La Palabra Entre Nosotros

Octubre de 2018 Edición

La mejor hora

La Adoración Eucarística: mi refugio en una gran prueba de fe

By: Lori Mayer

La mejor hora: La Adoración Eucarística: mi refugio en una gran prueba de fe by Lori Mayer

Casi no me di cuenta al principio, pero no fue casualidad el que, al enamorarme del que sería mi esposo, él me ayudó a enamorarme de Cristo en la Sagrada Eucaristía. Todo comenzó cuando yo, una fiel luterana, comencé a salir con Ryan; él era católico y le encantaba ir a la adoración eucarística. Un amigo le había dicho: “Nada más llévala a la adoración y el Señor hará el resto.”

Siguiendo el consejo, Ryan me invitaba una vez a la semana a ir con él a rezar delante del Santísimo Sacramento. Me costó entender el concepto de la adoración, pero la idea de tener una hora de paz y tranquilidad, lejos del mundo, fue realmente atractiva para mí. Decidí acompañarlo y lentamente comenzó a cambiarme. Vi que las personas hacían reverencias, se arrodillaban y a veces hasta se postraban delante de la custodia. Vi que abrían el corazón ante el Señor y se llenaban del poder curativo y del amor de Cristo. ¡Yo también quería lo que ellas recibían!

Conforme nuestro noviazgo avanzaba, seguimos asistiendo a la adoración eucarística y mi curioso corazón comenzó a entender que Jesús estaba realmente presente en la Hostia. Poco antes de casarnos en 2002 y después de mucha oración, ingresé a la Iglesia Católica. La adoración ha pasado a ser para mí la mejor hora de la semana, algo que anhelaba mucho cuando la vida se hizo más ajetreada con la llegada de los hijos. Y jamás se me ocurrió sospechar que esa hora me sostendría en el futuro, cuando Ryan no pudiera hacerlo.

Una prueba de fe. En 2007, Ryan comenzó a quejarse de dolores de cabeza, breves pero intensos. Luego empezó a tener problemas de memoria, hasta que llegó el día en que no pudo usar el enfriador de agua en el trabajo. Ese día, se fue él mismo a la sala de emergencias. Al día siguiente, los médicos nos dijeron que Ryan tenía un tumor canceroso en el cerebro y necesitaba cirugía urgente.

Durante dos años hicimos todo lo posible por detener el cáncer. Ryan tuvo otra cirugía, que pareció ser satisfactoria. No dejó de ir a la hora de adoración semanal y en 2009 celebramos el nacimiento de nuestro tercer hijo, pero la condición de Ryan siguió empeorando. A fines de enero de 2010, él decidió dejar el tratamiento que recibía en una clínica a miles de kilómetros de distancia, porque presentía que se acercaba el final y quería estar cerca de su familia. Ryan falleció el Jueves Santo de ese año, día en que rememoramos la fiesta eucarística de la Última Cena. Esta “coincidencia” tuvo un significado profundo para mí, aunque mi corazón estaba destrozado.

Ahora yo quedaba sola al cuidado de nuestros tres hijitos, de menos de 6 años, que necesitaban cambios de pañales, comidas calientes y abrazos cariñosos; además, era necesario enseñarles las verdades de la fe. Me sentí aplastada sobre el piso sin poder levantarme. Yo había cumplido mi deber de esposa y madre, y había tenido la fortaleza de ayudar a mi esposo en su tránsito al cielo; pero ahora ¿quién me iba a ayudar a mí? Mis familiares y amigos me dieron todo el apoyo que pudieron, pero nadie era capaz de sentir el dolor que yo experimentaba. Nadie podía levantarme de la postración y el agotamiento; nadie podría reanimarme en el espíritu; nadie podía socorrerme. ¡Excepto Jesús! 

El toque de mi Salvador. Los niños fueron creciendo y entraron a la escuela, y finalmente pude volver a la capilla de adoración. Fue una gran bendición para mí volver a visitar semanalmente a Cristo sacramentado para poder desahogarme, llorar, escuchar, sanar y aprender a vivir de nuevo. Estar en su presencia fue una terapia para mi alma. Hubo muchas ocasiones en las que le pedí al Señor su toque sanador en aquella capilla, pero hubo una hora en particular que significó algo más personal y profundo de lo que jamás pude yo haberme imaginado.

Unos dos años después de la muerte de Ryan, yo estaba en la capilla del Santísimo orando y contestando las preguntas de un estudio bíblico al que me había unido. Llegué a una pregunta en la que yo debía dejar que Dios plantase en mi mente la imagen de Jesús que más me gustara. Pensé en una figura muy conocida, la de Jesús cuando llama a una puerta o cuando lleva un cordero en brazos, y por unos momentos estuve contemplando a Cristo en la Hostia. Luego, cerré los ojos y la vi.

La escena era tan clara y tan real que se me saltaron las lágrimas. Ryan yacía en la cama del hospital poco antes de expirar con su rosario en la mano. Me senté a su lado, le tomé las manos y puse mi cabeza sobre su pecho. Acabábamos de entonar el “Amén” de la letanía de los Santos. Luego vi a Jesús con una deslumbrante túnica blanca que estaba sentado en una silla al otro lado de la cama. Había puesto las manos sobre las nuestras, nos miraba con los ojos llenos de amor e inclinó la cabeza. En ese preciso momento sentí su toque divino.

Todavía conmigo. Yo siempre había creído que Jesús nos había cuidado durante toda la enfermedad de Ryan, pero este fue un mensaje muy claro y muy personal para mí. Salí de la capilla llena de gratitud y maravillada, porque Dios me había mostrado lo mucho que me amaba y que estaba presente para mí cuando más lo necesitaba. Esa hora de adoración fue un punto decisivo en mi vida. La visión pudo haber sucedido en cualquier lugar y en cualquier momento, pero no fue así. El Señor decidió revelarse a mí cuando yo estaba en la capilla adorando la Sagrada Eucaristía.

Siempre recordaré con cariño esta experiencia. Yo sabía que podía confiar en Jesús para toda la eternidad; pero ese día entendí que yo también tenía que confiar en él para el día de hoy. Esto me ha dado fuerzas y ha aumentado mi fe para las muchas decisiones que he tenido que tomar desde entonces.

Por ejemplo, una vez estaba yo orando para saber si debía o no trasladarme con mi familia a otro estado, y recibí la respuesta durante la adoración: Percibí que Dios me decía al corazón: “Echa la red hacia allá afuera, en lo profundo. ¡No te preocupes de no tener todas las respuestas!” Me parecía que la mudanza me sacaría de mi “zona de comodidad”, pero esta palabra de aliento me ayudó a dar los pasos necesarios y resultó ser un traslado hacia la sanación y la salud completa, algo que yo jamás pude haber planificado por mí misma.

El tiempo está en manos de Dios. El día puede ser luminoso y con cálida brisa, o bien un feriado en el que extraño mucho a Ryan, pero ahora sé que Jesús está cerca de mí. Constantemente pongo cada día en sus manos y mi hora semanal de adoración eucarística se ha convertido en el ancla que me sostiene. Adoro a mi Jesús, que es real; adoro a mi Jesús, que es la vida; adoro a mi Jesús, cuyo amor nunca desaparece. Sí, adorar al Señor en el Santísimo Sacramento es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

Lori y su familia viven en Alexandria, Minnesota.

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