La Palabra Entre Nosotros

Pascua 2018 Edición

Yo Soy el Pan de Vida

En cada Misa, Jesús nos ofrece ser partícipes de su resurrección

Yo Soy el Pan de Vida: En cada Misa, Jesús nos ofrece ser partícipes de su resurrección

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado!

En todas las calles y avenidas, en todos los rincones y campos abiertos, este anuncio resuena jubiloso el Domingo de Pascua, tanto en las majestuosas catedrales como en las humildes capillas de todo el mundo. ¡Jesús de Nazaret, nuestro Señor y Salvador, ha resucitado de entre los muertos! El sepulcro no lo pudo contener y el pecado no lo pudo derrotar. Ahora, resucitado triunfante y victorioso, Jesús nos invita a todos los que creemos en él a compartir su triunfo glorioso.

Cada vez que celebramos la Sagrada Eucaristía se nos invita a “probar y ver” la bondad de Dios (Salmo 34, 9). Cada vez que comemos el Cuerpo de Cristo y bebemos su Sangre, tenemos la oportunidad de llenarnos de su gracia, su vida y su amor. Es así porque, en cada Misa, entramos en contacto con el Señor crucificado y resucitado, recordamos su muerte en la cruz y celebramos su resurrección en gloria.

En esta edición especial de Pascua, analizaremos cómo podemos experimentar la presencia del Señor y percibir el poder de su resurrección en la santa Misa. Para ello, veremos cuánto le agrada a Dios alimentarnos con el Pan de vida, que es su propio alimento espiritual.

Una nueva Pascua. Más de 1.200 años antes de que Jesús naciera, los israelitas fueron milagrosamente liberados de la esclavitud en Egipto. Tras una serie de plagas extraordinarias y la dramática división del Mar Rojo. ¡El “éxodo” fue una demostración portentosa del poder milagroso de Dios! Los hebreos quedaron libres, pero todavía tenían que efectuar una larga travesía por el desierto hasta llegar a la Tierra Prometida; una odisea sumamente esforzada y peligrosa, donde el alimento y el agua escasearon con frecuencia.

Más de una vez, la gente comenzó a pensar que el Todopoderoso los había abandonado, pero cada vez, el Señor les demostraba su amor y los protegía. Milagrosamente, les dio agua de una roca y cada día los alimentó con el maná bajado del cielo. Con estos constantes recordatorios, Dios les mostraba que realmente él estaba con ellos, guiándolos y alimentándolos a lo largo del camino.

Varios siglos más tarde, Jesús hizo algo similar. Después de haber enseñado a una multitud de seguidores por varios días, vio que la gente estaba pasando hambre. Claro, necesitaban nutrición física junto con el alimento espiritual que él les estaba dando. Consciente de la situación, el Señor les dio de comer a cinco mil personas tras haber multiplicado los cinco panes y dos pescados que era todo lo que tenían (Juan 6, 1-15).

Juan, el apóstol, describe lo sucedido y deja en claro que este milagro se produjo justo antes de la fiesta judía de la Pascua, vale decir, la conmemoración de la última plaga en Egipto, en que el “ángel exterminador” pasó por alto las casas de los hebreos a fin de salvar a los primogénitos, y añade que la multitud de sus oyentes “comprendió” el paralelo entre el milagro de la multiplicación de los panes y el “maná en el desierto”, el “pan del cielo” que Moisés había dado a sus antepasados (Juan 6, 31). En efecto, multiplicando los panes y los peces, Jesús nos estaba dando una señal de la nueva Pascua que él estaba inaugurando. En realidad, nos estaba dando una nueva clase de pan celestial.

En el desierto, los israelitas comieron maná cada día, pero volvían a tener hambre. En cambio, Jesús prometió que todo el que comiera del pan que él daría, el nuevo Pan “que baja del cielo y da la vida al mundo”, nunca volvería a tener hambre ni sed (Juan 6, 34-35). Es decir, Cristo estaba trayendo una nueva Pascua, una no centrada en la liberación del hambre, sino la liberación del poder del pecado y de la muerte. Todos —nos dijo— los que comieran su Cuerpo y bebieran su Sangre con fe serían resucitados en el “último día”, tal como él sería resucitado el Domingo de Pascua (6, 40).

Un pueblo incrédulo. Después de haber alimentado a la multitud, Jesús comenzó a enseñarles sobre el nuevo Pan que vendría con la nueva Pascua diciéndoles: “El pan que yo daré es mi propia carne. Lo daré por la vida del mundo” (Juan 6, 51). Dando una mirada retrospectiva, no es difícil darse cuenta de que el Señor estaba hablando de su muerte en la cruz. Fue allí donde él vino a “dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10, 45); fue allí, en la cruz, donde Cristo demostró ser el Mesías de Dios.

Pero había un problema. La gente quería comer pan, no limitarse a escuchar a un santo. El ofrecimiento que él les hacía acerca de comer su carne era contrario a su pensamiento. Ellos esperaban a un Mesías-rey que iniciara una nueva lucha contra la opresión romana e inaugurara una era de libertad política y paz social para Israel, no un Mesías sufriente que se entregara en sacrificio por los pecados de ellos (Juan 6, 14; Deuteronomio 18, 15).

“Esto es muy difícil de aceptar —se quejaron— ¿Quién puede hacerle caso?” (Juan 6, 60). Al parecer, la gente tenía una vaga comprensión de lo que Jesús quería explicar diciendo que todos debían comer su carne y beber su sangre, pero percibían que les hablaba de una nutrición espiritual. El problema era que veían que Jesús no era más que un simple carpintero de Nazaret, ¿cómo podía él darles pan del cielo? ¿Cómo podía librarlos de la ocupación romana? No encontraban respuestas para estas preguntas y finalmente muchos dejaron de seguirlo.

Pero no todos lo abandonaron. Sin saber todavía por qué Jesús había hablado palabras tan difíciles de aceptar, Pedro y los apóstoles permanecieron a su lado. Uno puede imaginarse que Pedro reflexionaba sobre todo esto en su mente, tratando de entender y preguntarse: “¿Qué otro hay cuyas palabras me lleguen al corazón, como las de él? ¿Hay otro que realice los milagros y prodigios los que él hace? ¡No, no hay nadie como él! ¡Nadie que ame a los justos y a los pecadores por igual! ¿Y qué otro puede prometer la vida eterna? ¡Nadie! Jesús tiene que ser “el Santo de Dios” (Juan 6, 69).

Una unión de amor. Cuando celebraba la Pascua en la Última Cena, Jesús volvió a hablar de la necesidad de que todos comamos el pan de vida. Alzando el pan de la Pascua, dijo a sus discípulos: “Esto es mi cuerpo, entregado a muerte en favor de ustedes. Hagan esto en memoria de mí.” Luego alzando la copa les dijo: “Esta copa es la Nueva Alianza confirmada con mi sangre, la cual es derramada en favor de ustedes” (Lucas 22, 19).

Aquello que había prometido cuando dio de comer a los cinco mil lo instituyó en la Última Cena; y lo que instituyó en la Última Cena lo hizo posible en la cruz, cuando literalmente entregó su Cuerpo “por la vida del mundo” (Juan 6, 51). Y lo que hizo posible en la cruz, lo manifestó a todo el mundo resucitando de entre los muertos en aquella primera Pascua.

Ahora, ¿qué nos toca hacer a nosotros? Lo que hemos de hacer es creer en las palabras de Cristo mediante la fe y aceptarlo como nuestro Señor y Salvador. Muchos de los que comieron del pan milagrosamente multiplicado no pudieron aceptarlo a él, aunque sí comieron el pan. En la Última Cena, Judas comió del pan que Jesús había bendecido y partido, pero eso no le cambió en su interior; no lo llevó a desistir de la traición que tenía planeada.

¿Y qué pasa con nosotros? ¿Cómo podemos estar seguros de que aceptamos a Cristo y su palabra? Podemos seguir la guía de San Pedro y preguntarnos: “¿En qué otro puedo percibir la presencia de Dios en forma tan patente?” Por supuesto, existen otras opciones, porque el mismo Jesús nos dijo que si queríamos entrar en su presencia hiciéramos oración y leyéramos su Palabra en la Escritura; que nos arrepintiéramos de nuestros pecados y nos dedicáramos a amar a los demás.

Pero ninguna de estas prácticas es tan profunda como la Sagrada Eucaristía. Cuando recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, estamos aceptando y recibiendo a la propia Persona de Jesucristo de una manera tangible, física; nos estamos abriendo a una relación de amor y unidad con él que no se limita a las palabras y los gestos. En la Santa Comunión recibimos a “Cristo en nosotros, la esperanza de la gloria” (Colosenses 1, 27).

Pensemos en el amor que se tienen los esposos. Hay entre ellos una fuerza magnética que los atrae el uno al otro. Ellos saben que se pertenecen mutuamente y les gusta estar juntos. Incluso pueden pasar ratos juntos sin tener que hablar mucho ni hacer nada más. El solo hecho de estar el uno junto al otro los llena de amor. Este es el tipo de amor y unidad que todos podemos experimentar cuando venimos a Misa preguntándonos: “Señor, ¿dónde estaría yo sin ti?”

¡Recibe al Señor resucitado! Desde el principio, Dios ha querido alimentarnos, cuidarnos y elevarnos a la vida eterna, y ha estado trabajando constantemente para cumplir su anhelo. Por ejemplo:

  • La historia de Israel es prueba de que Dios estuvo formando y enseñando a su pueblo desde el principio de un modo constante e infatigable.
  • Ese amor personal asumió carne humana cuando Dios se hizo hombre en Jesucristo y curaba a los enfermos, expulsaba a los demonios, resucitaba a los muertos y daba de comer a los hambrientos.
  • En la Última Cena, Jesús nos dio su Cuerpo y su Sangre como una alianza eterna, para que todo el que creyera en él, en cualquier lugar del mundo y en cualquier época, se llenara de su amor y su gracia y se salvara.
  • Al morir en la cruz, Cristo destruyó el poder del pecado y de la muerte, que nos impedía acercarnos a su lado.
  • Al resucitar, Jesús abrió las puertas del cielo para que sus fieles pudiéramos entrar y estar con él para siempre.
  • Finalmente, cuando Cristo regrese en gloria, su deseo eterno, su plan trazado desde hace tantos siglos, llegará a su pleno cumplimiento en el “banquete de bodas del Cordero” (Apocalipsis 19, 9). Entonces, viviremos unidos con él para siempre, unidos en un lazo inquebrantable de amor.

Estas son las verdades de nuestra fe; las verdades que cobran vida en nosotros más y más cuando aceptamos la invitación de Jesús que nos dice: “Tomen y coman… Tomen y beban...” Así, pues, cuando tú, hermano, recibas la Sagrada Eucaristía en este tiempo de Pascua, medita detenidamente en estas verdades, contémplalas, repítelas para ti mismo y dale gracias a Dios por ellas. Luego, cuando llegues al altar, verás que te invade un gran sentimiento de paz, esperanza y expectación. ¿Por qué? ¡Porque recibirás al Señor resucitado en persona!

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