La Palabra Entre Nosotros

Junio 2012 Edición

Divino Salvador y Médico Supremo: Jesús vino a restablecernos en cuerpo y alma

Por Francis MacNutt

Divino Salvador y Médico Supremo: Jesús vino a restablecernos en cuerpo y alma: Por Francis MacNutt

A veces nos encontramos por la calle con algún desconocido que nos interpela con la pregunta: “¿Estás salvado, hermano?”

Lo cierto es que a veces los cristianos católi­cos y los no católicos interpretan la frase “Jesús salva” de distinta manera. Pero en realidad, ¿qué es lo que significa? ¿De qué me salva el Señor y cómo eso afecta mi vida?

En el sentido tradicional, el Señor nos salva del pecado original y tam­bién nos salva y nos sana de los efectos del pecado original, es decir, nos libra de la ignorancia, la debi­lidad de carácter, las emociones desorientadas, la enfermedad física y la muerte. En algunos aspectos, esta libertad solo se manifiesta después de la muerte física, pero el proceso ya ha comenzado: “El Reino de Dios está cerca.” Jesús desea sanarnos de las enfermedades físicas (todas las enfermedades que destruyen o dis­minuyen nuestra humanidad) a fin de hacer nacer en nosotros una vida nueva, una nueva relación de amor y unión con su Padre.

La buena noticia que anuncia este mensaje es extraordinaria, pero siempre está presente el peligro, que siempre ha existido, de que esta noti­cia permanezca nada más que como doctrina, como una verdad que hay que creer. En realidad, la sanación es el efecto práctico del mensaje cris­tiano de la salvación, la convicción de que Jesús nos libra del pecado per­sonal y de los males emocionales y físicos. De modo que, para estudiar el entendimiento cristiano de la sana­ción, es preciso adentrarse más en el significado de la frase “Jesús salva” y llegar a la esencia de la misión de Cristo, que es nuestra misión también.

Jesús, el Salvador. Los hebreos atribuían mucha importancia a los nombres que les ponían a sus hijos. El nombre representaba el oficio o la vocación que tendría el niño, una vez crecido, en la historia familiar o la his­toria de su pueblo. El hijo de Isaías, por ejemplo, se llamaba Sear-iasub, que significa “un resto regresará”. Este nombre simbolizaba la espe­ranza de que llegaría un día en que los israelitas volverían a su patria del destierro sufrido como castigo. Otro tanto sucedió con Juan, conocido como el Bautista, a quien Dios quiso que le pusieran ese nombre como señal de que estaba especialmente escogido para cumplir una función muy singular: preparar a su pueblo para la llegada del Mesías.

Por esto, no fue extraño que cuando Dios decidió vivir en medio de su pueblo escogiera un nombre que indicara quién era Él y cuál sería su misión. Por eso, el Ángel Gabriel se le apareció a la Virgen María y le dijo: “Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lucas 1,31).

El nombre Jesús,o Yeshua en ara­meo, significa “Dios salva” y, pese a que éste era un nombre relativamente común en esa época, en este caso el nombre anunciaba la misión que ten­dría Aquel que lo llevaría. El Mesías había venido a expresar con sus pro­pias palabras y sus obras que “Dios es la salvación”.

Curación y salvación unidas. Así es precisamente como Jesús con­cibió su misión: El tiempo del Mesías sería una época de sanación, libe­ración y salvación. Cuando Jesús empezó a predicar dejó bien en claro la razón por la cual había venido: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para lle­var la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos, a dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a anunciar el año favorable del Señor” (Lucas 4,18-19).

Más tarde, cuando Juan el Bautista envió a sus discípulos a preguntarle a Jesús si Él era el Mesías, el Señor respondió describiendo su ministe­rio de sanación como señal de que Él era en efecto el Cristo: “Vayan y díganle a Juan lo que han visto y oído. Cuéntenle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida y a los pobres se les anuncia la buena noticia” (Lucas 7,22).

Hoy ya no pensamos que los mila­gros de Cristo eran solamente prueba de su divinidad o garantía de que sus enseñanzas venían de Dios; más bien, consideramos que el poder sanador de Cristo forma parte intrínseca de la buena noticia del Evangelio. Las curaciones no eran solamente demos­traciones del poder de Dios, sino en realidad una parte de cómo Jesús que­ría salvar a su pueblo, la manera como quería restaurar todo lo que ellos habían perdido.

La misión continúa. Así pues, teniendo en cuenta que la sanación de nuestra humanidad es una parte esencial del mensaje del Evangelio, ahora podemos entender por qué Jesús impartió a sus discípulos el poder para sanar cuando los envió a predicar (Lucas 9,1-2; 10,1.8-9). El Señor simplemente les estaba dando el mismo poder para anunciar el men­saje de la buena noticia que Él mismo había tenido para predicar: no sola­mente una doctrina, sino el poder de Dios para curar nuestra humanidad lesionada y librarla de la desdichada condición en la que se encontraba.

Los escritos inspirados que descri­ben lo que hacía la iglesia primitiva se encuentran, naturalmente, en los Hechos de los Apóstoles. Un tema importante que encontramos en ese libro es que los primeros cris­tianos ejercían el mismo poder que Jesús demostraba al predicar, curar y expulsar demonios. Esto significa que la Iglesia es la prolongación del poder salvador de Jesús, que ahora se manifiesta en la historia. La iglesia de Jerusalén (Pedro) y las iglesias gen­tiles (Pablo) continuaron la misma misión de predicar y curar que había llevado a cabo el Señor, por­que el que continuaba haciéndolo era el mismo Cristo, cuya presen­cia se multiplicaba en sus apóstoles; y también lo hace en nosotros, que podemos ser sus testigos hasta el fin del mundo.

En su anuncio del Evangelio, Jesús unió la predicación y la curación, y los primeros apóstoles prosiguieron esa tradición. Lo que normalmente esperaban los apóstoles que suce­diera cuando rezaban por curación se aprecia en la forma imperativa en que oraban: “levántate y anda” (Hechos 3,6), “levántate y arregla tu cama” (9,34), “ponte de pie” (10,26), “leván­tate y ponte derecho” (14,10). Los apóstoles usaban la misma fórmula imperativa que Jesús había usado al sanar a los enfermos y que la iglesia utiliza en los sacramentos: una ora­ción que afirma que algo sucederá, porque para eso se invoca el Nombre y el poder de Dios.

Esto implica claramente que la sanación y la liberación constituyen la misión de la Iglesia. Pero la obra de la Iglesia no está completa aún; tiene que continuar con los apóstoles de la era moderna, los cristianos de hoy, que predican y realizan las mis­mas obras de poder que realizó Jesús y también Pedro, Pablo, Bernabé, Agabo, Ananías, Felipe y Esteban.

Una estrategia de evangeliza­ción. Lo que hemos dicho hasta aquí acerca de la importancia fundamental que tiene la predicación del Evangelio, es algo que sin duda los cristianos comprendieron muy bien en los tres primeros siglos. El concepto de reli­gión que tenía la iglesia primitiva era muy sencillo: las multitudes venían a ver y buscar los milagros que realizaba Jesús y Él había enviado a sus discípu­los a curar y expulsar a los espíritus impuros; del mismo modo, los prime­ros cristianos veían que la curación y el exorcismo eran factores esenciales para la conversión.

En los primeros siglos, los cristia­nos fueron perseguidos brutalmente; en esa época, no se realizaban cam­pañas masivas de evangelización; más bien, la conversión se realizaba nor­malmente en circunstancias como la siguiente: piensa que tú eres devoto de un dios pagano y le rindes honor, pero estás enfermo de gravedad. Un amigo cristiano te dice que Cristo te puede curar y te ofrece llevarte a la iglesia. Tú respondes: “Claro, me inte­resa.” Tu amigo manda buscar a uno de los apóstoles o ministros para que rece por tu sanación. Después de la oración, efectivamente te curas de tu enfermedad y quedas tan impresio­nado que pides que toda tu familia sea bautizada. Luego viene la enseñanza.

Este método captaba la atención de grandes masas de gente; pero los inte­lectuales, que eran un grupo reducido, se burlaban porque decían que era algo solo para los niños, los esclavos y las mujeres. En cambio, los cristianos atribuían el extraordinario crecimiento de la Iglesia a estas obras de conver­sión, curación y exorcismo. ¡Qué diferencia con lo que sucede hoy!

Jesús quiere seguir salvando y curando. A menos que pensemos que la sanación era solo para los pri­meros cristianos, las curaciones que ocurrían en la iglesia primitiva debe­rían seguir sucediendo en nuestros días. Los enfermos todavía están entre nosotros y todos seguimos teniendo necesidad de recuperar la salud. En cualquier Misa dominical vemos entre los fieles a mucha gente enferma, y a veces incluso los ministros y sacerdo­tes también sufren enfermedades y dolencias. Es obvio, pues, que toda­vía necesitamos las curaciones como siempre se han necesitado.

Esto significa que los cristianos de hoy tenemos que recuperar los ele­mentos esenciales de la misión que Jesús encomendó a la Iglesia, para que ésta la siga llevando a cabo. Piensa en lo que podría significar si tú pudie­ras afirmar, con toda honestidad que te has consagrado completamente a Cristo y declarar con toda veracidad: “Dios me ha ungido con el Espíritu Santo y con poder, y puesto que Dios está conmigo, puedo vivir en el mundo haciendo el bien y sanando a todos los que sufren bajo el poder del diablo” (v. Hechos 10,38).

Y piensa en lo que podría significar, para quienes sinceramente preguntan qué ganarían con unirse a la comu­nidad cristiana, que la Iglesia les dijera: “Vayan y díganles a los que dudan lo que ustedes han visto y oído. Cuéntenles que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida y a los pobres se les anuncia la buena noticia. ¡Y dichoso aquel que no pierda su fe en mí!” (Lucas 7,22).

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