Catholic Meditations

Meditación: Lucas 12, 49-53

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San Juan de Capistrano, presbítero

Jesús vino a “traer fuego a la tierra”, un bautismo de purificación para el pueblo de Dios, y ¡cuánto anhelaba ver cumplida esa obra!

La mayoría de las personas prefieren escuchar un evangelio de gozo, paz y perdón, sin mención de sufrimiento ni de muerte a uno mismo. Pero el pecado requiere purificación; sin ésta es imposible que haya vida nueva; la vida vieja debe morir. Dios envió la luz al mundo, pero “los hombres prefirieron las tinieblas a la luz” (Juan 3, 19). Jesús es la luz y él vino a traernos toda la verdad de Dios.

Por eso, los que se deciden por Jesús son transformados y cuando se examinan a sí mismos y se someten al poder de la cruz y a la obra purificadora de la sangre de Cristo, su pecado muere y ellos crecen en alegría, bondad y paz. Pero los que rechazan a Jesús no sólo permanecen en tinieblas, sino que odian la luz de Cristo. A causa de esto, habrá división en muchas familias; momentos de ira y sospecha; quizá muchos de los que amamos nos tratarán con rechazo, mofa y desprecio. Seguir a Cristo puede resultar muy caro.

¿Quién está dispuesto a pagar semejante precio? Aunque el corazón esté deseoso, la carne siempre es débil. Pero si el objeto que queremos adquirir nos parece sumamente valioso, el precio no parece tan alto. Jesús es la perla de gran precio que el comerciante pudo obtener vendiendo todo lo que tenía (Mateo 13, 45-46). Para amar a Jesús y considerarlo como la perla de gran precio, tenemos que conocerlo. Y para conocerlo realmente hay que buscarlo en la oración, conversar con él en la Escritura y encontrarlo en la Eucaristía y demás sacramentos.

Cuando mantenemos esta comunión con Cristo, él nos enseña y se nos revela más claramente. Entonces es cuando deseamos aceptar todo el mensaje del Evangelio, porque todas las demás ideas, creencias, filosofías y opiniones habrán perdido valor ante la resplandeciente luz de Cristo. Jesús desea ayudarnos, fortalecernos y revelarse a nosotros. Deja, hermano, que Cristo alumbre tu vida interior y te colme de alegría, felicidad y la esperanza cierta de la salvación.

“Espíritu Santo, muéveme a buscar la faz de Dios. Lléname del conocimiento de Dios y de su amor. Dame el deseo de purificarme y aceptar el mensaje del Evangelio completo sin importarme cuánto me cueste.”

Efesios 3, 14-21; Salmo 33, 1-2. 4-5. 11-12. 18-19

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