La Palabra Entre Nosotros

Junio 2019 Edición

¡Mantente firme!

Cómo ponerse la “armadura de Dios”

¡Mantente firme!: Cómo ponerse la “armadura de Dios”

Al comienzo de su vida pública, Jesús, nuestro Señor, estuvo en el desierto lidiando con las tentaciones del diablo, que desde entonces siempre seguía rondando cerca de Jesús, susurrándole mentiras, medias verdades y más tentaciones para tratar de convencerlo de que era mejor que renunciara a su misión y desobedeciera a Dios. Nos imaginamos que el demonio le instaba a responder con aspereza y violencia en un enfrentamiento con los fariseos, o que a lo mejor Dios no haría nada cuando él trataba de curar a un ciego o un sordomudo. Una vez utilizó incluso a Pedro, el discípulo más cercano, para tratar de impedir que Jesús iniciara su camino hacia la cruz (Mateo 16, 21-23).

Lo que Satanás quería lograr era simple: “Si puedo lograr que Jesús cometa un pecado, la verdad se perderá y la perfección se habrá arruinado.” Por supuesto, Satanás fracasó en sus infernales deseos, pues Jesús nunca estuvo ni cerca de ser presa de sus malignas insidias. Incluso en el Huerto de Getsemaní, el diablo trató de hacerlo desistir de dirigirse a la cruz, pero Cristo se mantuvo firme: “Padre mío, si es posible, líbrame de este trago amargo; pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mateo 26, 39).

Una analogía militar. La tentación nunca sorprendió a Jesús con la guardia baja. Pero sin contar a la Virgen María que fue concebida inmaculada, ni una sola persona ha sido jamás capaz de resistir todas las tentaciones que el diablo le ha presentado.

Por eso San Pablo exhortó a los efesios, y a nosotros, diciendo: “Fortalézcanse en el Señor y en el poder de su fuerza,” porque sabía perfectamente bien lo intensa que puede ser la tentación. También dijo a los efesios: “Revístanse con toda la armadura de Dios para que puedan estar firmes contra las insidias del diablo” y como sabía que el diablo es astuto, les recordó que “Nuestra lucha no es contra carne y sangre. . . sino contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6, 10-12).

Pablo usaba las imágenes militares por las experiencias que había tenido. Siendo ciudadano romano, y más tarde estando preso bajo guardia romana, tuvo numerosas ocasiones de observar de cerca a los soldados de Roma y conocer los uniformes, armas y protecciones que llevaban: cascos, corazas, cinturones, espinilleras (canilleras) y escudos. Sabía que Roma había conquistado vastas zonas del mundo, en gran parte, porque sus soldados estaban bien entrenados.

La armadura de Dios. Pablo tomó estas ideas de la protección militar y las aplicó a la vida cristiana, pues quería que los creyentes aprendieran a mantenerse firmes espiritualmente y unidos a Dios y para que el Espíritu Santo continuara actuando en ellos. Para el apóstol, esto significaba que los fieles necesitaban protegerse los ojos, los oídos, la mente y el corazón.

Si Pablo estuviese aquí ahora mismo, también nos diría que debemos defender nuestra mente a toda costa, que nunca permitamos que los malos pensamientos encuentren acogida dentro de nosotros. Incluso en la vida cotidiana, nos instaría a mantener la guardia siempre en alto para protegernos en todo momento.

Usando esta analogía de la “armadura de Dios” y recurriendo a las imágenes contenidas en Escrituras hebreas, Pablo correlacionó seis verdades espirituales con seis elementos de la armadura del soldado de Dios: el “cinturón de la verdad” (Isaías 11, 5), la “coraza de la justicia” (Isaías 59, 17), el calzado del que proclama el “evangelio de la paz” (Isaías 52, 7), el “escudo de la fe” (Salmo 28, 7), el “casco de la salvación” (Isaías 59, 17) y, finalmente, “la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (Isaías 49, 2). Esta lista puede reducirse a tres líneas concretas de defensa: el carácter cristiano, la gracia y la paz de Dios y la Palabra de Dios. Pensemos en cada una de estas líneas de defensa con más detenimiento.

Carácter. Una línea de defensa implica el carácter cristiano que está basado en la fidelidad a Dios. La persona que permite que los pensamientos de ira, envidia, soberbia, desconfianza y resentimiento sigan rondando libremente por su mente, también está dejando que el diablo incursione en su razonamiento y procure obstaculizar o desviar nuestra relación con el Señor. Pero si uno toma la decisión de llevar una vida virtuosa y cumplir fielmente el propósito de llevar una vida coherente con los mandamientos y las verdades del Señor tendremos mucho más éxito en esta batalla.

¿Por qué es esto importante? Escuchemos a San Pedro, que exhortaba a sus lectores diciéndoles: “Obrando con toda diligencia, añadan a su fe, virtud, y a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio, al dominio propio, perseverancia, y a la perseverancia, piedad, a la piedad, fraternidad y a la fraternidad, amor,” (2 Pedro 1, 5-7). Luego prometió: “Estas virtudes. . . no los dejarán ociosos (o inútiles) ni estériles en el verdadero conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” (1, 8). En resumen, si cultivamos estas virtudes, ellas nos mantendrán firmes en la lucha contra los engaños y tentaciones del diablo; y si nos esforzamos por llevar una vida virtuosa, podremos desarrollar el carácter propio de los hijos de Dios.

Gracia y paz. La práctica de las virtudes, de la que ya hablamos, se refiere más a lo que nosotros hacemos; pero hay otra línea de defensa que se refiere más a lo que Dios hace. Pablo habló de la necesidad de tener los pies calzados para llevar el “evangelio de la paz”, y de tomar el escudo de la fe” y “el casco de la salvación”. Estas imágenes representan el deseo del Espíritu Santo de “equiparnos” con su gracia y paz, para que no pensemos que estamos combatiendo solos contra la tentación.

Veamos de nuevo la armadura romana. La suela de la sandalia militar estaba provista de pequeños clavos exteriores que le permitían al soldado pisar con firmeza incluso en terrenos muy resbaladizos. El escudo era muy grande, casi del tamaño de una puerta. Cuando los soldados se formaban hombro a hombro, los escudos venían a ser casi como un muro impenetrable que las flechas no podían atravesar. Y el casco, naturalmente, hecho de cuero grueso muy fuerte era suficiente para proteger la cabeza del soldado.

Así pues, teniendo todo esto en cuenta, cuando te asalte la tentación de dejarte llevar por la ira, la represalia, la envidia o algo similar, pídele al Espíritu que te llene de la paz de Cristo y así caminarás con seguridad en terreno estable y apacible. Si te parece que has fracasado en algo, refúgiate en el don de la fe recibida en el Bautismo, y recordarás que “ahora ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús” (Romanos 8, 1). Y si te parece que empiezas a dudar de la bondad de Dios o de lo mucho que te ama, recuerda el casco de la salvación, que te ayuda a “probar los espíritus” para saber distinguir lo que es verdad y lo que es falso (1 Juan 4, 1).

La Palabra de Dios. Irónicamente, el último recurso de defensa es en realidad un arma ofensiva. Todos los elementos de la armadura que hemos visto hasta ahora son carácter defensivo. El escudo, la coraza, el casco y otros, todos son vitales para proteger al soldado de los ataques del enemigo. La única arma ofensiva que San Pablo identifica con una espada es la Palabra de Dios. Y no es cualquier espada, es “¡la espada del Espíritu!” (Efesios 6, 17).

La Biblia contiene la palabra inspirada por Dios. ¿Qué significa esto? Que lleva consigo el poder del Espíritu Santo (2 Timoteo 3, 16). Durante los 40 días que Jesús estuvo en el desierto (Lucas 4, 1ss), citó la Palabra de Dios para repeler al enemigo una y otra vez: “No solo de pan vive el hombre” (Deuteronomio 8, 3); “Adorarás al Señor tu Dios y solo a él servirás. . . No tentaras al Señor tu Dios” (Deuteronomio 6, 13. 16). ¡El resultado fue extraordinario! Jesús no solo ganó la batalla contra el demonio, sino que salió del desierto “con el poder del Espíritu Santo” (Lucas 4, 14).

Si tú, hermano, dedicas apenas diez minutos diarios a leer y ponderar la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura descubrirás que poco a poco te sentirás más fortalecido y seguro cuando venga alguna tentación. Podrás utilizar las verdades de la Palabra de Dios del mismo modo en que un soldado utiliza su espada, y dejar al descubierto las mentiras y engaños del diablo. ¡Y podrás hacerlo, no solo con el poder de tu propia memoria o inteligencia, sino ¡con el poder del Espíritu Santo!

Mantente firme. La Biblia promete: “Sométanse, pues, a Dios. Resistan al diablo y éste huirá de ustedes” (Santiago 4, 7-8). La armadura de Dios te protegerá contra las artimañas del demonio y también podrás acercarte más a Cristo. ¡Claro que podemos ganar la batalla por la conquista de la mente! Así que, ¡ponte tu armadura y mantente firme!

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