La Palabra Entre Nosotros

Junio/Julio 2011 Edición

La comunión con Jesús

Adaptado del libro La Eucaristía: Nuestra Santifi cación, por el Padre Raniero Cantalamessa

La comunión con Jesús: Adaptado del libro La Eucaristía: Nuestra Santifi cación, por el Padre Raniero Cantalamessa

“Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,20).

Un filósofo ateo dijo una vez: “El hombre es lo que come”, con lo que quería decir que todo lo que constituye la persona se reduce a los componentes orgánicos y materiales del cuerpo humano. En esto, nuevamente y sin darse cuenta, este ateo expresaba el misterio cristiano de la mejor manera. Porque, en efecto, la Eucaristía hace que el cristiano llegue a ser verdaderamente lo que come. Hace ya mucho tiempo, San León Magno escribió: “Nuestra participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo no tiende a otra cosa sino a llevarnos a ser lo que comemos” (Sermón N°12 sobre la Pasión, 7).

La comunión con Jesús. San Pablo dice que “Cuando bebemos de la copa bendita por la cual bendecimos a Dios, participamos en común de la sangre de Cristo; cuando comemos del pan que partimos, participamos en común del cuerpo de Cristo” (1 Corintios 10,16). Lo normal es que estemos acostumbrados a interpretar estas palabras en el sentido de participar en toda la persona de Cristo a través de todo lo que la compone: su cuerpo, sangre, alma y divinidad.

Una verdad como ésta nos conduce a una importante conclusión: No hay momento ni experiencia alguna en la vida de Cristo con la cual no podamos identifi carnos al recibir la comunión; de hecho, toda su vida está presente y se nos da en su cuerpo y su sangre. Por eso, según el estado de ánimo o la necesidad que tengamos, podemos permanecer junto a Jesús que ora, Jesús que es tentado, Jesús que se siente cansado, Jesús que muere en la cruz y Jesús que resucita; no como simulación, sino porque Jesús mismo sigue existiendo y viviendo en el Espíritu.

La verdad es que la comunión eucarística llega a un nivel muy superior a cualquier comparación humana que podamos hacer. Jesús nos pone el ejemplo de la vid y sus ramas, que ciertamente denota una unión muy fuerte; la vid y sus ramas comparten la misma vida. No obstante, siendo objetos inanimados, ni la vid ni las ramas están “conscientes” de esta unión. A veces se usa el ejemplo de los esposos, que forman “un solo cuerpo”, pero este es un nivel distinto, el de la carne y no el del espíritu; es decir que un matrimonio puede formar un solo cuerpo, pero no puede formar un solo espíritu. En cambio, “cuando alguien se une al Señor, se hace espiritualmente uno con él” (1 Corintios 6,17). La fortaleza de la comunión eucarística es precisamente llevarnos a ser un solo espíritu con Jesús, y este “espíritu único” es, en último término, ¡el Espíritu Santo!

Comentando un versículo del Cantar de los Cantares, San Ambrosio dijo: “De hecho, cada vez que ustedes beben [la sangre de Cristo]… se embriagan espiritualmente. San Pablo nos advierte: ‘No se emborrachen… al contrario, llénense del Espíritu Santo” (Efesios 5,18). El que se emborracha con vino pierde el sentido y tambalea, pero el que se llena del Espíritu Santo echa raíces en Cristo. Santa es esta embriaguez, que produce la sobriedad del corazón” (Sermón sobre los sacramentos, V.17).

De aquí viene la conocida exclamación de un himno que aún se reza hoy en la Liturgia de las Horas: “¡Bebamos con alegría de la sobria abundancia del Espíritu!” La embriaguez siempre saca a los mortales de sus límites; pero, ya sea que estén en un estado de intoxicación causado por el vino o por drogas, los mortales son llevados a un nivel que es “inferior” al de la razón, casi como si fueran bestias; en cambio en el estado de embriaguez espiritual, son transportados por encima de su razón al horizonte de Dios. Cada comunión debería terminar en un éxtasis, entendiendo por éxtasis no los fenómenos extraordinarios que a veces experimentan los místicos, sino simplemente el “salirse” de uno mismo, como cuando San Pablo declara: “Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,20).

Dios pone su cuerpo en nuestras manos. La comunión nos abre puertas sucesivas, por las cuales entramos primero en el corazón de Cristo y luego, por medio de Él, en el corazón de la Santísima Trinidad. Pero apenas nos ponemos a reflexionar en semejante bondad por parte de la divinidad, nos invade la tristeza: ¿Qué estamos haciendo con el Cuerpo de Cristo?

Un día, al momento de la comunión, se escuchaba un hermoso himno en el que se repetían continuamente las palabras: “Dios ha puesto su cuerpo en nuestras manos, Dios ha puesto su cuerpo en nuestras manos.” De repente, brotó de mí un grito que no pude controlar: ¡Estamos maltratando a Dios! Lo maltratamos abusando de su promesa, con la cual se comprometió a venir al altar y a nuestro ser. Cada día lo “obligamos” a hacer este supremo acto de amor, pero nosotros no le demostramos amor. ¡Con qué suavidad y ternura tratamos a un niño pequeño e indefenso! Pero ¡con qué dureza y aspereza tratamos a Jesús que, misteriosamente, ¡no puede defenderse de nosotros!

San Francisco de Asís nos dice: “Cada día Jesús se humilla tal como lo hizo cuando bajó de su trono celestial al seno de la Virgen; porque cada día viene a nosotros” (Admoniciones, I). Y añade: “Si es correcto honrar a la Bienaventurada Virgen María porque lo llevó en su sagrado seno; si San Juan Bautista temblaba y ni siquiera se atrevía a tocar la sacrosanta cabeza de Cristo; si el sepulcro en el que reposó por tan poco tiempo es tan venerado; ¡cuán virtuoso y digno debe ser todo aquel que lo recibe en su corazón y en su boca!” (Carta a un Capítulo General). De modo similar, conocemos la advertencia que resonaba en las asambleas litúrgicas en los primeros tiempos de la Iglesia, al momento de la comunión: “El que sea santo, que se acerque. El que no lo sea, que haga penitencia” (La Didaché o Doctrina de los Doce Apóstoles, X.6).

No pisen los pies del Señor. San Pablo dice: “Cuando comemos del pan que partimos, nos hacemos uno con Cristo en su cuerpo. Aunque somos muchos, todos comemos de un mismo pan, y por esto somos un solo cuerpo” (1 Corintios 10,16-17). La palabra “cuerpo” aparece dos veces aquí; la primera se refiere al Cuerpo verdadero de Cristo y la segunda a su Cuerpo místico, la Iglesia. San Agustín decía: “Habiendo sufrido la pasión, el Señor nos dio su Cuerpo y su Sangre en el Sacramento, para que nosotros llegáramos a ser esas mismas cosas. En realidad, somos su Cuerpo y por su misericordia somos lo que recibimos” (Sermón Denis 6). Quienes participan de la Comunión “manifiestan concretamente la unidad del pueblo de Dios, aptamente significada y maravillosamente producida por este augustísimo sacramento” (Concilio Vaticano II, Constitución Lumen Gentium, 11). En otras palabras, lo que visiblemente simbolizan el pan y el vino &mdashmediante la unidad de muchos granos de trigo y la multiplicidad de uvas&mdash el sacramento lo consigue en un nivel interior y espiritual.

Ya no puedo desentenderme de mis hermanos y hermanas cuando recibo la Eucaristía; no puedo rechazarlos sin rechazar a Cristo mismo. Los que pretenden estar llenos de fervor por Cristo en la Comunión, si acaban de ofender o herir a un hermano o hermana sin pedirle perdón &mdasho tener la intención de hacerlo&mdash son como los que, al encontrarse con un amigo después de mucho tiempo se inclinan para abrazarlo afectuosamente pero, sin darse cuenta, ¡le pisan los pies con sus gruesas botas! Los pies de Cristo son los miembros de su Cuerpo, especialmente los más pobres y más humildes. El Señor ama esos “pies” y bien podría decirnos: ¡Ustedes me honran en vano!

El Cristo que recibo en la Comunión es el mismo Cristo sin división que recibe quien está a mi lado, y el Señor nos une el uno al otro y nos une a todos a Sí mismo. Los primeros cristianos se sentían unidos “al partir el pan” (Hechos 2,42). San Agustín nos recuerda que no puede haber pan si no se “muelen” primero los granos de trigo y no hay nada mejor que la caridad fraternal para molernos, especialmente si formamos parte de una comunidad, en la que hemos de tolerarnos unos a otros a pesar de las diferencias de carácter, apariencia, etc. Es como las piedras de un molino que día tras día van suavizando sus asperezas.

Decir “amén” al Cuerpo de Cristo. Ahora hemos visto lo que significa decir amén y a quién le decimos amén al momento de la Comunión. El sacerdote dice: “El cuerpo de Cristo” y respondemos: Amén. Decimos amén al sacratísimo Cuerpo de Jesús nacido de la Virgen María y que murió y resucitó por nuestra salvación. Pero también decimos amén a su Cuerpo místico, la Iglesia, y precisamente a aquel o aquella que tenemos al lado en la vida o en la mesa eucarística. No podemos separar los dos cuerpos y aceptar el uno sin el otro.

A muchos de nuestros hermanos y hermanas no nos cuesta nada decirles amén; sí, te doy la bienvenida. Pero siempre habrá entre ellos alguien que nos cause recelo o sufrimiento, sea de quien sea la culpa; alguien que nos antagonice, nos critique o hable mal de nosotros. En estos casos, es más difícil decir amén, pero esta acción lleva consigo una gracia especial. Cuando deseamos llegar a una comunión más íntima con Jesús, esta es la forma de lograrla: recibir a Jesús en la Comunión junto con ese particular hermano o hermana. Podemos decir: “Jesús, te recibo hoy junto a esta persona; la guardaré en mi corazón contigo y estaré contento si la traes contigo.” Este sencillo acto le agrada mucho a Jesús, porque sabe que nos hace morir un poco a nosotros mismos.

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