Catholic Meditations

Meditación: Lucas 8, 16-18

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¡A veces Jesús dice cosas que nos parecen incomprensibles! En esta lectura pareciera, a primera vista, que el Señor está criticando a los que, involuntariamente, fracasan en sus proyectos.

Pero, volviendo a reflexionar, nos damos cuenta de que se refería a algo que ya habían recibido todos sus discípulos: la palabra de su predicación. Lo distinto era la forma en que cada uno reaccionaba ante esta palabra. Por eso, felicitaba a los que la aceptaban con gratitud y fe, porque estaban dispuestos a aplicarla en su vida y dar fruto (Lucas 8,15).

El Señor alentaba a sus seguidores a poner atención a sus palabras y les prometía: “Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público” (Lucas 8,17). Todos los secretos del Reino de Dios serán, finalmente, revelados. Los misterios que no logramos comprender —por qué tuvo Jesús que morir en la cruz, por qué Dios permite el sufrimiento, por qué algunos familiares aceptan a Dios y otros no— se nos harán comprensibles y podremos verlos con una claridad mucho más grande que las limitaciones de nuestro intelecto humano.

¿Cómo podemos encontrar respuestas a estas preguntas? Dedicándonos fielmente a la meditación en oración y al estudio de la Palabra de Dios. Mientras mayor sea la atención y el tiempo que dediquemos a sumergirnos en la sabiduría del Señor, mejor se irá conformando nuestra mente a la mente de Dios y aprenderemos a pensar como él piensa. Así conoceremos la paz que nace de la meditación que se adentra en el océano de la “inmensa y rica… sabiduría y la ciencia de Dios” (Romanos 11,33). Así haremos nuestra la declaración de san Pablo: “Poseemos el modo de pensar de Cristo” (1 Corintios 2,16).

Jesús prometió que si guardamos bien la verdad recibida, ella crecerá y producirá fruto en nosotros. En efecto, a medida que nos alimentemos de la Palabra de Dios, la luz de su sabiduría se proyectará desde nosotros para disipar la oscuridad del mundo. El testimonio de nuestra vida resultará interesante para otras personas y podremos compartir con ellas la sabiduría que hemos recibido de Dios. Dejemos, pues, que la Palabra que leemos en la Escritura, nos eduque y nos forme, para que lleguemos a ser embajadores de Cristo en el mundo.

“Jesús, Señor amado, gracias por la luz de tu santa Palabra. Permite que esa luz brille desde mi interior e ilumine a mis familiares, amigos y conocidos.”

Proverbios 3, 27-34; Salmo 14, 2-5

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