La Palabra Entre Nosotros

Julio/Agosto de 2019 Edición

Mi mente divaga durante la Misa

¿Qué hacer para evitar este problema tan común?

By: Roberto Kloska

Mi mente divaga durante la Misa: ¿Qué hacer para evitar este problema tan común? by Roberto Kloska

Hablando por mí, debo admitir que mi mente a menudo divaga durante la Misa, especialmente en la Misa diaria. Generalmente me dejo caer en un banco de la iglesia unos 30 segundos antes o después de que el sacerdote haya entrado. Mi mente anda dando vueltas y estoy distraído por miles de pequeñas preocupaciones. Para cuando ha terminado el Evangelio, a menudo me doy cuenta de que apenas he escuchado una palabra. Mi respuesta, “Gloria a ti, Señor Jesús”, a veces me provoca una risita silenciosa ya que viene pegada al final de un chorro de pensamientos que nada tenían que ver con Jesús. Luego, a pesar de mi sincera intención de concentrarme en la homilía, de nuevo se me va la mente. Sin embargo, a lo largo de los años, he descubierto unas técnicas que me han ayudado a lidiar con este problema.

Lo primero. Una solución muy práctica que he descubierto es comenzar por llegar a Misa a tiempo. “A tiempo” significa unos cinco minutos antes. Este breve periodo de silencio a menudo me permite relajarme. También me esfuerzo por asistir a Misa por la mañana en lugar de por la tarde. Por la mañana, mi mente es menos propensa a divagar porque aún me espera enfrentar las batallas de cada día. Es al estar reviviendo y pensando en las cosas que han sucedido en el transcurso del día que suelo perder mi enfoque.

A lo largo de la Misa, abundan las oportunidades para que uno vuelva a dirigir la atención al santuario. Estoy tan agradecido de que la liturgia sea tan llena de diálogo. Este diálogo es diseñado para hacernos participar y enfocarnos sobre el encuentro divino.

Los ritos iniciales. Por ser breve e interactiva, y porque acabamos de cambiar de postura, esta parte de la Misa da menos cabida a la mente que divaga; pero aun aquí parece que la liturgia nos exige hacer una pausa y prestar atención. El pedir la misericordia de Dios tres veces en lugar de una sola, nos ayuda a unir nuestro corazón al sentido de las palabras, aunque sea de manera imperfecta.

La Liturgia de la Palabra. Muchos días, esta parte de la Misa puede involucrar un esfuerzo exhaustivo para reordenarse. Esto es un reto porque toda la comunidad se sienta y guarda silencio. Un remedio es hacer uso de un misal e ir leyendo la Escritura que se proclama. El involucrar nuestro sentido visual junto con el auditivo suele ser provechoso.

Es interesante observar que, para el salmo responsorial, la estructura cambia para llamar nuestra atención sobre un solo pensamiento. Repetimos el responsorio una y otra vez como acto de adoración sin duda, pero también como tentativa para comprender su sentido y ayudarnos en nuestra meditación.

La proclamación del Evangelio tiene el lugar de honor en la Liturgia de la Palabra. Luego la homilía trata de abrirnos a la Palabra de Dios con una explicación de la Escritura que se acaba de leer y una exhortación para los oyentes a que aceptemos y seamos el vivo ejemplo de ella. Quizás nos preguntemos por qué algo tan poderoso como la Palabra de Dios pueda requerir que nos la expliquen. A veces es porque el sentido del texto es difícil de comprender. Más frecuentemente, sin embargo, el valor de la homilía reside en que nos ayuda a tomar control de nuestros pensamientos que deambulan y enfocar así el sentido de la Escritura.

La Liturgia de la Eucaristía. Esta parte de la Misa también hace uso del diálogo. Las muchas palabras de las Plegarias Eucarísticas, desafortunadamente, a veces me hacen entrar en trance. Felizmente, mi parroquia también utiliza campanas al momento de la consagración. Este ruido estridente y deliberado alerta a todos acerca de la importancia suprema del momento.

Luego, cuando recibimos la Sagrada Comunión, nos unimos físicamente con nuestro Redentor. ¿Es malo no estar del todo atento en este momento? Sí y no. La atención plena es definitivamente el ideal por el cual nos esforzamos sin cesar, pero ¿no será que estar juntos de una manera imperfecta sea mejor que estar separados? Cuando mis hijos eran chicos, ¿no era mejor para mí tenerlos en mi regazo aunque eso significara que me distrajera un poco? Al regresar al banco, siempre hay algunos breves momentos de silencio. Aun cuando no podamos enfocarnos para nada, la Sagrada Comunión nos permite tener unos momentos de cálida luz del Sol en nuestra alma. Aunque estuviéramos distraídos, ¿quién podría argüir que esto no es algo sumamente valioso?

Para terminar. De vez en cuando llego hasta el final de la Misa y al retirarse el sacerdote, me doy cuenta de que yo estaba haciendo todo mecánicamente. Pues entonces, ¿qué me quita el quedarme un poquito más tiempo? A veces, esos minutos extras al final son los primeros en los que me encuentro con cierto recogimiento. Es mejor tener algo que nada. Es mejor hacer la lucha que no hacer el intento. Es mejor ser torpe como enamorado que perfecto en la indiferencia.

Publicado originalmente en inglés en The Catechetical Review y traducido al español por Althea Dawson Sidaway. Usado con permiso.

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