La Palabra Entre Nosotros

Cuarsema 2020 Edición

Baja de la barca

La gracia de la misión

Baja de la barca: La gracia de la misión

Pedro llevó la barca hacia lo profundo del agua y echó las redes, siguiendo exactamente las instrucciones del Señor. Casi al instante sintió un tremendo tirón y con gran esfuerzo, él y su hermano Andrés empezaron a recoger las redes. . . y se quedaron atónitos al comprobar lo que veían sus ojos. ¿Cómo era posible que hubiera tantos peces, que hasta las redes estaban a punto de romperse? Viendo la enorme cantidad de peces que se retorcían y se apilaban unos sobre otros, Pedro empezó a preocuparse por la barca. ¿Acaso se iba a hundir?

Pero Pedro también estaba pensando más allá de lo meramente visible. Sabía que estaba presenciando un milagro y todo lo que pudo hacer fue caer de rodillas delante de Jesús.

Lo que el Señor le dijo en ese momento le cambió la vida para siempre: “No tengas miedo; desde ahora vas a pescar hombres” (Lucas 5, 10). ¿Pescar hombres? ¿Qué significaba eso? Había que averiguarlo. La presencia y el poder de este hombre Jesús lo estaban llevando a hacer algo prácticamente incomprensible: abandonar su oficio y su estilo de vida y embarcarse en algo totalmente nuevo junto a Jesús, el maestro de Nazaret, y eso fue lo que sucedió: “Entonces llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y se fueron con Jesús” (5, 11).

Dios llamó a Pedro. . . y también a nosotros. Esta es la gracia de la misión. Cuando Pedro bajó de la barca, dejó sus redes y emprendió un viaje que lo llevaría desde Galilea hasta las ciudades de Asia Menor y finalmente hasta Roma. Recibiría las “llaves del Reino de los cielos” como primer jefe de la Iglesia (Mateo 16, 19), y sería el primero en bautizar a gentiles y admitirlos en la nueva Iglesia. Finalmente, daría su vida por Cristo. Y todo comenzó cuando bajó de su barca.

¿Qué fue lo que llevó a Pedro a tomar una decisión tan drástica como esta? ¿Sería su ego impulsivo de siempre? No. Lo que sucedió fue que ese día tuvo un encuentro personal con Cristo Jesús. Cuando escuchó al Señor que le habló con autoridad y sabiduría, salió mar adentro y echó las redes como se lo dijo Jesús, y fue testigo de un asombroso milagro. Ahora, este mismo Jesús lo estaba invitando a ser parte de su misión. La gracia de Dios que él había presenciado, la gracia que también se estaba moviendo en su corazón, convenció a Pedro de aceptar la invitación del Señor. Por eso, abandonó todo lo que antes le había sido familiar y se atrevió a incursionar en aguas aun más profundas, en aguas desconocidas.

¿Puedes ver la relación? La gracia de la presencia de Jesús en la barca de Pedro llevó a éste a obedecer la orden y eso, a su vez, lo llevó a la gracia de una gran pesca y a la gracia que le permitió bajar de la barca y dedicarse a pescar hombres. Esta misma secuencia de acontecimientos actúa en la vida de cada creyente. Jesús viene a la vida de cada uno, nos pide que le escuchemos y le obedezcamos y luego nos envía a salir en misión, y a cada paso del camino nos ofrece su gracia abundante para que nos armemos de valor y salgamos a hacer lo que él nos pide.

Veamos cómo podemos crecer en la gracia de la misión en esta Cuaresma.

Pídele a Dios un corazón como el suyo. La fe nos dice que solamente Dios puede satisfacer los anhelos más recónditos del corazón humano. Sin embargo, muchas personas se sienten vacías y perdidas. Probablemente tú conoces a algunas personas que están en esta situación. ¿Deseas tú que conozcan a Dios? ¿Te parece urgente que lleguen a conocer a Jesús? Si no es así, pídele a Dios que te conceda el mismo amor que él les tiene a ellos y su mismo deseo de compartir con ellos la buena nueva.

¿Cómo es el corazón de Dios? Es como el del Padre que envió a su amado Hijo al mundo para rescatarnos del pecado y la muerte. Es igual al del padre de la parábola del hijo pródigo, que acoge con júbilo, abrazos y besos a su hijo rebelde y celebra diciendo: “Tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado” (Lucas 15, 32).

Mira hacia afuera. La esencia de la misión es mirar hacia afuera, con la atención centrada en Dios y en otras personas, no solamente en nuestras propias necesidades o deseos. Es cierto que eso es difícil especialmente cuando nos toca enfrentar grandes problemas y dificultades concretas. Pero incluso en medio de estas dificultades, el Señor sigue diciéndonos: “Baja de la barca. Quiero que vayas a pescar personas para mí.”

Tal vez te preocupe la posibilidad de que, al fijarte más en lo que pasa con otras personas, termines por pasar por alto tus propias responsabilidades actuales. Pero eso no es necesariamente así. Dios no quiere que te desentiendas de tus obligaciones personales y familiares mientras vas de misión con él; pero es cierto que él desea que tú seas su embajador.

¿Por qué insiste tanto el Señor en que nos mantengamos en comunión con él? Pues, por las repercusiones que pueda tener en nuestra vida el hecho de fijarse en aquello que es externo a nosotros mismos. Por ejemplo, imagínate lo siguiente: Un día llegas al cielo, y una persona que conociste brevemente en este mundo se te acerca y te dice: “Quiero darte las gracias de todo corazón por haber compartido tu fe conmigo y por darme aquellas palabras de aliento. Ahora estoy aquí porque Dios usó tus palabras y tu buena voluntad para ayudarme a tener fe.” Cuando recuerdas aquella ocasión en tu vida, te das cuenta de que era una época de grandes problemas para ti. Habías perdido el trabajo y no sabías cómo lograrías llegar a fin de mes. Pero cuando te encontraste con esta persona, sentiste que debías olvidarte de ti mismo y poco a poco compartiste con ella la buena noticia de la salvación, contándole tu propio testimonio.

¿Ves lo que puede ocurrir? Si te mantienes atento a lo que suceda fuera de tu realidad inmediata, encontrarás oportunidades para compartir el amor del Señor con alguien que esté buscando a Dios. Así que, sigue mirando a lo que sucede fuera de ti, y procura estar alerta a la inspiración del Espíritu Santo. Si mantienes abierto el corazón, ten la seguridad de que surgirán situaciones para compartir tu fe con otras personas y despreocuparte de ti mismo.

Una invitación para ti. Cuando Jesús invitó a Pedro a “pescar hombres” éste pudo haber pensado, “¿Quién, yo? ¡Yo no puedo! No soy más que un pescador iletrado de Cafarnaúm. Nadie me escuchará a mí.” Pero eso no fue lo que dijo, porque le prestó más atención a la invitación de Jesús que a sus propias limitaciones.

Cuando pienses en tener que bajar de tu barca y acompañar a Jesús en su misión, podrías protestar diciendo: “Soy demasiado viejo o soy demasiado joven. Estoy muy ocupado. No soy tan importante ni persuasivo como para lograr buenos resultados. Además, ¿dónde voy a hacer misión en mi barrio o vecindario?” Aun así, Jesús te está invitando a ti a salir a pescar para su Reino. Tus limitaciones no son obstáculos para él. Como dice el dicho, el Señor no llama a los preparados; él prepara a los llamados. Cristo puede utilizarte donde quiera que estés, en el trabajo, en la escuela, en un penal, en un hospicio, o en tu casa cuidando a tus hijos o nietos.

Y no creas que no tienes una historia que compartir con otras personas. ¡No es necesario tener una conversión dramática como la de San Pablo! Todo lo que se necesita es que les cuentes cómo has sentido que Dios te ha ayudado o socorrido en diferentes momentos de tu vida, tanto en tiempos de bendición como de dificultad. Comparte sobre esos momentos en los que has sentido que Dios ha estado cerca de ti, por ejemplo, en una Misa especial o cuando has leído cierto pasaje de la Biblia o en el nacimiento de uno de tus hijos. Así podrás darles la seguridad de que Dios ha estado cerca de ellos también en la travesía de su vida.

Sé Cristo para el mundo. Santa Teresa de Ávila una vez escribió: “Cristo no tiene cuerpo, sino el tuyo. No tiene manos ni pies en la tierra sino los tuyos.” Esto quiere decir que tú eres sus manos y sus pies; sus ojos y sus oídos. Así que, en esta Cuaresma, intenta pensar a dónde quiere ir Jesús y a quiénes quiere bendecir por medio de ti. ¿Es tal vez una palabra de consuelo o de ánimo para un compañero de trabajo? ¿Hay algún ser querido que está sufriendo y necesita tu oración? ¿Tal vez alguno de tus hijos necesita corrección o guía? Cristo habita en ti y tú puedes comunicar sus palabras.

Esta gracia de la misión, ser Cristo para todos aquellos con quienes te encuentres, comienza y termina con Jesús. Sin él no podemos hacer nada, pero él siempre nos está buscando, si tenemos los ojos para verlo. En esta Cuaresma, dedícate a buscar a Jesús. Invítalo a subir a tu barca para que te conceda la gracia de obedecerle y de salir de tu zona de comodidad para unirte a él en su misión. Ten en tu corazón la certeza de que Dios te dará la gracia necesaria. Todo lo que él espera es ver un corazón dócil que pueda confiar en él.

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