La Palabra Entre Nosotros

Septiembre 2019 Edición

Dios es el Creador de todo lo que existe

En el principio ya existía la Palabra...

By: Hosffman Ospino

Dios es el Creador de todo lo que existe: En el principio ya existía la Palabra... by Hosffman Ospino

Una de las convicciones más importantes de la tradición judeocristiana es que Dios es el creador de todo cuanto existe, visible e invisible. Es naturalmente más fácil hablar de la creación visible puesto que la percibimos con nuestros sentidos y somos parte de ella gracias a nuestra dimensión corporal — somos espíritus encarnados. Pero no podemos reducir la creación exclusivamente a lo visible. Cuando los cristianos hablamos de las realidades invisibles creadas por Dios, estamos hablando del mundo espiritual, el cual es tan real como el mundo sensible que percibimos a diario. Este mundo espiritual es la dimensión celestial en donde las realidades angélicas existen.

¡Sí, los católicos creemos en los ángeles! Quizás no creemos en ellos como las caricaturas que con frecuencia nos presenta la cultura popular, pero sí como espíritus creados por Dios. La palabra ángel significa “mensajero”. El cielo es la realidad espiritual en la que Dios existe con los ángeles y otros seres espirituales, es la realidad de la que aspiramos a ser parte después de nuestra vida terrenal. Dios es la fuente de vida y existencia del mundo espiritual.

Este mundo espiritual incluye también aquellos espíritus que en su libertad han rechazado a Dios. Todos, incluso Satanás y los demonios que le siguen en su rebelión contra Dios, son criaturas de Dios; por consiguiente, no son ni más grandes ni más poderosos que Dios quien les ha creado. Aquí somos testigos de la misericordia infinita de Dios, quien no niega la existencia como castigo a quienes se oponen a su amor.

Decir que Dios es el creador de todo lo que existe tiene dos implicaciones elementales. Por un lado, nos recuerda que el orden creado no es eterno, sino que tiene un comienzo. De cualquier manera que expliquemos el origen del universo y su expansión —lo cual es un tema bastante común en nuestra época gracias a los avances científicos—creemos como cristianos que en última instancia el Dios de la Revelación es autor y fuente de todo cuanto existe. Lo que sabemos del universo gracias a la ciencia y la razón de ninguna manera contradice o achica lo que creemos.

Además, lo que creemos no excluye lo que aprendemos científicamente sobre el universo. Todo lo contrario, el estudio de la creación, en su belleza y complejidad, es una oportunidad para contemplar la grandeza del amor de Dios. Al mismo tiempo, afirmar que Dios es el creador de todo cuanto existe significa reconocer que solo Dios puede crear. Solo Dios, como Dios, le puede dar existencia al orden creado.

Es interesante observar cómo muchos de los debates sobre la existencia de Dios comienzan precisamente con un análisis del orden creado. Por ejemplo, Santo Tomás de Aquino, en los argumentos o vías que propuso hace varios siglos para demostrar la existencia de Dios, comienza con una contemplación del orden creado concluyendo que al hacer las preguntas correctas este orden nos conduce a Dios. Hoy en día algunos intelectuales, teólogos y otros pensadores, hacen lo mismo valiéndose de la filosofía y las ciencias. Irónicamente, muchas personas a nuestro alrededor, también contemplando el orden creado, la complejidad del mundo en el que vivimos y la inmensidad del universo, concluyen diciendo que Dios no existe. ¿Cómo es posible llegar a tal conclusión? Lo que nos queda claro, como mujeres y hombres de fe, es que la creación es ante todo un signo auténtico de la presencia y acción de Dios.

En su Carta a los Romanos, San Pablo dice que los atributos invisibles de Dios, “su poder eterno y su divinidad, se hacen visibles a los ojos de la inteligencia, desde la creación del mundo, por medio de sus obras” (Romanos 1, 20). Como parte de su Revelación a la humanidad, Dios nos enseña que la creación es parte de su plan de salvación desde un principio. La creación no es un accidente. La creación es un elemento esencial de la Revelación divina: “La revelación de la creación es inseparable de la revelación y de la realización de la Alianza del Dios único, con su pueblo”, nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (288).

Cuando hablamos de la creación, es importante que tengamos en cuenta dos dinámicas. Primero, Dios crea de la nada, es decir que Dios le da existencia al orden creado. Este orden creado no pudiera ser ni existir sin Dios. Los seres humanos somos parte del orden creado. Segundo, la creación no termina en ese primer acto que da existencia, sino que continúa.

En otras palabras, la acción creadora de Dios es permanente porque Dios mantiene la existencia de todo lo que ha hecho. Es por ello que desde la perspectiva cristiana tenemos la convicción de que cada instante de nuestra existencia y de la existencia del orden creado, visible e invisible, es un regalo de amor infinito y misericordioso por parte de Dios. Dios no tiene la obligación de concedernos esa existencia. Sin embargo, de una manera amorosamente generosa, Dios genera y mantiene constantemente la creación. He ahí, una vez más, la grandeza del misterio divino.

La creación, por ser obra de Dios, sin ser Dios, tiene su propia perfección. El orden creado es bueno y dicha bondad tiene su fuente en la bondad del Creador. El orden creado es bueno en la medida en que es capaz de mediar la presencia de Dios — he aquí la dimensión sacramental de la realidad a la cual los católicos damos bastante importancia.

Al mismo tiempo, la bondad de la creación radica en su capacidad de revelarnos la existencia de Dios, porque es Dios quien la hace posible. Pero la perfección de la creación dentro de la historia permanece como proyecto. Así, nos encontramos con una creación que se encamina a la perfección — a Dios mismo. La tradición teológica cristiana usa la expresión “en estado de vía” (in statu viae) para indicar que la creación se encuentra de camino hacia la plenitud para la cual fue hecha.

Esto hace posible que en el transcurso de la historia, la creación sea transformada. En el caso del ser humano, como seres creados tenemos espacio para crecer en todo aspecto de nuestra vida. Aunque Dios nos ha creado y sostiene nuestra existencia constantemente con su amor creador, Dios no define todo aspecto de nuestro existir, sino que nos concede la libertad de vivir nuestra existencia como un itinerario de búsqueda de nuestra realización. He aquí la relación balanceada que existe entre la Providencia de Dios, quien no nos abandona y en quien dependemos totalmente, y la libertad de vivir como seres creados a imagen y semejanza de Dios. Dentro del contexto de la Revelación sabemos que todo lo creado busca su realización definitiva en Dios, de quien procede y a quien se dirige.

Gracias al misterio de Jesucristo tenemos más claridad sobre lo que significa esta realización. San Pablo en sus palabras elocuentes, por ejemplo, nos dice:


Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no solo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo. (Romanos 8, 21-23)

Al leer estas palabras de San Pablo en esta reflexión sobre Dios creador, hemos de considerar la realidad del mal que se experimenta en el orden creado. El Catecismo de la Iglesia Católica pregunta: “Si Dios Padre todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal?” (CIC, 309). Es más, el Catecismo insiste en preguntar, “Pero ¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en él no pudiera existir ningún mal?” (CIC, 310).

Estas preguntas resuenan en nuestras mentes y corazones, pues con toda seguridad alguna vez nos las hemos hecho. Para responder a ellas necesitamos recordar lo que acabamos de decir. La creación disfruta de muchas perfecciones, pero todavía no alcanza su plenitud en la historia. En este camino hacia la plenitud descubrimos que también hay imperfecciones tales como las limitaciones naturales, la enfermedad, la muerte, etc. Estos males físicos son parte de la naturaleza del orden creado. Pero el mal físico es diferente del mal moral. Este último también existe y es el resultado del alejamiento del ser humano del plan de Dios y del llamado a la santidad que debiera regir su vida. Tanto el mal físico como el mal moral son experiencias que son parte de nuestra realidad histórica. No estamos destinados a ser sujetos de ellos eternamente, pues sabemos que en Jesucristo el mal y la muerte ya han sido vencidos. Por eso anhelamos, junto con la creación, poder ser partícipes de la gloria de Dios por medio de Jesucristo para la cual hemos sido creados: “El mundo ha sido creado para la gloria de Dios” (CIC, 293).

El cuidado de la creación visible juega un papel muy importante en la experiencia de fe cristiana católica. El orden creado es el espacio en el que vivimos, en el que nos encontramos con Dios en la historia y en el cual nos realizamos como seres humanos, especialmente entrando en relación unos con otros. Este orden creado es un signo por excelencia de la presencia de Dios, quien lo sostiene con amor infinito y por medio del cual se hace presente de una manera sacramental. Hoy en día cada vez son más las voces que denuncian el mal uso de la creación visible por las generaciones contemporáneas. En particular han de destacarse los esfuerzos y reflexiones hechas durante los pontificados del Papa Francisco y el Papa Benedicto XVI.

La destrucción del medio ambiente y el descuido de la naturaleza pueden ser interpretados como una falta de aprecio por uno de los regalos más hermosos que Dios nos ha hecho. Al no cuidar nuestro entorno natural y el medio ambiente, no solo estamos poniendo nuestra integridad física en riesgo, sino que también estamos cerrándonos a la posibilidad de ver en la creación una expresión de Dios que hemos de contemplar para descubrir sus huellas.

Es importante que como cristianos católicos recobremos el sentido sacramental de la creación. Este es un sentido sacramental que todavía se mantiene vivo en varias culturas indígenas latinoamericanas en cuanto a su respeto por la naturaleza. Por ejemplo, comunidades indígenas en los Andes se refieren a la tierra como la Pachamama o “madre”. La tradición cristiana ciertamente ofrece muchos recursos para afirmar el respeto por el orden creado, incluyendo las Sagradas Escrituras y tradiciones espirituales como aquella inaugurada por San Francisco de Asís.

Hosffman Ospino, PhD, es Profesor Asociado de Teología y Educación y Director del Programa de Posgrado en Ministerio Hispano del Boston College, Boston Massachussetts. Este extracto del libro El Credo: Un encuentro con la fe de la Iglesia (pp. 37-43) ha sido reimpreso con permiso de Ave Maria Press.

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