La Palabra Entre Nosotros (en-US)

Adviento 2021 Edición

Dar vida a la historia de Navidad

San Francisco y el primer pesebre

Por: Patricia Mitchell

Dar vida a la historia de Navidad: San Francisco y el primer pesebre by Patricia Mitchell

Nos encontrábamos en la Misa de Navidad y yo sostenía a mi nieto de dos meses en mis brazos, el cual llevaba un abrigo festivo que hacía juego con el de su hermano de dos años. Dormía pacíficamente, como lo hacen los recién nacidos, a pesar de los alegres sonidos que emanaban del órgano y del coro, y que llenaban toda la catedral. Mientras lo miraba, pensé: “¿No es esto maravilloso? Dios llegó a nosotros de esta forma, como un niño indefenso, abstraído de lo que lo rodeaba y totalmente dependiente de María y José que debían cuidar de él. ¡Así nos ama Dios!”

Podemos pensar en la Encarnación de Jesús de una manera abstracta: Que Dios envió a su Hijo amado para que se hiciera hombre y habitara entre nosotros. Pero la realidad de la Encarnación nos impacta cuando la experimentamos personalmente, con nuestros sentidos. No hay nada como mirar o sostener a un bebé recién nacido para apreciar lo que Dios ha hecho por nosotros a través de Jesús.

Esto es algo que San Francisco de Asís entendió con mucha claridad. Él sabía que necesitamos signos tangibles y materiales de Dios, que es la precisa razón por la cual Jesús se convirtió en hombre. Así que en el año 1223, tres años antes de su muerte, Francisco ideó un pesebre viviente para que fuera presentado durante la Misa de Navidad que se realizaría a la medianoche. Su efecto en las personas fue inmediato y se extendió llegando a mucha gente. Hoy no podemos imaginar la Navidad sin un pesebre navideño.

El impacto de los gestos y las acciones. Esta no era la primera vez que Francisco utilizaba la ayuda de imágenes, escenarios y elementos cotidianos del mundo físico para comunicar las verdades espirituales. En realidad, buena parte de su vida involucraba gestos y acciones dramáticos, y estos producían un mayor impacto en las personas, incluyéndolo a él mismo, aunque esto era algo que le costaba aceptar.

Por ejemplo, un día se encontró con un hombre que tenía lepra. Él siempre había evitado a las personas que sufrían de esta enfermedad. “Durante mi vida de pecado”, escribió más adelante en su Testamento, “nada me disgustaba más que ver a las víctimas de la lepra.” Pero, en esa ocasión, en lugar de alejarse o ignorarlo, se bajó del caballo y besó al hombre. El acto de abrazar al leproso disipó su repulsión y le permitió a Francisco amar al hombre de la misma forma en que Jesús lo amaba a él.

Otro momento dramático sucedió en el año 1206, cuando Francisco se presentó frente al obispo de Asís en la plaza principal de la ciudad. Su padre estaba furioso con él por haber vendido tres rollos de valiosas telas sin su permiso y haber utilizado el dinero para pagar las reparaciones de la iglesia de San Damián. El obispo le ordenó a Francisco que le regresara el dinero a su padre. Francisco estuvo de acuerdo, pero hizo algo más que eso. También se rasgó su ropa y, quedando desnudo, declaró: “De ahora en adelante ya no diré: Padre mío, Pietro Bernadone, sino Padre Nuestro que estás en el cielo.” Este gesto tan público marcó la ruptura final de Francisco con el mundo y su familia.

Para Francisco, la fe era más que un asunto de consentimiento intelectual; era algo que siempre tenía que conmover el corazón y provocar un comportamiento externo.

La humildad de la Encarnación. Tomás de Celano, discípulo de Francisco y su primer biógrafo, escribió que la humildad de la Encarnación de Jesús, así como el amor por su Pasión y muerte, ocupaban tanto a Francisco que “apenas si podía meditar en todo lo demás.” Así que no es sorprendente que Francisco encontrara una forma para ayudar a todos a comprender la profundidad del amor de Dios al enviar a su Hijo a la tierra. Su motivación principal fue un viaje que realizó a Tierra Santa y que lo conmovió profundamente. Así, tuvo la idea de recrear la Natividad justo en el centro de Italia.

Primero, Francisco obtuvo el consentimiento del Papa, debido a que nunca antes se había recreado una natividad viviente durante la Misa. Luego, unas dos semanas antes de Navidad, Francisco pidió a su buen amigo Juan Velita de Greccio que construyera el escenario. Juan era un noble cuya propiedad incluía algunas cuevas en una montaña al otro lado del pueblo, donde se construiría el pesebre.

Según Celano, Francisco explicó su razonamiento de esta manera: “Me gustaría hacer un monumento a ese Niño que nació en Belén, y de alguna manera contemplar con ojos humanos las dificultades que enfrentó; como tener que ser acostado sobre la paja del pesebre, con el buey y la mula al lado.”

Así fue como San Buenaventura, otro biógrafo de Francisco, describió aquella noche:

Los hermanos fueron convocados, la gente se hizo presente, la madera hizo eco de sus voces y aquella noche majestuosa se volvió radiante y solemne con muchas luces brillantes y las plegarias melodiosas y sonoras. El hombre de Dios [Francisco], lleno de un amor tierno, se quedó frente al pesebre, bañado en lágrimas y derrochando felicidad… Luego predicó a la gente que se encontraba alrededor sobre el nacimiento del Rey en pobreza, llamándolo, cada vez que deseaba nombrarlo, el Niño de Belén, debido al amor tierno que sentía por él.

Fue una noche que, aún ochocientos años después, no ha sido olvidada.

La paja sobre la que acostaron al niño fue guardada, y luego se dijo que había curado tanto a personas como a animales. Una persona incluso afirmó que tuvo una visión del niño Jesús sonriéndole a Francisco desde el pesebre.

Las intenciones de San Francisco se habían cumplido: “El Niño Jesús había sido enviado para el perdón del corazón de muchos”, escribió Celano. Pero “por la gracia, fue presentado nuevamente a través de su siervo Francisco y grabado en una memoria vívida.” La gente pudo ver por sí misma cuánto los amaba Dios. El Padre envió a su Hijo a la tierra, no como un gran rey, sino como un niño pobre que no tenía dónde recostar la cabeza excepto un pesebre donde se alimentaban los animales.

Difusión de la devoción. La primera puesta en escena de la Natividad resultó tan inspiradora que la devoción se difundió rápidamente por toda Italia. Muchas iglesias recrearon escenas similares durante la Navidad. En los siguientes cien años, cada iglesia de Italia había adoptado la práctica. Con el tiempo, los actores y los animales fueron reemplazados por figuras. Hoy en día, no solo en las iglesias, sino que en casi todos los hogares católicos se incluye un pesebre de algún tipo. Van desde las figuras de plástico con las que los niños pueden jugar hasta escenas con figuras pintadas a mano y con finos detalles.

No importa cómo se vea nuestro pesebre de Navidad, debemos recordar que lo que Francisco quería era que provocara una respuesta por parte de cada uno de nosotros. Al igual que las personas del siglo XIII en Italia, nosotros también podemos quedarnos atrapados en el lado secular de la Navidad. Podemos olvidar la oración y la contemplación durante el Adviento porque estamos muy ocupados preparándonos para el “gran día”. Pero el pesebre de Navidad puede abstraernos de nuestras preocupaciones cotidianas y ayudarnos a recordar qué es lo que estamos celebrando en realidad.

De manera que, cuando te arrodilles y reces frente al pesebre en esta Navidad, recuerda que Jesús se sacrificó por nosotros no solo en la cruz sino desde el principio, al momento de nacer. El Rey de reyes y Señor de señores no nació en la comodidad de un hogar y rodeado de familiares y sirvientes sino entre animales de corral en un lugar frío, oscuro y sucio. Así adoptó plenamente su condición humana y nuestro sufrimiento. Al alabarlo por su amor infinito y su humildad, demos gracias también a San Francisco por mostrarnos que nuestra fe debe ir más allá de nuestra mente y alcanzar la profundidad del corazón y así cambiar la forma en que vivimos.

Patricia Mitchell es editora de contenido de La Palabra Entre Nosotros.

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