Catholic Meditations

Meditación: Juan 16,20-23

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San Juan I, papa y mártir

Ante la pregunta “¿Qué es lo que te causa alegría en la vida?”, es posible que algunos respondan “Mi esposa”, “mi marido”, “mis hijos”, “mis nie­tos”. Otros seguramente digan “mi profesión”, “mi grupo de amigos”, y otros más quizás “mis bienes”, “una cosecha abundante”, “el deporte”, o incluso “mi tiempo libre.”

Pero, ¿es esta alegría a la que se refiere Jesús en el Evangelio de San Juan? Ciertamente no, porque si todas estas cosas desaparecieran de nuestra vida, sin duda la alegría también desa­parecería. Nos veríamos asaltados por el pesar, la ira, la decepción, el descon­suelo, el miedo y la soledad, todo lo cual nos quitaría la felicidad. La alegría que Jesús le promete al cristiano es eterna y nadie puede quitársela (Juan 16,22).

¿Es, pues, realmente posible recibir este don de Dios tan maravilloso en medio de todas las dificultades que tenemos en la vida? ¿Es posible real­mente resistir los ataques del pecado, el demonio y el mundo sin que se nos acabe el gozo del Señor? La respuesta es un rotundo ¡sí! Porque Jesús nos habla de un gozo celestial, no de una mera alegría terrenal y pasajera.

¿Cómo podemos tener este gozo con toda seguridad? Antes que nada, acudiendo a Dios y pidiéndole que nos conceda el gozo de Cristo (Juan 16,23). Luego, debemos permanecer en comunión con el Señor, fuente de la alegría verdadera, mediante la oración personal diaria. La única for­ma de mantener el gozo celestial es dedicar tiempo a orar diariamente con Dios. Otras prácticas que nos ayudan a mantener la alegría del Señor son el examen diario de conciencia, el arre­pentimiento de nuestros pecados y el saber que Dios nos perdona.

Por último, es preciso leer las Es­crituras todos los días. La Palabra de Dios nos comunica la vida divina y por consiguiente nos causa gran gozo: “Atiende a mis palabras… Jamás las pierdas de vista, ¡grábatelas en la men­te! Ellas dan vida y salud a todo el que las halla” (Proverbios 4,20.21.22). Ciertamente, el gran deseo de Jesús es que nos llenemos del gozo que Él nos da (Juan 17,13).

“Amado Jesús, concédeme la gracia de conocer la alegría de la salvación, el gozo de tu presencia constante y la felicidad de saberme amado y perdonado por mi Padre.”

Hechos 18,9-18, Salmo 47,2-7

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