Catholic Meditations

Meditación: Marcos 11, 27-33

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El Evangelio de hoy nos pide que pensemos con qué intención vamos a ver a Jesús. Hay quienes van sin fe, sin reconocer su autoridad.

Por ejemplo, se le acercaban los sumos sacerdotes y los maestros de la ley le preguntaban ‘¿Con qué autoridad haces esto? o ¿Quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?” Habían visto sus milagros, pero no se decidían a reconocerlo. Todo el pueblo acudía a él y los enfermos volvían curados… sin embargo, los jefes religiosos tenían los oídos sordos, y la luz que a todos ilumina y sana, parecía haberles cegado.

Si no mantenemos una constante comunión con Dios mediante la oración y los sacramentos, no tendremos fe. Pero, como dice San Gregorio Magno, “cuando insistimos en la oración con toda vehemencia, Dios se detiene en nuestro corazón y recobramos la vista perdida”. Si tenemos una buena disposición, aunque estemos en un error, viendo que la otra persona tiene razón, acogeremos sus palabras. Si tenemos buena intención, aunque arrastremos el peso del pecado, cuando hagamos oración, Dios nos hará comprender nuestra precaria situación, para que nos reconciliemos con él, pidiendo perdón de todo corazón y por medio del Sacramento de la Confesión.

La fe y la oración van juntas. Nos dice San Agustín que “si falta la fe, la oración es inútil. Luego, cuando oremos, creamos y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración, y la oración produce a su vez la firmeza de la fe.”

Si tenemos buena intención, y acudimos a Jesús, descubriremos quién es él realmente y entenderemos su palabra. Porque su palabra “tiene vida y poder. Es más aguda que cualquier espada de dos filos y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4, 12).

Además, sabemos que Jesucristo es el único Salvador del mundo, por eso acudimos a su Madre, que también es Madre nuestra, para que, deseando acoger la palabra y la vida de Jesús con buena intención y buena voluntad, tengamos la paz y la alegría de los hijos de Dios. Vayamos, pues, a ver a Jesús con plena fe y confianza.

“Señor, ayúdame a creer, aunque me cueste y aunque tenga que cambiar mi modo de pensar, mis ideas, donde me he ‘acomodado’ para evadir toda exigencia. Dame la fuerza para dejar atrás mis prejuicios e inseguridades.”

Eclesiástico 51, 17-27; Salmo 18, 8-11

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