La Palabra Entre Nosotros

Junio/Julio 2009 Edición

El Sacramento de la Transformación

Lo que ofrece la Confesión es mucho mas que una “purificación

El Sacramento de la Transformación: Lo que ofrece la Confesión es mucho mas que una “purificación

A un cuando en estudios recientes se ha visto una considerable reducción del número de fieles que acuden regularmente a recibir el Sacramento de la Reconciliación, hay un segundo lado de la moneda que vale la pena considerar.

Las autoridades de la Iglesia se encuentran estudiando estos resultados y al parecer algo hay que está empezando a cambiar para bien.

En la Cuaresma de 2007, la Arquidiócesis de Washington inició un programa denominado La luz está encendida para ti. Valiéndose de pancartas expuestas en las principales calles y avenidas, de carteles en los autobuses y en el tren subterráneo y de avisos en los boletines parroquiales, el Arzobispo Donald Wuerl anunció que todas las iglesias de la Arquidiócesis estarían abiertas para la Confesión durante al menos una hora y media por la noche todos los miércoles de la Cuaresma.

Era un poco riesgoso. ¿Qué pasaría si nadie venía y los sacerdotes terminaban sentados en los confesionarios completamente solos? ¿Y si venían solamente los penitentes “de costumbre” y nadie más?

Afortunadamente, el programa fue todo un éxito. Personas que habían vivido sin confesarse por muchos años e incluso otros que se habían alejado del Señor se encontraron con una cálida bienvenida cuando regresaron para librarse de sus culpas y pesares. Los padres y madres de familia, cuyos fines de semana se ven llenos de ajetreos, trabajo hogareño y actividades artísticas y deportivas de sus hijos, se turnaron para ir a confesarse, incluso acompañados de los niños. Muchos agradecieron la oportunidad de hacer un alto a media semana para reposar, meditar y volver a encontrarse con el Señor. Para unos, fue una clara experiencia de conversión profunda; para otros, una oportunidad de purificar el alma; pero para todos fue una clara ocasión de experimentar en forma personal y directa el milagro de la reconciliación con Dios.

El programa fue tan exitoso que el Arzobispo Wuerl lo ofreció nuevamente en el año siguiente. “Cientos o miles de personas experimentaron el gozo de volver al Sacramento de la Reconciliación —señaló el Arzobispo— muchas de las cuales no se habían confesado durante décadas.”

Gracias a programas como éste, ha quedado bien en claro que hay más gente que desea ir a la Confesión que lo que indican las estadísticas. Para algunos, todo lo que se necesita es una cordial invitación. Para otros, los anuncios publicitarios les sirvieron como un recordatorio e invitación diaria para salir de la apatía, la indiferencia o incluso el temor y volver a la iglesia.

El sacramento del perdón. Pero, ¿qué es lo que sucede exactamente en la Confesión? ¿Qué es lo que hace Dios que la gente se siente aliviada, libre y reconfortada después de confesar sus faltas? ¿Qué es lo que conduce a las personas al confesionario, aunque no lo puedan explicar claramente?

Lo primero y más importante es lo que hace Dios en la Confesión: lavar nuestros pecados y restaurar nuestra inocencia. Como lo expresamos en el artículo anterior, el Señor arroja nuestros pecados tan lejos “como ha alejado del oriente el occidente” (Salmo 103,12). En lo que respecta a Dios, los pecados perdonados ya no existen, por lo que no queda ningún juicio ni condenación pendiente. ¡Somos completamente libres!

Cuando usted vaya a confesarse, tenga presente esta verdad y crea con todo su corazón que ya no tiene nada de qué sentirse culpable. Crea también que el Señor puede ver mucho más allá de los pecados que usted haya cometido o de las debilidades que tenga. Recuerde que cuando lo mira a usted a los ojos —y esto es algo que sucede especialmente en la Confesión— lo que ve no sólo es su realidad personal actual, sino también la realidad que Él tiene para su vida; es decir, lo ve tanto en el presente de hoy como en el futuro de los planes que Él tiene para usted.

Un sacramento con una visión. Veamos el ejemplo del apóstol San Pedro. Estaba destinado a ser el jefe de los discípulos de Jesús, pero cuando le llegó la hora de defender a su Maestro, ni siquiera pudo decir que lo conocía. El sentido de culpa y vergüenza que le causó esta grave falta de lealtad debe haberle atormentado sin cesar incluso después del gozo del Domingo de Resurrección. Probablemente le pidió perdón a Dios en su oración una y otra vez profundamente arrepentido por haber negado a su Maestro; pero Jesús sabía que Pedro necesitaba algo más.

Un día, llevándolo aparte, el Señor le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Pedro le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero.” Pero eso no fue suficiente; Jesús le repitió la pregunta y Pedro le respondió lo mismo. Luego, el Señor le preguntó por tercera vez y Pedro, ahora un poquito dolido, le reiteró nuevamente que lo amaba. Con cada una de estas preguntas, Jesús quería demostrarle a Pedro que lo había perdonado por las tres veces que éste lo había negado. ¡Qué compasivo es el Señor! Tuvo tiempo para llevar a Pedro a un plano de intimidad, recordarle las buenas cualidades que éste tenía y quitarle toda la culpa por las faltas cometidas.

Pero eso no fue todo lo que hizo Jesús. Cada vez que Pedro le dijo que lo amaba, Jesús le dio una responsabilidad: “Cuida de mis corderos . . . Cuida de mis ovejas . . .” (Juan 21,15.16.17). No se preocupó de decirle, “Te perdono” y ni siquiera se molestó en hacerle ver a Pedro sus debilidades ni decirle en qué había fallado; simplemente le quitó sus pecados y pasó a comunicarle la misión que quería encomendarle. De esta forma, llevó al apóstol a elevar su mirada y lo llenó de un sentido de misión y propósito. Lo hizo precisamente para que Pedro no se sintiera encadenado por su pasado, sino lleno de ánimo y esperanza para el futuro que le esperaba.

Esto es precisamente lo que el Señor quiere hacer con cada uno de nosotros cada vez que vamos a confesarnos. Quiere convencernos de que nuestra vida puede ser mejor y que realmente podemos llegar a ser santos. Desea sacarnos de nuestros pecados para que nos enfoquemos en la misión de ser instrumentos suyos en este mundo. Efectivamente, incluso con las faltas y pecados que tenemos, ¡seguimos estando destinados a la santidad, al servicio a la Iglesia y finalmente ¡a vivir en el cielo! Todo lo que hace falta es tratar de evitar el pecado por todos los medios posibles, servir al Señor con sinceridad y devoción, y seguir avanzando con fe y confianza. Él siempre estará con nosotros para ayudarnos, perdonarnos y volvernos a confiar la misión que tiene para nosotros.

Un sacramento de sanación y transformación. El Sacramento de la Reconciliación encierra mucho más que solamente el perdón de nuestros pecados. Esta es una parte importante del sacramento, pero el Señor quiere que experimentemos mucho más. Si la Confesión se limitara a resolver los problemas del pasado, nos encontraríamos atrapados en un círculo vicioso de pecados confesados y por confesar y jamás nos podríamos librar de ellos. Claro que estaríamos perdonados, pero no habría fuerza para cambiar ni transformar nuestra vida.

Pero Dios tiene otras cosas muy valiosas reservadas para nosotros que el simple perdón de las ofensas pasadas. El Catecismo de la Iglesia Católica, en la sección dedicada a los sacramentos, dice que la Reconciliación es uno de los “Sacramentos de Curación”, junto con la Unción de los Enfermos. Si bien uno de estos sacramentos (la Unción) nos permite recibir la curación física, el otro (la Confesión) nos permite recibir la sanación interior y espiritual. En la Confesión periódica podemos expresarle al Señor los hechos de pecado que hayamos cometido para que nos perdone; pero también podemos sacar a la luz las motivaciones del pecado, es decir, reconocer ante el Señor los hábitos de pensamiento que nos hacen pecar, los deseos desordenados y las inclinaciones impuras para que Él les dé muerte y nos ayude a desarrollar actitudes y objetivos de mayor pureza y rectitud.

Esta es la razón por la cual la Iglesia nos alienta a ir a confesarnos no sólo cuando hayamos cometido algún pecado mortal, sino cualquier pecado. Lo hace para que, en los encuentros periódicos y sinceros con Jesús, empecemos a experimentar sanación y restauración en aquellos aspectos de nuestra vida que han ido quedando fuera del orden de Dios. Esta práctica nos sirve para darnos cuenta de lo que hayamos logrado avanzar y de cómo nos vamos transformando a través del tiempo. Pero lo más importante es que recibamos la gracia celestial que todos necesitamos para que efectivamente se produzcan estos cambios. Gracias al poder que pone en acción este sacramento podemos ver que las “fortalezas” espirituales de pecado se van derrumbando en nuestro interior (2 Corintios 10,3-5) y que los hábitos de ira, lujuria, odio, envidia y muchos otros que hayamos tenido por muchos años se empiezan a esfumar, a medida que Jesús nos estrecha sonriente en un abrazo sanador y de perdón.

El objetivo de la Confesión. Queda claro, pues, que la Confesión no se refiere solamente a purificarse de las faltas cometidas. Efectivamente, en este sacramento también recibimos la gracia de “no volver a pecar” (v. Juan 8,11). Y una vez eliminadas las barreras del pecado, la Confesión nos comunica una mayor esperanza de permanecer unidos a Jesús con más fuerza y profundidad. Gracias a la Confesión también podemos ver cómo va cambiando nuestra forma de pensar, porque nos concede la gracia de lidiar con los impulsos interiores de envidia, temor, egoísmo, mal genio y otros que todos tenemos. Finalmente, la Confesión nos ayuda a ampliar el horizonte de nuestra visión para llegar a convencernos de que es cierto que Dios quiere darnos “un futuro lleno de esperanza” (Jeremías 29,11).

Sanación, visión, transformación y perdón: este gran sacramento es efectivamente un valiosísimo regalo de Dios. ¡Quiera el Señor que todos aprovechemos las bendiciones de este regalo, para que experimentemos el gozo de vivir unidos más profundamente con Jesús y reconciliados los unos con los otros!

Comentarios