La Palabra Entre Nosotros

Dic/Ene 2008 Edición

La Palabra hecha Carne

Jesús ha venido al mundo. ¿Lo aceptamos?

Salga al patio en un día soleado y mire el cielo.

Vea la generosidad con que el sol derrama su luz sobre toda la tierra. El sol es tan potente que desde una enorme distancia de 93 millones de millas ilumina nuestro planeta, que de no ser así sería totalmente oscuro. Pero la luz no es lo único que nos da el sol. También da nutrición para que todo crezca y florezca en el mundo, y nos da la cantidad justa de calor para hacer posible la vida en todas sus diversas formas. Imagínese lo que sería el mundo sin el sol: nada más que una enorme bola de hielo suspendida en el espacio y rodeada de una oscuridad total.

Estas breves reflexiones sobre el sol son útiles para ayudarnos a darnos cuenta de cómo sería la situación del mundo si no tuviéramos el amor de Dios, que proyecta su luz vivificante sobre todos nosotros, comunicando calor a nuestro corazón y crecimiento a nuestro espíritu. En efecto, así como el sol resplandece sobre todo lo que existe en la tierra, así también el amor de nuestro Creador ilumina y vivifica a todas las criaturas que pueblan el mundo. Desde el principio mismo de la creación, Dios es fuente de vida y sustento para todo lo que existe, nutriendo y manteniendo la vida y la existencia de todo el universo. Sin Él no se hizo nada de lo que existe (Juan 1,3) y nada puede subsistir por sí mismo sin el poder y el amor de Dios.

Viendo todo este amor y bendición que se derraman con abundancia sobre nosotros, es fácil deducir que a Dios le agrada compartir su amor con sus hijos y es fácil imaginarse lo mucho que el Padre anhela tener una amistad directa y cariñosa con ellos. Nada le complace más que ver que los humanos correspondemos a su amor cuando alabamos su santo nombre, obedecemos sus mandamientos y le damos gracias por todo.

Un constante mensaje de amor. Esta correlación entre el amor de Dios y su deseo de que lo sepamos corresponder permanece visible en toda la Escritura. Por ejemplo, a Abraham le hizo entender que deseaba formar un pueblo que viviera unido a Él mediante una alianza o pacto. En la historia del Éxodo, demostró que deseaba que su pueblo gozara de libertad para amarlo y rendirle culto. A través de los profetas dijo claramente que deseaba traer de regreso a su lado a sus hijos descarriados y enseñarles a tratarse unos a otros con el mismo amor con que Él los trataba a ellos. Una y otra vez demostró Dios su deseo de ayudar y consolar a su pueblo en la peregrinación por la vida. Una y otra vez les dio señales portentosas de su amor y su compasión. Una y otra vez pudo ver el pueblo que la mano de Dios actuaba en la vida de cada uno.

Pero para asombro de todos, el Altísimo tomó una iniciativa incomparable: Él mismo se revistió de carne humana y se hizo uno de nosotros, igual en todo excepto en el pecado. "La Palabra", como lo llamó Juan, se hizo hombre y vivió entre nosotros. Lo curioso es que la sorprendente verdad de que Dios, que creó todo lo que existe, se sometió a las limitaciones de la condición humana y nació en el mundo físico, no tuvo una aceptación entusiasta de parte de todos. Algunos lo aceptaron; otros lo rechazaron.

El rechazo a la Palabra. Resulta triste y a la vez paradójico que muchos de los que rechazaron a Jesús eran los propios judíos. Ellos eran los descendientes de los que habían sido rescatados de la esclavitud en Egipto, que construyeron el Templo y que esperaban con ansias al Mesías. Eran el pueblo que Dios había formado con su propia mano y que había recibido la luz de Dios a través de la Ley de Moisés. Pero luego, cuando la luz de Dios llegó con una claridad más patente aún en la persona de Jesús, la rechazaron: "Vino a su propio mundo, pero los suyos no lo recibieron" (Juan 1,11).

Sería fácil decir que si Jesús viniera hoy a nuestro mundo con su mensaje del amor y la misericordia de Dios, lo aceptaríamos; pero no nos apresuremos a hablar. En el mundo continúan las guerras sangrientas y las múltiples formas de opresión. El egoísmo y la codicia predominan por todas partes mientras la gente y sociedades enteras ponen oídos sordos al clamor de los pobres y permanecen indiferentes ante las necesidades de los que padecen hambre y falta de hogar. La ignorancia de los principios de Dios o incluso el desprecio a sus normas y preceptos se ven casi en todos los periódicos de hoy. Todas estas actitudes indican que las engañosas luces del mundo y la oscuridad del pecado son muy eficaces para impedirnos ver la luz de Cristo.

Testigos de la aceptación. Pero si bien todo esto puede parecer deprimente e incluso desesperanzador, es nada más que la mitad de la historia. La otra mitad es la que nos habla de la revelación y la iluminación. La Virgen María escuchó que Dios quería que ella diera a luz y criara al Mesías y humildemente aceptó. Cuando Isabel vio a María, la bendijo a ella y al niño que traía en el vientre. Los pastores y los reyes sabios estaban deseosos de conocer y adorar al Rey de los judíos que acababa de nacer. Simeón y Ana reconocieron con alegría a Jesús y difundieron la noticia de su nacimiento. Se ve claramente que a "quienes lo recibieron y creyeron en él, les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios" (Juan 1,12).

Estos relatos de cómo fue aceptado Jesús no fueron escritos solamente para que tuviéramos imágenes positivas para contrarrestar los relatos negativos de su rechazo; su propósito fue decirnos que nosotros también podemos aceptar a Jesús de todo corazón. Están allí para enseñarnos a aceptar a Jesús y dejarlo actuar en nuestra vida. Pensemos en San Juan Bautista, cuya figura ocupa un lugar central en el Adviento, y veamos qué podemos aprender de él.

Primero, San Lucas nos cuenta que la madre de Juan, Isabel, se llenó del Espíritu Santo cuando vio a María (Lucas 1,41) y que el padre de Juan, Zacarías, aprendió a lidiar con sus dudas y llegó a ser un firme creyente cuyo cántico de alabanza, el "Benedictus", resuena hasta el día de hoy (1,67-79). Una de las razones por las cuales Juan pudo reconocer que Jesús era el Cordero de Dios y dedicarse a Jesús tan plenamente debe haber sido que Juan creció en un hogar en el que se veneraba a Dios y cuyos padres tenían un corazón dócil a su palabra. Sin duda que Zacarías e Isabel le habrían contado a Juan los detalles de cómo había sido su nacimiento, e incluso cómo había sido el de su pariente Jesús, y del papel especial que a él le tocaría desempeñar en la vida de su pueblo.

El ejemplo de Juan demuestra que los padres pueden influir decisivamente en la crianza de sus hijos. Los niños observan todo lo que sus padres dicen y hacen, por eso es innegable que el ejemplo de vida de los padres tiene una profunda influencia en los hijos. Si usted quiere transmitir a sus hijos su fe en el Señor, tiene que demostrarla en su conducta diaria y así habrá una probabilidad mucho más grande de que ellos la perciban y lleguen en algún momento a entregarse personalmente al Señor.

Así pues, en este Adviento trate de dedicarle un momento a Jesús todos los días. Sepa que si usted lo busca, lo encontrará. Sepa también que su vida será un reflejo de lo que encuentre. Trate de rezar con su esposa (o marido) y sus hijos una vez a la semana, leyendo y comentando las lecturas de la Misa, tal vez rezando el Rosario y meditando en la vida del Señor. Reúna a sus familiares para cantar villancicos, y dígales que Jesús quiere hacer su morada en el corazón de cada uno y ayudarles todos los días. Si tiene hijos ya grandes, ofrézcase con ellos como voluntarios en algún albergue para personas pobres sin hogar, comedor de beneficencia o banco de alimentos. Sea el portavoz de la fe que el Señor quiere que usted sea y así abrirá la puerta para que el Espíritu Santo entre en su hogar.

La gracia repercute en la naturaleza. El testimonio de Juan es un excelente ejemplo de cómo la gracia puede acumularse e incluso elevar nuestra naturaleza humana. Si bien San Lucas nos dice que la mano del Señor estuvo sobre Juan de una manera poderosa, no debemos pensar que toda su vida fue transcurriendo sobre ruedas (Lucas 1,66). Seguramente Juan también tenía, como la mayoría de nosotros, una mente inquieta, por lo que tenía que esforzarse para que la gracia de Dios influyera claramente en su manera de pensar y actuar y en las decisiones que tomaba.

Por ejemplo, Juan pudo haber señalado a Jesús y haber dicho: "He ahí a mi primo. ¡Es un magnífico hombre de Dios!" Pero no cedió a la tentación de buscar su propia grandeza en lugar de la de Jesús, y más bien dijo: "Yo ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias" (Juan 1,27).

La lección es clara: Juan era receptivo a la gracia de Dios y dejó que esa gracia llenara su mente, para lo cual tuvo que realizar el arduo trabajo de examinar su propia conciencia, orar y meditar en la Palabra de Dios. Tuvo que armarse de confianza, obediencia y humildad y por eso, por haberse dedicado a Dios de esta manera, pudo reconocer a Jesús por lo que realmente era y se alegró de la venida del Señor (Juan 3,25-30).

Lo que movió a Juan a poner a Dios en el primer lugar de su vida y odiar el pecado fue la gracia. También la gracia fue la que lo consoló durante los años de soledad en el desierto y la que lo fortaleció para predicar el mensaje al pueblo. En resumen, aquello que iluminó el esfuerzo humano de Juan y lo llenó del poder divino y la bendición fue la gracia.

Busquen y encontrarán. Cuando la Palabra se hizo carne y vivió entre nosotros, algunos lo rechazaron, otros fueron indiferentes y otros lo aceptaron. Dedique un tiempo durante el Adviento para ver con qué grupo se identifica usted. Por su parte, Dios está derramando su gracia y sus bendiciones sobre todo ser humano, sin excluir a nadie. A nosotros nos toca ahora decidir si lo aceptamos o lo rechazamos. Así pues, a medida que continúa el Adviento, haga lo necesario para aceptar la gracia de Dios. Tome la decisión de buscar el gran amor que Dios le tiene y recuerde que la gracia puede llenarlo del amor de Cristo, y que ese amor puede transformar hasta el corazón más duro.

Comentarios