee y medita en la Sagrada Escritura para que sus enseñanzas penetren en lo profundo de tu mente y tu corazón; deja que él cambie la forma como tú ves el mundo y las personas que hay en tu vida. Escucha sus palabras. Acude a Cristo con una actitud abierta y dispuesta a aprender, para que su palabra poderosa moldee tu conciencia. Si lo haces, es posible que él te sorprenda mostrándote nuevas fórmulas para atender y cuidar a cuantos tienes a tu lado.

¿Lo harás? Lo que conseguirás será el perdón, el amor incondicional, un corazón y una mente formados por la Palabra de Dios. Jesús quiere lavarte los pies hoy día. Ahora y aquí mismo te está invitando a que lo acompañes por un rato en la oración, para que te muestre cuánto te ama y cuánto quiere hacer por ti. ¿Vas a dejar que Jesús te sirva?

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