La Palabra Entre Nosotros (en-US)

Octubre 2023 Edición

El Reino de Dios está cerca

Jesús vino a darnos plenitud

Por: Mary Healy

El Reino de Dios está cerca: Jesús vino a darnos plenitud by Mary Healy

Los milagros de sanación de Jesús no terminaron cuando él ascendió al cielo. El Señor sigue sanando a las personas hoy en día, ¡y más a menudo de lo que creemos! En esta edición, la teóloga y escritora católica Mary Healy nos muestra cómo podemos crecer en la fe y participar en el plan de Dios para sanar a las personas y acercarlas más a su corazón. Mary es profesora de Escritura en el Seminario Mayor del Sagrado Corazón en Detroit, Michigan y miembro de la Comisión Pontificia Bíblica. Estos artículos fueron adaptados de su libro Healing:Bringing the Gift of God’s Mercy to the World (Our Sunday Visitor, 2015), disponible en inglés.

Un joven que caminaba por la playa después de un día de practicar surf vio a una adolescente sentada en una silla de ruedas junto a sus padres. Inspirado por el Espíritu Santo, se acercó a ella y le preguntó cómo estaba. Luego le preguntó si quería rezar por algo en particular.

La niña comenzó a contar su historia: Nació con parálisis cerebral, recientemente había estado luchando contra la adicción y la depresión y acababa de salir del hospital luego de intentar terminar con su vida. El joven rezó con ella por un momento, y mientras lo hacía, las torcidas rodillas de la niña comenzaron a enderezarse. Él le pidió que se levantara y caminara, y la niña pudo caminar aún mejor de lo que lo había hecho antes. ¡Ella y sus padres estaban exultantes de alegría! Después de sanarse, la niña regresó a su fe católica y más adelante le dijo al joven que se había sentido más aliviada y libre de lo que nunca había estado en su vida.

Estoy convencida de que esta historia verdadera representa algo inmensamente significativo que Dios está haciendo en nuestra Iglesia, en nuestro tiempo. La sanación de esta niña en la playa, aunque fuera dramática, no es única. Miles de sanaciones similares han ocurrido alrededor del mundo en años recientes cuando los católicos y otros cristianos han respondido con una fe nueva y un nuevo fervor al llamado del Señor a evangelizar en el poder del Espíritu Santo. En esta era en que muchos se han alejado de Dios, el Señor nos está invitando a proclamar el evangelio no solo con palabras sino también con obras que den testimonio de la verdad de estas palabras.

Sigue habiendo muchos conceptos erróneos sobre la sanación hoy en día. Muchos católicos asumen que los milagros de sanación se limitan a la vida de los grandes santos o a los santuarios como Lourdes. Sin embargo, el Señor verdaderamente quiere sanar, y quiere hacerlo a través de gente común como nosotros. Entonces consideremos cómo podemos crecer en valentía y fe para convertirnos en portadores de la luz y la verdad del Señor a muchas más personas hoy.

Jesús vino a sanarnos. En el mundo antiguo, la lepra era una enfermedad mortal y terrorífica, y las personas con lepra eran marginadas socialmente. La ley de Moisés les exigía vivir apartados de la sociedad humana, y donde quiera que fueran, debían rasgar sus ropa y gritar: “¡Impuro! ¡Impuro!” (Levítico 13, 45).

Mientras Jesús viajaba de un pueblo a otro en Galilea, se le acercó un hombre con lepra. El hombre hizo frente a la desaprobación y el disgusto de otros, se arrodilló frente a Jesús y pronunció su súplica: “Si quieres, puedes limpiarme” (Marcos 1, 40). Al ver la lamentable condición en que se encontraba aquel hombre, Jesús “tuvo compasión de él” (1, 41). La palabra griega para “compasión” significa físicamente agitado o revuelto por una emoción desgarradora. Fue una reacción profundamente humana del Hijo de Dios. Podemos imaginar el amor en los ojos de Jesús cuando le contestó: “Quiero. ¡Queda limpio!” (1, 41; énfasis añadido). ¿“Quería” él darle plenitud a este hombre, sanarlo de la enfermedad y de todos los estragos provocados por el pecado? ¡Para eso fue que vino al mundo!

Ungido por el Espíritu para sanar. Esta curación, cerca del inicio del ministerio público de Jesús, anunciaba la importancia que las sanaciones tendrían en su misión. Muchas personas tienden a pensar de las curaciones como algo secundario en el propósito real de Jesús de salvar almas. Pero los Evangelios nos dicen lo contrario. En el entendimiento bíblico, la persona humana es una unidad inseparable de cuerpo y alma. Cristo no vino simplemente a “salvar almas” sino a salvar seres humanos, para elevarnos con Dios y con todos los redimidos para siempre. El cuerpo, por lo tanto, tiene un significado inestimable en el plan de Dios. Un día irradiará vida divina (1 Corintios 15, 42-49). Las sanaciones que realizó Jesús de enfermedades corporales, entonces, son la prefiguración del destino glorioso del cuerpo humano.

El veintiún por ciento de los relatos del Evangelio sobre el ministerio público de Jesús está dedicado a testimonios de las curaciones físicas y exorcismos que realizó. Este es un porcentaje impresionante cuando consideramos la extensión e importancia de sus enseñanzas, sin mencionar otros milagros tales como la multiplicación de los panes y calmar la tormenta. Claramente, las curaciones que Jesús realizó no son un elemento menor o periférico en este propósito real.

¿Por qué tanto énfasis en la sanación? La explicación la ofrece el propio Jesús en su primer sermón, impartido en Nazaret, el pueblo donde se crio, poco después de su bautismo:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado
para llevar la buena noticia a los pobres;
me ha enviado a anunciar libertad a los presos
y dar vista a los ciegos;
a poner en libertad a los oprimidos;
a anunciar el año favorable del Señor. (Lucas 4, 16-21)

Esta “buena noticia” incluye no solo palabras de esperanza, sino las propias realidades que estas palabras anuncian: Libertad para los pobres y oprimidos y sanación. Los “pobres” son personas tanto materialmente pobres como aquellas espiritualmente empobrecidas debido a su distanciamiento de Dios. Al aplicar este pasaje de la Escritura a sí mismo, Jesús está declarando que fue ungido por el Espíritu Santo para llegar a lugares de profundo cautiverio humano, de ceguera, de enfermedad y de opresión, para proclamar la buena noticia del Reino y manifestarla visiblemente al liberar a las personas.

Signos del Reino. Cuando leemos con atención los relatos del Evangelio, vemos que las curaciones de Jesús eran inseparables de su predicación sobre el Reino de Dios. El Señor comenzó su ministerio público anunciando la llegada del Reino (Marcos 1, 15); luego lo demostró por medio de curaciones y milagros. En la propia presencia de Jesús, en sus palabras y obras, el reino de Dios ha sido inaugurado en la tierra. El dominio de Satanás ha sido derrotado y la restauración de toda la creación ha comenzado.

En todos los lugares a los que Jesús fue, estaba rodeado de personas enfermas o con dolencias. En ninguna parte los Evangelios registran que él haya instruido a una persona a simplemente soportar el sufrimiento que se le había asignado. En ningún caso él dijo que una persona estuviera pidiendo demasiado o que debía conformarse con una curación parcial o con no ser sanada del todo.

Esta evidencia de la Escritura debería cuestionar nuestras ideas habituales sobre la voluntad del Señor para sanar. ¿Hemos aceptado fácilmente la idea de que la enfermedad debe ser simplemente soportada? ¿Asumimos fácilmente que si una persona está enferma, Dios quiere que permanezca así por su propio bien? ¿Podría nuestra resignación de la enfermedad o dolencia ser a veces un manto para cubrir la incredulidad? La Escritura no dice que el Señor siempre va a sanarnos si tan solo tenemos suficiente fe cuando rezamos. Sin embargo, es razonable concluir que el Señor desea sanar a las personas más a menudo de lo que pensamos.

La misión de Jesús para sus seguidores. A donde quiera que Jesús fuera, enseñara, sanara y expulsara demonios, las personas vieron las promesas de Dios cumplirse delante de sus ojos. Los Evangelios no ofrecen la más mínima garantía de la idea de que estas señales de la llegada del Reino fueran a terminar después de la ascensión de Jesús al cielo. Más bien, Jesús encargó a sus discípulos que continuaran con su misión salvadora haciendo lo mismo que él había hecho.

Durante su ministerio público, Jesús envió a los doce apóstoles en una clase de misión de práctica. Les mandó: “Vayan y anuncien que el reino de los cielos se ha acercado’. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien de su enfermedad a los leprosos y expulsen a los demonios” (Mateo 10, 7-8). No debían predicar el Reino solo con palabras, sino demostrarlo con obras de poder. Y ellos realizarían esas obras poderosas no por medio de cualquier habilidad propia sino por la autoridad delegada en ellos (10, 1). San Lucas narra que más adelante Jesús encargó a un grupo más grande de setenta personas y les dio la misma misión (10, 8-10).

Durante la vida terrenal de Jesús, la misión fue únicamente para esos delegados escogidos. Pero después de su resurrección, el Señor resucitado extendió esa autoridad a todos los creyentes: “En mi nombre expulsarán demonios…pondrán las manos sobre los enfermos, y estos sanarán” (Marcos 16, 17-18). Ahora todos los creyentes, llenos del Espíritu del Señor resucitado, han recibido el poder sobrenatural para su misión de “llevar la buena noticia a los pobres” (Lucas 4, 18).

Los primeros cristianos tomaron al pie de la letra las palabras de Jesús, y el Señor justificó su fe haciendo abundantes milagros a través de ellos. Nosotros podemos hacer lo mismo al orar por sanación en su nombre. En el siguiente artículo, hablaremos de la importancia que tiene nuestra fe para sanar y en el artículo final, repasaremos tres claves que pueden ayudarnos a abrir nuestro corazón al poder sanador de Dios. Sabemos que Dios quiere sanar a su pueblo hoy para que conozca su amor salvador y su misericordia. ¡Que él nos dé la gracia y el poder para ser parte de esta gran obra!

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