La Palabra Entre Nosotros

Julio/Agosto de 2020 Edición

La fe de nuestra madre

Meditaciones del Papa Francisco sobre los Evangelios

By: S.S. el Papa Francisco

La fe de nuestra madre: Meditaciones del Papa Francisco sobre los Evangelios by S.S. el Papa Francisco

El Evangelio (Lucas 1, 39-56) nos presenta a María que, inmediatamente después de haber concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, va a visitar a su anciana pariente Isabel, quien también milagrosamente espera un hijo. En este encuentro lleno del Espíritu Santo, María expresó su alegría con el cántico del Magnificat, porque ha tomado plena conciencia del significado de las grandes cosas que están sucediendo en su vida: a través de ella se llega al cumplimiento de toda la espera de su pueblo. Pero el Evangelio nos muestra también cuál es el motivo más profundo de la grandeza de María y de su dicha: el motivo es la fe. De hecho, Isabel la saluda con estas palabras: “Bienaventurada la que ha creído, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá” (Lucas 1, 45). La fe es el corazón de toda la historia de María; ella es la creyente, la gran creyente; ella sabe —y lo dice— que en la historia pesa la violencia de los prepotentes, el orgullo de los ricos, la arrogancia de los soberbios. Aun así, María cree y proclama que Dios no deja solos a sus hijos, humildes y pobres, sino que los socorre con misericordia, con atención, derribando a los poderosos de sus tronos, dispersando a los orgullosos en las tramas de sus corazones. Esta es la fe de nuestra madre, esta es la fe de María.

El cántico de la Virgen nos deja también intuir el sentido completo de la historia de María: si la misericordia del Señor es el motor de la historia, entonces no podía “conocer la corrupción del sepulcro la mujer que, por obra del Espíritu, concibió en su seno al autor de la vida, Jesucristo” (Prefacio). Todo esto no tiene que ver solo con María. Las “cosas grandes” hechas en ella por el Todopoderoso nos tocan profundamente, nos hablan de nuestro viaje en la vida, nos recuerdan la meta que nos espera: la casa del Padre. Nuestra vida, vista a la luz de María asunta al cielo, no es un deambular sin sentido, sino una peregrinación que, aun con todas sus incertidumbres y sufrimientos, tiene una meta segura: la casa de nuestro Padre, que nos espera con amor.

Mientras tanto, mientras transcurre la vida, Dios hace resplandecer “para su pueblo, todavía peregrino sobre la tierra, un signo de consuelo y de segura esperanza” (ibid.). Este signo tiene un rostro, este signo tiene un nombre: el rostro luminoso de la Madre del Señor, el nombre bendito de María, la llena de gracia, bendita porque ella creyó en la palabra del Señor: ¡la gran creyente! Como miembros de la Iglesia, estamos destinados a compartir la gloria de nuestra Madre, porque, gracias a Dios, también nosotros creemos en el sacrificio de Cristo en la cruz y, mediante el Bautismo, somos introducidos en este misterio de salvación.

Hoy todos juntos le rezamos para que, mientras se desarrolla nuestro camino en esta tierra, ella vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos, nos despeje el camino, nos indique la meta y nos muestre después de este exilio a Jesús, el fruto bendito de su vientre. Y decimos juntos: ¡O Clemente, o pía, oh dulce Virgen María!

El vino nuevo. El pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar (Juan 2, 1-11) es el primer signo portentoso que se realiza en la narración del Evangelio de San Juan. La preocupación de María, convertida en súplica a Jesús: “No tienen vino” le dijo y la referencia a “la hora” se comprenderá después, en los relatos de la Pasión.

Y está bien que así sea, porque eso nos permite ver el afán de Jesús por enseñar, acompañar, sanar y alegrar desde ese clamor de su madre: “No tienen vino.”

Las bodas de Caná se repiten con cada generación, con cada familia, con cada uno de nosotros y nuestros intentos por hacer que nuestro corazón logre asentarse en amores duraderos, en amores fecundos, en amores alegres. Demos un lugar a María, “la madre” como lo dice el evangelista (Juan 2, 2). Y hagamos con ella ahora el itinerario de Caná.

María está atenta, está atenta en esas bodas ya comenzadas, es solícita a las necesidades de los novios. No se ensimisma, no se concentra en su mundo, su amor la hace “ser abierta hacia” los otros. Tampoco busca a las amigas para comentar lo que está pasando y criticar la mala preparación de las bodas. Y como está atenta, con su discreción, se da cuenta de que falta el vino.

El vino es signo de alegría, de amor, de abundancia. Cuantos de nuestros adolescentes y jóvenes perciben que en sus casas hace rato que ya no hay de ese vino. Cuanta mujer sola y entristecida se pregunta cuándo se fue el amor, cuándo se escurrió el amor de su vida. Cuántos ancianos se sienten dejados fuera de la fiesta de sus familias, arrinconados y ya sin beber del amor cotidiano, de sus hijos, de sus nietos, de sus bisnietos…

Pero María, en ese momento que se percata de que falta el vino, acude con confianza a Jesús: esto significa que María reza. Va a Jesús, reza. No va al mayordomo; directamente le presenta la dificultad de los esposos a su Hijo. La respuesta que recibe parece desalentadora: “¿Y qué podemos hacer tú y yo? Todavía no ha llegado mi hora” (Juan 2, 4). Pero, entretanto, ya ha dejado el problema en las manos de Dios. Su apuro por las necesidades de los demás apresura la “hora” de Jesús.

Y rezar siempre nos saca del perímetro de nuestros desvelos, nos hace trascender lo que nos duele, lo que nos agita por lo que nos falta a nosotros mismos y nos ayuda a ponernos en la piel de los otros, a ponernos en sus zapatos. La familia es una escuela donde la oración también nos recuerda que hay un nosotros, que hay un prójimo cercano, patente: que vive bajo el mismo techo, que comparte la vida y está necesitado.

Y finalmente, María actúa. Las palabras “Hagan lo que él les diga”, dirigidas a los que servían, son una invitación también a nosotros, a ponernos a disposición de Jesús, que vino a servir y no a ser servido. El servicio es el criterio del verdadero amor. El que ama sirve, se pone al servicio de los demás. Y esto se aprende especialmente en la familia, donde nos hacemos, por amor, servidores unos de otros. En el seno de la familia, nadie es descartado; todos valen lo mismo.

Y en la familia —de esto todos somos testigos— los milagros se hacen con lo que hay, con lo que somos, con lo que uno tiene a mano… Y muchas veces no es el ideal, no es lo que soñamos, ni lo que “debería ser”. Hay un detalle que nos tiene que hacer pensar: el vino nuevo, este vino tan bueno que dice el mayordomo en las bodas de Caná, nace de las tinajas de purificación, es decir, del lugar donde todos habían dejado su pecado. Nace de lo “peorcito”, porque “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20). Y en la familia de cada uno de nosotros y en la familia común que formamos todos, nada se descarta, nada es inútil.

Y toda esta historia comenzó porque “no tenían vino”, y todo se pudo hacer porque una mujer —la Virgen— estuvo atenta, supo poner en manos de Dios sus preocupaciones, y actuó con sensatez y coraje. Pero hay un detalle, no es menor el dato final: gustaron el mejor de los vinos. Y esa es la buena noticia: el mejor de los vinos está por ser tomado, lo más lindo, lo más profundo y lo más bello para la familia está por venir. Está por venir el tiempo donde gustamos el amor cotidiano, donde nuestros hijos redescubren el espacio que compartimos, y los mayores están presentes en el gozo de cada día.

El mejor de los vinos está en esperanza, está por venir para cada persona que se arriesga al amor. Y en la familia hay que arriesgarse al amor, hay que arriesgarse a amar. Y el mejor de los vinos está por venir, aunque todas las variables y estadísticas diga lo contrario. El mejor vino está por venir en aquellos que hoy ven derrumbarse todo. Murmúrenlo hasta creérselo: el mejor vino está por venir. Murmúrenselo cada uno en su corazón: el mejor vino está por venir. Y susúrrenselo a los desesperados o a los desamorados: Tened paciencia, tened esperanza, haced como María, rezad, actuad, abrid el corazón, porque el mejor de los vinos va a venir. Dios siempre se acerca a las periferias de los que se han quedado sin vino, los que solo tienen para beber desalientos; Jesús siente debilidad por derrochar el mejor de los vinos con aquellos a los que por una u otra razón, se sienten que se les han roto todas las tinajas.

Como María nos invita, hagamos “lo que el Señor nos diga”. Hagan lo que él les diga. Y agradezcamos que en este, nuestro tiempo y nuestra hora, el vino nuevo, el mejor, nos haga recuperar el gozo de la familia, el gozo de vivir en familia. Que así sea.

Discurso y homilía pronunciados por el Papa Francisco el 6 de julio y el 15 de agosto de 2015. Extractado del libro “La Ternura Infinita de Dios”, publicado por The Word Among Us Press.

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