La Palabra Entre Nosotros

Ago/Sep 2010 Edición

Santo Domingo y el Santo Rosario

Los albigenses tampoco aceptaban los sacramentos, negaban que la Virgen María fuera Madre de Dios y rechazaban la primacía del Papa. Santo Domingo trabajó mucho tiempo en medio de ellos y mediante su predicación, sus oraciones y sacrificios, logró convertir sólo a unos pocos. Más tarde, fundó una orden religiosa para mujeres, cuyo convento se encontraba en la ciudad de Prouille, en Francia, junto a una capilla dedicada a la Santísima Virgen. Fue en esta capilla en la que Domingo le suplicó a Nuestra Señora que le ayudara a convertir a los albigenses, pues le parecía que no estaba logrando casi nada.

La Virgen se le apareció con un rosario en la mano. Le enseñó a rezarlo y le dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias. Domingo salió de allí, con fe renovada, rosario en mano y lleno de celo apostólico. Efectivamente, predicó el Evangelio y el rosario y tuvo gran éxito, porque muchos albigenses volvieron a la fe católica.

La guerra. Lamentablemente, la rivalidad entre albigenses y cristianos tenía además un aspecto político, por lo cual la situación degeneró en guerra. Simón de Montfort, el general del ejército cristiano y amigo de Domingo, le pidió a éste que les enseñara a las tropas a rezar el rosario. Lo rezaron con gran devoción antes de su batalla más decisiva en la localidad de Muret y triunfaron. El general consideró que la victoria había sido un verdadero milagro y resultado del Rosario, por lo que, como muestra de gratitud, hizo construir allí la primera capilla dedicada a Nuestra Señora del Rosario.

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