Catholic Meditations

Meditación: Lucas 4, 38-44

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San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia

También tengo que anunciarles el Reino de Dios a las otras ciudades (Lucas 4, 43)

¡Qué día más victorioso había sido éste! Jesús había comenzado el día de reposo causando una gran impresión entre los pobladores de Cafarnaúm, enseñando con autoridad y curando al poseído por un demonio. Luego, regresando a la casa de Simón Pedro, curó a la suegra de éste. Al atardecer, multitudes de enfermos y endemoniados lo seguían y él los iba atendiendo uno por uno, sanándolos y liberándolos. No cabía duda de que el Señor había venido a “ proclamar el año de gracia del Señor” (Lucas 4,19).

No es, pues, sorprendente que la gente de Cafarnaúm haya querido que Cristo se quedara con ellos y siguiera realizando allí su ministerio. Pero Jesús prefirió continuar predicando en otras ciudades. En realidad, ni el entusiasmo despertado en Cafarnaúm ni el rechazo que acababa de experimentar en Nazaret influyeron grandemente en él. Siendo el Ungido de Dios, enviado a anunciar la Buena Nueva a toda la humanidad, Cristo no buscaba ser aclamado como hacedor de milagros, porque el Espíritu Santo lo iba guiando a establecer nada menos que el Reino de Dios en la tierra.

En su Evangelio, san Lucas pasa de un episodio de curación y liberación a otro, para demostrar que Jesús trabajaba constantemente. En realidad, nunca dejó de trabajar en todo su ministerio, no sólo realizando curaciones milagrosas, sino perdonando los pecados y revelando a Dios Padre.

Ahora, ascendido en gloria y sentado a la derecha del Padre, Jesús continúa su obra de adelantar su Reino en este mundo. Nosotros, que formamos la Iglesia, su Cuerpo en la tierra, seguimos beneficiándonos de su ministerio de curación, liberación y perdón. Jesús nunca ha dejado de invitarnos a profundizar nuestra comunión con él, ni de concedernos su gracia para crecer en santidad, sabiduría para la vida práctica, fortaleza para rechazar el pecado y amor al prójimo.

Así pues, hermano no te conformes con lo mínimo; decídete a seguir a Cristo de todo corazón. Reordena tus prioridades y reconoce que no hay nada más valioso en esta vida que establecer la amistad y la unión con el Salvador del mundo. Él te está esperando con los brazos abiertos.

“Jesús, Señor mío, permite que tu Palabra me comunique vida y me revele tu divina voluntad. Quiero responder bien a la gracia que tú me concedes.”

1 Corintios 3, 1-9; Salmo 32, 12-15. 20-21

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