La Palabra Entre Nosotros

Ago/Sep 2010 Edición

Sepúltenme bajo los pies de mis hermanos

Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores. Por el P. Miguel Monshau, OP

Sepúltenme bajo los pies de mis hermanos: Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores. Por el P. Miguel Monshau, OP

Casi la mayoría de las personas conoce o ha oído de la Orden de los Dominicos, fundada hace ya 800 años y una de las diez comunidades religiosas más grandes del mundo. Pero, ¿cuántos conocen bien a su fundador, Santo Domingo de Guzmán?

Los propios dominicos a veces admiten, con cierta incomodidad, que bien podrían ellos relatar historias de la vida de San Francisco antes que de la vida de su amado fundador; lo asombroso es que probablemente esto es lo que Santo Domingo ?habría preferido.

Para ilustrar su pensamiento, se puede citar un incidente que sucedió cuando Domingo cayó víctima de una enfermedad tan grave que culminaría con su muerte. Sus frailes lo habían llevado a un monasterio benedictino cercano para que descansara con mayor comodidad, pero viendo que se aproximaba su deceso, el superior benedictino dijo que él se sentiría muy honrado de sepultar a Domingo allí, en su monasterio, donde se le podría dar una tumba importante al santo hombre de Dios y donde podrían reunirse los muchos peregrinos que sin duda vendrían a visitar el lugar de su descanso final.

Pero cuando Domingo se dio cuenta de esta idea, ordenó a sus frailes que lo llevaran de regreso a su propia abadía, y les dijo que allí, una vez que muriera, podrían colocar su cuerpo en una sepultura sin ninguna marca y excavada bajo el piso de la casa. La orden que les dio fue: “Sepúltenme bajo los pies de mis hermanos.”

¿Cómo se puede entender una petición tan extraña? Como veremos más adelante, este relato revela mucho acerca de la persona de Santo Domingo y también de cómo desea Dios que nosotros cumplamos la singular misión que ha encomendado a cada uno de sus hijos.

Activo y contemplativo. Domingo nació en una familia acaudalada en el año 1170 en Caleruega, zona norte de España. Sus vecinos lo conocían como un joven muy agradable pero serio, un estudiante sobresaliente y dedicado de lleno al aprendizaje.

También, desde joven demostró estar radicalmente comprometido con Dios y dedicado a llevar una vida centrada en el Evangelio. Mientras estudiaba en la universidad, por ejemplo, se sintió tan conmovido por las tribulaciones de los pobres y los marginados, que vendió sus bienes más preciados —libros de texto copiados a mano en pergamino, que eran muy caros— para comprarles alimentos. “Me resultó imposible considerar valiosos aquellos cueros muertos, cuando mis hermanos en carne viva se morían de hambre y necesidad”, dijo para explicar su actitud. En otra ocasión, trató de venderse como esclavo en lugar de un prisionero de guerra.

Pese a estas demostraciones de activismo heroico que realizaba Domingo, lo que más le atrajo desde el principio fue la vida contemplativa. Después de su ordenación como sacerdote, cuando tenía unos 25 años de edad, se unió a un grupo de sacerdotes que el obispo había congregado en la ciudad de Osma. Era un grupo de tipo monástico, pero trabajaban en un entorno urbano y procuraban llevar una vida sencilla de claustro, contemplación, oración litúrgica y estudio.

Contra las herejías. Si Domingo hubiera vivido en épocas más apacibles, tal vez hubiera dedicado el resto de sus días a la oración silenciosa, dentro de los muros de su claustro; pero los tiempos eran turbulentos, y la ignorancia acerca de la fe católica estaba creando una confusión generalizada y mucho desorden, tanto en la Iglesia como en la sociedad.

Al parecer Domingo no se había dado cuenta de que la necesidad de la Iglesia era tan extrema sino hasta 10 años más tarde, cuando fue citado para acompañar al obispo en varias misiones diplomáticas. Los viajes lo llevaron a través de la región de Francia, donde había surgido la herejía de los albigenses.

Los albigenses creían que el mundo material era malo e incluso cuestionaban la bondad de la vida física, y de esta forma llevaron a mucha gente a inquietarse, porque enseñaban que el goce de cualquier placer humano podía poner en peligro su comunión con Dios. La gente se sentía confundida y se amontonaban los problemas de conciencia en cuanto a si era correcto disfrutar de una buena comida, de un sueño apacible en la noche, o de las bondades de casarse y tener una familia. A muchos les impresionaba la extrema austeridad de los predicadores albigenses, especialmente si la comparaban con la vida relajada y de abundancia a la que parecían aspirar muchos de los sacerdotes de la Iglesia.

El propio Domingo había sido testigo de que la predicación de algunos sacerdotes, que vivían cómodamente y sin demostrar entusiasmo alguno en su propio apostolado ministerial, era infructuosa. En efecto, se sintió sumamente desalentado al ver que muchos católicos se apartaban de la fe y se transformaban en críticos de la Iglesia, porque no había nadie que les ayudara a corregir sus falsos entendimientos y percepciones. Lleno de compasión por ellos, se convenció de que una predicación auténtica de la palabra de Dios, junto con el testimonio de una vida humilde y sencilla, podría hacerlos volver al redil. Así lo comprobó en uno de sus viajes, cuando logró que el administrador de la posada donde se hospedó, que era albigense, volviera a la fe católica después de que los dos se pasaran toda la noche en un interesante intercambio de ideas.

La sagrada predicación. Poco después, el Papa le encomendó a Domingo la misión de ser predicador viajero. Así fue como en 1206, mientras cumplía una misión en el sur de Francia, tuvo una intensa y reveladora experiencia con el Señor, que le volvió a confirmar su vocación de predicador.

Viendo que tantos cristianos se encontraban en extrema necesidad espiritual, se convenció gradualmente de que la Iglesia necesitaba un nuevo movimiento de predicadores, un grupo de apóstoles que se dedicaran a propagar la palabra de Dios en todo tipo de situaciones, y que estuvieran espiritual e intelectualmente preparados para cumplir tal misión, luego de ser formados mediante una vida de oración, disciplina y un estudio teológico asiduo. De esta forma, siendo capaces de predicar en las asambleas litúrgicas y de enseñar filosofía y teología, los miembros de la Orden de Predicadores serían conocidos por su buena formación intelectual y por poner su conocimiento al servicio de todos.

Era una idea radical en esa época. Nunca antes se había formado una orden religiosa para realizar una tarea específica. Las órdenes anteriores se habían establecido para ofrecer a sus miembros un cierto camino de vida. Por ejemplo, los benedictinos ofrecían la vida monástica, y los franciscanos fomentaban la sencillez del Evangelio. Pero Domingo fundó su orden para satisfacer la necesidad intelectual de la Iglesia, tarea que fue denominada “la sagrada predicación”.

La sagrada predicación llegó a ser la pasión de Domingo, una tarea absorbente que definió su persona y hacía vibrar toda su vida. Domingo predicaba constantemente y llevó a muchísima gente a Cristo. Cuando murió, en 1221, siendo ya una figura venerada y muy conocida, su orden contaba con 300 miembros que trabajaban en ocho países.

Que nada te distraiga. Tan completamente se dio Domingo a su misión, que parecía que él mismo hubiera desaparecido en ella. No dejó sermones ni escritos, excepto una breve carta. Si bien otros grandes líderes dejaron en sus seguidores y en la Iglesia en general la huella de su personalidad, Domingo dejó el legado principalmente de su trabajo: la sagrada predicación.

Bajo esta luz, las instrucciones que dio cuando yacía moribundo tiene perfecto sentido: “Sepúltenme bajo los pies de mis hermanos”, y no lo hizo porque quisiera definir el lugar de su sepultura; más bien, estaba dejando en claro que sus discípulos no debían permitir que nada los distrajera de la misión de llevar a cabo la sagrada predicación. No quería que los demás pensaran tanto en él, ni en ningún otro fraile dominico, porque sería mucho más provechoso que se dedicaran a conocer, vivir y propagar el Evangelio.

Este entendimiento ha permanecido como una especie de marca distintiva del carisma de los dominicos. Varios notables miembros de la orden han servido en la Iglesia y la sociedad con gran distinción, entre ellos, Santo Tomás de Aquino, Santa Catalina de Siena y Fray Bartolomé de las Casas. Y lo que resulta curioso es que la gente conoce bastante bien el trabajo que ellos realizaron, pero relativamente poco acerca de sus vidas personales.

En esto hay una lección para todos nosotros. Este ejemplo es una invitación a no dejar que nada interfiera con nuestra misión de conocer mejor a Dios y cultivar la comunión personal con el Señor mediante la oración, el estudio de la Sagrada Escritura y la recepción de los sacramentos, y luego ser portadores de Dios para los demás en lo que hacemos y decimos. Esta es la vocación más importante de toda persona bautizada y no sólo de los que cumplen algún ministerio eclesiástico en forma oficial. Tal como lo enfatiza el Concilio Vaticano II, absolutamente todo cristiano está llamado a crecer en la santidad y a participar en la vital misión de llevar a sus semejantes la buena noticia de la salvación en Jesucristo, nuestro Señor. (Constitución sobre la Iglesia, 33).

Precisamente porque el único objetivo de su vida era conocer y proclamar a Dios, pareciera que Santo Domingo previó, hace ya casi ocho siglos, esta enseñanza del Concilio. Por eso, su ejemplo nos ayuda a cumplir la misión de contribuir a la sagrada predicación en nuestra propia vida y circunstancias, según nos guíe el Espíritu Santo, que nos puede inspirar para seguir a Cristo con un corazón absolutamente dedicado, con el mismo espíritu de San Juan Bautista, aquel gran Heraldo, que refiriéndose a Jesús dijo: “Él ha de ir aumentando en importancia, y yo disminuyendo” (Juan 3,30).

Dos sepulcros. No hace mucho un sacerdote dominico de los Estados Unidos viajó a Italia y fue a visitar el santuario de un franciscano muy venerado, San Antonio de Padua. Viendo que la iglesia se llenaba de grandes multitudes que venían a visitar con mucha devoción la imagen del santo y cantando con gran sentimiento, se sintió muy contento. Le impresionó especialmente una gran procesión que se formó para rendir honor a San Antonio y ofrecerle oraciones, una espléndida expresión pública de fe, llena de espíritu y emoción.

Ese mismo día, más tarde, el mismo fraile fue a Bolonia, a visitar la tumba de Santo Domingo de Guzmán. Allí en esa iglesia, donde finalmente fueron sepultados los restos del santo predicador para su reposo final, sólo había cinco visitantes. Cada persona estaba sentada, sola, cerca del sepulcro, en perfecto silencio, pero ¡estudiando! Los que han llegado a conocer y amar a Santo Domingo pueden apreciar esta escena como plenamente acorde con lo que en vida él habría querido. n

El P. Miguel Monshau, OP, es dominico y abad de la casa de formación de su Provincia en la ciudad de St. Louis, Misuri, y es profesor de homilética en el Seminario Kenrick, de la misma ciudad.

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