La Palabra Entre Nosotros

Enero 2012 Edición

¿Quieres que yo evangelice?

Cuatro pasos prácticos para compartir la buena noticia

¿Quieres que yo evangelice?: Cuatro pasos prácticos para compartir la buena noticia

Ciertamente la cosecha es mucha, pero los trabajadores son pocos. Por eso, pidan ustedes al Dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla.

Evangelizar no siempre es fácil. Para la mayoría de nosotros, si trabajamos el día completo y cuidamos a nuestras familias, pareciera que ya no nos queda tiempo ni energía para hacer nada más, y mucho menos para buscar oportunidades de compar­tir el Evangelio. Pero si nos pusiéramos en el lugar de Dios, veríamos por qué el Señor nos pide evangelizar: porque quiere que toda persona que existe acuda a su lado para recibir la salva­ción, y Él sabe que somos una parte esencial de su plan para lograrlo. Por eso nos dice a nosotros lo mismo que a sus discípulos: “Ciertamente la cose­cha es mucha, pero los trabajadores son pocos. Por eso, pidan ustedes al Dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla" (Mateo 9 37-38).

La llamada de Moisés. Esta invi­tación a hacer lo extraordinario no es nueva. Es lo mismo que Dios le pidió a Moisés hace 3000 años. Cuando Dios se le apareció a Moisés en la zarza ardiente, éste ya llevaba una vida bas­tante ocupada: estaba casado y tenía por lo menos un hijo; vivía en la tierra de Madián y trabajaba cuidando los rebaños de su suegro Jetro. Sin embargo, Dios se le a apareció y lo mandó a llevarle el siguiente mensaje al faraón: “Deja ir a mi pueblo al desierto, para que haga allí una fiesta en mi honor” (Éxodo 5,1) Pero Moisés se disculpó cortésmente y rechazó la invitación, y lo hizo no una sino cinco veces.

Primero, Moisés argumentó diciendo que no era digno de recibir una misión tan honrosa: “¿Y quién soy yo para presentarme ante el faraón y sacar de Egipto a los israelitas?” (Éxodo 3,11). Luego dio a entender que era dema- siado ignorante para realizar semejante tarea: “El problema es que si yo voy…¿qué les voy a decir?” Pero ninguna de estas soluciones le dio resultado. El Señor le aseguró que: “Yo estaré contigo, y esta es la señal de que yo mismo te envío: cuando hayas sacado de Egipto a mi pueblo, todos ustedes me adorarán en este monte” (3,12-13). Finalmente Moisés alegó algo diferente: “Ellos no me creerán, ni tampoco me harán caso” (4,1). Pero Dios le dio el poder necesario para realizar milagros asombrosos, obras tan maravillosas que sin duda convencerían al faraón, y le prometió que si era necesario habría más milagros.

Tratando de buscar otra salida, Moisés optó por disculparse diciendo que no podía hablar bien: “Yo no tengo facilidad de palabra… Siempre que hablo, se me traba la lengua” (Éxodo 4,10), pero Dios no le prestó atención. Finalmente, Moisés desis­tió de seguir dando excusas y confesó honestamente: “¡Ay, Señor, por favor, envía a alguna otra persona!” (4,13). Pero Dios insistió y finalmente lo con­venció de que reuniera a su familia y comenzara aquello que sería una de las misiones más famosas y trascen­dentales de la historia humana.

La respuesta a la llamada. Cuando el Señor Dios quiso enviar a un nuevo Libertador, unos 1200 años más tarde, el escogido fue su propio Hijo y su misión era un poco diferente: En lugar de librar al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto, lo que el Verbo Encarnado tenía que hacer era librar a toda la humanidad de la esclavitud del pecado.

Si bien estos episodios tuvieron personajes diferentes y se realiza­ron en épocas y situaciones distintas, ambos concluyeron de la misma manera: gracias a la obediencia de Jesús uy Moisés, Dios libró a su pueblo de la esclavitud, no sólo socio­política, sino espiritual. ¿Qué habría pasado si Moisés se hubiera negado rotundamente a cumplir lo que Dios le pedía? ¿Qué habría sucedido si Jesús hubiera rechazado su misión? La situación actual del mundo sería muy diferente.

Pero fue bueno que Moisés hubiera aceptado finalmente el plan que Dios le presentaba; y muchísimo mejor que Jesús nunca hubiera tratado de eludir la obra que el Padre le pedía realizar, aun cuando para cumplir la voluntad divina tenía que exponerse a la humi­llante e inhumana muerte en la cruz.

Estas dos historias son muy alenta­doras e inspiradoras, pero siempre nos queda un cierto sabor a tristeza. A pesar de todo lo que Dios ha hecho en este mundo, aún queda un gran número de personas que se encuentran en la escla­vitud; que no conocen la libertad que Jesús ganó para ellos en la cruz; que no han experimentado el gozo del arrepen­timiento y, lo que es más importante, que no se imaginan la gran ternura con que los ama Dios. Por eso, el Señor nos pide a nosotros, los fieles de hoy, que nos preocupemos de propagar la buena noticia. Dios nos quiere enviar, como envió a Moisés y a Jesús, y aunque tenga que llamarnos cinco o diez veces antes de que nos decidamos a aceptar la invitación, hay una cosa segura: Dios quiere enviarnos a nuestras comuni­dades como testigos de su amor.

Orar, orar y orar. Predicar el Evangelio no implica solamente armarse de fortaleza para hablar acerca de Jesús; se requiere también que la gracia de Dios actúe en las personas a quienes queremos evangelizar. Por eso, lo primero que debemos hacer, incluso antes de pensar cómo vamos a com­partir nuestro testimonio, es rezar por las personas a quienes les hablaremos y hacerlo de una manera específica e individual.

Un método práctico y útil es hacer una lista de las cinco personas que uno más quiere evangelizar, por ejemplo la esposa o el marido, los hijos, amigos, compañeros de trabajo o incluso veci­nos, aunque uno no los conozca muy bien.

Una vez que uno haya decidido quienes serán estas personas, conviene escribir sus nombres en un diario de oración y mantener a la mano esta “lista de evangelización” cada vez que uno haga oración, a fin de dedicar unos cinco minutos para rezar por estas per­sonas día tras día. El Señor derramará su gracia sobre ellas y luego nos dará una oportunidad para compartir la fe. Pero hay que ser diligente y dedicado, sin dejar pasar ni un solo día. Hay que tener presente que Jesús anhela llenar a esas personas del agua viva y que nos está llamando a mí y a ti a que seamos como cántaros que llevan dentro esa agua viva.

Una vez Jesús dijo: “Todo lo que ustedes pidan en oración, crean que ya lo han conseguido, y lo recibirán” (Marcos 11,24). Es obvio entonces que para evangelizar es imprescindible ejer­cer la fe; por eso, hermano, ten fe en que Dios desea tocar a las personas que hayas anotado en tu lista. Cree que ellas pueden cambiar el rumbo de su vida y acercarse al Señor, porque para todos hay esperanza. La evangelización requiere una fe firme y una oración per­sistente. Recuerda que estás rezando para que las personas se libren de las garras de la incredulidad, del poder de Satanás y de la influencia del mundo, de las heridas del pasado y toda otra fuerza que las haya mantenido lejos del Señor y de su Iglesia.

Escucha, alienta y analiza. Los psicólogos, los pastores y los directo­res espirituales concuerdan en que una de las formas más eficaces de lograr la sanación emocional, y por extensión la evangelización, es nada más que escu­char. Todas las personas agradecen cuando alguien les pone atención y demuestra interés en ayudarles en sus necesidades, sus dificultades, sus espe­ranzas y sus sueños. Todos queremos tener a alguien con quien conversar, y los que se encuentran lejos del Señor pueden sentirse a veces incluso más solitarios. ¡Qué alentador y recon­fortante puede ser descubrir que hay alguien, es decir tú, que se interesa por ellos y que toma en serio su situación!

Unida al ministerio de escuchar va la llamada a alentar. Así como el hecho de escuchar puede sanar, las palabras de apoyo y reafirmación pueden ser reconfortantes para las personas por quienes estamos rezando. También pueden ayudar a crear oportunidades para compartir nuestra propia vida y nuestras experiencias con el Señor. Por supuesto, nuestras palabras de aliento no deben ser nunca de adulación ni falsa admiración, como tampoco han de ser una corriente constante de lec­ciones y consejos. Deben procurar más bien recalcar el amor y la misericordia del Señor; deben ser palabras que alien-ten a la persona a no darse por vencida, sino considerar las dificultades desde un punto de vista de fe y esperanza.

A veces todo lo que se necesita es una palabra de reafirmación que le haga pensar a la otra persona en su dignidad o cuanto uno las aprecia. Las afirmacio­nes como éstas, cuando vienen desde el corazón, pueden ser muy eficaces para ayudar a la otra persona a experimen­tar un toque del amor y la compasión de Dios.

Estudiar la situación. En el mundo de los negocios, los gerentes comercia­les están constantemente evaluando las proyecciones de sus ventas. Estudian las tendencias del mercado y exploran cada posible estrategia que les ayude a cerrar un negocio. De modo similar, los cristianos debemos estar constantemen­te estudiando y analizando la manera en que estamos compartiendo el Evange­lio. Para esto podemos preguntarnos cosas como las siguientes: “¿Qué mé­todos me han dado buen resultado y za?” Y, naturalmente, la pregunta más importante que es: “Señor, ¿qué debo hacer a continuación?”

No es una tarea imposible. Ela­borar una lista y rezar cada día por las personas que figuran en esa lista no es tan difícil. Lo que se requiere no es más que un poco de tiempo y la decisión de salir a hablar con esas personas y, lo que es más importante, escucharles. No es una tarea pesada tratar de alen­tar a estas personas y hacer un esfuerzo sincero por ayudarles y demostrarles bondad y generosidad. Tampoco es algo agobiante dedicar un momento cada semana a analizar los esfuerzos y reconocer cómo son los resultados que estamos obteniendo en nuestra misión de llevar el Evangelio a las personas de nuestra lista.

Dios quiere que todos evangelice­mos. Así como llamó a Moisés y lo ungió con el poder del Espíritu Santo, el Señor también nos llama a noso­tros y nos concede su fortaleza y sus dones para cumplir la misión. Así pues, adelante hermano y prepara tu lista de oración. Ora por las personas que anotes allí y haz lo necesario para ganarte su amistad; así podrás llevar­las a Jesús. Estos pocos pasos es todo lo que necesitarás para comenzar; luego, observa cómo Dios abre más puertas para ti y comienzan a suceder grandes cosas.

Comentarios