La Palabra Entre Nosotros (en-US)

Ago/Sep 2010 Edición

María, una vida en plenitud

Sin Cristo no hay plenitud de vida. Por el P. Salvador Herrera

María, una vida en plenitud: Sin Cristo no hay plenitud de vida. Por el P. Salvador Herrera

Al pensar en el tema “María, una vida en plenitud”, es importante mirar a María con una visión objetiva, real, concreta y, sobre todo, clara. San Juan nos dice: “Hubo un hombre enviado por Dios, se llamaba Juan, este vino para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él en Jesús.”

Y hace la aclaración: “No era él la luz, sino quien venía a dar testimonio de la luz.” Esto es esencial para entender de quien estamos hablando: María no es la luz. Si yo dijera que María es la luz, tendría que decir que María es Dios y entraríamos en graves problemas.

María no es la luz; pero eso sí: ella da a luz a la Luz. Ella recibe de esa luz y por eso María vive una vida de plenitud. María es testigo de la luz, es signo de la luz, de la plenitud de Dios, porque en ella se anida la luz; pero ella no es la luz.

Qué es la plenitud. La palabra plenitud tiene varios sinónimos: llenar, colmar, tener abundancia, exceder más allá de lo acostumbrado, de lo justo, de lo conocido, todo lo que supera una medida determinada. Cuando se habla de plenitud, hay textos bíblicos que claramente dicen que cuando alguien tiene plenitud lo tiene todo, por ejemplo, una familia numerosa, muchos ganados y abundantes cosechas.

También se habla de plenitud cuando se hacen presentes la alegría, la justicia y la sabiduría. La plenitud es llenar, colmar. ¡Qué impactante! Pero tenemos que dejar algo bien en claro. El único que puede llenar el todo de la existencia es Dios, porque Él es el “Todo de la existencia”.

Estar llenos de Dios, inspirados por Dios, esa es la plenitud. Estar llenos de la fuerza del Espíritu, significa que el Espíritu es el que da la vida, que la vida viene de Dios y que esa vida de Dios en mí, me comunica plenitud. No me hace Dios, sino me hace testigo del poder de Dios. Así llegamos a un punto clave y quiero que lo lleves en tu mente y en tu corazón.

Si la plenitud es un don de Dios, eso quiere decir que Dios, que es luz y gracia, es el único que me lo puede dar, el único que puede llenarme de toda la abundancia de lo que necesito. Por eso en San Juan leemos lo que nos dice Cristo: “Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia”, vida en plenitud. Es el Señor el que nos dice: “Solamente Yo te la puedo dar. Cuando tú te arriesgues a buscarme en serio, Yo te daré la plenitud, la abundancia, la riqueza, el todo de tu existencia.”

Si yo le preguntara a algún artista famoso, de los que hay muchos: “Oiga, ¿está usted viviendo una vida en plenitud?” Me diría: “¡Claro, por supuesto! Tengo todo el dinero que necesito, tengo casas, riquezas, familia, fama. ¡No me hace falta nada!” ¿Nada? Cuando la esencia, la clave de la plenitud no está en las cosas materiales. ¡La plenitud, la abundancia, lo que va a llenarme en mi totalidad es solamente Dios! ¿Cómo me arriesgo a decir entonces que lo material puede saciarme?

Vida en plenitud. Por esto insto a los fieles a que oren afirmando estos pensamientos: “Yo tengo sed de lo infinito, tengo sed de eternidad, tengo sed de lo eterno, tengo sed de plenitud. Amén.” Esto, si lo repites, se incrusta en tus células, en tus venas y arterias, en tus órganos, tus sentidos y tu organismo y todo tu ser se impregna de esta verdad: “Tengo sed de lo eterno, de plenitud y de abundancia”. Sí, pero ninguna de las cosas o personas que hay a mi alrededor puede darme aquello que sólo Dios me puede dar.

Muchos creen que viven en plenitud porque tienen cosas materiales; creen que viven con abundancia porque no les falta el dinero, porque tienen todo lo que necesitan. Pero a veces descubren, con mucho dolor, que esto no es verdad. El único que puede darnos la plenitud que anhelamos es Dios.

Alguien puede decir: “Si es verdad que en mis venas corre la sed de la eternidad ¿por qué me siento tan triste? ¿Por qué me siento como aquellos dos de Emaús, tan apesadumbrado? Si es verdad que mi sangre y mis células claman la eternidad y anhelan la plenitud, ¿por qué tengo que vivir como vivo hoy? ¿Por qué tengo que reconocer con mucho dolor que no vivo en la plenitud, que hay espacios de vacío, de dolor, de miedo, de turbación y de obsesión en mi vida personal, en mi vida matrimonial, en mi vida de madre o de hija, en mi vida de trabajo y hasta en mi vida espiritual?”

El otro día, en uno de los muchos retiros a los que Dios me ha llevado, llegué a un pueblito en México y se acerca uno y me dice: “Padre, venga.” Y yo le veía muchas etiquetas con su nombre que llevaba colgadas. Me decía: “Este es mi congreso número 35 aquí en mi comunidad.” “Oye —le pregunté— y tu vida matrimonial ¿cómo anda?” “No, pues, ya me separé… No, mis hijos andan mal… No, pues, ando con otra mujer.” Le dije: “¿Sabes de qué te sirvieron los 35 congresos, encuentros y retiros? ¡Absolutamente de nada!

La Virgen María y el Magníficat. Aquel hermoso himno del Magnificat dice: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi Espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho grandes obras en mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega de generación en generación a todos los que le temen. Amén.”

Lo primero que hizo María fue reconocer que todo lo que puede llegarle a ella, sólo le puede venir de Él, por Él y en Él. “Mi alma proclama la grandeza del Señor”: María está gozosa, está feliz, está llena. No le falta nada, porque todo lo ha recibido de su Señor: “¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!”

Si de pronto saliera a la luz todo aquello que has tenido guardado tú en tu alma por años, aquello que no has querido reconocer, aquello que no estás dispuesto o dispuesta a pronunciar, a confesar, a compartir, a veces ni siquiera a Dios, escucharíamos un lamento ensordecedor y estremecedor. ¿Saben lo que escucharíamos?: “Señor sálvame, mi matrimonio se está acabando, mis hijos están en la droga. Yo no le encuentro sentido a la vida, ¡estoy vacío! Por favor, Señor, ¡ayúdame!” Escucharíamos muchos gritos y lamentos profundos como éstos si se revelase el interior, las almas heridas, dolidas y frustradas de tantas personas que van por el camino de nuestra existencia.

Pero, veamos lo que dice María: “Proclama mi alma.” Cuando un alma se atreve a proclamar de tal manera lo que va a gritar es porque está plenamente viviendo en el Todopoderoso. Y vuelvo a aclarar: María no es Dios. Es una creatura, una mujer, una madre, una esposa, pero ella se abre al don de la gracia, al don de la plenitud, que no viene de ella misma, sino de Dios. Y lo que es don de Dios, para ella se convierte en cualidad, porque en María, por su pureza, por su sí, el don se convierte en cualidad.

“Mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva.” Mujer, ¿sabes por qué tú tienes sed de eternidad y de plenitud y no te sacias? Porque te falta humildad. Solamente el que reconoce sinceramente lo que es en realidad, puede recibir de Dios el don, la gracia, la plenitud. María reconocía sus limitantes; ella sabía que era la más pequeña de todas, como le dijo Juan Diego a Santa María de Guadalupe: “Mi niña, la más pequeña de mis niñas.” Solamente cuando te haces la más pequeña de todas las niñas, entonces entenderás la plenitud de Dios. Por lo tanto, ¿qué es lo que se opone a la plenitud? Se opone un espíritu de soberbia, de arrogancia, un espíritu que cree que lo puede hacer todo. Ese es un grave pecado.

Palabra a las madres. ¿Cuál es el pecado más grande de una mamá? Creer que es “Dios”; creer que todo depende de ella, que todo está en sus manos. ¡Grave error! Se han dejado engañar por el maligno. Una vez una señora me dijo: “Padre, mi hijo estaba muy grave; se estaba muriendo. Yo busqué al doctor, a todos, y nadie me ayudaba. Entonces yo hice algo que fue una ofensa a Dios, al Todopoderoso, yo dije: Soy capaz de vender mi alma al diablo con tal que mi hijo esté sano.”

Algunas madres, pensando que protegen a sus hijos, los llevan a lugares de superstición y prefieren retrasar el Bautismo, que verdaderamente es poder de Dios. ¿Cuántas son las madres que llevan a sus hijos para que les pongan su “ojito de venado”? ¡Esas son malas noticias! ¿Sabes qué le regalaste a tu hijo? ¡Una atadura! Y ¿sabes cómo se llama? ¡Atadura de idolatría! Tu hijo está ahora atado con esta atadura demoníaca de idolatría.

Yo soy confesor y me gusta sentarme horas para escuchar confesiones. Y ¿quiénes son mis maestras? Las propias madres, que me dicen: “Padre, dejé que a mi hijo lo pasaran por el fuego, que le pasaran ramas, que le hicieran… que le pusieran… todo porque tuve miedo de que se fuera, de que se enfermara.” Hay gente entre los católicos que está metida en hechicería, brujería, vudú, magia negra, santería, pero luego vienen al congreso católico, se persignan y ¡rezan con Diosito! ¡Cómo puede ser eso! Me da terror pensar en cuántas comuniones sacrílegas puede haber, porque muchos dicen: “Yo creo que tengo que comulgar.”

Pero cuando el poder de Dios entra y empieza a actuar en el interior de la persona, todo comienza a cambiar y todo se hace nuevo, porque se empieza a saciar la sed de eternidad, de abundancia, de infinito, porque Aquel que puede saciarla está entrando en el corazón.

Así pues, María vive en plenitud porque en ella vive Dios. ¿Quién es María? La esposa del Espíritu Santo, la Madre del Dios vivo, como lo dijo María de Guadalupe: “Yo soy la verdadera madre de Dios por quien se vive.” María no vivía en la soledad, y no podía vivir en la angustia, porque estaba en plenitud, el Todopoderoso habitaba en ella. Cuando tú dejes que el Todopoderoso haga obras maravillosas en ti, empezarás a vivir en plenitud. Sigue los pasos de María, el mejor modelo de la vida en plenitud. n

Extractado, con permiso, de una conferencia pronunciada por el Padre Salvador Herrera en un Congreso para Mujeres organizado por el Ministerio El Sembrador, de Burbank, California, denominado “La Mujer con Propósito.”

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