La Palabra Entre Nosotros

Junio/Julio 2011 Edición

El Matrimonio: Sacramento muy importante

Una antigua institución frente a nuevos desafíos. Por Mons. Joseph E. Kurtz, Arzobispo de Louisville, Kentucky

El Matrimonio: Sacramento muy importante: Una antigua institución frente a nuevos desafíos.  Por Mons. Joseph E. Kurtz, Arzobispo de Louisville, Kentucky

Llegué a la puerta principal y toqué. Se abrió y un joven me saludó con un cordial: “¡Adelante, Padre! Teníamos muchos deseos de verle.” Lo mismo sentía yo. Ya en la sala, saludé a las parejas allí reunidas y me sentí agradecido de la amistad que teníamos todos.

Ya nos habíamos reunido hacía unos años, en un fi n de semana de parejas comprometidas para casarse. Yo formaba parte del equipo del retiro, junto con otros dos matrimonios, para hablarles, aconsejarlos y ofrecerles orientación. Al terminar ese retiro, cinco parejas decidieron seguir reuniéndose. Me invitaron a sus encuentros y desde entonces la amistad que teníamos fue creciendo con el paso de los años.

Cuando estos hombres y mujeres me recibieron en el corazón y en sus casas, pude conocer algunas de las alegrías y dificultades que tenían. Los vi avanzar hacia el Matrimonio, iniciar sus familias y su esfuerzo por criar bien a sus hijos. Me enteré de sus dificultades y de su necesidad de ayuda y comprensión. Vi cuánta sabiduría y entendimiento podían ofrecer y cómo tendían la mano a otros. Siempre me iba de aquellas reuniones sintiéndome enriquecido.

El matrimonio es de suma importancia. Durante los años he tenido la bendición de conocer a muchas parejas como éstas, gente “real” cuya vida práctica representa un testimonio del sentido del matrimonio cristiano. Siempre me siento sumamente agradecido e impresionado por el testimonio que dan, porque no es ningún secreto que las parejas casadas y la institución misma del Matrimonio confrontan grandes presiones y dificultades en la actualidad.

Precisamente por esta razón, los obispos católicos de los Estados Unidos pusieron en marcha, en 2005, la Iniciativa Pastoral Nacional para el Matrimonio. Trabajando junto con laicos, miembros del clero, sociólogos y teólogos, queremos contribuir a fortalecer la vida conyugal y ayudar a las parejas a hacer realidad la llamada a vivir en la práctica la gracia de su compromiso sacramental. La carta pastoral emitida en noviembre de 2009, que se denominó El Matrimonio: Amor y Vida en el Plan Divino, fue uno de nuestros proyectos; como también lo es un sitio en la red virtual en el que ofrecemos recursos, ideas e inspiración para la vida conyugal (www. foryourmarriage.org).

Tuve la bendición de supervisar este proyecto durante varios años y debo confesar que las emociones eran un poco como una montaña rusa. Por una parte, los obispos queríamos dejar bien en claro nuestra posición sobre el divorcio, las uniones homosexuales, los anticonceptivos, la cohabitación y todas las cuestiones objetables que rodean al Matrimonio hoy en día. Por otra parte, queríamos ser comprensivos y ofrecer ayuda pastoral, para que los jóvenes entendieran y vivieran en la práctica la elevada vocación del Matrimonio.

En busca de apoyo. En el transcurso de este proyecto, consultamos con 200 grupos de parejas casadas que se encontraban en diversas etapas de la vida matrimonial. Muchas de las personas que formaban estos grupos plantearon los temas de apoyo (o mejor dicho, de falta de apoyo) que les interesaban. Como lo dijo uno de los esposos participantes: “Al concluir nuestra boda, tuve este sentimiento de que, para la iglesia, nosotros éramos un proyecto terminado.” Cuando escuché esto, pensé: “¡Claro! ¡Así lo sentí yo también a veces, cuando preparaba a las parejas para el Matrimonio!” No era que no me hubiera preocupado más, sino el sentimiento de una misión cumplida que viene cuando se logra un objetivo importante, sobre todo cuando hay tantas otras cosas importantes que piden atención a gritos.

De todos modos, entiendo muy bien por qué a veces las parejas no se sienten apoyadas cuando inician su vida matrimonial y familiar. En el pasado, era la comunidad la que les ofrecía muchas formas de apoyo que eran naturales en la vida de familia. Mis padres, que criaron a sus cinco hijos en un pequeño pueblo carbonero de Pensilvania, se benefi ciaron enormemente por el hecho de que en la familia, la iglesia y el vecindario todos se conocían y se ayudaban los unos a los otros.

Por ejemplo, la cena era una parte importante de nuestra vida familiar, y los niños lo sabíamos. Era el momento en el que nos reuníamos para cenar, sentirnos unidos y compartir sobre los sucesos y logros del día. Incluso si estábamos afuera jugando a la pelota con los amigos, sabíamos que teníamos que irnos a casa a la hora de la cena. Las otras familias del vecindario hacían lo mismo, de modo que parecía lo más natural. También recuerdo que los vecinos se reunían frente a las casas en las tardes de verano, cuando hacía mucho calor. Los hijos jugaban y los adultos conversaban de los acontecimientos que les interesaban o les afectaban, de deportes y política. Así se iba construyendo el sentido de comunidad.

Hoy, sin embargo, es muy raro que se logre esta clase de apoyo comunitario. Esto siempre es esencial para la vida de las familias, pero en la mayoría de los lugares, ya no existe. Es algo que tiene que desarrollarse, y a las parejas les toca tomar la delantera para construir la clase de comunidad que más les ayude.

Es cuestión de expectativas. Uno de los objetivos que desean lograr los obispos con su iniciativa es descubrir cómo entienden los católicos el Matrimonio hoy en día. Cuando hablo de esto con las personas, a veces pienso en la popular oración que dice: “Dios, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y sabiduría para conocer la diferencia.” Cada día rezo la versión más larga, que termina con la frase: “de modo que sea razonablemente feliz en esta vida e increíblemente feliz contigo en la siguiente.” Siempre me hace gracia la palabra “razonablemente,” pero en realidad es una invitación a reflexionar sobre lo que uno espera que suceda.

En mis conversaciones, muchas veces me sorprenden las elevadas expectativas que tienen las personas acerca de cómo ha de ser el Matrimonio. Los jóvenes, sobre todo, tienen grandes expectativas de realización personal, pero a menos que también tengan un sentido bastante desarrollado de la gracia de Dios en sus vidas, supondrán que todo dependerá de ellos y el temor a sufrir grandes heridas puede llegar a paralizarlos. Este modo de pensar es capaz de introducir una importante dificultad en la vida matrimonial.

¿Qué sucede cuando una pareja tropieza con los inevitables obstáculos que surgen en el camino del Matrimonio? Se sentirán muy decepcionados y hasta desilusionados si suponen que su cónyuge será el perfecto compañero o compañera espiritual que nunca los defraudará. “Sí, es cierto que nos casamos con nuestras ‘almas gemelas’ &mdashdecía una vez una sabia pareja&mdash ¡pero esto lo descubrimos al fi nal del matrimonio, no al principio!”

No se trata de esperar poco o nada. En realidad, Dios llama a cada matrimonio cristiano a entrar en una comunión íntima de amor que refl eje la vida de la Santísima Trinidad. ¡Claro que es una expectativa alta! Pero como sucede con cualquier vocación, es fundamental rezar y preguntarle al Señor: ¿Qué deseas Tú, Señor? ¿Concuerdan mis expectativas con las tuyas?

La clave, creo yo, es tener expectativas que nos lleven a salir de nosotros mismos, y no a quedarnos encerrados en nuestro interior. En efecto, me pareció interesante que más de una de las parejas que formaban nuestros grupos dijera que su relación creció cuando comenzaron a hacer juntos algún tipo de servicio. En otras palabras, es mirando hacia el exterior que encontramos la realización personal que buscamos. Si cada uno se encierra en sí mismo, corre el riesgo de perder de vista la gozosa donación de uno mismo, que constituye la esencia de cada vocación.

Héroes silenciosos. A veces, uno reconoce este gozoso sacrifi cio de amor cuando una persona toma una decisión que parece sorprendente. Recuerdo a un próspero hombre de negocios que renunció a su trabajo, que era muy agitado y en el cual ganaba mucho dinero, para aceptar otro en el que ganaba la tercera parte: “Me tocaba viajar por todo el mundo &mdashme dijo una vez&mdash pero no veía crecer a mis hijos.”

A veces, uno percibe esa misma calidad heroica en las decisiones menos dramáticas que una pareja toma a diario. Por ejemplo, recuerdo cómo mi padre, que era minero del carbón, nos mantenía a nosotros, y la devoción con que mi padre y mi madre cuidaban a mi hermano Jorge, que nació con el síndrome de Down y vivió con ellos hasta la vida adulta. Yo no soy quién para minimizar las difi - cultades que ello implicaba, pero sé que junto con los sacrifi cios, Jorge era para ellos motivo de gran alegría.

Lo experimenté también cuando Jorge vino a vivir conmigo después que falleció nuestra madre. Se vino a vivir a la rectoría, trabajaba con dedicación en la parroquia y trataba a cada cual como de la familia. Los feligreses me decían: “Le extrañamos mucho a usted cuando se va de vacaciones, pero a Jorge sí que lo extrañamos.” Siempre, hasta su muerte en 2002, mi hermano fue una señal inevitable de la presencia de Dios, alguien que sacaba lo mejor de quienes tenía a su lado.

No estamos solos. El Papa Benedicto XVI observó una vez que hay personas que dicen ser católicos y creer en Dios, pero luego actúan como si Dios no existiera y como que todo dependiera de ellos. Se podría decir que, en la práctica, son ateos.

No caigamos en esta trampa. Es verdad que hoy afrontamos muchos obstáculos, pero sería un error &mdashde hecho una herejía&mdash pensar que todo se amontona sobre nuestros hombros. Esencialmente, la renovación del matrimonio y la vida familiar ¡es obra de Dios! Lo que a nosotros nos toca hacer es cumplir el plan de Dios con la mayor fi delidad posible y cooperar con los movimientos de la gracia que Él nos da.

Dios nos llama a todos, a cada cual de un modo propio, a ser testigos de la bondad y la belleza de su plan para el Matrimonio. Es una misión profética y para cumplirla hay que ser valientes. Antes que nada, entonces, miremos a Dios. Él nos dará sin duda todo lo que necesitamos.

La Iglesia ha enseñado a través de los siglos que el Matrimonio es una relación exclusiva entre un hombre y una mujer. Esta unión, una vez válidamente contraída y consumada, da lugar a un lazo que no puede ser disuelto por la voluntad de los cónyuges. El Matrimonio así creado es un ámbito de intimidad fi el y privilegiada entre los cónyuges, que dura hasta la muerte.

Sin embargo, el Matrimonio no es simplemente una institución privada. Es el fundamento de la familia, donde los hijos aprenden los valores y las virtudes que los harán buenos cristianos y buenos ciudadanos. La importancia del Matrimonio para los hijos y para la educación de la siguiente generación pone de relieve la importancia del Matrimonio para toda la sociedad. (Carta Pastoral de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos: El Matrimonio: Amor y Vida en el Plan Divino, Primera Parte).

Mons. Joseph E. Kurtz, DD es Arzobispo de Louisville, Kentucky. Entre 2005 y 2009 presidió el Comité de los Obispos Estadounidenses sobre Matrimonio y Familia y ahora preside el Comité Ad Hoc de Defensa del Matrimonio.

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