La Palabra Entre Nosotros

Pascua 2020 Edición

El fruto del Bautismo

¿Qué efectos causa este sacramento en la vida del creyente?

El fruto del Bautismo: ¿Qué efectos causa este sacramento en la vida del creyente?

Piensa, querido lector, en todas las increíbles verdades que emanan del Sacramento del Bautismo: hemos muerto con Cristo; se nos ha borrado el pecado original; nos convertimos en hijos de Dios y fuimos incorporados como miembros de la Iglesia. Piensa, también, en todas las imágenes que se utilizan para explicar la fuerza de este sacramento: ser lavado, iluminado, nacer de lo alto, despojarse de lo viejo y revestirse de lo nuevo.

Escuchar esta serie de verdades irrefutables puede dejarnos pasmados y maravillados: “¿Todo eso me sucedió a mí?” Pero también puede parecer un tanto teórico, o alguien diría que parece demasiado bueno para ser cierto. “Pero, ¿qué aplicación tiene esto en mi vida aquí y ahora? ¿Qué efecto tiene para mí hoy día?”

En este artículo queremos ofrecer tres respuestas a estas preguntas. Queremos ver que el Bautismo nos concede el perdón de los pecados, el acceso a Dios y la gracia de la comunidad, y cómo cada uno de estos dones puede marcar una gran diferencia en la vida cotidiana.

Seguros del perdón de Dios. La Iglesia enseña que “Por el Bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales, así como todas las penas del pecado” (Catecismo de la Iglesia Católica 1263). Esta es una razón por la que a un recién bautizado se le da una vestidura blanca, símbolo de la pureza y la dignidad de alguien cuyos pecados acaban de ser lavados.

Pero, por mucho que nos limpie el Bautismo, todos sabemos lo difícil que es mantenerse puros. El sacramento purifica el pecado y elimina el castigo, pero no impide las tentaciones. Todos vamos a caer nuevamente en cosas grandes y pequeñas; sin embargo, debido a que hemos sido bautizados en Cristo, podemos acudir al Señor en cualquier momento y recibir el perdón y la paz, aun cuando sea mucho lo que nos hayamos alejado.

El Señor ha hecho posible incluso que tengamos la certeza de que Dios nos ha perdonado. No hay nada más reconfortante que escuchar la voz de Jesús que nos dice, por boca del sacerdote en la Confesión, “Yo te absuelvo de todos tus pecados.” El Sacramento de la Reconciliación nos lava completamente, y así salimos del confesionario tan puros e inocentes como el día en que fuimos bautizados.

Así fue como Juana se sintió el día en que regresó a la Confesión tras muchos años de estar alejada de la Iglesia. Se había apartado de Dios y de su fe católica cuando llegó a la vida adulta. En ese tiempo, convivía con un hombre que no quería casarse con ella, de modo que, cuando quedó embarazada, tuvo un aborto. Años después, se casó con un hombre bueno y tuvieron tres hijos. Pero ella no podía olvidar al hijo que había perdido cuando decidió poner fin a su embarazo. El sentido de culpa y el dolor emocional que la embargaban día y noche era una carga tan pesada que decidió buscar a Dios y empezó a asistir a Misa en la parroquia local.

En una homilía, el sacerdote habló de la marca indeleble que el Bautismo imprime en el alma del creyente, un sello que es imborrable sea lo que sea que hayamos hecho (CIC 1272). Estas palabras le hicieron darse cuenta de que ella todavía le pertenecía a Dios y a la Iglesia; que no era demasiado tarde y que podía volver a Dios y pedirle perdón por sus pecados. Finalmente, hizo una cita con el sacerdote y se confesó después de muchos años. Juana nunca olvidaría lo liviana y libre que se sintió cuando salió de la Iglesia ese día, ni la alegría que la invadió al poder recibir a Cristo en la Eucaristía el domingo siguiente.

Seguros para presentarnos ante Dios. La Sagrada Escritura nos dice que debido a que tenemos “libertad y acceso a Dios con confianza” (Efesios 3, 12), podemos entrar en la presencia de Dios en cualquier momento, libres de todo temor de ser condenados. No tenemos que preocuparnos de merecer el amor incondicional del Señor; solo tenemos que aferrarnos a las verdades de nuestro Bautismo y convencernos de que Dios quiere que lleguemos a conocerlo como nuestro Padre celestial.

Pero ¿qué significa para nosotros este acceso? Significa que podemos forjar una comunión viva y vivificante con nuestro Creador y Salvador; significa que, como sucede con cualquier otra amistad sincera, podemos llegar a conocer algo de lo que Dios siente y piensa. Podemos compartir nuestras ideas y preocupaciones con él y recibir su amor, su conocimiento y su ayuda.

Pero aparte de eso, y también por habernos unido a Cristo en el Bautismo, siempre podemos presentarnos delante del Padre de Jesús y Padre nuestro y depositar nuestras necesidades a sus pies, estando seguros de que Dios nos escucha cuando oramos, tanto por nosotros mismos como por nuestros seres queridos.

Mariana y José habían orado durante años para que su hijo regresara a la Iglesia, pero en cierta forma se sentían desalentados, pues el muchacho todavía no mostraba señales de acercarse a Dios ni buscar la comunión con él. ¿Estaba Dios realmente escuchando sus oraciones?

Luego conocieron a otra pareja que también estaba orando para que uno de sus hijos volviera a la Iglesia. Esta otra pareja les dijo que habían puesto toda su esperanza en el Bautismo de su hijo, porque sabían que la vida de Dios estaba presente en él, aunque no podían verla. La pareja le sugirió a Mariana y José que rezaran pidiendo que el don del Bautismo se desencadenara y actuara en la vida de su hijo.

Con renovada esperanza, los dos oraron con más insistencia por el joven, y al hacerlo, su fe en el poder del propio Bautismo de ellos se profundizó. Hasta hoy, siguen rezando por su hijo confiando en que Dios haga presente su poder y su presencia en la vida del muchacho.

Queridos hermanos en Cristo. Desde los primeros días, la Iglesia siempre consideró que el Bautismo era mucho más que un sacramento que beneficiaba individualmente al bautizado, porque uno no solo se purifica del pecado y recibe el Espíritu Santo, sino que también se incorpora como parte de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, que está presente en todo el mundo. El bautizado se incorpora a una enorme familia de creyentes, donde hay hermanos de muy variados orígenes y de todas las culturas y condiciones posibles:

De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: “Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo.” (CIC 1267)

Hay una gracia especial en las relaciones creadas sobre el fundamento de la fe. Es la gracia que nos ayuda a apoyarnos mutuamente en la oración y de animarnos unos a otros cuando surgen las dificultades. Pero, al igual que la gracia del Bautismo, esta gracia de comunidad es como una semilla que hay que sembrar y nutrir antes de que pueda dar frutos.

Lidia tuvo que pasar por un divorcio traumatizante para descubrir la gracia de la comunidad. Cuando su marido la abandonó, pensó que nunca más volvería a ser feliz. Pero un día vio un anuncio en el boletín de su parroquia sobre un grupo de apoyo para hombres y mujeres divorciados y decidió ver de qué se trataba. Al cabo de la reunión, le pareció sumamente útil compartir con otras personas que estaban experimentando el mismo dolor por un fracaso matrimonial.

Pero lo que Lidia no esperaba encontrar fue la estrecha amistad que se fue desarrollando con varias señoras del grupo, al punto de que se convirtieron en su apoyo vital: aprendió a confiar en ellas para la oración y a menudo asistía a Misa u otros eventos de la iglesia junto con una o varias de ellas. Estas amistades le ayudaron no solo a recuperar la alegría, sino también a crecer en la fe.

Deja que tu Bautismo se afiance. Como ya dijimos, recibir el Bautismo es como plantar una semilla en el corazón; una semilla que lleva consigo todo el potencial para llegar a ser un árbol frondoso, floreciente y vivificador. Todo está allí contenido, esperando las condiciones propicias para brotar con fuerza y dar fruto. Solo entonces podemos ver que las bendiciones de nuestro Bautismo cobran vida y generan un cambio real. ¿Cuáles son esas condiciones propicias? La fe activa, la oración sincera y constante, la unión con la Iglesia y la obediencia confiada. Pero si estas cosas no llegan a ser parte de nuestra vida, aunque sea en cierto grado, la vida nueva no pasará de ser más que una semilla.

Refiriéndose a esta situación, G. K. Chesterton, destacado escritor católico del siglo XX, la explicó de otra manera. Dijo que el “problema” del cristianismo no es que la gente lo haya probado y encontrado ineficaz; sino que la gente “lo ha encontrado difícil y no ha tratado de practicarlo.” Tal vez podríamos modificar un poco esa afirmación y decir que la gente ha tratado de practicar el cristianismo pero solo parcialmente, apoyándose más bien en la fuerza limitada de nuestra naturaleza humana y menos en la gracia que recibimos cuando fuimos bautizados.

Hermano, trata de “practicar” el cristianismo de una nueva forma en este tiempo de Pascua. Cada mañana, cuando te despiertes, dile al Señor que tú crees en su resurrección; díselo a él, pero también a ti mismo que, gracias al Bautismo, tú has resucitado con él. Declara, para el Señor y para ti mismo, que tú has sido perdonado, que tienes acceso a Dios y que formas parte de su Cuerpo aquí en la tierra.

Que Dios te bendiga abundantemente mientras te regocijas en la resurrección de Cristo y también en la tuya.

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