La Palabra Entre Nosotros

Enero 1- Febrero 13 de 2018 Edición

La fe de la inocencia

Las experiencias de Santa Bernardita Soubirous

By: Patricia Mitchell

La fe de la inocencia: Las experiencias de Santa Bernardita Soubirous by Patricia Mitchell

La moderna tendencia a idolatrar la razón humana —a costa de lo espiritual— se había difundido bastante ya a mediados del siglo XIX en Europa.

El racionalismo (es decir, la corriente filosófica según la cual la única fuente válida de conocimiento es la razón humana, lo que es en realidad una forma de ateísmo) había echado raíces profundas entre la élite de los estudiosos, muchos de los cuales consideraban que la Iglesia y sus creencias eran reliquias del pasado. Para ellos, la religión era cosa del pueblo, de los pobres e ignorantes que, a su juicio, eran incapaces de comprender conceptos superiores.

De súbito, en medio de esa época tan secular, surgió un destello de lo sobrenatural: La Virgen María, Madre de Dios, se apareció a una jovencita campesina, pobre y analfabeta, de 14 años de edad, en el pueblito francés de Lourdes, al pie de los montes Pirineos. Bernardita Soubirous fue la única que vio a la Virgen, pero sus visiones suscitaron toda una renovación de la fe cristiana del pueblo francés y del catolicismo en todo el mundo.

Los acontecimientos ocurridos en Lourdes echaban por tierra la falsa noción de que no existe realidad alguna que no sea la terrenal. Cuando el hombre racionalista pretendía exaltarse por encima del Altísimo, el Señor actuó por medio de una niña sencilla para demostrar su deseo de bendecir con su misericordia a todo el mundo. El testigo que escogió el Señor fue tan inesperado como eficaz: la humildad y la completa sencillez de Bernardita desarmaron por completo a los escépticos. En cada caso, las barreras de resistencia e incredulidad, que muchos levantaron frente a la joven vidente, se desmoronaron estrepitosamente.

Bernardita era la hija mayor de Francisco y Luisa Soubirous, que administraban un molino en la ciudad, hasta que el fracaso del negocio terminó por llevarlos a la ruina. Para la época en que Bernardita tenía 14 años, toda la familia —que ahora contaba cuatro hijos— tuvo que irse a vivir en un solo cuarto, frío, húmedo y oscuro, que tiempo atrás había sido un calabozo. Los pocos trabajos temporales que los padres lograban conseguir apenas bastaban para sustentar a la familia. Bernardita solo podía ir a la escuela esporádicamente y ni siquiera asistió a suficientes clases de catecismo para hacer su Primera Comunión. Por sus precarias condiciones de vida, toda la familia estaba sufriendo de asma y a Bernardita le tocaba cuidar a sus hermanos menores. Pero esta fue la persona que el Señor escogió para llevar a cabo su obra.

La primera visión. El jueves 11 de febrero de 1858, Bernardita salió acompañada de su hermana y una amiga a buscar leña. Las otras dos niñas se adelantaron corriendo hacia Massabielle, en las afueras de Lourdes, y atravesaron las aguas gélidas del pequeño arroyo que allí había. Cuando Bernardita llegó al borde del riachuelo, se sentó para quitarse los zapatos antes de cruzarlo, pero de pronto escuchó ruido en los árboles cerca de una gruta. Miró, pero no vio nada.

Nuevamente el ruido llegó a sus oídos. Esta vez, al mirar, vio a una hermosa señora, ataviada con una túnica blanca y un velo y la cintura ceñida con un lazo celeste. En el brazo tenía un gran rosario y en cada pie, que llevaba descalzos, lucía una rosa amarilla. Instintivamente, Bernardita, viendo que la señora movía las cuentas de su rosario con los dedos, sacó su propio rosario que siempre llevaba en el bolsillo y comenzó a rezar. Luego la visión desapareció.

Los padres de la niña eran religiosos, y la noticia los llenó de temor, por lo que le prohibieron a Bernardita volver a la gruta; pero ella se sentía arrastrada a Massabielle “por una fuerza irresistible”, como explicara más tarde. Varios días después, regresó al lugar con unas amigas y nuevamente entró en éxtasis al ver a la misma dama. Durante una tercera aparición, Bernardita le pidió a la señora que le escribiera su nombre, a lo que la dama solo sonrió y le preguntó a la niña: “¿Me harías el favor de venir nuevamente aquí durante dos semanas?” Luego añadió: “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el próximo.”

Quince días estuvo Bernardita acudiendo diariamente a la gruta y vio a la señora todos los días, salvo en dos ocasiones. Varias veces subía de rodillas la pendiente hacia la gruta y sollozaba, explicando más tarde que lo hacía en penitencia por los pecadores. Durante este tiempo, la dama de la visión le dio a conocer tres secretos y le enseñó una oración para que la rezara todos los días. Bernardita jamás reveló a nadie cuáles eran los secretos ni qué oración rezaba.

Al propagarse la noticia de las apariciones, multitudes de curiosos comenzaron a reunirse, atraídos por una sensación palpable de que algo divino ocurría allí. Los incrédulos no escaseaban, claro está, entre los que se contaban algunas autoridades civiles, que temían que se produjeran disturbios entre la población. Cuando obligaron a Bernardita a presentarse al jefe de policía, éste la interrogó con gran severidad acerca de sus visiones. La amenazó con meterla a la cárcel, pero ella replicó serenamente: “Señor, usted puede hacer lo que mejor le parezca.”

El manantial. El jueves 25 de febrero, la gente creyó que Bernardita se había vuelto loca. Vieron que buscaba algo, escarbando primero en la tierra de la gruta y luego acercándose al río Gave. La señora le había dicho que se lavara en el agua del manantial, pero ella no veía ningún manantial. Más tarde, Bernardita explicaba: “Con el dedo me señaló el lugar del manantial. Cuando me acerqué, no vi más que algo de barro. Traté de sacar un poco con la mano, pero no pude, de manera que empecé a escarbar hasta que salió agua, pero era muy turbia. Tres veces la saqué y a la cuarta pude beber algo.” Al día siguiente, en el lugar del que Bernardita había sacado lodo para untarse la cara, la gente encontró un manantial del que brotaba agua cristalina.

La dama de la aparición tenía una misión concreta para Bernardita. Le encomendó que pidiera a los sacerdotes que se construyera una capilla en Massabielle y permitieran que los fieles acudieran a la gruta en procesión. Obediente a las instrucciones, Bernardita visitó al cura párroco de Lourdes, el abad Domingo Peyramale. Cuando le informó de lo que pedía la señora, el abad exclamó: “¿Qué? ¿Una señora que se encarama en una roca y que ni siquiera conoces?” Y le dijo que, por lo menos, tenía que descubrir cómo se llamaba la señora.

El sacerdote quería “esperar a ver qué sucede”, pero esta actitud no logró disuadir el creciente fervor popular que despertaban las apariciones. El 4 de marzo, día en que se cumplían las dos semanas, unas 20.000 personas acudieron al lugar y la policía se hizo presente a fin de vigilar a la multitud por el camino.

La Inmaculada Concepción. Durante dos semanas, Bernardita no sintió impulso de ir a la gruta. Pero el 25 de marzo, Fiesta de la Anunciación, sintió un fuerte deseo de regresar al lugar. Esta vez, iba resuelta a enterarse del nombre de la señora. Dos veces le preguntó, pero la dama solo sonreía. Al tercer intento, viendo que la niña persistía, le respondió: “Yo soy la Inmaculada Concepción.”

Durante todo el trayecto de regreso al pueblo, Bernardita fue repitiendo para sí estas palabras para que no se le olvidaran. No tenía idea de lo que significaban, pero hacía poco más de tres años que el Papa Pío IX había definido este dogma de fe: Que la Virgen María fue, desde el primer instante de su concepción, preservada de toda mancha de pecado original.

Las autoridades civiles, decididas a poner punto final al asunto, se confabularon para lograr que Bernardita fuera hospitalizada. Sin embargo, los tres médicos que la examinaron dictaminaron que la niña no tenía desorden mental alguno; por el contrario, encontraron que era agradable e inteligente.

Bernardita vio a la Virgen María en dos ocasiones más, la última el 16 de julio, fiesta de Nuestra Señora del Carmen, tras lo cual cesaron las apariciones. Cuatro años más tarde, una comisión nombrada por el obispo declaró que era cierto que la Madre de Dios se había aparecido a la joven, y se dio inicio a la construcción de una capilla. Desde entonces empezaron las procesiones regulares, en las que miles de peregrinos llegaban al manantial milagroso buscando curaciones espirituales y físicas. Al parecer, Bernardita había cumplido su misión.

Durante toda esta odisea, Bernardita permaneció humilde y sencilla. El constante desfile de gente era sin duda sumamente agotador, pero Bernardita contestaba con mucha paciencia todas las preguntas que le hacían. Ella y su familia se negaban a aceptar el dinero y los regalos que muchas personas ofrecían darles. Cuando Bernardita supo que se estaban vendiendo fotografías suyas por diez centavos, comentó: “Eso es más de lo que yo valgo.”

Cuando llegó la hora en que Bernardita tenía que decidir a qué iba a dedicar el resto de su vida, el abad Peyramale hizo gestiones para que la aceptaran las Hermanas de Nevers (en Francia) y a los 22 años de edad viajó a la casa matriz de la comunidad para iniciar su noviciado.

La vida religiosa. Seguramente, cuando el dolor y la zozobra de las constantes enfermedades que padecía Bernardita le quitaban su natural alegría, el profético anuncio de la Virgen debe haber resonado constantemente en su mente. Pero lo que jamás se le ocurrió pensar que experimentaría fue el maltrato que recibió de sus superioras religiosas, que ya habían decidido que ella necesitaba duras reprensiones y la frialdad de la indiferencia, a fin de impedirle caer en el orgullo espiritual.

Al parecer, a la superiora de las novicias, la Madre María Teresa Vauzou, le molestaba bastante el hecho de que el Señor hubiera escogido como instrumento a una humilde pastorcita. Posiblemente esperaba que Bernardita divulgara los secretos que la Virgen le había revelado, pero la joven seguía guardando con mucho celo lo que sabía, cosa que probablemente irritaba más aún a la superiora. En el convento, constantemente le decían a Bernardita que ella “no servía para nada.”

Después de haber hecho sus votos, Bernardita fue asignada a la enfermería, donde pasó cinco años atendiendo a sus hermanas dolientes, hasta que su propia salud se quebrantó tanto que ella misma pasó a ser una paciente más. Otra cosa que debía soportar era la constante fila de personas que querían visitarla. El obispo había prometido que solo pocas personas podrían acudir a verla, pero el gentío que llegaba era bastante mayor del que bastaba para poner a prueba la paciencia de la joven vidente.

A medida que aumentaba su padecimiento corporal, especialmente a causa de un doloroso tumor que se le produjo en una rodilla y que le impedía caminar, Bernardita se preocupaba porque pensaba que no había aprovechado bien las gracias que había recibido en su vida. Aparentemente pasaba por un período de sequedad espiritual. En una carta enviada a su prima en 1875, le decía: “Por favor, pídele al Señor que se digne concederme aunque sea una sola chispa de su amor. ¡Si supieras cuánto lo necesito!”

En los meses previos a su fallecimiento, el dolor se le hizo insoportable, y el hecho de no poder dormir la dejaba totalmente exhausta. Finalmente, el 16 de abril de 1879, a la edad de 35 años, Bernardita expiró. Años más tarde, durante el proceso de canonización, se procedió a exhumar sus restos, los que fueron encontrados incorruptos, vale decir, en perfecto estado de conservación. Hasta en la muerte, el Señor usó a Bernardita para demostrar su poder y su gloria.

El pequeño pueblo de Lourdes ha llegado a ser sinónimo de la gracia sanadora de Dios: así lo atestiguan las más de 7.000 curaciones que han tenido lugar allí, aunque hasta ahora solo se han reconocido oficialmente un poco más de 70. Hoy, un siglo y medio más tarde, los peregrinos siguen llegando por millones a este pequeño rincón del mundo a bañarse en el “agua viva” que Bernardita descubrió por indicación de la Virgen María.

Patricia Mitchell y su esposo Juan tienen cuatro hijos adultos y seis nietos y viven en Falls Church, Virginia.

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