La Palabra Entre Nosotros

Septiembre 2012 Edición

Del relato a la doctrina y al encuentro

¿Cómo nos habla la Sagrada escritura?

Del relato a la doctrina y al encuentro: ¿Cómo nos habla la Sagrada escritura?

Cuando leemos el pasaje de los discípulos que retornaban decepcionados a Emaús, vemos que tras el encuentro con el Señor su fe volvió a cobrar vida (Lucas 24,13-25), por­ que la Palabra de Dios que Jesús les anunció les permitió reconocerlo en la fracción del pan. Vemos también que probablemente no habrían reconocido a Cristo si Él no les hubiera explicado las Escrituras y abierto el entendimiento.

Ahora exploraremos tres maneras distintas en que la Escritura puede llegar al corazón del cristiano para revelar su significado, maneras en que la Palabra de Dios nos enseña, nos inspira y nos ayuda a ver a Cristo más claramente. Las tres formas son vita­les, porque actúan en conjunto para acercarnos más al Señor. Al explorar estas vías de revelación, pidámosle al Espíritu Santo que nos llene de la absoluta confianza de que todo el que pondera la Palabra de Dios al leer la Sagrada Escritura puede llegar a escu­char la voz de Dios en lo profundo del corazón.

La fuerza de los relatos. Una de las principales razones por las cuales mucha gente se ha sentido intere­sada en leer la Escritura a través del tiempo es que contiene relatos que describen realidades que suceden en muchas generaciones y culturas y, por ende, llegan al corazón humano. Como sucede con cualquier gran obra de literatura, sus narraciones encuentran resonancia en muchas de nuestras propias experiencias de vida. Pero, más aún, porque lo hace desde una perspectiva de Dios, que nos per-mite ver que nuestro Padre celestial quiere obrar maravillas en la vida de sus hijos.

Por ejemplo, en el Antiguo Testa­mento, el Libro de Job es una de las obras literarias más conmovedoras acerca de la pregunta de por qué le suceden cosas malas a gente buena. Asimismo, la historia de José, el hijo de Jacob, y sus hermanos es muy elo­cuente acerca de las rivalidades que a veces se dan en las familias y sobre el poder destructivo de los celos y la envidia. A su vez, la parábola del hijo pródigo, que contó Jesús, es una his­toria siempre vigente de pérdida y recuperación y de la experiencia de “volver a casa” que muchos desea­mos tener. Hay varios otros casos como éstos, por ejemplo, los rela­tos sobre Noé, Moisés, el Rey David e incluso la Virgen María y el após­tol Pedro.

En último término, la Sagrada Escritura nos relata nuestra propia historia desde varios ángulos diferen­tes, y al hacerlo expone las esperanzas y temores, los anhelos y las tentacio­nes que todos experimentamos, y así nos va revelando el rostro de Dios. En todas las personas que menciona y los acontecimientos que relata, la Palabra de Dios nos eleva y nos ins­pira a depositar nuestra fe y confianza en el Señor y nos hace ver que Jesús es la respuesta a todas las preguntas importantes que llegan a lo íntimo de nuestro ser. En ciertas narracio­nes memorables, nos enseña acerca de la sabiduría de la obediencia y la necedad del egocentrismo; de las ben­diciones de la caridad, la generosidad y la humildad; nos dice que Dios está de nuestro lado y que, por muchas veces que caigamos, su misericordia y su sanación están siempre a nues­tro alcance.

¡Con razón la Biblia sigue siendo uno de los libros más vendidos de todas las épocas! Y con razón hay gente de muchas condiciones u oríge­nes que conocen muy bien los relatos de la Escritura y los utilizan como fuente de guía y orientación en épocas tanto de dificultad como de bonanza. ¿Por qué? Porque, sea que se den cuenta o no, la historia de la Biblia es la historia de un Dios que extiende su mano sanadora y misericordiosa hacia sus hijos y nos invita a entablar una relación de comunión personal basada en el amor, la confianza y la entrega sincera.

Del relato a la doctrina. Con todo, la Biblia no es solamente una colec­ción de relatos muy interesantes. Su atractivo espiritual supera con mucho las emocionantes crónicas de la histo­ria de Israel y de los comienzos de la Iglesia. Todos estos episodios, leyes, profecías, poemas y plegarias conteni­das en la Sagrada Escritura actúan al unísono para relatar la historia princi­pal que ha llegado a ser el fundamento de toda la doctrina católica.

Partiendo desde “el comienzo de todo”, la Biblia utiliza los relatos para decirnos quiénes somos noso­tros, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Pero en muchos casos, no hay que leer estas narraciones como si fueran reportajes o documentales his­tóricos, y no todos ellos presentan la doctrina de un modo formal. No obs­tante, desde la época de los Padres de la Iglesia hasta nuestros días, tenemos una larga tradición que nos ayuda a identificar las verdades del Evangelio que van como incrustadas en los rela­tos que leemos.

¿Qué es lo que nos dicen las narraciones? Nos dicen que Dios nos creó por amor y que nos invita a entrar en ese amor mediante la fe y la obediencia; nos muestran que nos hemos apartado de Dios y que el Señor nos ha prometido redimirnos del pecado, para lo cual ha trabajado pacientemente a través de la historia. Nos dan a conocer también que Jesús vino a hacer realidad esa redención mediante su muerte y su resurrec­ción. Nos enseñan cómo fueron los comienzos de la Iglesia y su misión de ser una luz en el mundo para edi­ficar el Reino de Dios. Finalmente, nos dicen que Dios anhela llevarnos a todos a su Reino celestial al final de los tiempos.

Así pues, a medida que se va de­senvolviendo la historia, llegamos a entender qué es lo que Dios espera de su pueblo. Los Diez Mandamientos nos dan el fundamento de cómo hemos de amar a Dios y al prójimo; los profetas nos piden cuidar a los pobres y desposeídos, ilustrando así el tipo de justicia que Dios espera que su pueblo defienda y promueva. Los autores de los libros sapienciales enfocan la atención en la integridad personal y en una vida familiar pia­dosa, lo que nos ofrece una visión de cómo quiere Dios que nos compor­temos en el diario vivir. En resumen, cada pronunciamiento dogmático, cada práctica litúrgica, cada celebra­ción sacramental y cada enseñanza social de la Iglesia proviene de bases profundamente arraigadas en la histo­ria de quiénes somos los humanos y quién es Dios, según lo que nos dice la Santa Biblia.

De la doctrina al encuentro.

Una cosa es sentirse inspirado por los relatos de la Sagrada Escritura y otra cosa es aprender las enseñanzas que nos propone el Evangelio. Pero hay una tercera dimensión que nos presenta la Sagrada Escritura y que es la más poderosa. La experiencia que han tenido millones de creyen­tes en el curso de muchos siglos nos demuestra que Dios puede hablarnos directamente al corazón cuando lee­mos la Palabra de Dios y meditamos en sus mensajes. Ya sea en nuestra hora de oración privada o al escu­char la proclamación en la Santa Misa, las palabras de la Escritura a veces “cobran vida” de repente y nos parece que fueron escritas especial­mente para nosotros.

En realidad, el hecho de escuchar la voz de Dios en el texto sagrado puede adquirir numerosas dimensio­nes, desde las más simples hasta las más profundas. Tomemos por ejem­plo el caso de una mujer, a quien llamaremos Raquel, que siempre lidiaba con sentimientos de culpa. Un día en Misa, escuchó las pala­bras de Jesús en el Evangelio según San Juan, que dicen: “Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?... Tampoco yo te condeno; ahora, vete y no vuelvas a pecar” (Juan 8,10.11).

Al escuchar estas palabras, a Raquel le pareció que Jesús estaba allí de pie frente a ella mirándola a los ojos y asegurándole que ya la había perdonado y aceptado. Ella supo que el sentimiento de libertad y consola­ción que la invadió no era fruto de su pensamiento, porque era demasiado real, demasiado poderoso. Pero más que esto, el resultado fue duradero, porque ella fue adquiriendo una acti­tud de mayor confianza y esperanza acerca de su vida. No solo despareció su sentimiento de culpa e indigni­dad, sino que se sintió más cerca del Señor, al punto de que empezó a dedicar más tiempo a la oración cada día, meditar con calma en la Sagrada Escritura y escuchar la voz de Dios.

Inténtalo. Entonces, ¿cómo pode­mos descifrar los tesoros que contiene la Escritura? Probablemente lo mejor que podemos hacer es leer algo de la Biblia todos los días, tal vez empe­zando por el Nuevo Testamento, pero hay que hacerlo calmadamente y en oración. Al leer, trata de ima­ginarte a los participantes, lo que está sucediendo y el entorno que los rodea; trata de discernir los temas y el tono de la historia. Recuerda que no debes leer rápidamente; hazlo lentamente, comprende bien lo que se dice y guarda las verdades que el Señor te esté presentando.

Luego, procura entender las ver­dades doctrinales que contenga el pasaje. ¿Qué mensajes está Dios dando a su pueblo? ¿Es una enseñanza acerca de Jesús o de la sal­vación que Él consiguió para todos? Tal vez se refiere a la diferencia entre el bien y el mal, o sobre algún aspecto de la vida familiar o incluso una enseñanza acerca de alguno de los sacramentos. De esta forma esta­rás acumulando más entendimiento sobre la doctrina y estarás prepa­rando el camino para que Dios te hable de un modo más personal.

Finalmente, pídele al Espíritu Santo que te lleve a encontrarte con Jesús en el pasaje que lees. Vuelve a meditar en los versículos lentamente y en oración, como si fueran pasajes de una carta que Dios te ha enviado. O imagínate que estás presente en la escena que allí se describe. Descubre qué impresiones está dejando el Espíritu en tu corazón: ¿Percibes mejor el amor de Dios? ¿Hay algún pecado que tengas que confesar? Tal vez te sientas movido a darle gracias y alabanza a Jesús por todo lo que ha hecho por ti, o quizás te sientas impulsado a hacer lo necesario para reconciliarte con alguien.

Querido hermano, Dios anhela que estés muy cerca de su corazón, y no quiere que te sea difícil escu­char su voz ni conocer su amor. Por eso nos ha dejado su Palabra en la Sagrada Escritura. Cualquiera que sea tu situación, por muy atribulado o solitario que estés, siempre pue­des tomar la Santa Biblia y aquietar tu corazón para escuchar la voz suave y susurrante de Dios, nuestro Padre tierno y amoroso.

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