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Noviembre 2012 Edición

Haciendo lo que era necesario: La vida de Santa Francisca Javiera Cabrini

Por Ana Bottenhorn

Haciendo lo que era necesario: La vida de Santa Francisca Javiera Cabrini: Por Ana Bottenhorn

El siglo XIX fue una época de grandes avances en la técnica y la industria: la elec­tricidad, el telégrafo, el teléfono, el automóvil. Pero quizás algunos de los logros más sorprendentes fue­ron los que consiguió una pequeña y frágil mujer italiana.

En apenas 27 años, estableció 67 escuelas, orfana­tos y hospitales. Fundó una orden religiosa mundial que, a su muerte, contaba casi dos mil integrantes. Y lo hizo todo simplemente “haciendo lo que era necesario hacer.” Estaba plenamente convencida de que ella podía hacer todas las cosas en Cristo que le daba fuerzas, incluso sus deberes ordinarios, que llevaba a cabo de todo corazón.

En aquel tiempo, Italia era incapaz de mantener a la población que crecía cada día más, mientras la expansión industrial en el resto de Europa y en los Estados Unidos ofrecía una tenta­dora promesa de prosperidad. Como lo dijo la propia Madre Francisca: “Si nos hubiéramos quedado en Italia, habríamos tenido que comernos unas a otras.” Así fue como millones de italianos partieron rumbo al oeste. Entre 1889 y 1917, el número de inmigrantes italianos que arribaron a las costas estadounidenses superaba los cuatro millones. La vasta mayoría tuvo que vivir en hacinados tugu­rios, trabajar en empleos de mísera paga y subsistir a duras penas y sin la ayuda de un maestro, un médico o un sacerdote.

Esta fue la desolación a la cual llegó la “Madre” Francisca Javiera Cabrini. Ciertamente fue una madre para los inmigrantes, porque con­seguía ropa y alimento para los huérfanos, cuidaba a los enfermos, y buscaba techo para los pobres y ella misma les enseñaba. Era menuda y frágil, pero tenía un corazón enorme y lleno de amor por sus compatriotas, muchos de los cuales se habían ale­jado de Dios en medio de la extrema pobreza. Más que limitarse a aliviar­les el sufrimiento físico, anhelaba restituirles la fe. “Se han venido a los Estados Unidos para ganarse la vida —decía— pero lo que me aflige es ver que no piensan más que en eso.”

“Sé que fue el Espíritu Santo.” Durante su niñez en Lombardia (Italia), María Francisca Cabrini soñaba con ser misionera en China. Cuando jugaba, llenaba botecitos de papel con “misioneros” hechos de pétalos de violetas y los enviaba al mar, con la esperanza de que un día pudiera seguirlos. Pero no pare-cía haber muchas probabilidades de que un día lo hiciera de verdad. Había nacido dos meses prematura y era frá­gil y enfermiza. La primera vez que expresó su deseo de ser misionera, su hermana mayor, Rosa, se burló de ella diciéndole: “¿Tú, misionera? ¿Una tan pequeña e ignorante como tú que vaya a ser misionera?” Eso era preci­samente lo que Francisca se proponía y su voluntad se consolidó en forma permanente en su Confirmación. “Cuando me ungieron con el santo crisma —confesó— no puedo decir lo que sentí, pero sé que fue el Espíritu Santo.”

A partir de entonces, Francisca con­sideró que su corazón le pertenecía a Cristo. Al completar su educación, obtuvo un certificado de maestra y de inmediato pidió ser admitida en una orden religiosa, pero la rechaza­ron. Las hermanas pensaron que su contextura física era demasiado débil para el rigor de la vida religiosa. No le quedó más que hacer lo primero que se le presentó. Durante los ocho años siguientes, Francisca vivió y ayudó en su hogar, compartiendo paciente­mente los quehaceres con Rosa. Las dos hermanas cuidaban a sus padres, ya ancianos, hasta que éstos fallecie­ron. El sueño de ser misionera en China empezó a esfumarse. Le pidie­ron que reemplazara a la maestra de la escuela de Vidardo, pueblito cer­cano, durante dos semanas, las cuales se convirtieron en dos años.

Dos veces más pidió ser admitida en la orden religiosa, pero volvieron a rechazarla por motivos de salud. Para entonces había captado la atención del cura párroco de Vidardo, que pronto iba a ser trasladado a Codogno, y él pensó en un trabajo para Francisca. El orfanato de Codogno estaba en con­diciones lamentables, ya que las dos mujeres que lo dirigían habían demos­trado ser muy incompetentes. Habían recibido formación religiosa, pero no se preocupaban de vivir como monjas, ni tampoco de cuidar a los niños, por eso le pidió a Francisca que pusiera orden en el caos. Al principio ella se rehusó, alegando que quería ser misionera y que visiblemente carecía de autoridad sobre las dos supuestas monjas, pero finalmente accedió a ir, aunque nuevamente por no más de dos semanas.

Un extraño ingreso a la vida religiosa. Pasaron seis años. Francisca impuso higiene, bondad y orden en el orfanato. Se rodeó de un grupo de jóvenes piadosas que fue educando como hermanas religio­sas. Su incansable trabajo le mereció maldiciones y maltrato de las dos necias administradoras. Alguien le había aconsejado tomar el hábito de ellas, a fin de tener alguna base de autoridad en la situación, pero eso no hizo más que empeorar las cosas. El orfanato fue cerrado y la “orden religiosa” que lo administraba fue disuelta. Pero ¿qué iba a pasar con Francisca y las jóvenes que ella había estado educando?

El Obispo de Codogno —que sabía del firme deseo de Francisca de ser misionera— la mandó llamar. Consciente de que no había ninguna orden misionera de mujeres, le sugi­rió que ella misma fundara una y ella lo hizo.

Sin perder un minuto, Francisca inició una decidida campaña de siete años desde Codogno hasta Roma, estableciendo conventos por el camino. En su trayectoria, tenía dos objetivos en mente: la aprobación papal de su orden y el estableci­miento de una casa desde la cual pudiera dirigir todas las futuras acti­vidades de sus hermanas. A pocos meses de llegar a Roma, contra muchas adversidades, Francisca logró cumplir sus dos objetivos.

Haciendo lo que era necesario hacer. Este llegó a ser el lema de la vida de Francisca. Veía lo que era necesario hacer y se ponía a hacerlo de inmediato. Era prácticamente su modo de vivir: pasar de la oración directamente a la acción. Con abso­luta confianza en que aquello que necesitara estaría allí disponible, se negaba a retrasar sus acciones por­que no tuviera acceso inmediato a alguna de las cosas necesarias. “No se preocupen —solía decir con una sonrisa— si me pusiera a pensar demasiado en cómo voy a conseguir lo que necesito, el Señor retendría sus gracias”, y comenzaba a trabajar con lo que tuviera, haciendo lo que era necesario hacer, ya fuera man­tener la casa, enseñar en la escuela o construir murallas de ladrillos. El Señor proveía el resto.

Una y otra vez, acusaron a la Madre Francisca de ser demasiado precipitada o temeraria; pero su audacia iba de la mano con una firme obediencia. ¡Hasta había obede­cido a las falsas monjas del orfanato de Codogno en lo tocante a la vida religiosa! Pero con más frecuen­cia obedecía los dictados del Sumo Pontífice, los obispos y otras autori­dades legítimas.

La Madre Francisca no abando­naba sus planes de viajar a China, ni siquiera después de fundar su orden misionera, las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús. Sin embargo, el Papa, preocupado por la situación de los italianos en el Nuevo Mundo, la instó a viajar más bien hacia el oeste. Así, pues, al oeste partió, sin jamás mirar hacia atrás.

Un corazón enorme y grandes aspiraciones. Partiendo de Roma, la Madre Francisca inició su conquista de amor sobre el Nuevo Mundo, comenzando por la ciudad de Nueva York, a la que llevó la verdad del amor y la compasión de Dios a sus hijos. Y puso en práctica este mensaje de la manera más práctica: fundó orfa­natos para niños indigentes; abrió hospitales para gente no admitida en los establecimientos existentes; fundó escuelas en las que se enseñaba tanto el Evangelio como la alfabetización.

Pronto la ciudad de Nueva York quedó estrecha para contener el amor que la Madre Francisca traía consigo. Partió con rumbo a Nueva Orleans, Newark, Scranton, Chicago, Denver, Seattle y Los Ángeles, abriendo escuelas y orfanatos. Sus días finales llegaron en 1917, pero para entonces había llevado personalmente a cabo su labor en toda Europa y hasta en América Central y del Sur.

Llevada por el amor. La Madre Francisca abrigaba un gran amor en su corazón y lo manifestaba en el trabajo. “¿Descansar? —exclamaba— ¡Tendremos toda la eternidad para descansar! Ahora hay que trabajar.” Y la fuente de este amor no era ni oculta ni inalcanzable: emanaba de la oración. Una vez escribió: “Me debi­litaría y languidecería, con peligro de perderme, si fuera a ocuparme de mí misma con cosas exteriores… si fuera a quedarme sin el sueño de la ora­ción… en el corazón de mi amado Jesús.”

Su exclamación favorita era: “Pase lo que pase, cerraré los ojos y no dejaré de pensar en el corazón de Jesús.” Con todo, su “reposo” se manifestaba en la actividad. El amor —aquel amor que recibía del Señor y el amor que sentía por Cristo y su pueblo— era la fuerza que potenciaba su trabajo. La impulsaba a la acción y la mantenía humilde. “Ni la ciencia ni la especulación han producido jamás un santo, ni lo producirán” alegaba. “Es mejor ser bobo o retrasado pero capaz de amar, porque en el amor, el bobo se santifica.”

La Madre Francisca se santificó en el amor, ciertamente, pero de boba no tenía nada. Era una empresaria muy sagaz, y con voluntad de hierro cuando necesitaba serlo. Hizo cam­paña en cada ciudad, estudiando mapas como un general de ejército, caminando por las calles, recono­ciendo los vecindarios, estudiando las tendencias, para encontrar el mejor lugar para una nueva escuela u orfanato. Era, a todas luces, muy inteligente y práctica, pero nunca dejaba de suplicar en su oración: “Conviérteme, Jesús, conviérteme completamente a Ti, porque si no me haces santa, no sabré cómo trabajar en tu viña y terminaré traicionando tus intereses, en lugar de llevarlos a feliz cumplimiento.”

Testigo del poder infinito de Dios. Al parecer, la Madre Francisca llevó a feliz cumplimiento muchos de los intereses de Jesús. Ya fuera mediante sueños y visiones, o a fuerza de pedir y recorrer incansablemente las ciudades a lo ancho y a lo largo, su humildad, su obediencia y su sencillez abrían las puertas de la com­pasión para incontables inmigrantes. Siempre se le veía alegre e invariable­mente tranquila. Cuando un nuevo proyecto fracasaba o se iniciaba mal, ella se alegraba, segura de que ésta era una señal de bendiciones venide­ras. “Dificultades, dificultades —solía decir— ¡No son más que espantajos para asustar a los niños!” Ciertamente creía que podía hacer todas las cosas por medio de Cristo que la fortalecía. Mirando en retrospectiva a su propia vida, Santa Francisca Javiera Cabrini estuvo siempre convencida de que ella no era ni siquiera un instrumento de Dios, sino apenas un testigo del infi­nito poder del Padre.

Santa Francisca Javiera Cabrini, Patrona de los Inmigrantes

En la época de la Madre Francisca, los inmigrantes ita­lianos tuvieron que enfrentar innumerables tribulaciones en los Estados Unidos. Tenían los trabajos más míseros y eran víctimas de una gran discriminación. Los inmigran­tes, lejos de sus raíces y sin cuidado pastoral, eran extranjeros en su pro­pia iglesia y eran blanco sistemático de los protestantes, que procuraban convertirlos a su propias religiones. Pese a todo, la gran mayoría de los italianos mantuvieron su firme deseo de volver nuevamente a su fe católica y a sus devociones. Esta fue la misión que se le dio a la Madre Francisca cuando vino a los Estados Unidos: reevangelizar a los inmigrantes italia­nos, y eso fue lo que hizo.

¿No es esta una situación ya cono­cida? En efecto, algo similar sucede con muchos de los católicos que emi­gran hoy a los Estados Unidos: entre el afán de conseguir trabajo y mante­nerse ellos y a sus familias, la práctica de su fe católica pasa a segundo plano. Conviene, pues, que recordemos la meritoria obra de Santa Francisca Javiera Cabrini en favor de los migran­tes y ayudemos a nuestros hermanos que llegan en busca de una vida nueva a que mantengan su fe y vuelvan de buena gana, no solo al redil de la Iglesia Católica, sino a una relación personal con Jesucristo, nuestro Salvador.

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