La Palabra Entre Nosotros

Junio/Julio 2009 Edición

El Sacramento del Carácter

La Confirmación: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”

By: Mons. Francisco González, S.F., Obispo Auxiliar de Washington

El Sacramento del Carácter: La Confirmación: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo” by Mons. Francisco González, S.F., Obispo Auxiliar de Washington

Hablar sobre el Sacramento de la Confirmación tiene sus retos históricos en los que no voy a entrar, pues mi intención es hacer una reflexión de sentido pastoral y personal más bien que teológica e histórica.

En mis casi ocho años como obispo, he tenido el privilegio de administrar el Sacramento de la Confirmación a varios miles de jóvenes, y debo confesar que esas ocasiones son de gran alegría y satisfacción personal, sin olvidar una cierta preocupación pastoral ya que, con más frecuencia de lo que uno quisiera, ese día es para muchos jóvenes como el final de la carrera: ya no hay que volver, y eso es doloroso, y toda la comunidad de fe debería tomar cartas en el asunto para encontrar la forma de ayudar a todos esos jóvenes a continuar y profundizar en el seguimiento de Cristo, en el espíritu misionero y en el compromiso testimonial de vida cristiana.

¿Qué es la Confirmación? El Sacramento de la Confirmación es el segundo en la iniciación cristiana, después del Bautismo y antes de la Eucaristía. Muchos ríos de tinta han corrido —ahora tendríamos que decir bytes— acerca de este orden. En la práctica en estos momentos, aunque la discusión continúa, se suele confirmar entre los 7 y los 14 años. Yo me inclino incluso por retrasarla un poco más, hasta el segundo año de la escuela secundaria (high school), algo que es opinión personal, aunque basada en razones pastorales.

Dejando de lado ya cualquier discusión, el Sacramento de la Confirmación es un momento de gracia, un encuentro profundo con el Dios que nos salva. El Catecismo de la Iglesia Católica nos habla muy claramente de los efectos de la Confirmación (párrafos 1302 a 1304): efusión plena del Espíritu Santo; crecimiento y profundidad a la gracia bautismal; nos introduce más profundamente en la filiación divina por la que podemos decir “Abbá, Padre”; nos une más firmemente a Cristo; nos da la plenitud de los dones del Espíritu Santo; hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia; nos hace testigos y misioneros, e imprime en el alma una marca espiritual indeleble, “el carácter.”

Podríamos decir que por la Confirmación entramos en una especie de mayoría de edad, con responsabilidades propias de un adulto. Para llegar a este momento en la vida de una persona es necesaria una buena preparación, en la que se enseñe a los futuros confirmandos una experiencia de vida profundamente cristiana.

Es común que, en muchas parroquias, dicha preparación dure dos años; dos años durante los cuales los jóvenes asisten a clases de formación religiosa, retiros y ofrecen unas 20 horas de servicio voluntario, incluso escriben una carta al Obispo pidiéndole ser confirmados. He leído centenares de estas cartas y la verdad es que, en la mayoría de los casos, están muy bien escritas y donde junto a la petición explican algo sobre sus vidas, sus familias, el por qué del nombre que han elegido y la razón que les motivó a escoger el padrino o madrina que les acompañará en dicho día.

Yo también tengo la costumbre de escribirles una carta que, en sobre cerrado, se le entrega a cada uno de los candidatos.

Cada año trato de dejarles un recordatorio y, por los comentarios que me han llegado, tengo la impresión de que les gusta recibir algo como recuerdo de dicho acontecimiento que es personal, parroquial y eclesial.

Hace unos años les di una tarjeta que debían rellenar con la fecha y algún otro dato, además de tener dos oraciones en el reverso de la misma: la oración que yo rezo por ellos todos los días durante el año y la otra es que les pido que ellos recen por mí.

En otra ocasión fue la carta, un pergamino con los dones del Espíritu Santo (estamos llamados a ser Templos del Espíritu); el Padrenuestro (estamos llamados a ser gente de oración); el Credo (somos gente de fe) y las Bienaventuranzas (que nos enseñan un estilo de vida, el de Jesús).

En otra ocasión fue una pequeña vela para recordarles que estamos llamados a ser la luz del mundo, junto con un poco de sal en una bolsita de plástico, para también hacerles reflexionar que hemos sido convocados para preservar y dar sabor a la vida.

En este año de 2009, a cada uno le entrego la carta y un pequeño crucifijo que fue bendecido por el Papa Benedicto XVI en su visita a Washington, en abril del año pasado.

El valor del Sacramento. La Confirmación es un momento clave en la vida de los jóvenes. Ya han dejado de ser niños, han pasado la adolescencia y ahora entran en la juventud. Todo está cambiando, empezando por ellos mismos. Sus cuerpos se van transformando y van naciendo en ellos unas fuerzas desconocidas hasta ahora. Se van percatando de cosas de las que no hace mucho tiempo no estaban conscientes: el mundo complicado de los adultos; las injusticias que ocurren en nuestra sociedad y en el mundo; la violencia y los abusos a los que tanta gente es sometida; la enfermedad y la muerte de seres queridos; el rechazo que tal vez ellos tienen que sufrir por pertenecer a grupos minoritarios.

Las contradicciones de la vida que podrían hundirlos, exigen que se les den todos los medios necesarios para que no se asusten, para que no se acobarden, para que sepan defenderse y vivir de acuerdo con las enseñanzas del Maestro, Jesús. La plenitud del Espíritu Santo, que reciben en la Confirmación, les debe afincar en la fe como virtud que fortalece, en la esperanza como fuerza que sostiene, y en la caridad como energía vivificadora.

Acabada la homilía, comienza el rito propio de la Confirmación, en el que se renuevan las promesas bautismales. Una vez concluida la renovación, el obispo extiende las manos sobre todos los que van a ser confirmados recitando la oración del ritual, seguida por la crismación y el saludo de la paz.

Aunque los catequistas ya lo habrán hecho varias veces, a mí me gusta explicarles el rito que celebramos; de esa forma es posible que penetre en sus mentes y corazón lo que significa “haber sido elegidos”, algo que describe en mayor detalle el significado de la imposición de las manos y la crismación con las palabras “…recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo”.

La señal de la cruz que se hace sobre la frente del confirmando al ungirle con el crisma, debe recordarles que la cruz es parte del Evangelio de Cristo. La vivencia cristiana de la vida no siempre será fácil, incluso puede llegar a ser difícil e incluso peligrosa, pero no por eso debemos abandonarla. La vivencia cristiana light ni de cafeteria style no es ni vida ni cristiana; sólo los fuertes conseguirán entrar en el Reino.

La respuesta de quien recibe. Dos palabras, entre otras, considero importantes: personal y plenitud. Los candidatos a la Confirmación deben estar conscientes de que están tomando una decisión personal y hay que animarles a que así sea. Habría que evitar ese “lo hago porque me toca”, “he llegado a la edad en que todos se confirman”, etc. Los padres, los catequistas, los sacerdotes y religiosos/as deben prepararles, ayudarles a hacer una buena decisión, pero nunca forzarles, pues el seguimiento de Cristo como adulto en la fe debe nacer de un compromiso personal y no simplemente por costumbre ni por ser forzados de una forma u otra.

Al acercarse a recibir el Sacramento de la Confirmación, además de ser una decisión personal, deben darse cuenta del sentido de plenitud que rodea a este sacramento: plenitud de gracias y el llamado a la plenitud en la entrega de uno mismo al Señor; en otras palabras, el llamado a la santidad.

Hay quienes pueden asustarse un poco al oír que debemos ser santos. Puede ocurrir que tengan un concepto erróneo de lo que es la santidad, hasta pueden relacionar la santidad con hacer milagros o algo extraordinario, cuando en realidad es simplemente “hacer la voluntad de Dios”, o sea, cumplir con los mandamientos que Dios nos ha dado.

¿Cómo cumplir con los mandamientos? Tratando de ser lo mejor que podemos ser en todos los aspectos de nuestra vida: el mejor hijo o hija, el mejor hermano o hermana, el mejor estudiante, el mejor amigo o amiga, el mejor que uno puede ser con la ayuda del Señor.

Durante todo el camino de la formación religiosa, se les ha de hablar de Jesús, y yo diría que hay que hacerlo de una forma muy concreta durante ese año o dos de preparación para ser confirmados. El seguimiento de Cristo exige ese constante poner al Señor delante de los candidatos para que vayan creciendo en ese deseo de imitarle en todo y así poder decir como el apóstol Pablo: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,20).

Los siete dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, conocimiento, piedad y temor de Dios son eso mismo: dones, regalos, que Dios hace al confirmando para —como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia— “difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz” (párrafo1303).

Ideas finales. Recibir la plenitud del Espíritu es recibir todas esas gracias, bendiciones y ayudas para poder responder al llamado a la perfección, a la santidad, a vivir al estilo e imitación de Cristo, cuyas primeras palabras según el relato del Evangelio de Marcos, que estamos leyendo en este ciclo B del calendario litúrgico, fueron el anuncio de la llegada del Reino y la necesidad de la conversión, algo que en la vida ordinaria se traduce, en palabras del apóstol San Pablo en la citada carta a los Gálatas: Les pido que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los bajos deseos.

Cuando nos dejamos guiar por el Espíritu actuaremos “por amor, con alegría y en paz, con paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, modestia y dominio propio” (Gálatas 5,22-23).

Si es verdad que por los frutos los conoceréis, y creo que no hay duda sobre ellos, la mejor prueba de que hemos sido confirmados es actuar de acuerdo con los mencionados frutos del Espíritu, mostrando así que estamos poseídos por el Espíritu del Señor Jesús, que verdaderamente somos “templos del Espíritu Santo.”

Mons. Francisco González, S.F., ha tenido una sobresaliente trayectoria como sacerdote de la Congregación de los Hijos de la Sagrada Familia y actualmente es Obispo Auxiliar de Washington desde diciembre de 2001.

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