Catholic Meditations

Meditación: Mateo 5, 20-26

Lectura correspondiente

Herramientas

El Señor nos invita a ser personas íntegras: “Deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano.”

La fe que profesamos cuando celebramos la santa Misa debería determinar nuestra conducta y nuestras reacciones en la vida cotidiana. El Señor también nos pide reconciliarnos con nuestros enemigos y un primer paso es rogar por quienes nos maltratan, nos perjudican o nos ofenden. Esto obviamente no es fácil, pero si tenemos presente el hecho de que Jesucristo murió también por aquellos que nos causan dolor, sí podemos hacerlo.

El Papa Emérito Benedicto XVI dijo: “Si queremos presentarnos ante él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros. Por eso, es necesario aprender la gran lección del perdón: no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la magnanimidad de la escucha del otro, abrir el corazón a la comprensión, a la posible aceptación de sus disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias.”

La Ley de Moisés exigía el mínimo necesario para garantizar la convivencia; pero el cristiano, instruido por Jesucristo y lleno del Espíritu Santo, ha de procurar superar este mínimo para llegar al máximo posible del amor. Los maestros de la Ley y los fariseos eran cumplidores estrictos de los mandamientos; pero, si analizamos nuestra propia vida, ¿podríamos decir eso de nosotros mismo? Vayamos con cuidado, por tanto, para no menospreciar la vivencia religiosa de ellos.

Lo que hoy nos enseña el Señor es no creernos seguros por el hecho de cumplir unas exigencias exteriores que luego nos llevarían a reclamar méritos ante Dios, como hacían los maestros de la Ley y los fariseos. Más bien debemos poner el énfasis en el amor a Dios y a los hermanos, y en reconocer humildemente nuestras faltas en una conversión sincera.

Hay quien dice: “Yo soy bueno porque no robo, no mato ni hago mal a nadie”. ¿Lo has dicho tú? Jesús nos dice que esto no es suficiente, porque hay otras formas de robar y matar: destruyendo las ilusiones de otro, menospreciando al prójimo, ignorándolo, dejándolo marginado o guardándole rencor. Todo esto también equivale a matar, no con una muerte física, pero sí con una muerte moral y espiritual.

“Padre celestial, perdóname por las veces que me he creído bueno y por mis pecados de egoísmo y arrogancia. Renuévame, Señor, porque no tengo ningún mérito propio que reclamar.”

Ezequiel 18, 21-28
Salmo 130, 1-8

Comentarios