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Pascua 2021 Edición

El poder de Dios para la salvación

El Bautismo imprime eficacia a la cruz de Cristo

El poder de Dios para la salvación: El Bautismo imprime eficacia a la cruz de Cristo

Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. (Mateo 28, 19)

Pascua de Resurrección. María Magdalena acababa de anunciar a los apóstoles que había visto la tumba vacía, a los ángeles y a Jesús resucitado. Pedro y los demás salieron corriendo rumbo al sepulcro sin saber qué iban a encontrar. ¿Estaba Jesús realmente vivo, como dijo María y si era cierto, los reprendería él por haberlo abandonado? ¿Seguiría enseñándoles como antes?

Pero ¡qué sorpresa se llevaron cuando lo que hizo el Señor fue decirles que él tenía una autoridad divina total y que los mandaba a salir a hacer discípulos y bautizarlos. Lo que había sucedido era parte del pasado; ahora ellos debían emprender la misión para la que él los había preparado durante tanto tiempo: ir a “todas las naciones”, proclamar el Evangelio y bautizar a todos los que creyeran en el Señor y se convirtieran.

La conversión en la Iglesia primitiva. Y así fue que desde el momento mismo en que fueron llenos del Espíritu Santo, los apóstoles hicieron lo que el Señor les había mandado. Ya fuera la multitud en Pentecostés (Hechos 2, 1-12), el carcelero en Filipos y su familia (16, 20-34), el funcionario etíope (8, 26-39), o muchos otros que escucharon el Evangelio, creyeron en Cristo y fueron bautizados. De hecho, este triple proceso de evangelización, conversión y luego bautizo fue la manera como la Iglesia creció en los primeros siglos.

De acuerdo con este modelo, los candidatos al Bautismo eran formados en la fe en Cristo, su cruz y su resurrección. Luego, los discípulos oraban por ellos y les enseñaban a orar; los instaban a arrepentirse de sus pecados pasados y a luchar contra las futuras ocasiones de pecado y las tentaciones. Una vez que se veía claramente que estos candidatos habían experimentado cierto grado de conversión, eran bautizados, recibidos en la liturgia de la Sagrada Eucaristía y considerados miembros plenos de la Iglesia.

Pero esto ha cambiado. En lugar de administrar el Bautismo después de la evangelización y la conversión, por lo general se hace al comienzo del camino de fe, normalmente cuando la persona es apenas un bebé. Si bien hay buenas razones por las cuales se ha generalizado esta práctica, no deja de haber una consecuencia no del todo ideal: el hecho de recibir el Bautismo en la infancia puede minimizar el potencial del sacramento y los efectos que podría tener más tarde en la vida.

En esta edición daremos un vistazo al Sacramento del Bautismo, que la Iglesia llama “el fundamento de toda la vida cristiana” (Catecismo de la Iglesia Católica 1213), procurando recuperar un sentido de aquello que recibimos cuando fuimos bautizados y saber cómo podemos comenzar a desenvolver los “regalos” que Dios nos concedió con tanto amor y magnanimidad aquel feliz día.

Los sacramentos son signos eficaces. Pero antes de profundizar en el Bautismo, conviene decir algo sobre lo que es un sacramento. Todos sabemos que cada sacramento tiene sus propios símbolos: pan y vino en la Eucaristía; agua, aceite y vela en el Bautismo; intercambio de votos y anillos en el Matrimonio. Cada uno de estos elementos representa algún aspecto de la manera como Dios quiere actuar en la vida de sus hijos, ya sea para alimentarnos, lavarnos del pecado o unirnos como marido y mujer.

Pero los sacramentos son mucho más que un conjunto de acciones simbólicas. También producen las acciones que simbolizan. Por ejemplo, al comer el pan y beber el vino, una vez transformados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la Santa Comunión realmente nos llena de la presencia de Cristo Jesús. Los votos que pronunciamos en la Misa nupcial realmente nos unen conyugalmente y nos infunden la fortaleza necesaria para vivir lo que estamos prometiendo. Del mismo modo, el agua vertida sobre nosotros en el Bautismo no solo simboliza el lavamiento del pecado, sino que efectúa ese lavamiento. Cuando el sacerdote o el diácono dice las palabras: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, experimentamos la verdad y la realidad del nuevo nacimiento “del agua y del Espíritu” (Juan 3, 5).

Hace dos años, en una audiencia general, el Papa Francisco reflexionó sobre el poder del Bautismo para efectuar realmente lo que significa: “El Bautismo permite que Cristo viva en nosotros y que nosotros vivamos unidos a él,” dijo y añadió: “Hay un antes y un después del Bautismo”, y el paso “de una condición a otra” (Audiencia General, 11 de abril de 2018).

De manera similar, el Papa Benedicto XVI se refirió a las palabras que se pronuncian al momento del Bautismo cuando se dirigió a un grupo de padres de familia en la Capilla Sixtina: “Estas palabras no son solo una fórmula; son una realidad. Marcan el momento en que vuestros niños renacen como hijos de Dios” (Homilía, 7 de enero de 2007).

Tanto el Papa Francisco como el Papa Benedicto pusieron de relieve una clave vital del Bautismo y de todos los sacramentos: Cuando realizamos los actos rituales y rezamos las oraciones prescritas que forman parte de la celebración del sacramento, Dios actúa de una manera efectiva, poderosa y definitiva.

Teniendo presentes estas verdades, veamos con más atención cómo entendió San Pablo el Sacramento del Bautismo.

“¿No saben ustedes?” En los cinco primeros capítulos de su Carta a los Romanos, San Pablo dice que el Evangelio es “poder de Dios para que todos los que creen alcancen la salvación” (Romanos 1, 16) y añade que todos estábamos maniatados por el pecado, pero Dios envió generosamente a su Hijo Jesucristo para redimirnos mediante su muerte y su resurrección. Estos capítulos contienen expresiones dramáticas, que abarcan el cielo y el infierno, el bien y el mal, el pecado y la redención.

Pablo sabía, por supuesto, que es importante explicar lo que Dios ha hecho para rescatarnos, pero es igual de importante entender cómo se consigue la salvación. Aquí es donde entra el Bautismo. En el capítulo 6, escribe: “¿No saben ustedes que, al quedar unidos a Cristo Jesús en el Bautismo, quedamos unidos a su muerte? Pues por el Bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos para ser resucitados y vivir una vida nueva, así como Cristo fue resucitado por el glorioso poder del Padre” (Romanos 6, 3-4).

Este es el milagro del Bautismo. Cuando el sacerdote vertió agua sobre nosotros, fuimos unidos a Jesús y a su muerte en la cruz. Todo el poder, la gracia y la misericordia que Dios derramó sobre el mundo el Viernes Santo fluyó ese día en nuestra propia vida y así pasamos a ser una nueva creación.

¡Así de generoso y tierno es nuestro Padre celestial! Hizo todo lo que era posible hacer para estrecharnos de nuevo en su abrazo cariñoso e incluso nos concedió este hermoso sacramento, con el que se nos lavan los pecados y nos llenamos de su luz y su vida. El Señor no espera a que hayamos merecido estas bendiciones, porque sabe que jamás podríamos hacerlo; sino que él toma la iniciativa y hace maravillas en nosotros, ¡aunque seamos demasiado pequeñitos para entender lo que está ocurriendo!

La “ecuación completa” del Bautismo. Aun así, el Sacramento del Bautismo es solo una parte de la ecuación. Como dijimos anteriormente, los primeros fieles de la Iglesia por lo general se bautizaban después de haber experimentado algún grado de conversión. Algo ya había sucedido en su interior para despertar en ellos el deseo de Dios y escuchar la llamada a vivir en Cristo. Ya habían experimentado en su corazón el toque del Espíritu Santo, y habían comenzado a buscar instrucción, consuelo y perdón.

Hoy, sin embargo, debido a que el Bautismo suele ocurrir antes de la conversión, la gracia y el poder de este sacramento pueden permanecer latentes en la vida de una persona tal vez por mucho tiempo, y solo cuando nos entregamos de corazón al Señor comienza a desencadenarse en nosotros el poder del Bautismo. El Espíritu Santo nos dice hoy a nosotros lo mismo que Pedro a sus primeros oyentes en Pentecostés: ¡Arrepiéntete! ¡Cree que Cristo está en ti! ¡Pon tu fe en la nueva vida que has recibido! ¡Confía en que eres una nueva creación y deja que esa nueva creación cobre vida dentro de ti!

Dios nos ha dado dones increíbles. Ha lavado todos nuestros pecados; nos ha hecho hijos suyos; ha abierto el Reino de los cielos para nosotros; incluso nos ha infundido su propia vida divina. Todo esto sucedió en el momento en que fuimos bautizados. Ahora el Señor nos pide que tomemos conciencia de estos dones para que ellos nos infundan una vida nueva.

Pero no es solo Dios quien nos pide esto. Los innumerables santos y ángeles que están reunidos en torno a su majestuoso trono celestial nos exhortan a recibir nuestra herencia. El Espíritu Santo nos está animando, deseoso de compartir con nosotros toda su sabiduría, su poder y su amor. Y la Iglesia nos pide que vivamos como hijos del cielo, para que, viendo nuestra buena conducta, aquellos que aún no lo han hecho, crean y se conviertan.

Todo lo que hace falta es que demos uno o dos pasos en la dirección correcta y Dios responderá con un diluvio de gracia. Hemos sido bautizados en Cristo, así que ¡vivamos en Cristo!

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