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Lecturas de la Misa, 21 de mayo de 2024 Encuentre Meditación por Fecha

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San Cristóbal Magallanes, presbítero y compañeros, mártires (Memoria opcional)

Antífona de entrada

Ahora gozan en el cielo las almas de los santos, que siguieron en la tierra las huellas de Cristo; y, porque lo amaron hasta derramar su sangre por él, con Cristo se gozan eternamente.
O bien:
Estos santos derramaron su sangre gloriosa por el Señor, amaron a Cristo en su vida, lo imitaron...

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Meditación: Marcos 9, 30-37

Habían discutido sobre quién de ellos era el más importante. (Marcos 9, 34)

¿Por qué discutieron los apóstoles sobre cuál de ellos era el más importante? Después de todo, estos doce hombres fueron escogidos por Jesús para ser sus seguidores más cercanos. ¿No era ese un honor suficiente?

Sin embargo los desacuerdos y las divisiones son inherentes a la naturaleza humana. Ni siquiera los miembros de las primeras comunidades cristianas eran inmunes, como vemos en la primera lectura de hoy. Cuando Santiago pregunta de dónde proviene el conflicto, él mismo responde su pregunta: “¿No es, acaso, de las malas pasiones, que siempre están en guerra dentro de ustedes?” (4, 1).

A menudo culpamos a nuestras emociones, o “pasiones”, por cosas que decimos o hacemos, de las cuales más tarde nos arrepentimos. Por eso, tendemos a verlas a través del lente de la moral. Consideramos algunas emociones “buenas” y otras “malas”, y a menudo nos sentimos culpables cuando experimentamos las “malas”.

Pero, el Catecismo nos enseña que “en sí mismas, las pasiones no son buenas ni malas” (1767). En realidad, son absolutamente esenciales para los seres humanos. Es más, “los sentimientos más profundos no deciden” en nuestra moral o en que seamos santos (1768). Lo que importa es cómo reaccionamos a ellas.

Cuando experimentamos emociones fuertes que nos pueden conducir a pecar, no deberíamos sentirnos decepcionados de nosotros mismos. En su lugar, libres de la vergüenza, podemos reconocer frente al Señor cómo nos estamos sintiendo y luego pedirle su ayuda. En su humanidad, Jesús sabe exactamente por lo que estamos pasando. No solo él es nuestro modelo sobre cómo controlar nuestras emociones, sino que nos da la gracia para hacerlo.

No sabemos si aquella discusión fue desagradable. Pero observa que Jesús no los reprendió; en su lugar, les enseñó pacientemente lo que significa ser “el primero” y “el último” (Marcos 9, 35). Cuando no sabemos cómo controlar nuestras emociones, nuestro primer instinto debería ser volvernos a Jesús. Siempre podemos contar con su ayuda. Como hizo con los apóstoles, él nos mostrará pacientemente el camino a la verdadera grandeza.

“Señor, te pido tu gracia cuando mis emociones amenacen con abrumarme.”

Santiago 4, 1-10
Salmo 55 (54), 7-8. 9-10a. 10b-11a. 23

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