Catholic Meditations

Meditación: Hechos 2, 14. 22-33

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A este Jesús Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. (Hechos 2, 32)

En asuntos judiciales, un testigo es un espectador, alguien que ve personalmente cuando ocurre un delito, y lo que el testigo ocular ve tiene efecto de prueba. Este es el sentido en el cual Pedro y los demás discípulos fueron testigos de Jesús resucitado. De modo que si lo consideramos así, en realidad no hay muchos testigos de la resurrección y ¡todos ellos ya murieron hace mucho tiempo!

Pero hay otro sentido de la palabra testigo: cualquier otra cosa que corrobore lo que ocurrió. Un testigo de Cristo como éste es la Sagrada Escritura. Las palabras de los profetas y las historias de los evangelios nos hablan de Jesús y de la vida que él ganó para nosotros.

También está la historia universal. Los discípulos de Jesús difundieron su testimonio por todo el mundo de esa época y transformaron el Imperio Romano. Desde el día de Pentecostés hasta el presente, las enseñanzas de Jesucristo han influido en más personas que las de cualquier otro líder religioso, tanto así que incluso medimos la historia antes y después de Jesucristo.

También hay una larga línea de personas que viene desde hace dos mil años cuya vida cambió de un modo tan impresionante que todos pudieron ver y apreciar: Son los santos y los héroes de la nuestra fe. Ellos también dan testimonio de que Jesús sigue vivo y activo en el mundo.

Y, claro, también estás tú. Si has percibido la presencia de Cristo en tu vida, tú eres un testigo. Si el Señor te ha curado física o espiritualmente, eres un testigo. Si te ha ayudado a encontrar la alegría o la paz en tu vida, o si te ha ayudado a vencer un hábito destructivo o a restaurar una relación interrumpida, tú eres un testigo. Tu propia vida es una demostración irrefutable. Tu fe, tu compromiso, tu deseo de hacer lo que es correcto y honrar al Señor son la prueba para todo el mundo de que Jesús ha resucitado.

Tú —sí, tú— eres un testigo vital. Así que, disponte a salir y demostrar al mundo que Jesús está vivo.

“Señor mío Jesucristo, me lleno de gozo al pensar en tu resurrección. ¡Ilumíname con tu luz para que brille a través de mí en este mundo!”

Salmo 15, 1-2. 5. 7-11; Mateo 28, 8-15

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