La Palabra Entre Nosotros

Oct/Nov 2009 Edición

¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?

Segunda parte

By: Mons. Diego Monroy,

¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?: Segunda parte by Mons. Diego Monroy,

La primera parte de la conferencia pronunciada por Mons. Monroy en California en 2006 apareció en la edición de agosto/septiembre de La Palabra Entre Nosotros.

Si ustedes contemplan la arquitectura de la nueva Basílica de Guadalupe en México, que por cierto cumple 30 años el 12 de octubre, verán que es como la gran carpa del desierto, la “tienda del encuentro” del nuevo pueblo de Israel, que somos nosotros. Allí vamos a descansar, a llenarnos de fuerza, de energía, de vitalidad, llegamos rendidos, cansados, y allí la Señora nos inyecta fortaleza y nos dice “¡Ánimo, sigue adelante, no pares!”

Y en esta “carpa”, sostenida por un gran mástil, está la cruz gloriosa: Jesucristo, el Señor, el centro de la vida del cristiano. Y abajo, junto a esa cruz, está la Virgencita, como queriéndose perder; como diciendo “Aquí estoy yo, para acercarte a mi Hijo, para aventarte a mi Hijo. Yo no soy el centro, es mi Hijo, que está ahí en la cruz gloriosa, muerto y resucitado por ti y que vive para siempre.”

Hay toda una catequesis en esta basílica. Tiene puertas del oriente, del norte, del sur y del poniente. ¿Para qué? Para que los hombres de todo el mundo, de todas las razas, de todas las culturas, de todos los pueblos, vengan a escuchar lo que ella misma le dice a Juan Dieguito: “Yo soy Madre tuya, pero también de todos aquellos amadores míos y de todos aquellos que me invoquen.” Y por eso ahí, creyente o no creyente, honran a la Señora del cielo, que también es su madre.

El templo y la imagen. Ella le dice a Juan Dieguito “Quiero que aquí tengan la bondad de construirme mi templecito”. En estos relatos siempre vamos a encontrar mucho estas expresiones, “mi templecito, mi casita, muchachita, niñita.” Así hablamos los mexicanos: “Oiga padrecito ¿cómo le va?” “Oye papito ¿cómo estás?” La mamá dice “¡Ay, mi chiquito!”, aunque el hijo tenga 40 años, barba y bigotes.

En el Nican Mopohua (relato original de las apariciones), la Virgen le dice a Juan Dieguito:

“Ten la bondad de enterarte, por favor, pon en tu corazón, hijito mío, el más amado, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, y tengo el privilegio de ser Madre del verdaderísimo Dios, de Ipalnemohuani (Aquel por quien se vive), de Teyocoyani (el Creador de las personas), de Tloque Nahuaque (el Dueño del estar junto a todo y del abarcarlo todo), de Ilhuicahua Tlaltipaque (Señor del Cielo y de la Tierra). Mucho quiero, ardo en deseos de que aquí tengan la bondad de construirme mi templecito, para allí mostrárselo a ustedes, engrandecerlo, entregárselo a Él, a Él que es todo mi amor, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio, a Él que es mi salvación.” (26, 27)

¿Ven con qué amor y alegría la Señora del cielo contempla a su amado Hijo Jesucristo? ¡Imagínense que todo el mundo contemplara en nosotros a Jesús también! Recuerdo que allí, en la basílica, en el Sagrario, hay un mural muy bello pintado en el que se ve a Cristo resucitado y glorioso. Están las manos del Padre celestial, unas grandes manos, una llama que le brota de la mano, que es el Espíritu, y los brazos del Padre, como entregándonos a su Hijo que está glorioso, resucitado, y el Hijo que va saliendo del sepulcro e indicando con su mano el Sagrario, la Sagrada Eucaristía, porque Él está con nosotros. Cuando el pintor, el charro Pedro Medina, iba a comenzar esa obra, recuerdo que allá por en el año 79 ú 80, veía que se pasaba las horas sentado en los umbrales del altar de la basílica. Y yo le decía “Oye charro, ¿qué tanto haces ahí?” Dice: “Estoy contemplando a la Madre. Estoy contemplando a la Señora, porque voy a plasmar a su Hijo en la capilla del Sagrario. Estoy captando el color de la Madre, la esencia, el ser de la Madre, para ahí plasmarlo también en el Hijo. Seguramente el Hijo habrá sido tan hermoso y tan bello como hermosa y bella es nuestra morenita del Tepeyac.”

El mensaje para el mundo de hoy. Esto me ha hecho reflexionar en que nosotros debemos ser también imágenes de Jesucristo. Estamos llamados a parecernos a nuestro Hermano Jesucristo y a parecernos a nuestra Madre. Por lo menos el color de la piel es el mismo, pero ojalá que no sea sólo eso. Y que ninguno de ustedes se sienta menos por no tener piel de color blanco. Somos morenos, como morena es la Virgen, raza de bronce. Que nos llene de orgullo ser morenos, que no tengamos complejos, ni taras. ¡Acéptate como eres!

La Virgen dice también: “Porque en verdad yo me honro en ser la madre compasiva de todos ustedes, tuya y de todas las gentes que aquí en esta tierra están . . . y de los demás variados linajes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que me honren confiando en mi intercesión” (29-31).

Amados hermanos y hermanas, eso implicaba una inmediata y dura exigencia: la de aceptar como hermanos, no sólo a los que habitaban en esa tierra, sino a todos los demás “variados linajes de hombres”. En esa tierra siempre había habido luchas, siempre habían estado las tribus en constantes pleitos y conflictos, unas contra otras, y miren ahora se enteraban que tenían una madre común. Por tanto, toda la tierra era su casa y por consiguiente ella era quien la iba a gobernar, para entregársela a su Hijo Jesucristo, incluyendo a los españoles, ¡que también eran sus hijos! De esta forma, ella repite lo que su Hijo pidió en su oración sacerdotal, antes de morir: “Padre. . . que sean uno, como tú y yo somos uno” (Juan 17,22).

Eso es Guadalupe: paz, amor, unidad, integración; es diálogo, es sumar nunca restar, nunca condenar, nunca rechazar. ¡Qué mensaje tan increíble para el mundo de hoy, en que los hombres nos peleamos! ¡Que mensaje para el pueblo árabe y para el pueblo judío! María es nombre judío, Guadalupe es nombre árabe, allí están unidos, un claro mensaje para tantos que viven en conflictos, incluso para las familias que están reñidas. Guadalupe es comunión, es integración, es restauración en Jesús. Así como Jesús y el Padre son uno, así nosotros debemos ser uno con Jesús y uno entre nosotros mismos, palabras que son resumen de toda la obra y el mensaje de Jesús.

Una señal sobrenatural. La Señora cita al día siguiente a Juan Diego para darle la señal, pero él no llega a recoger la señal para el Obispo, porque su tío estaba muy enfermo y ya casi moribundo y se queda a cuidarlo. El tío le dice: “Vete a México Tlatelolco, a traerme un sacerdote que me prepare a bien morir.” Juan Diego piensa: “Ahora la Señora me va a entretener y no voy a tener tiempo de ir en busca de un sacerdote.” Entonces da la vuelta y baja por el cerro, no por la parte alta, y ¡sorpresa! Porque que allí le encuentra la Señora y le dice: “Hijo mío el más querido. . . ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre? ¿Acaso no estás bajo mi sombra, bajo mi amparo? ¿Acaso no soy yo la fuente de tu alegría? ¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos? . . . Por favor, que ya ninguna otra cosa te angustie, te perturbe, ojalá que no te angustie la enfermedad de tu honorable tío, de ninguna manera morirá ahora por ella. Te doy la plena seguridad de que ya sanó.” (119-120). Y cuenta el Nican Mopohua que el tío dio fe más tarde de que exactamente en esa hora la Señora se le había hecho presente y lo había sanado.

Y luego la Señora le dice a Juan Diego “Ahora sí, sube a la cumbre del cerro y vas a encontrar variadas flores.” Juan Diego se sorprende cómo en un lugar donde sólo hay nopales, mezquites y piedras, sin embargo hay estas flores, rosas fragantes y bellas. Es que así es Dios: por muy estéril que sea tu vida, déjate cultivar por el Señor y verás que también vas a florecer, vas a oler sabroso, como las rosas, como las flores. Pero no sólo eso, tú debes cumplir una misión: primero es el deber cristiano, la obligación con el necesitado y después la devoción.

Luego sabemos lo que sucedió: Juan Diego va trotando por los caminos desde el cerro de Tepeyac hasta el Templo mayor donde estaba el Obispo y le entrega la señal: extiende su ayate, le da al Obispo las rosas y allí aparece milagrosamente estampada esta bendita Señora del cielo, que la tenemos tan fresca y tan bella como hace 500 años en el Tepeyac.

Mientras tanto la Señora quiere que cada uno de ustedes sean sus “Juan Diegos”, aquí en Los Ángeles, aquí en toda esta zona y en todas partes, sus “Juan Diegos del Tercer Milenio”. Ella quiere que llevemos las rosas de la cultura del perdón, las rosas de la cultura del amor, de la justicia, de la bondad, de la no violencia; las rosas de la civilización del amor. ¡Ese es el reto, el desafío, y eso nos pide la Señora del cielo!

Gracias Madre por esas palabras tan bellas que nos diste en el Tepeyac y que siguen resonando hoy en nuestro corazón, “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?” Gracias Señora, te suplicamos tu maternal intercesión por el destino de nuestro país, el progreso de América. Siembra, Señora, en el corazón de los gobernantes la cordura, la sabiduría, el espíritu de servicio, que el bien común llegue a todos, que a nadie le falte lo necesario para vivir, especialmente te suplicamos por el pueblo de México. Te lo pedimos en el nombre de tu Hijo Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Mons. Diego Monroy es el Rector de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de México.

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